El narcisismo es una amenaza grave para la objetividad
José Antonio Gurrea C. y Jaimeduardo García/Román Gubern
De visita en México, donde presentó Máscaras de la ficción (Anagrama, 2001), etcétera dialogó con Román Gubern. En esta conversación, el catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona opina, entre otros temas, de la frontera entre el derecho a informar y el derecho a la privacidad, la reforma integral de los medios y la ética en el periodismo. De la TV mexicana externa: "Es colonia de los modelos mediáticos gringos. No es una televisión más alternativa".
En Máscaras de la ficción usted señala que el cine y la televisión, por su vocación de seducción masiva, se
han convertido desde su nacimiento en los máximos amplificadores y divulgadores de los grandes esquemas
del pensamiento mítico. Aunque en los medios masivos los arquetipos tienden a degradarse con mucha frecuencia
en estereotipos, ¿podría ejemplificarnos para el caso mexicano?
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Foto: Gustavo Guevara |
Los arquetipos que nacen en el seno de nuestra cultura, o desde los griegos, Homero, Shakespeare, pasando
por Flaubert
Madame Bovary son premasticados para ser digeridos por el público, se simplifican, se
esquematizan, salen tanto en las películas que son píldoras digeridas para el público. En el caso estadounidense sería la guerra
civil, pues fue un conflicto complejo y cuando el cine lo trató hasta hace muy poco dio de los perdedores la imagen
de los caballeros nobles que tenían la razón, cuando eran esclavistas. Es una perversión romántica de una
guerra histórica. O la versión que dio John Wayne sobre la guerra de Vietnam en la película
Boinas verdes es una perversión absoluta de otra guerra histórica.
Los medios masivos, en la medida que se dirigen a públicos muy amplios y heterogéneos, rebajan la
complejidad de los problemas, la complejidad de los personajes. En el caso mexicano es posible que con la revolución
mexicana, que también fue muy compleja y contradictoria, haya ocurrido algo parecido. Se me ocurre un ejemplo,
del porfirismo, el cine mexicano ha dado una imagen idílica y manipuladora del porfirismo.
En fechas recientes, en un municipio conurbado a la ciudad de México, un individuo arrolló con su auto a
varios niños y a sus maestras. Alguien grabó la tragedia y mientras la mayoría de los noticieros televisivos presentó el
video omitiendo la escena donde la camioneta atropella a las personas, un canal lo presentó sin cortes. ¿Cree que sea
ético que en aras del rating los medios transmitan ese tipo de videos sin cortes o, por el contrario, debe haber
cierta autocensura para no afectar a las víctimas?
No vi el video, me lo comentaron. Este problema se planteó con más anticipación con los sucesos del 11
de septiembre, con los heridos y muertos de las Torres Gemelas, si es legítimo utilizar el cuerpo de cadáveres sin
su permiso, de los familiares obviamente. ¿Dónde está la frontera entre el derecho a informar y el derecho a
la privacidad? En los medios el sensacionalismo obedece a razones de
rating, la sangre vende. Si la motivación
que intenta legitimar esta operación es puramente sensacionalista entonces está mal, si es informativa me parece
bien. Las matanzas en Vietnam no se conocían hasta que no se vieron en las pruebas visuales y eso permitió encauzar
a los culpables. Creo que siempre hay que contextualizar la información para ver si tiene fines perversos,
puramente mercantiles, o si son fines legítimos, porque a veces es bueno denunciar una matanza si esto permite
establecer justicia. Si es una garante para allegarse de más audiencia es deshonesto.
Antes se hablaba de un cuarto poder; hoy ya se habla de un poder alterno por el poder tan grande que
han adquirido los medios de comunicación electrónicos. ¿De qué manera inciden sus efectos, o de qué manera
afectan a los sistemas políticos o a las campañas electorales?
Son complementarios. La prensa escrita sigue siendo más influyente que la TV. Un editorial de un periódico
serio e influyente puede derribar a un ministro, y difícilmente una noticia en la TV puede derribar a ese ministro. El
discurso reflexivo de la prensa escrita tiene un calado mayor. Se dirige a la clase política, a las élites influyentes,
mientras que la TV se dirige al gran mercado de masas en forma indiscriminada. Los medios electrónicos son más
influyentes en otros aspectos: moda, publicidad, consumismo.
