Marco Lara Klahr
I
Cuarenta y ocho años después, Andrés Quintanar López sigue diciendo: "Sólo de pensar que puedo ayudar
a alguien aquí se me baja el ánimo a las piernas". Puesto que es todo espíritu y epidermis, flexiona hasta rozar con
los dedos sus rodillas; sus ojos se humedecen y no encuentra de qué otra manera expresar lo que aquello le significa.
Un hombre vino con sencillez hasta su escritorio para decirle: "Don Quintanar, usted es el alma de los periodistas".
Fue una verdad aflorada por la gratitud: acceder al acervo general de la Hemeroteca Nacional (UNAM), contenido
en cuatro pisos, es difícil tanto porque el sistema de búsqueda electrónica no es detallado, como porque lo primero
que se mira al entrar es un puñado de burócratas obesos y tristes, habilidosos para poner cualquier clase de obstáculo
con tal de eludir sus responsabilidades. El viejo Quintanar es la salvación entre tanta y tan aciaga grisura de estos
muros de concreto prearmado.
Al fondo de la sala de consulta del primer piso, entre un largo mostrador deslucido y la vasta estantería de
obras de consulta, aguarda aquel hombre moreno, encanecido, en silencio, encorvado sobre su escritorio, leyendo
y ordenando ejemplares con afán, obligado por sus anteojos bifocales a levantar ligeramente el mentón, como
raro pájaro. Su hora de entrada es a las 8:30, pero cuando ocupa el asiento detrás de su escritorio trae ya un cúmulo
de nuevas informaciones: "No es mi obligación, pero llego dos horas antes, a las seis y media de la mañana, me meto
al archivo y me pongo a revisar, a revisar; siempre ando buscando hasta que encuentro".
Como menudas ofrendas en racimo, exhibe sus hallazgos de cada mañana: "¿Cuándo se murió Silvestre
Revueltas? Un 4 de octubre de 40;
¿Guty Cárdenas? 5 de abril 32. ¿[Francisco] Sarabia? 7 de junio 39. ¿Cuándo nació el
volcán Paricutín? 20 de febrero de 43. ¿Cuándo murió Pedro Infante? 15 de abril de 57. ¿El temblor de ese mismo año?
28 de julio. ¿El avionazo en el Iztaccíhuatl, donde murió Blanca Estela Pavón? 27 de septiembre de 49. ¿El del Pico
del Fraile, donde murió [Carlos A.] Madrazo? 4 de junio de 69. ¿En qué fecha murió Caruso? 2 de agosto de
1921. ¿Cuándo el boxeador Salvador
Sal Sánchez, a bordo de un carrazo? El 12 de agosto de 82. ¿Año en que apareció
El Universal? 1916. ¡Todo eso es mi trabajo!". Lo ha sido durante los últimos 48 de sus 73 años de vida.
Y del mismo modo que tiene siempre una respuesta de esperanza para los buscadores de informaciones,
instruye a las personas en el uso del
software para el servicio de préstamo electrónico, pulsando las teclas con toda calma
y suavidad, casi metiéndose al monitor, siempre con el mentón levemente echado hacia adelante. Hace las veces
de médium entre los ciudadanos y los periodistas que desde la segunda década del siglo XX (el periodo que incluye
el acervo de la sala donde trabaja) han ido escribiendo, aunque no pocas veces defectuosa, precariamente, la historia
de sus días.
II
"Mis padres pertenecían al prieto México. Mi madre era del Estado de México y mi padre de San Juan del
Río, Querétaro. Mi pueblo es Tacuba, ahí nací, en 1932, y me desarrollé. Yo anduve todo lo que es San Bartolo
Naucalpan, Los Remedios, Atzcapotzalco; la refinería de Atzcapotzalco la conozco como la palma de mi mano, me iba de
pinta allá. En aquel tiempo todo eso eran pueblos."
