Marco Levario Turcott
Entre signos de provincialismo y expresiones de grupos políticamente correctos, a lo largo de los años se ha ido tejiendo una leyenda que impide ver con claridad su obra, que lo sitúa entre los mejores de México. En ese entorno desmitificador, Julio Scherer García es referente ineludible no sólo para los profesionales de la información sino incluso para estudiosos de la transición democrática desde la vertiente de los medios.
Hace varias semanas recibió el reconocimiento Doctor Honoris Causa de la Universidad de Guadalajara y con ese motivo reeditamos el texto que sigue. Son líneas que no escamotean las virtudes del galardonado pero que al mismo tiempo lo ubican dentro de las relaciones entre el gobierno y los periodistas que ya no quisiéramos ver, al menos no los editores de etcétera, como las que regulen a la democracia del México moderno.
Cualquier mito narra el origen y las peripecias de los hombres que, en el fragor de la epopeya, se convierten
en dioses si es que no lo son ya desde el principio según varias creencias.
Hay mitos que narran historias del mismo modo que la Historia comprende innumerables mitos. Lo primero
es fantasía, creación literaria, espejo de la cultura de una civilización; lo segundo, ausencia de entendimiento del
complejo proceso en el cual se entretejen los hechos. A esta última clase de mitos pertenece
Excélsior, particularmente por lo sucedido en ese diario entre el 31 de agosto de 1968 y el 8 de julio de 1976, periodo en el cual Julio Scherer
García fue director general del rotativo.
El periódico de la vida
nacional
Cuestionar al mito no significa denostar a sus actores, sino dar dimensión precisa de su obra. Por eso debe tenerse
en cuenta el vigor de la institución presidencial y la tutela de un solo partido que privaron en el México de
aquellos años. Así se entiende a los medios de comunicación como instrumento de control a la vez que un espejo de la falta
de pluralidad política y de movilización social que apenas tenía sus primeros atisbos en la gesta estudiantil de 1968.
En aquel contexto, el entonces director general de
Excélsior creía "que el periodismo es un problema de
equilibrios y contrapesos, arte acrobático con redes de protección". Eso pensó Scherer luego de la matanza del 2 de octubre
en Tlatelolco, cuando la escritora Elena Poniatowska le solicitó algunas fotografías para un libro suyo y el periodista
le contestó que sí, pero a condición de que omitiera los nombres de los reporteros gráficos. También hubo censura
en ese diario; lo acepta el propio director general al emplear el eufemismo "me venció el miedo a la libertad"
cuando comenta la no publicación de un artículo de Alejandro Gómez Arias sobre el bazukazo que destruyó un portón de
la Preparatoria Nacional número uno. Por eso Gómez Arias interrumpió sus colaboraciones en el diario.
Representativas de los cálculos editoriales que se hacían frente al gobierno, aquel par de anécdotas se sitúan en
un reconocimiento más específico del propio Scherer en relación con la cobertura informativa de
Excélsior sobre el movimiento estudiantil y, particularmente, sobre la matanza del 2 de octubre:
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Foto: Sergio Garibay/Cuartoscuro |
"
Excélsior había informado con honradez y veracidad acerca de los sucesos de Tlatelolco. Eso era cierto, pero
no me engañaba. Habíamos escamoteado a los lectores capítulos enteros de la historia de esos días. Poco sabíamos de
la vida pública de los presos políticos, menos aún de su intimidad, y habíamos evitado las entrevistas con ellos.
Habíamos permanecido en la calle, presos nosotros frente a su cárcel. Sabía bien que en nuestras manos había estado la
decisión de cumplir o no con ese trabajo, pero también sabía que el Presidente no había propiciado el mejor clima para
el desarrollo de una información irrestricta."
En efecto, Julio Scherer no se engañaba. Basta revisar las páginas de los diarios de aquel entonces para
comprender que, en relación con la cobertura informativa, no hubo señaladas diferencias entre
Excélsior y los otros periódicos
ni en esas circunstancias ni en otras similares, como la matanza del 10 de junio de 1971.
Sin embargo, al tomar como base los editoriales de los diarios publicados el 3 y 4 de octubre de 1968
puede asegurarse que si bien
Excélsior no condenó ni hizo responsable al gobierno de los trágicos sucesos de Tlatelolco, tampoco formó parte del denuesto que hicieron de los jóvenes periódicos como
El Universal, Novedades, El
Heraldo de México y El Sol de
México que, al llamarles provocadores al servicio de "intrigas extranjeras"
(El Universal), se hacían eco del discurso del gobierno de esa época. En ese entorno mediático, sobresalió la postura de
Excélsior:
"Si bien es cierto que el comportamiento estudiantil -y el de buen número de maestros- rebasó los límites de
la sensatez y al reto inconsciente, sobrestimando las propias fuerzas, no es menos verdad que la respuesta a tal
desbordamiento no ha sido prudente ni adecuada."