Información versus comunicación
José Antonio Cedrón
Un periodista uruguayo nos contó que en su pueblo natal, de cinco mil habitantes, había liga de basquet
con seis equipos, torneos de "Papi futbol" con otros tantos, campeonatos de ajedrez, dos grupos teatrales, cine
de jueves a domingo, vecinos en la vereda: vida.
Hace años que no se juega a nada, cerró el cine, los grupos de teatro desaparecieron; el club social
reemplazó al ajedrez por tres televisores con videos, y si uno se cae en la calle a la diez de la noche no lo encuentran hasta
el otro día.
La televisión cubre más expectativas sin esfuerzo de imaginación que la radio cuando no tenía
competencia. Información versus comunicación, y en el envés una distracción semejante a la perplejidad del nieto de
Mastroianni en Todos estamos bien o al autismo de Dustin Hofman en
Rain man.
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Foto: Jorge Claro/Contraluz |
A mediados de 1992, en pleno despegue de esa nave que nos proyectaría al Primer Mundo a través del
TLC, todavía los jóvenes mexicanos veían dos mil 500 horas de televisión al año mientras pasaban 600 en la
escuela. Parecería que el aumento de audiencia fuera proporcional al descenso de los promedios.
A diferencia de otras religiones, este milagro no necesita que García Márquez le ponga una sábana para
elevarse, tiene otros operadores que no cobran por acceder al cielo sino a un satélite. Se trata de "poner tus ojos en lo
más alto".
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Ni se te ocurra pararte
Un breve seguimiento casero durante 40 días a la programación de Televisión Azteca y Televisa, me enseñó
como 170 formas de matar y otras tantas de morir. El despliegue incluyó armas de todo tipo y una generosa lección
de individualismo como sinónimo de éxito y triunfo. Sin embargo, como se vio durante la guerra del Golfo, y luego
con la de los Balcanes, la muerte real no es un accidente sino un espectáculo que puede convertirse en guión y
venderse por puntos de rating a todo el planeta. Para reafirmar que la realidad supera a la ficción, aquí como en las
series también ganó el más alto, el más blanco, el más fuerte.
Un regreso a las fuentes de esas lecciones racistas del cine estadounidense que mamamos desde las pantallas
de todas las salas de barrio a lo largo y a lo ancho de nuestro patio trasero. Y aunque se vea en colores, la
construcción del hilo argumental es fiel al blanco y negro, por eso, los indios siguen siendo bárbaros, los negros inferiores,
los mestizos incompletos, y todos sospechosos.
Para que no haya dudas acerca del mensaje histórico, la adaptación a los tiempos por parte de los
guionistas consistió en hacerlos cambiar de "profesión", nunca de condición.
De esta suerte, podría explicarse que Emilio Azcárraga Milmo nos redescubriera que "México es un país de
una clase modesta muy jodida", por eso es "una obligación llevarle diversión y sacarla de su triste realidad y de su
futuro difícil". La pantalla reemplaza a la vida.
A fin de cuentas, además de la tele, los "jodidos" tienen a su alcance la lotería, los pronósticos deportivos,
el melate, la raspada, la bolita, quinielas, los concursos de don Francisco y compañía, los horóscopos de Walter Mercado, la "excelencia" envasada de Miguel Angel Cornejo, y hasta las terapias de punta de Cristina
Saralegui, Rocío Sánchez Azuara, Carmen Salinas o el consultorio peruano de
Laura en América, entre tantos otros,
que ofrecen sus servicios profesionales. El azar es lo más democrático que les queda. Es cuestión de acertar.
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Un director de noticieros me dijo socarronamente: "El público duda del que duda; si tú no cambias, él
cambia de canal" (y se pierden los anunciantes).
Según la función formadora de los medios, el público opina por repetición con la seguridad de la ignorancia
que recibe de este enfoque educativo.
Al árbol de la miseria le cambiaron las ramas y las hojas, por eso, las traducciones no se pueden leer sin
eufemismos: "países en vías de desarrollo", "gente sin recursos", "carenciados", "umbrales de pobreza", "empleo
informal". Lenguaje que clasifica y habla de los otros y por los otros, pero nunca a los otros. Como en las religiones
se expresa en imperativo. La función traduce códigos, instituciones, moral determinada, una ideología. Neutraliza
de un modo más sutil: por compulsión. Si no fuera otra cosa más que un juego macabro, podría interpretarse que
las palabras dicen lo que quieren decir, en tanto no lo dicen, "sino todo lo contrario".
