Negarse a escuchar la crítica lleva al aislamiento
Javier Solórzano Zinser
El sentido de la crítica adquiere una nueva dimensión. En otro tiempo el tema iba desde el "no pago para que me peguen", pasando por el "ni los veo ni los oigo", hasta la modalidad que ha llegado a la Presidencia: "Con el ejercicio se me resbalan las críticas".
Es obvio que la evolución de la política y los medios ha generado una nueva forma de entender la crítica. Hoy no tiene sentido pensar en la censura, el gran asunto estriba en que la visión de la sociedad y de sus actores entre otros
el gobierno reciban la opinión de los medios y la sociedad misma y que a partir de esta visión se capten las diferencias
y las propuestas. Negarse a escuchar la crítica lleva irremediablemente al aislamiento, y desde esta posición no tiene
mucho sentido intentar gobernar.
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Foto: Raúl Ramírez Martínez |
La presente administración no ha cerrado las puertas a las voces críticas. Su actitud ante la visión de los que ven
las cosas diferentes es lo que llama la atención. La crítica es una forma de vida. No puede existir un gobierno que no
acepte y atienda las visiones opuestas a lo que hace. Vicente Fox no es un prototipo de político, y por la misma línea van
sus colaboradores. Su trabajo ante los medios lo ha salvado de más de un apremio en el que se ha metido o lo ha
metido su equipo. Fox es un excelente comunicador. Sin embargo, es evidente que eso no es todo. Las nuevas formas
del quehacer del gobierno panista rompen con muchos moldes del pasado, pero sería absurdo darle un plumazo a los
otros tiempos y pasar por alto lo que se ha hecho.
El pasado lejano y reciente no se distinguió por atender a la crítica. Hoy se olvida, pero en tiempos de Carlos
Salinas y Ernesto Zedillo, por mencionar lo reciente, la Presidencia sólo atendía lo que quería. Algunos argumentaban que
"nadie leía la prensa escrita" y, por lo tanto, era mejor pasarla por alto. Otros, también apuntalados por sus singulares
direcciones de comunicación social defendían el proyecto del momento. La crítica, pues, ni verla ni oírla.
Bajo el régimen de Carlos Salinas se dieron algunos hechos que rayan en el absurdo. Por ejemplo: en la síntesis de
la Presidencia no aparecía el periódico
El Financiero. La razón nunca se supo de manera oficial, nomás faltaba. Se dice
que la crítica de este diario era severa al salinismo y la gente de comunicación social, o el propio mandatario, optaron
desde el inicio del 89 por "no leerlos". El resto tiene mucho de mítico, pero era claro que
El Financiero no aparecía en los
famosos resúmenes.
La actitud del gobierno del "villano favorito", respecto de dicho diario, era la intolerancia total. De nuevo hacía
acto de presencia la idea de que si no te parece lo que hago, entonces estás en mi contra. La situación en esos seis años
se agudizó por las elecciones del 88, y por la abierta distancia que se dio entre el mandatario y el PRD. Pero
evidentemente fueron muchas las circunstancias que definieron la relación entre el régimen salinista y los medios de comunicación.
Estos fueron para Salinas un elemento toral en su gobierno. Así como Fox no puede ser entendido como gobernador,
candidato y Presidente sin la tele o el radio, para Salinas el uso y control de los medios era un instrumento para gobernar y
para dirigir el tránsito del país, al fin y al cabo como se dieron las cosas en su administración era "su muy particular tránsito".
El fin del sexenio fue más que un desastre. Los compromisos entre la televisión y Carlos Salinas impidieron
cualquier crítica al que se iba. Nadie desde la televisión forzó la máquina de la crítica para confrontar a Salinas. Al fin y al
cabo la relación entre la televisión y el entonces Presidente se había construido bajo la línea de los intereses comunes.
Televisa se había definido como parte del regimiento de los "soldados del Presidente", al tiempo que promotores del "pase
de charola". TV Azteca venía de una inquietante y cuestionada licitación. Los medios se agruparon ante Salinas y
tuvieron que pasar algunos años para que los intereses comunes se fueran diluyendo. Entre el
rating y las evidencias claras de un régimen lleno de claroscuros se definió un nuevo terreno.
En el régimen anterior las cosas no fueron muy diferentes. Este pasado reciente está, por el poco tiempo
transcurrido, todavía fresco en la cabeza de todos. Fue el tiempo de un Presidente que daba la impresión de no querer
gobernar. Estableció un uso de medios fundamentalmente dirigido a la creación de los nuevos intereses comunes, buena
referencia es el artículo en el diario
Reforma de Roberto Zamarripa del lunes 21 de mayo reciente. Fue el tiempo también de
un manejo desaseado de la comunicación con una buena cantidad de cambios en la dirección del área. Fue la
preocupación por la televisión y la radio, y una actitud casi de desprecio a la prensa escrita. Fue un régimen donde la radio creció y
la televisión se fue quedando rezagada bajo la enésima construcción por cierto, cada vez más complicada de
intereses comunes sexenales.
Los voceros de la comunicación oficial se la pasaron tratando de mostrar los beneficios de la administración
zedillista. Nada nuevo de lo que había pasado durante muchos años. Las variantes eran en la forma, pero en el fondo los
medios servían para dar a conocer el proyecto y los "logros" del gobierno. La crítica aunque se dejara fluir no era tomada
en cuenta. De nuevo, la máxima era contundente: la crítica no es digna de atención. La diferencia con los nuevos días
de la política, en referencia al pasado referido, es que los medios y la sociedad misma están hoy en un auténtico
proceso de evolución y cambio muy diferentes al de los años 70, 80 y 90.
No se atendían las voces que eran diferentes. La crítica pasaba de largo y se le despreciaba bajo una buena dosis
de menosprecio. Las voces de gobierno contestaban bajo argumentos menores como aquel que decía que lo que se
quería era confrontar al gobierno. Ernesto Zedillo siempre apareció ante la opinión pública como el hombre que padecía el
cargo más que gozarlo.
Por supuesto que el asunto no es sólo de ida. Algunos medios jugaron un papel muy triste, por decir lo
menos. Aceptaban cualquier insinuación; intimidaban a su propio personal; trataban siempre de leer lo que les podían pedir
más allá de lo que se presume les dirían y, de nuevo, los intereses y conveniencias comunes trazaban la definición de su
relación con el gobierno.
Si efectivamente las circunstancias están siendo otras, es necesario que gobierno y medios también se asuman
como otros. De nada sirve que el gobierno se aísle o haga pactos a la antigüita y en lo oscurito. Fox no entró bajo ningún
signo de duda a la Presidencia. Por lo mismo, no tiene sentido establecer formas nuevas si la crítica emanada de los medios
no se acepta, y menos si no se incluye como una de las formas de gobierno. De nada sirve regresar a los tiempos del "ni
los veo ni los oigo". Es el tiempo en el cual para que la sociedad se siga construyendo y se empiece a sentir diferente se
deben establecer relaciones maduras, sin los lamentables y caducos intereses comunes. La crítica ayuda a gobernar por más
que duela. Con el tiempo a todos nos hace corresponsables, porque al fin y al cabo uno supondría que así debe
funcionar cualquier sociedad. Más vale que los nuevos inquilinos del gobierno no lo pierdan de vista y sin dejar de hacer
ejercicio oigan y vean.