Rubén Aguilar Valenzuela
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Ilustración: Antoni Clave |
La autocrítica, que siempre es necesaria, en nuestra sociedad es vista como manifestación de debilidad o también como la forma de otorgar a los adversarios temas y materiales para que los retomen y hagan, a su vez, una crítica feroz. Nunca se le ve como un acto de honestidad intelectual o como parte sustantiva de la rendición de cuentas.
Los medios son parte de esta cultura y retoman la autocrítica, es lo más común, para golpear. Las notas se encabezan, entonces, con el "confiesa", "reconoce" o el "finalmente acepta". No hay reconocimiento de quien asume, en conciencia, sus deficiencias y errores.
En nuestra sociedad esta manera de reaccionar inhibe el ejercicio de la autocrítica. Nadie está dispuesto a dar "material" para que los adversarios y los medios lo tomen, para atacar. La autocrítica, entonces, o no se hace o se evita darla a conocer. La sociedad se pierde, entonces, de la reflexión de quien es capaz de reconocer sus deficiencias. Todos perdemos.
La socialización de las deficiencias como ejercicio de la autocrítica no implica, de ninguna manera, que se tengan que justificar las deficiencias y errores. Eso no. De lo que se trata es de abrir el espacio al diálogo y la reflexión de todos los temas. De manera particular de aquellos que surgen de la autocrítica de los actores políticos. El país está urgido de eso.
Me tocó ser el quinto y último responsable de la comunicación social del gobierno de la alternancia y también su portavoz. A continuación comparto una reflexión autocrítica a la tarea de comunicación social que realizó el gobierno de la alternancia. No pretende ser exhaustiva y tampoco se presenta como la verdad. Es mi punto de vista. Está a debate. Hay otras posiciones y otros puntos a considerar. Desde mi lógica los más relevantes son:
1. La falta de un discurso abarcador
El problema más grande que enfrentó la comunicación del gobierno de la alternancia fue la ausencia de un discurso conceptual que expresara el proyecto político del gobierno, por un lado, y, por otro, diera cuenta de las características propias de un proceso de alternancia, con las particularidades del caso mexicano, y de las tareas prioritarias que, en ella, tocaba realizar el gobierno.
La tarea no era fácil. Había que enfrentarse no sólo a un discurso elaborado a lo largo de 70 años, trasmitido de manera sistemática en el sistema escolar, que había permeado no sólo al conjunto de la sociedad mexicana, sino también y sobre todo, a una cultura política construida y reproducida, por los más diversos mecanismos, a lo largo de esos mismos años.
El partido de Estado, que permaneció en el poder más de 70 años, logró construir y hacer valer su hegemonía cultural sobre el conjunto de la sociedad mexicana. El partido de Estado vendió a la sociedad, y ésta lo aceptó, que el discurso que representaba sus propios intereses se asumiera como el propio de la nación. No era así. Era sólo y exclusivamente el discurso del grupo en el poder.
La construcción de un discurso coherente y sólido, al tiempo que fresco y con capacidad de convocar no era una tarea fácil. Sí, absolutamente necesaria. Se convertía en la primera de las tareas, la fundamental, del nuevo gobierno. No se vio así. No hubo el esfuerzo por construir el discurso que expresara la novedad de los tiempos y también de la tarea. Se articuló uno que informaba de las acciones que realizaba el gobierno, pero no se trabajó en el discurso que explicara la etapa histórica que se vivía y las tareas que se derivaban de la misma.
Las acciones, entonces, parecían las más de las veces aisladas, que podían ser más o menos buenas, pero que no se veía formaran parte del programa que se derivaba de la tarea única que suponía encabezar y conducir al gobierno de la alternancia. Momento histórico con un inicio y un fin claro y preciso, que no iba a ser mayor de seis años.
La construcción y difusión del discurso de referencia, que daba sentido y tarea al gobierno de la alternancia, no garantizaba su éxito. Había muchos elementos que anunciaban la posibilidad de su fracaso, pero era de tal importancia que tenía que haberse intentado. Era estratégico. Una muy buena parte de los problemas de comunicación del gobierno de la alternancia, sino es que todos, se originan en esta carencia de carácter estructural.
Las fuerzas de la oposición, el PRI, por un lado y el PRD, por otro, sí lo tenían. Era, en los hechos, prácticamente el mismo. El que había construido el régimen de la Revolución Mexicana encabezado por el PRI y del cual se había derivado el que sustentaba el PRD.
El gobierno de la alternancia careció del poderoso instrumento que hubiera sido contar con el discurso al que se hace referencia que resultaba fundamental para dar cuenta de su acción y también, era indispensable, para enfrentar los debates y los embates de la oposición y de quien, al ver afectados sus intereses, se rebelaban a la nueva situación. Todavía más, para poder comunicarse, con un discurso propio, que diera sentido a la acción, pero sobre todo al momento histórico que vivía el país.