La guerra mediática es la expresión
de la política contemporánea
José Carreño Carlón
La primera víctima, cuando llega la guerra, es la verdad. Pronunciada en el Capitolio por el senador Hiram Johnson en 1917, la frase inicial de esta oración (the first casualty) inicia el largo y sugerente título del libro clásico donde Phillip Knightley compiló sus investigaciones y su propia experiencia de corresponsal de guerra.
El título completo del libro es The First Casualty: From the Crimea to Vietnam: The War Correspondent As Hero, Propagandist, and Myth Maker. Y por sus páginas desfilan algunos de los más reveladores despachos "informativos" de los corresponsales de guerra desde hace casi siglo y medio.
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Foto: Nati Harnik |
A partir de esa relación de textos, Knightley conduce al lector a una convicción, no menos inquietante por muy conocida que sea entre los estudiosos de la comunicación: las percepciones y actitudes de la gente en tiempos de guerra y en tiempos de relativa paz, podríamos agregar han sido moldeadas por productos mediáticos que, muy frecuentemente, mantienen poca semejanza con la realidad.
De la censura a la autocensura, al más explícito colaboracionismo "informativo" con el poder, en este caso con
uno de los poderes beligerantes, el libro de Knightley ofrece una bien informada historia de la desinformación. De
la desinformación sistemática propalada por los medios.
Los corresponsales de guerra tienen una sola opción, ha sentenciado Knightley tiempo después de la publicación
de su trabajo clásico: formar parte de la maquinaria de la propaganda militar o renunciar. Y así parecen probarlo
los despachos periodísticos registrados en este libro, de quienes han reporteado los conflictos armados desde la
cobertura de la guerra civil de Estados Unidos en los primeros años 60 del siglo XIX, hasta la guerra de las Malvinas en los
primeros años 80 del siglo XX.
A lo largo de esta historia el autor despoja a los profesionales de la información del romanticismo que suelen
autoatribuirse. Y por encima de la reiteración en sus espacios de una ideología profesional de autoexaltación y autocomplacencia
los periodistas "como héroes" Knightley muestra algunos de los rasgos más siniestros de los operadores de los medios
y sus corporaciones, agudizados en tiempos de guerra.
Se trata de un caso excepcional de periodista exitoso y, a la vez, de eficaz crítico del periodismo: como reportero
del Sunday Times (1965-1985) puso al descubierto entre otras investigaciones memorables el escándalo de Kim Philby,
el jefe del espionaje británico que en realidad estaba al servicio de la URSS. Y como crítico de los medios, además de
The First Casualty, Knigthley mantiene hasta la fecha una colaboración en
The Guardian que, por supuesto, no ha
eludido el tema de los manejos informativos de la llamada guerra contra el terrorismo, encarnada en la a los ojos del
experimentado comunicador nacido en Sidney en 1929 inviable, trágica, paródica cacería de Bin Laden.
Knightley parodia, en efecto, algunas expresiones de esta cacería con los códigos del cine negro y del salvaje
oeste estadounidenses, incluso con los cómics. En un artículo reciente, por ejemplo, hace mofa de las imágenes en las
cuales se ofrece una recompensa a quien entregue vivo o muerto al malechor, al pie de una foto que puede corresponder a
la de millones de habitantes de la región que visten, peinan, usan barbas, miran, oran y posan como Bin Laden, en la
única imagen al alcance de los cazadores, captada no menos de un año antes del trágico 11 de septiembre. Seguramente
no servirá esta promoción para dar con Bin Laden en el corazón de Asia Central, pero en el corazón de Estados Unidos
da lugar señala otro escritor británico, John Le Carré al acoso de pobres ciudadanos estadounidenses o residentes en
ese país porque su piel, su indumentaria, sus rezos, sus barbas, los asemejan al terrorista.
En el artículo de referencia, Knightley hace la composición del lugar y una descripción de las condiciones
geográficas, culturales, tecnológicas, que hacen imposible la ubicación, captura y aniquilación del así identificado enemigo de
la humanidad y pone al descubierto el cinismo de los comandos de la inteligencia militar de Occidente. En privado,
éstos asumen la imposibilidad de encontrar al terrorista a la vez que admiten que,
for the record, ni ellos ni sus jefes
políticos podrían hacerlo. Esta parte del artículo de Knightley evoca más al investigador y autor de los libros clave sobre la
historia, la visión, los archivos y la vida secreta de Philby y al escritor de una imprescindible recapitulación sobre los espías y
el espionaje a lo largo del siglo XX.
En la gigantesca simbiosis de hoy, o en la franca colusión de biografías, acciones y declaraciones de superhéroes
con el engendro personificado del mal, el corresponsal de guerra clásico del libro de Knightley ha quedado relegado a
papeles de reparto. Ya fuera que se le considere "como héroe, propagandista o fabricante de mitos". La
superproducción televisiva ha tomado su lugar. Y el discurso de la realidad manufacturado por los medios ni remotamente su
reflejo en el género "informativo", se confunde con los discursos de los géneros de entretenimiento para niños y adultos.
