Francisco Báez Rodríguez
La televisión mexicana ha iniciado 2003 de una manera bastante traqueteada. El conflicto entre Televisión
Azteca y CNI Canal 40, así como las intervenciones y omisiones del gobierno dan tema para debatir. En particular, son
un duro recordatorio de la necesidad de reformar la Ley Federal de Radio y Televisión, que a cada rato confirma
su obsolescencia.
A lo largo del mes que va del 27 de diciembre al 27 de enero se sucedieron hechos inéditos: la toma de
las instalaciones de Canal 40 en el cerro del Chiquihuite por parte de enviados de Televisión Azteca; un periodo en
el que Azteca "recuperó" a la fuerza la señal del 40; otro, en el que las autoridades sentaron a
negociar, infructuosamente, a Ricardo Salinas Pliego y Javier Moreno Valle; otro más, en el que se aseguraron las
instalaciones del Chiquihuite, la pantalla del 40 pasó a negros y se turnó el asunto al Poder Judicial; otro, en el que una
orden judicial de levantar el aseguramiento, en favor de CNI, quedó en el limbo; otro, finalmente, en el que las
autoridades de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes tuvieron que acatar la resolución de la judicatura,
convenientemente aclarada.
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En el ínterin hubo campañas mediáticas, encuestas de distinto tipo, diferencias dentro del gobierno,
panistas felices porque volvían a ser oposición, donaciones de bicicletas, efímera creación de mártires de la libertad de
prensa y cualquier cantidad de bilis y de paja. También hubo, en ese periodo, una notabilísima disparidad respecto al
tema entre la opinión pública (incluso, la opinión pública informada) y la opinión publicada, el llamado "círculo rojo".
Como ya ha corrido mucha tinta respecto del asunto, me limitaré a los comentarios que considero más pertinentes:
1. Televisión Azteca cometió un error político mayúsculo con la toma del Chiquihuite. El único punto en el
que coincidieron la opinión pública y la publicada fue en la condena a ese acto. Aun en la encuesta de Televisión
Azteca, cuyo orden y fraseo de preguntas es un ejemplo de cómo buscar resultados amañados, fue notable el
pronunciamiento mayoritario en contra del propósito de Azteca de "hacerse justicia" por propia mano. La empresa del Ajusco se
vio como el grande que aplasta al pequeño, como el gran consorcio que no respeta la ley. Perdió mucha
credibilidad en un solo día. Sus posteriores campañas informativas sobre el tema sólo sirvieron para ahondar la
percepción negativa.
2. El tamaño de ese error tapó, ante una parte importante de la opinión publicada, los cometidos por
Javier Moreno Valle a lo largo de mucho tiempo. Una mala administración endémica; un convenio en el que cedía una
parte sustancial de su programación a un tiburón de las finanzas, interesado exclusivamente en programas
comerciales, rentables; la reticencia a pagar su deuda y el diferencial entre su tren de vida y la de los trabajadores de su
casi quebrada empresa. De repente, Moreno Valle pasó a ser un paladín de la libertad de expresión: el
representante de los intereses populares.
3. La lentitud en la reacción del gobierno dio pie a interpretaciones suspicaces. Hubo funcionarios que insistieron, de manera pertinaz, en que no se trataba de un asunto político y que podía resolverse con una fácil
pinza entre lo técnico y lo legal. Sólo hasta que lo político inundó el panorama, y hasta que lo jurídico se puso
totalmente en blanco y negro, se pudo encontrar la salida a un túnel por el que se transitaba de manera transversal.
4. Mientras la sospecha de parcialidad encuentra algunos asideros (la prudencia excesiva en la interpretación
de fallos legales, alguna aparición poco oportuna en las pantallas de Azteca), se levantaron críticas a un
supuesto intento de frenar la libertad de expresión, que carecen de todo fundamento. A la justa preocupación por la
posible pérdida de pluralidad en la pantalla, no siguió un análisis de hechos que, por ejemplo, recordara que esa
pérdida potencial no nació del gobierno, sino de un convenio en el que se cedían derechos de programación y de una
falta de pago y de cumplimiento a un compromiso mercantil, sino el ataque facilón.
5. Un subproducto positivo del conflicto es que creó conciencia entre partidos y legisladores acerca de la
necesidad de reformar la Ley Federal de Radio y Televisión. Casos no previstos por la legislación, como el del convenio de
1998 entre Azteca y CNI, son comunes en los medios electrónicos, y dejan a las autoridades con pocos apoyos legales
para actuar, o, peor, abren la puerta al mundo de la discrecionalidad. Hay muchas iniciativas durmiendo el sueño de
los justos. Es hora de llegar a acuerdos.
6. Algunos han sonreido, y mucho, durante el desarrollo de este dramasainete, en el que todavía no se dice
la última palabra. Son los de Televisa.