Es el cuarto de cinco hermanos y su padre era inspector de alcoholes en la aduana de Santo Domingo -en el
actual Centro Histórico-, "probaba los vinos, los pulques; 'ése está bueno, éste no está bueno; ése lo mandan allá, éste
acá', y así, en pruebe y pruebe, se emborrachaba, y llegaba a la casa; nada más lo veía yo, que era todavía un
pequeño; traía monedas, hartas monedas, y las ponía en la mesa. 'Ah, caray, es mucho dinero', pensaba yo y me espantaba".
Andrés Quintanar López estudió no más que la secundaria. Hizo de improvisado secretario en un comité
de sindicalistas ferrocarrileros, obrero, peón y cobrador de autobús urbano. "Es que mi hermano Luis se sacó la
lotería, se ganó 50 mil pesos, sí, y compró un carrito de pasajeros de la línea San Juanico-San Lázaro; estaba bonito
el carrito. Trabajábamos él, otro hermano y yo, nuestro apodo era
Los Tres Manolines".
El hilo que conduce a su oficio y pasión actual -la información impresa- se le revela en la adolescencia. Terminado su servicio militar en los campos del casco de Santo Tomás aledaños al antiguo Colegio Militar, hizo méritos
para obtener un puesto en Ferrocarriles Nacionales: "Un tío político que era tornero en los talleres de Nonoalco me
llevó a un comité sindical en la terminal de Buenavista", donde se inició como ayudante de oficina; "ahí hice mis
pininos y lo que aprendí lo he llevado hasta aquí. No tenía ni para el pasaje, pero venía desde mi tierra, Tacuba, por la
vía; tronara o no tronara, me iba caminando para tener aquel gusto de hacer algo para ser oficinista, ¡mi gusto era
ser oficinista! Llegaba al comité aquel temprano, a las seis, siete de la mañana, para empezar a buscar la manera
de sentir aquello que yo traía para desenvolverme. Me gustaba agarrar la máquina de escribir y ser útil".
Después de frustrarse su aspiración de ser contratado por la paraestatal ferrocarrilera, desempeñó varios
oficios eventuales, y en 1957 un tío político que hacía de intendente cuando la Hemeroteca Nacional estaba en el barrio
de El Carmen, en el centro de la ciudad, le encontró una posición modesta: "Mi trabajo era
componer periódicos; en ese sistema tenía que ir juntando cada publicación, día a día, hasta completar una quincena, para después
mandarla empastar".
En 1971, su padre cayó "de una altura de 30 metros", "se rompió el esternón y se le clavaron las costillas", y a
la semana murió en un hospital. "Tenía 68 años. Lo extraño porque lo quise mucho. Era bueno y sano, pero murió
de aquello. Se llamaba Juan, nomás le faltaron dos días para cumplir su santo".
Su padre, refiere, lo menospreció durante mucho tiempo: "'Eres
pan de maíz', me decía, y eso me dolía,
me mortificaba mucho". En una palabra: inútil. "Pero, ¿qué le podía responder? Si él lo decía, señor, ¿qué quería
que hiciera?". Su empleo en la Hemeroteca Nacional cambió aquella opinión paterna: "Ya después me quiso
mucho porque sabía que estaba yo aquí, trabajando como debe ser. 'Barbea, pero barbea con tu trabajo', era el dicho de él".
III
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Fotos: UNAM. Imágenes de Hoy |
Andrés Quintanar López, padre de cinco hijos de entre 30 y 40 años, vive con su esposa (con diabetes y
padecimientos cardiacos), una hija y ocho nietos, en un estrecho departamento de interés social en la colonia Ejército de
Oriente. En días hábiles abandona la cama a las cuatro de la mañana y a las cinco abre la puerta para emprender la
travesía chilanga que lo pondrá, una hora y media más tarde, frente a las interminables hileras de tomos que constituyen
el acervo de la Hemeroteca Nacional.