Podemos inferir que por efecto de un reciclaje continuo la posibilidad de conocimiento se convierte en un
espacio de ningún saber.
En suma, alimentan nuestra ignorancia a sabiendas que el "contenido", según parece, es parte inherente
de nuestras desgracias.
Así desfilan ilusionistas, lectores de manos, testigos de ovnis como de Jehová, benefactores de solterías
condenadas a la eternidad, conductores de cualquier cosa erigidos en defensores de la "opinión pública", que
"asisten" a invitados que se denigran con o sin consentimiento de que los "ventaneen", con tal de que usted, que está
del otro lado, "la pase bien".
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Foto: Miguel A. Navarrete |
El travetismo de parpadeo subliminal, la máscara, la declamación glamorosa, la autovanagloria ritual y la
utopía consumista no encuentran piso en la realidad porque el lenguaje monopoliza por sí mismo hasta la
inhibición cualquier otra consideración, en aras de una audiencia caótica como proclive a ser clonada por
inventos mercadotécnicos, más atentos a la escenografía y el impacto que al razonamiento.
Todo este juego de sustituciones que responde a la dinámica de implantación del neoliberalismo globalizador
a la que habría que sumarle resignación y deserción, según el caso tiene lugar en un territorio como
Latinoamérica, donde las mayorías (210 millones de pobres, según la CEPAL) apenas pueden decodificar, no leer. Después
descubrimos que no eran sólo ellos.
Por lo pronto, la TV nos protege y nos reúne para que todos juntos prefiramos compartir en familia cómo
odian y aman y lloran o se matan los otros en la pantalla, a cambio de caerse en una calle de nuestras ciudades sin ley.
La opción tiene consenso. Una madre dijo: "No señor, si a mi hijo lo pongo a leer, le doy un libro, al rato
pide salir de la casa. Con la tele estoy segura de que está adentro y no le pasa nada" (¿nada?).
El mercado, a través de los medios, nos reitera que las voluntades ajenas juegan un papel cada vez más
preponderante en la vida y el destino individual. De su lado, gobiernos y Estados apuestan su responsabilidad a lo
mismo hasta reducir sus roles a un espectáculo más para lucimiento de los guionistas del
show business. La globalización casera lo resume en una frase ritual: "echarle ganas".
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Después de que nos trajeron a Dios hace 500 años, las transnacionales desembarcaron con un nuevo
pensamiento único para el altar del sincretismo, que valida no sólo la coexistencia sino que revela la visión del mercado
globalizador en su estrecha relación con todo y todos aquellos a los que pueda unificar bajo sus leyes: objetos
deportivos, religiosos, comida, bebida, cosechas no tradicionales, pesos, estaturas, comportamientos y palabras para
justificarlos; condiciones para "estar en el mundo", como dice un comercial. De lo contrario de nada vale tocar
madera o ser bendecido. Si algo queda al azar es porque no es rentable.
Entre otras cosas, la globalización de los medios a través de su cobertura planetaria unifica en el consuelo, en
tanto muestra que las desgracias no son patrimonio de un país o de una región sino de todos, lo que permite a
grandes segmentos de la población reconocerlas como una especie de fenómeno "natural", no social, producto de
una misma liturgia política con orden y forma establecidos.
De un tiempo a esta parte
La educación, por múltiples factores y entre ellos una sobrecarga de exigencia por parte de los mercados
productivos, se ha vuelto cada vez más instrumental y acumulativa; en términos de conocimiento se traduce en
información, no en reflexión.
Hoy se habla de excelencia para responder a la demanda de una maquinaria productiva de la cual, en
México, 58% está en manos de empresarios que no terminaron el segundo año de secundaria. Una verdadera
cirugía cosmética de política educativa, para una clase media y alta que no se afilia a círculos de lectores, sino al Price Club.
