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Scott S. Robinson  Senderos digitales


 La sociedad se limita a ser cliente

 Scott S. Robinson


Hoy, quienes participamos en la expansión de la Internet en América Latina andamos en El jardín de los senderos que se bifurcan. Estamos sobre caminos con empalmes, encrucijadas, meandros, quebradas, arroyos, barrancas profundas que implican coyunturas, dilemas y decisiones.

Ilustración: Newsweek
Es un laberinto donde fácilmente podemos perder el rumbo, a veces nuestra brújula no registra el norte, y corremos el riesgo de quedarnos pasmados ante tantas opciones, múltiples posibilidades, utopías ofrecidas en barata. La revolución digital abrió una nueva brecha, social y tecnológica a la vez, por donde hemos transitado durante algunos años y, de repente, hoy encontramos que son muchos los senderos, todos ensanchándose, entrecruzándose; y somos muchos los que transitamos y la señalización es aún ambigua. Aquí, en este encuentro, somos más los interesados en su crecimiento, su oferta, destino y el proceso mismo de estarnos acompañando en un proceso social históricamente insólito. Otros se han guarecido en un luddismo moderno, haciendo berrinche ante los cambios que ya no pueden conducir ni controlar. Y puede ser que algunos andamos confundidos, yo incluido, intoxicados por las profecías que ahora abundan, incapaces de recordar que la tecnología nunca es neutra, porque siempre se inserta en escenarios de propuestas, patentes, licencias, del dinero y el poder. Caminemos juntos en este jardín revisando la flora y fauna, y también las bifurcaciones que todos los distintos actores, institucionales y gremiales, hoy enfrentan, contemplan y cuyos senderos se están perfilando.

Pero la caminata tiene mayor sentido si reconocemos algunos valores que supongo compartimos: 1) una apreciación de que la Internet (femenina por su fertilidad) es una figura internacional aún sin dueño, donde todavía ningún gobierno ni consorcio ejerce un control contundente, y el hecho nos arroja la enorme responsabilidad de cuidar esta condición; 2) una conciencia de que tenemos que ser "letrados" en el mundo y espacio digital, lo cual nos obliga a enfrentar las preguntas mayores: Internet ¿para qué?, ¿y para quién?; 3) un recordatorio que el llamado "desarrollo sustentable" es un proceso muy intensivo en el consumo de la información, y la crisis ambiental que a diario atestiguamos en muchos frentes afianza nuestra percepción de la naturaleza como un sistema complejo emparentado con nuestra condición humana y su modelo contemporáneo de desarrollo; 4) compartimos también una mirada desconfiada, por la cantidad de ilusiones, riesgos y trampas en el camino ya recorrido, y 5) me gustaría pensar, o por lo menos rescatar de su subconciencia, que los futuros senderos dentro de nuestro jardín requieren además de una alta capacidad técnica, una sensibilidad social aguda, una apertura para negociar y la voluntad y madurez de lograr alianzas novedosas y audaces. Parto de un compromiso con los telecentros comunitarios, proyectos pilotos aún sin masa crítica en América Latina. Ustedes ya lo adivinaron: el jardín es real y al tiempo coexiste en nuestro imaginario (que no es virtual), existe aquí y en la red que consultamos a diario, donde convivimos pero, a la vez, los linderos percibidos y las posibilidades imaginadas constituyen paradigmas de nuestra conciencia.

Es un hecho que hoy la mal nombrada "brecha digital" está ensanchándose en América Latina. Mal nombrada por ser una metáfora maniquea, simplona y confusa; una etiqueta que desvía el pensamiento crítico y disfraza la enorme distancia entre ricos y pobres. Nuestro jardín refleja la dramática polarización social y económica de hoy, la conectividad técnica es aparte, y el acceso universal bien puede ser una justificación para consumir lo que no sabemos utilizar plenamente, o ni siquiera necesitar en este momento. Algunos pintan el cuadro equivocado de la "brecha", según sus intereses, como merolicos en la plaza, creando demanda para todo lo que ofrecen. Otros nos sugieren que hay que tomar en cuenta quién se está beneficiando con los avances digitales, más el grado y transparencia de la apertura del sector de telecomunicaciones y el correspondiente nivel de competencia mercantil disponible con las tecnologías de punta. Quiero decir que es imprescindible comprender la naturaleza de los mercados y los actores principales de los distintos servicios digitales, que no coinciden ahora con fronteras nacionales. La pobreza no tiene fronteras ni tampoco la demanda para mayor conocimiento y participación ciudadana. Unos reclaman, "olvídense de la brecha digital", y les doy la razón, porque el tema central refiere al derecho de acceso (Estonia), contenidos apropiados, construidos desde la base social, e incentivos culturalmente adecuados para saber utilizarlos en la vida cotidiana y profesional. Esta discusión y otras más acontecen en escenarios traslapados, sobre senderos circunnavegantes, dentro de un país, y al tiempo en nuestra amplia región, el jardín, pues, considerado por los estrategas de la mercadotecnia como un espacio casi homogéneo, donde se puede invertir, ensamblar y vender. Las organizaciones internacionales, incluyendo muchos organismos no gubernamentales, también comparten un enfoque regional, ya es parte de su mandato, o exigido por un imperativo escalamiento de su trabajo. Todos andamos juntos en el jardín, y a lo mejor compartimos el acuerdo que lo local hoy es también lo global, y esta percepción afecta cómo apreciamos la nueva realidad y nuestra manera de relacionarnos y actuar en ambos niveles.