Sería difícil que él lo aceptara frente a un extraño, pero sus ojos dejan ver el terror que experimenta frente a
la posibilidad de que el perturbador registro de datos que acumula su memoria (incluidos nombres de
publicaciones, personajes, fechas e incidencias de cada noticia) vaya siendo raído por el paso del tiempo. Un gesto habitual
suyo cuando alguien le pide orientación es tronar los dedos pulgar e índice de la mano derecha: triz-traz y el dato sale
de su boca, aunque cada vez con mayor dificultad.
Durante sus incursiones tempraneras en el acervo no sólo busca informaciones que le van pidiendo
investigadores o estudiantes desolados por no encontrar un ejemplar, un personaje, un dato, una fotografía, un cartón, un
anuncio. Aprovecha también para refrescar información que ya poseía o acumular nueva. Ahora mismo saca de la bolsa de
su camisa papelillos sueltos con diversas peticiones, arrugadas evidencias de cómo el hombre se ha vuelto
indispensable. "Esto le va a uno gustando más y más. Ya no puede uno ser de otra manera. Cuando me retardo en mi
casa, estoy nervioso por salir para venirme. Es que estoy enviciado ya. Enviciado quiere decir que me concentro en esto
y si usted me pregunta por cosas, yo se las puedo dar, las tengo aquí [se golpea las sienes], tengo un montón de
cosas aquí; nomás me ubico en la fecha, voy a la sala y le traigo la publicación que necesite. Y si no lo resuelvo en
ese momento, ando buscándolo hasta que lo encuentro". Sale a las tres de la tarde de su trabajo y en su casa
sigue leyendo enciclopedias y apuntes.
En auxilio de su memoria están las obras de consulta; desde
México a través de los siglos, de Vicente
Riva Palacio, y el Calendario Galván, de Mariano Galván Ribera y sucesores, hasta
Milenios de México, de Humberto Musacchio, y varios índices hemerográficos: "Hago lo posible, señor, por tenerlos contentos a ustedes,
pero francamente no soy nadie, esto es lo que me ha enseñado a cultivarme, lo poco que he aprendido se lo debo a
mi amigo libro, al periódico o a las revistas", explica mientras golpea los lomos de una enciclopedia detrás suyo.
IV
El tiempo conjura en su contra. Para 2007 cumplirá 75 años de edad y 50 de antigüedad al servicio de la
Universidad Nacional Autónoma de México, como memoria viviente de la Hemeroteca Nacional. Su forma de aceptar que
la mente pierde vigor es ésta: "En dos años me tengo que retirar. No quisiera, nadie me corre, pero me voy, no
tengo otra alternativa. Me voy triste porque no he terminado mi poca cultura, me faltan todavía muchas cosas que
sacar, que trabajar, que organizar. Quizá venga, pero ya nomás a repasar mis apuntes. Y no va a ser igual, porque voy
a tener que estar pidiéndole a los compañeros nuevos que me dejen entrar".
No obstante su pasión por los datos (publicaciones, personajes, fechas, incidencias), aparentemente no es
alguien que podría sistematizar y contextualizar información. Pero tiene planes para su retiro: piensa "formular" libros
de carácter historiográfico. "He acumulado anotaciones y fotocopias (que me han costado mis centavos) de los
nombres de las calles, de biografías, de caricaturas políticas, de deportes [incluyendo textos del cronista Alejandro
Aguilar Reyes, Fray Nano] y de toda la raíz del periodismo mexicano" -comenzando por la fundación de cada uno de
los principales diarios impresos capitalinos del siglo XX.
Además, desearía "poner una biblioteca, pero desinteresadamente, sin pertenecer a nadie, para
llevarle conocimientos a la gente que sufre, que no tiene nada por ahí en los pueblos".
Cree que le sobran salud y vida para ello, aunque "ya ve que hay cosas que de repente vienen, ¿sí o no?, está
uno bien, muy a gusto, muy contento, muy platicador y a la mera hora
¡paz!, vienen cosas de salud sin avisar".
Todo esto es Andrés Quintanar López,
el alma de los periodistas.