Su fama de ogro traspasaba fronteras (las de
unomásuno), pero también su prestigio como promotor
cultural, como impulsor de nuevos valores, por lo que su escritorio siempre se encontraba atiborrado con las montañas
de textos que aspirantes a escritores o ensayistas le enviaban a través de diversos medios o que le
entregaban personalmente, no sin temor.
Cierto, a veces la primera impresión de quien conocía a Huberto Batis era la de que se trataba de un
individuo gruñón, irascible, que, sin motivo aparente, iba a montar en cólera. Por supuesto, a veces sucedía. (Al
respecto, existen varias anécdotas. Hay quien cuenta que en una ocasión le arrojó una máquina de escribir a un novato
escritor que un día sí y otro también le insistía sobre la publicación de un texto.) Sin embargo, en el fondo se encontraba
un ser generoso y con gran sentido del humor.
Cuando se desempeñó como director del suplemento
sábado (de 1984 a 2000) dio grandes muestras de la
primera virtud no sólo al publicar a innumerables plumas noveles, sino porque con oficio se dedicó a pulir el estilo de
éstas. Su dedicación, pero también su ojo clínico convirtieron a
sábado en cantera de las letras nacionales: Volpi y toda
la generación del llamado crack (Palou, Padilla,
et al); Serna, Fadanelli, Yeyha, De Luna y muchos más hicieron
sus pininos bajo la tutela de Batis en la publicación fundada por don Fernando Benítez en 1977, y a la que aquél
llegó desde un inicio, primero como secretario de redacción y después como jefe de ésta. (No era un novato en las
lides editoriales. En los 60 había fundado, junto con Carlos Valdés, los
Cuadernos del Viento, una publicación ya
mítica, y dirigió la Revista de Bellas
Artes, del INBA.)
Visitar su oficina del
uno era una experiencia única, no sólo por los cerros de papeles que se encontraban
diseminados por todos lados. Entrar al cubículo donde se elaboraba el que fuera el mejor suplemento cultural de México
significaba escuchar las más sabrosas anécdotas (siempre diferentes) del mundillo cultural, pero también compartir un vino o
un café lo mismo con los ya consagrados (por ahí llegaban con frecuencia Arturo Azuela y Juan José Gurrola,
entre otros) que con quienes después se convertirían en referentes literarios. Incluso con verlo corregir a lápiz los
mamotretos ajenos era suficiente para que la visita bien valiera la pena.
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Foto: Jarosz Wojciech |
Lúdico, hedonista, también provocador, no dudó en publicar a autores iconoclastas, en darle el mismo valor
al buen rock que a la llamada música culta y, también, en otorgarle un importante peso a la narrativa y a la
poesía erótica, así como a la fotografía de desnudo (sobre todo femenino), ante el espanto de algunos editores de
otros suplementos, que aducían que eso "nada tenía que ver con la cultura" y el beneplácito de otros que
pretendieron emularlo con desigual resultado.
Justo por los años en que se hizo cargo del hebdomadario, Batis escribió su ya célebre
Estética de lo obsceno, una obra donde se lanzó contra la mojigatería e hizo una defensa apasionada de la obscenidad. En ese texto,
Huberto planteó que obscenidad y arte eran valores no excluyentes entre sí. "Pocas frases me irritaban tanto como oír:
'Esto no es obsceno porque es arte'", escribió en
Por sus comas los conoceréis, libro colectivo que homenajea su obra.
Precisamente, en los terrenos del erotismo, el entrañable "diván de sábado" hizo época. Ahí, en un sofá un
tanto devencijado desfilaron, en reveladoras minifaldas, en excitante lencería, o desnudas por completo, luminarias
del mundo del espectáculo (Edith González, Paty Manterola), escritoras, poetas, pintoras, reporteras... (En este
sentido, cómo olvidar a Mónica Linarte, ya fallecida, quien durante varios números se mostró sin cortapisas en la ya
legendaria sección.) En esos raptos de desprendimiento, a los cuales era afecto el maestro Batis, en ocasiones invitaba a
presenciar alguna sesión del célebre diván, por supuesto con la anuencia de la modelo en turno. Era un espectáculo
verlo, sudoroso, jadeante, subir a su escritorio o ponerse pecho en tierra, con cámara en mano, todo con tal de captar
los mejores ángulos de las divaneras.
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Foto: www.walterceron.com |
Como también hizo historia su brillante generación (la de la Casa del Lago), integrada por un grupo de
destacados intelectuales (Juan García Ponce, Juan Vicente Melo, Inés Arredondo, José de la Colina...) que sobresalieron no
sólo por la vasta y magnífica obra desarrollada, sino por las recurrentes juergas a que eran asiduos (a esta
generación también se le conoce como "Despedazada", pues la mayoría de sus integrantes enfermaron o
murieron prematuramente).
Es verdad que con Batis al mando,
sábado dejó de ser el "superacorazado" que con don Fernando Benítez
supo aglutinar a las vacas sagradas de
Vuelta y nexos, así como a lo mejor de la acedemia de la UNAM en las
mismas páginas, pero en cambio ganó en desenfado, se transformó en escuela y refrescó el anquilosado panorama de
los suplementos culturales.
Hoy, ya en el retiro, este "cordero con piel de lobo", como certeramente lo definió el ensayista Alejandro
González Acosta, seguramente se ha de encontrar satisfecho de ver como "sus ahijados" obtienen premios y
reconocimiento, mientras publican su obra, ya madura, en las mejores editoriales de habla hispana. No sólo eso, su impronta se
deja sentir también en excelentes suplementos como
Laberinto y Confabulario.
José Antonio Gurrea C.