Knightley sugiere un final para la superproducción de esta serie de la cacería del demonio fugitivo en las
montañas de Afganistán. Traza un paralelismo entre Bin Laden y Keyser Soze, el mítico criminal de la película
The Usual Suspects, a quien nadie ha visto y nadie está totalmente seguro de su existencia. Ante la imposibilidad de dar con el
saudita, propone, los aliados podrían anunciar enmarcada acaso en imágenes de locaciones en llamas de las que cada
día facilitan a los medios la noticia de que Bin Laden fue localizado y destruido con su grupo con un misil
magistralmente dirigido que no dejó el menor resto de los criminales para su identificación. Y de la misma manera en que lo hace
un lugarteniente de Soze en la secuencia final de
The Usual Suspects, uno de Bin Laden podría aparecer, dice Knightley,
en el episodio terminal de esta serie, soplando sobre unas plumas imaginarias en la palma de su mano al tiempo que
emitiría un "Phhhht. And he was gone".
No hay imposibles para la televisión al servicio del poder, sobre todo pero no sólo en tiempos de guerra. Incluso
esta trama según la cual ha estallado "la primera guerra" del siglo XXI, como lo dice en serio Anthony Giddens, o una
"guerra mundial contra el terrorismo", como la llama con sorna John Le Carré, una peculiar "guerra mundial" para vencer,
atrapar o destruir a una sola persona.
No debería sorprendernos el final propuesto por Knightley si, además, tomamos en cuenta la lucidez profética con la que éste anticipó, a propósito de la cobertura, hace diez años, de la Guerra del Golfo, que los gobiernos
encontrarían desde entonces mayor justificación y mejor respuesta a sus estrategias de manipulación de los medios en situaciones
de confrontación. Otro artículo de este autor en
The Guardian, en marzo del año pasado, parecería haber adelantado,
sólo que despojada de mitos y justificaciones, la guía de conducta para los medios, dictada por la consejera de
seguridad nacional de EU, Condoleezza Rice, y aceptada explícita o tácitamente por la mayoría de las principales cadenas
de televisión en el mundo:
"De hecho, yo predigo que el control de las corresponsalías de guerra ya sea abierto o encubierto será más
rígido y será aceptado por la mayoría de los grupos de medios porque, en tiempo de guerra, ellos consideran en su mejor
interés comercial y político, mentir en el empeño de apoyar al gobierno en turno."
El manual de comunicación bélica de Condoleezza parecería pensado, por lo demás, para sustentar, como
estrategia explícita del poder, lo que los estudios de la comunicación y la cultura de la paz proponen como otro efecto
indeseable de las guerras. Así, al reporte de bajas de Knightley se agregaría, como segunda víctima de la guerra, después de
la verdad, la capacidad de la gente de comprender las realidades en su complejidad, una víctima, podríamos concluir
hoy, ciertamente cotidiana de los grandes medios y sus operadores, incluso en tiempos de normalidad.
Y hay otros comentaristas del trabajo de Knightley que han propuesto la adición, como siguientes víctimas de
las confrontaciones armadas, tanto del ejercicio de la autocrítica en el país beligerante como de la capacidad de su
gente para aprehender los motivos reales de las guerras y las alternativas al recurso mismo de la violencia bélica.
No se pretende subestimar, sino al contrario, la desgracia humana la vergüenza de la especie de la que
escribió Martin Amis, representada en las decenas de miles de muertes de un Manhattan erigido en zona de guerra, ni de
su secuela en la hornaza infernal a la que son sometidos los habitantes de los pueblos miserables de Afganistán por
los bombardeos de saturación. De lo que se trata es de destacar lo que ocurre en el resto del mundo, a partir del
acuerdo extendido entre los estudiosos en torno a la equiparación que ha hecho Pierre Bourdieau de los medios de
comunicación como los campos de batalla de la actualidad.
Si para Carl Von Clausewitz la guerra es la prolongación de la política por otros medios y, en consecuencia, la
política es la continuación de la guerra, hoy que las guerras se libran de una manera tan central en los campos de batalla de
la comunicación, nada parecería más recomendable que acudir al clásico de la guerra y a las propuestas de Bordieau
para continuar esta reflexión sobre las relaciones de la guerra y la comunicación. Mientras el primero define la guerra
como "un acto de fuerza para obligar a nuestro enemigo a hacer nuestra voluntad", para el segundo cada iniciativa por
parte de los pocos que tienen el poder de hacerlo en los campos de batalla de los medios puede también definirse en
los términos planteados por Clausewitz: un acto de fuerza para obligar a los demás a hacer la voluntad propia.
La guerra mediática no es sino la expresión cotidiana de la política contemporánea.
Por eso, con algo de humor negro, Mark Thompson recogió otra manera de equiparar los medios de
comunicación con los campos de batalla contemporáneos. A propósito de otra guerra contemporánea, en
Forging War: the media in Serbia, Croatia y Bosnia
Herzegovina, se refiere a "la mordaz adaptación" del dictum de Clausewitz,
perfectamente aplicable a la destrucción físca de Afganistán y a la destrucción psicológica de la sociedad estadounidense en nuestros días: "La guerra es simplemente la continuación del noticiero de televisión por otros medios".