Foto: Newsweek
Se registra un proceso de concentración del mercado global y regional de proveedores de las tecnologías digitales. Hay una expansión de las redes de los carriers troncales en la región y entran nuevas empresas con amplio capital de trabajo, como Telefónica de España y America On Line (AOL) y, simultáneamente, se aprecia un desaceleramiento del ritmo de las privatizaciones de las empresas públicas observado durante la primera etapa de la expansión de la red en América Latina (1995-2000). Esto acontece cuando se registra unareducción del crecimiento en la influyente economía estadounidense, con su corolario en la quiebra dramática de una parte del sector telecomunicaciones o las empresas punto.com a nivel global; esto aunado a la marcada reducción del valor de las acciones de las mismas en el mercado de valores Nasdaq de Nueva York. El resultado es una serie de recortes del empleo, hasta la desaparición de iniciativas digitales empresariales precoces, y el consecuente ambiente de desconfianza para invertir en proyectos de negocios digitales. Al mismo tiempo, paradójicamente, se registra un dinamismo en el crecimiento de usuarios de los servicios digitales en la región. Pero ¿cuál es el perfil del nuevo usuario urbano en América Latina, en un ambiente de crédito restringido, y sus atenuantes en la capacidad de compra en el mercado de servicios de la red? Hay avatares en el jardín que pregonan una expansión continua de este mercado en América Latina. Pero podemos suponer que la expansión registrada en la región tendrá su tope al corto plazo al saturar los mercados urbanos (queda pendiente el acceso costeable en ambientes rurales). Son condiciones donde prevalecen las empresas transnacionales con su mayor capacidad financiera, su control de las tecnologías de punta, y su capacidad de aguante en momentos de restricciones en la demanda y aumentos en el costo del financiamiento de sus inversiones. Muchos de los que llegaron primero al mercado regional, y se establecieron con su marca en el ambiente de los usuarios, sean empresas de equipos (hardware), sistemas operativos más aplicaciones (software) y diversos servicios en demanda, poseen mayores probabilidades de mantenerse en la competencia en tiempos de una contracción del mercado y de una consolidación de los proveedores. Y estas empresas no son locales, sino transnacionales, o coinversiones (joint ventures) con socios nacionales, lo cual no debe sorprendernos, pero sí llamarnos la atención en cuanto al ritmo de la concentración y la privatización de los instrumentos de entrega además de los contenidos de la Internet, lo que augura riesgos para algunos senderos de nuestro jardín en un futuro cercano.