Según Jorge González en su libro
La cultura en México, entre 1998 y 1999 seis de cada diez hogares
mexicanos no compraron ningún libro. La cuarta parte de los profesionales mexicanos no ha visitado nunca una
biblioteca pública, y seis de cada diez nacionales tampoco ha estado nunca en una.
La enseñanza es una isla; en la costa continental los "descubridores", quienes van a evaluar, diagnosticar
y delimitar nuestro progreso; en la otra orilla los aldeanos.
En un país donde se enmarcan más diplomas de cualquier cosa, los pedagogos, los especialistas, las
vacas sagradas, los gurús, no están excluidos del hábito. Lo sofistican, lo disfrazan, lo enmascaran para que no se
note, pero la realidad, terca como un músculo eternamente joven, sobrevive a toda suerte de cosméticos.
La educación sigue siendo informativa, piramidal, dependiente; tal vez por eso, una de las "virtudes" del
subdesarrollo consiste en elegir no lo que necesitamos, sino aquello que nos volverá parecidos a los que no necesitan
lo que nosotros. A costa de aceptar que la llamada modernidad es un destino pobre para alcanzar a través de
la imitación. No obstante, insistimos en ser actores protagonistas de una obra ajena, pero somos comparsa.
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Diego Arria, gobernador de Caracas durante la primera presidencia de Carlos Andrés Pérez en la década de
los 70, le compró a los húngaros autobuses Ikarus con fuelle para modernizar el transporte público de la ciudad.
Cuando llegaron al país y los pusieron en marcha, no alcanzaron a completar el recorrido porque su tamaño le impedía
dar vuelta en las esquinas de las calles estrechas de esa ciudad endiablada.
Poco tiempo después estaban abandonados en los deshuesaderos oficiales por falta de mantenimiento y
utilidad verdadera, hasta que terminaron vendiéndose por piezas. Tal vez por todo esto el Tercer Mundo es el mundo
de repuesto de los otros dos.
Todos pagamos por ver, sin querer ver: Diego Arria dejó el cargo para postularse a la Presidencia, que se le
ofreció a todo color y en horario triple A. Sus anunciantes lo vendían como "el hombre del cambio que necesitamos".
No la obtuvo porque el mismo subdesarrollo tenía otras barajas en el mazo, y le cambió la jugada.
Pero este Arria tenía antecedentes: se vestía como Robert Redford cuando era galán; bajo el sol caraqueño
un día tropezó en la calle y tuvo una caída sin consecuencias, pero le sirvió de pretexto: desde entonces modeló
una colección de bastones por toda la ciudad. La importancia de tal acontecimiento lo devolvió a la pantalla chica
del arte efímero.
Arria no era un político, era pedagogo, un invento de la tipicidad.
Se perdió en los pasillos sombríos de la historia porque la democracia también tiene su Siberia de
desechables con qué justificar el reemplazo. Como en los canales de televisión, cuando baja el
rating se cambia el producto y conserva a sus anunciantes.
Los líderes inventados no son tocables sino famosos y deseables por la necesidad de inserción en la saturada
escala de valores; pronto, devienen ventrílocuos.
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Como el futuro puede ser recordado, hace diez años, antes de los tratados de "integración comercial" y
la transformación del Estado en empresa, en los países subdesarrollados había 130 millones menos de pobres
que ahora; la educación y la salud públicas cubrían más de 60% de la población, hoy reservadas a quienes
puedan pagarlas. Para los "jodidos" queda el Teletón. La diversidad engañosa. Pedagogía del asistencialismo
multimedia como enfoque renovador y globalizador de los nuevos "usos y costumbres". Su acatamiento es la
conservación entrampada de una diferencia basada en la desigualdad de oportunidades, de crecimiento, de desarrollo,
de derechos de dignidad, en la falta de reconocimiento del otro como persona.
En el centro del caos regresa la utopía; la obstinada señora rema a contracorriente del anunciado "fin de
la historia".
Tal vez nos queda organizarnos con algo posible, para que esta sobrevivencia apenas material para millones
de personas no nos impida respuesta de conservación espiritual y poética; es decir, respuestas que sólo tenemos
y podemos ofrecer como especie.
O de otro modo, ¿qué hacemos con lo que hicieron de nosotros, para que no nos perdonen porque no
creemos en la culpa?