En México se acaba de promulgar una Ley de Acceso a la Información Pública; los grandes medios aplauden
la medida, sin embargo, esos mismos medios se niegan repetidamente a que se instaure un marco legal que
establezca obligaciones, que transparente su funcionamiento...
Cuando un novelista escribe una novela, la registra en la propiedad intelectual y esa información pasa a
ser propiedad privada de la cual se lucra legítimamente. Sin embargo, la información tiene un estatuto distinto y
debería tener una regulación distinta. En España, por ejemplo, el Código Penal contempla el derecho al honor y protege
de las injurias y calumnias.
Hay quienes piensan que ese tipo de cuestiones deben ser contempladas por el Código Civil y no por el Penal,
pues según éstos, eso equipara al periodista con los "grandes delincuentes".
No debe existir un régimen de excepción para la prensa. Las intromisiones al derecho, al honor, deben tener
una compensación de tipo económico. A aquel que me injurió debo poderlo meter a la cárcel y además pedirle
dinero. Habría que ponderar dónde están las fronteras de lo que es injuria o calumnia.
Los grandes medios mexicanos dicen que no hay que reglamentar el derecho a la información, y que con
la autorregulación basta para limitar sus excesos, lo cual deviene en una interpretación muchas veces subjetiva de
cada empresa de acuerdo con sus intereses.
La tradición anglosajona define que si no hay
autorregulación habría censura gubernamental, y entre los
que hemos vivido dictaduras, la palabra censura provoca alergia.
Pero en el caso mexicano reglamentar no significa, de ninguna manera, censurar la libertad de expresión,
sino crear un marco regulatorio, es decir, condiciones básicas de precisión jurídica para, por el contrario, garantizar
la real existencia de esa libertad de expresión.
Bueno, habría que ver concretamente cómo es el marco regulatorio y los detalles...
Establecer el derecho de réplica.
Eso es algo elemental. En este sentido, lo que uno desea es que haya mecanismos objetivos que permitan
la regulación de los fenómenos mediáticos y que, por supuesto, la discrecionalidad no intervenga.
En México tenemos una Ley de Imprenta que data de 1917 y una Ley Federal de Radio y Televisión
promulgada en 1961, y también en este caso los grandes empresarios de los medios se han mostrado renuentes a los cambios.
No conozco esas legislaciones, pero es lógico que deben estar desfasadas. Con los avances tecnológicos, además de que la profesión, la industria, ha cambiado. En el campo de las telecomunicaciones en España, muy importante hoy en día, ha habido varios proyectos de ley. Es un tema muy complejo porque ahí entran en juego
intereses económicos y políticos.
¿Cómo encuentra a los medios mexicanos; específicamente a la TV y a la prensa escrita?
En el caso de la televisión sigue un modelo gringo; es colonia de los modelos mediáticos gringos, por la
estructura del programa, los gags. Está más lejos de Dios y más cerca de Estados Unidos. Se nota mucho. No es una
televisión alternativa.
Respecto de la prensa escrita, hay más periódicos en la ciudad de México de los que hay en Madrid o
Barcelona. Hay una proliferación que no necesariamente refleja más lectores. La variedad de medios no significa diversidad
de contenidos. Son para la élite que lee, la ilustrada, la clase política.
¿Cuáles serían los parámetros que tendrían que establecerse para ejercer un mejor periodismo?
Una cuestión esencial es la ética, que no puede enseñarse como una asignatura académica. La ética significa una interiorización de principios civiles de convivencia. Lo que predomina con mucha frecuencia en esta profesión es el ansia de ser estrella, descubrir la exclusiva, que a veces se convierte él mismo en noticia cuando jamás un periodista debía ser noticia, sino un mero vehículo. El narcisismo periodístico es una amenaza grave hacia la objetividad, por lo que es indispensable inculcar seriamente una ética profesional; es algo que debe estar presente.