Uno de los resultados de la contracción del mercado de servicios y productos digitales, de nuevo la nombrada crisis punto.com, es una reducción en la disponibilidad de capital de riesgo, al momento de una maduración del mercado de las élites regionales cuya capacidad de pago garantizó la integración de los diversos servicios digitales a sus múltiples intereses comerciales y financieros durante la primera fase de la expansión de la Internet latinoamericana. Pero no se proyecta la misma tasa de retorno sobre la inversión para llevar la conectividad a los barrios populares y pueblos rurales. En pocas palabras, la iniciativa privada, que vive contemplando el reto de cómo ampliar sus mercados y utilidades, no aprecia con ojos codiciosos el mercado potencial de la conectividad popular. Simplemente, este sector no posee una capacidad de compra "respetable", mientras se siguen cosechando buenas ganancias en los ambientes urbanos de alta capacidad económica. Y es improbable que esto se logre cuando el ambiente regulatorio auspicia la privatización de las TICs, el retiro del sector público de políticas que implican inversiones no poco lucrativas y así evitando mayor endeudamiento o déficit fiscales, al tiempo que se reduce la capacidad de compra de los sectores populares ante el ciclo de crisis del capitalismo regional. Además, la histórica incapacidad de las economías regionales para ofrecer empleo digno a la mano de obra disponible ha generado un amplio patrón de emigración de los seres más emprendedores. El perfil regional de esta migración, antes rural hacia los centros urbanos, hoy se acerca a una verdadera diáspora internacional (por ejemplo, en México, Ecuador, El Salvador, Guatemala y regiones de Colombia), produciendo como consecuencia economías que viven del envío de las remesas de los emigrantes y la consecuente fuga de cerebros de las regiones marginadas hacia el norte y también el sur (médicos ecuatorianos y peruanos trabajando hoy en Chile, por ejemplo). Uno de los resultados de este fenómeno masivo es una movilización de las mujeres jóvenes del campo quienes no han emigrado aún, y ahora cuidan sus cosechas y toman el mando de los telecentros comunitarios, por ejemplo, además de ingresar por primera vez a cargos públicos en gobiernos locales. Este cuadro representa un cambio muy significativo en las relaciones de género y mando local.

Foto: El País
Es indudable que actualmente las élites regionales en América Latina constituyen la primera generación de usuarios de la red de redes, y su empleo como instrumento de trabajo y comunicación está consolidándose entre las mismas. Estos sectores dominantes, herederos de un poder, a veces netamente colonial, en algunos casos producto de alianzas audaces con nuevas fuerzas sociales y políticas, ahora están bien instalados en la red y cada vez son más capacitados y cómodos al integrarla en sus tradicionales proyectos de inversión y de dominio. No debemos olvidar que la red se ha vuelto, por su expansión insólita durante el último lustro, un instrumento de control político para estas élites y otras instancias que rebasan los conceptos tradicionales de soberanía. Sin embargo, existe una enorme ambivalencia dentro de estos grupos dominantes en cada país: su versión y respeto por lo local se puede traducir en lo folclórico, un referente sesgado a un patrimonio cultural desconocido, y su autopercibido camino a lo global es más bien para gente bonita, rica y "leída". Otros, sin ningún escrúpulo, sacan provecho de la pobreza ajena, traficando con las altas tarifas de transacción para el envío de las remesas a casa (Western Union y la cadena de tiendas Elektra en México). Pero existen propuestas para movilizar el poder del protocolo de la Internet para reducir el altísimo costo actual de estas transferencias; por ejemplo, una red de telecentros acoplados a microbancos digitales, en el norte donde laboran los emigrantes y, en el sur, en sus pueblos y barrios.

El jardín está lleno de controversias. Hay grupos que resisten activamente el proyecto de los grupos dominantes. Indígenas y otros ciudadanos organizados han utilizado la red hábilmente para difundir su causa y ampliar la base de su apoyo. Están entrando a lo global usando esta tecnología como mecanismo de resistencia desde lo local. El Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) puede ser el caso ejemplar, pero los Pemon de Venezuela también sobresalen con su batalla contra las torres de alta tensión que cruzan su territorio; la Confederación Nacional Indígena, (Coniaie), en Ecuador; los Pehuenche y Mapuche en el sur de Chile, y los Asháninka de la selva central peruana. Pero, en general, el crecimiento de la conectividad y su empleo productivo y creativo entre las clases populares es un proceso más lento que lo pronosticado durante la euforia inicial de la Internet en la región. Es aquí donde enfrentamos una bifurcación en el sendero por delante, enormes retos para el diseño de las políticas públicas de hoy, y las luchas para mayor democracia y justicia social de mañana.

