La mesura quedó al margen
Pedro Salazar Ugarte
Todos los canales, todo el tiempo, el mismo tema: ¿podría ser de otro modo? O, mejor dicho: ¿habrá sido
diferente en alguno de los países que integran esto que llamamos Occidente? Para saberlo tendré que esperar a
la publicación de etcétera.
Lo cierto es que en Italia el patrón de lo inevitable se cumplió paso a paso: durante las primeras ¿cinco?,
¿ocho?, ¿diez? horas después del atentado todas las transmisiones se convirtieron en noticiero; la información desplazó
a la reflexión durante mucho tiempo; las angustiantes imágenes desde los distintos ángulos y en los
diferentes momentos fueron el insistente telón de fondo de los prolongados reportes. Efectivamente: también en
Bologna (e imagino que en todas las ciudades italianas) las calles se vaciaron, los locales públicos con televisión se
abarrotaron y la convicción de que lo que habíamos presenciado no eran efectos especiales tardó en asentarse. De la ficción
a la realidad hubo que pasar por la conciencia.
Un dato relevante pero creo que carente de originalidad alguna: durante todo el maratón informativo la CNN
sus imágenes, fuentes de información y comentarios fue el referente constante y obligado. De este modo, los
italianos, sintonizando cualquier canal público o privado de su país, vieron siempre lo mismo: desde las distintas
perspectivas del ataque, hasta la escalofriante sustitución del cintillo de la pantalla que en las primeras horas recitaba:
"América bajo ataque" y tiempo después: "América en guerra".
Este fenómeno de globalización informativa, sin ser nuevo, será materia de ricas reflexiones: ya no se trata
sólo de que todos conocemos lo que pasó, sino que lo sabemos
en el mismo modo, con los mismos
medios y bajo la misma óptica. La gravedad y el dramatismo de lo que vimos no dejó mucho espacio para la editoralización, pero
también marginó las reflexiones mesuradas y las opiniones divergentes. Por desgracia, frente a la imagen incesante del
drama estadounidense los "peros" y "quizás" parecen cómplices. Nada más peligroso para el mundo.
Una vez más: como supongo que pasó en todos lados, la televisión italiana alteró completamente su
programación después del atentado. Precisamente en esa semana debió iniciar la nueva temporada televisiva que
incluye muchos programas de variedad, entretenimiento, investigación, etcétera, y debieron esperar siete días para salir
al aire. Un poco por respeto y otro por prudencia, los dueños, concesionarios y operadores de la televisión
italiana decidieron que el esperado lanzamiento del
Grande Fratello II, las nuevas bailarinas de
Passaparola, los invitados del
Mauricio Costanzo Show y demás sucesos de temporada deberán esperar una semana para iniciar su carrera
por el rating. Por fortuna, a cambio y en su lugar, pudimos presenciar las primeras mesas de reflexión y análisis
sobre la tragedia en Estados Unidos. Nada excesivamente profundo pero, sin duda, oportuno y necesario.
El mismo martes por la noche en el programa
Porta a Porta, de Bruno Vespa, se sentaron líderes y
representantes de los partidos políticos y del gobierno italiano y dos ex embajadores de Estados Unidos en Italia.
Resultado inevitable: mucha condena y poca sustancia. Pero fue el miércoles por la noche cuando, desde mi perspectiva,
fue posible sintonizar la primera reflexión profunda y plural sobre la tragedia. Michele Santoro sentó en la mesa
de debate a personajes políticos italianos con líderes religiosos y representantes de la comunidad árabe en Italia.
Por primera vez en muchas horas de histeria irreflexiva, la condena unánime al terrorismo vino acompañada por
voces que advertían sobre el riesgo de la generalización, sobre el peligro de la respuesta fanática al fanatismo, sobre
la inutilidad de la violencia y sobre la tristeza del prejuicio.
Seguramente este tipo de foros aumentará conforme pasen los días pero creo que, por su oportunidad y
composición, ninguno tendrá el efecto que logró el panel de Santoro: más de un articulista moderado retomó
la transmisión en su editorial de los días siguientes y el programa, si no me equivoco, acompañó más de una
sobremesa. Al menos así fue en mi caso.
Durante los próximos ¿días?, ¿semanas?, ¿meses? irse a dormir sin encender la televisión será una mezcla
de irresponsabilidad e inconsciencia: es la ventana a la triste realidad que nos rodea. Sinceramente espero
encontrar más mesas redondas sobre las bondades del diálogo, la negociación y el entendimiento y muchas menos
imágenes de guerra. Sin importar dónde caigan las bombas.