Los gobiernos nacionales sufren el cambio provocado por el debilitamiento del Estado, algo inducido deliberadamente por el neoliberalismo reinante; ahora el Estado es menos hegemónico, sus funciones más fragmentadas, su soberanía en entredicho. Por la Internet los ciudadanos tienen acceso a datos e informaciones antes reservado a las élites, o los encargados de la seguridad nacional. Pero la obsesión por la sobrevigilancia del ciudadano puede acotar los espacios y las formas de gestión del mismo. En México vivimos una feria de bases de datos oficiales, CURP (Cédula Unica de Registro Personal), Renave (Registro Nacional de Vehículos), y lo que se conoce popularmente como tiranet (redes de información entre los múltiples cuerpos de policía). Otro meandro indica que la red ofrece una apertura para formas novedosas de organización y gestión ciudadana, figuras desconocidas hace pocos años. También, observamos una especie de carrera del "armamentismo digital" entre los Estados nacionales: antes todos tuvimos que comprar, a buen precio, aviones de combate, tanquetas antimotines y radares sofisticados; hoy no sólo tenemos que pagar el Plan Colombia; ahora las nuevas "compras" se tratan de redes de fibra óptica, conexiones de alta velocidad, al tiempo que una parte del pueblo no come bien ni tiene trabajo. En el sendero de los gobiernos de los estados o provincias, y aun en el nivel municipal, la consigna es la descentralización de funciones y un compromiso, por lo menos retórico, con el principio de mayor autonomía fiscal. La tecnología ahora lo permite, pero la voluntad de las autoridades centrales es cuestionable; los discursos en favor del e-gobierno pueden ser un espejismo, porque los usos y costumbres de hombres negociando asuntos de poder cara a cara son lejanos a transacciones transparentes en línea. Otro sendero que retorna sobre sí mismo.

Hay indicios de que la desregulación de los mercados para servicios digitales puede ser una sobrerregulación disfrazada, donde se favorece a las empresas tradicionales, verdaderos monopolios de conexión (Telmex), aumentando el costo de entrada al mercado para nuevos y pequeños competidores. Esta sobrerregulación también provoca el caos del oportunismo de los que venden lo prohibido, lo "no autorizado", justo en nuestro jardín, donde la tecnología rebasa el ritmo de su aprobación por las instancias reguladoras del Estado, sujetas a las influencias de las élites nacionales y sus socios. Lo observamos en México donde la Comisión Federal de Telecomunicaciones (Cofetel) detiene las solicitudes para la oferta de servicios de Internet bidireccional vía satélite, mientras se venden estos equipos en la calle, junto con redes de módems fijos inalámbricos de gran alcance (40 kilómetros), también sin autorización. Nadie propone un esquema de autorregulación concertada, y hay pocos espacios para nuestra participación en el diseño de las políticas públicas al respecto. Pero el empleo de la demagogia digital en los discursos abre un nuevo sendero, surge ahora con más frecuencia en una región sumergida en el dramático dualismo económico y cultural.

Las agencias de las Naciones Unidas, me temo, brillan por su ausencia entre los liderazgos, un papel distinguido en el jardín. Hay evidencia de que se han dedicado a la concentración de información puesta al servicio de élites de gobierno y "ganosos" de los grandes mercados, y los que podrían jugar un papel más activo se dedican a "ver el partido" desde butacas cómodas a media cancha. Estas agencias muestran una filantropía selectiva, sujeta a los términos de su propia certificación, mientras las ONGs impugnan esta hegemonía indebida, producto de acuerdos internacionales que datan de finales de la Segunda Guerra Mundial. Algunas ONGs ahora negocian políticas de alianzas multilaterales, dentro de los limitados espacios de la ONU o con la banca multilateral, mientras su capacitación sobre la marcha, con algunos fracasos quizá por la reticencia de las élites nacionales, les puede fortalecer para jugar en estas ligas mayores. De nuevo sobresale el camino de las organizaciones indígenas en la región y el conjunto de organismos apoyados por el Centro Internacional de la Investigación del Desarrollo de Canadá.

Otro fenómeno contemporáneo, con su propio sendero, es la reducción en los recursos filantrópicos dedicados a los proyectos experimentales que hoy representan los telecentros comunitarios. En la medida que los grandes consorcios atestiguan una disminución en sus ingresos, hasta pérdidas entre algunos, las aportaciones a sus respectivos proyectos filantrópicos serán reducidas (unos ejemplos: el programa World e-Inclusión de Hewlett-Packard). Hay menos ganancias en el mercado de hoy, y así menos aportaciones a fondos de apoyo para proyectos experimentales; se registran reducciones en el valor de la capitalización del portafolio de las fundaciones internacionales, y titubeos en el destino de los fondos disponibles en los fondos sociales (social trust funds) de algunos países desarrollados para proyectos como la iniciativa pendiente del Grupo de los Ocho, G8, el Dot Force, la fuerza de punto (¿o es punto de fuerza?). Este cuadro, poco alentador, junto con la amenaza cercana de las megafranquicias de cibercafés a nivel del hemisferio (observen que Rupert Murdoch está a un paso de adquirir DirectPC y su tecnología satelital), no augura un sendero brillante para proyectos comunitarios, para citar sólo un riesgo inmediato.

Foto: Time
Al tiempo, las instituciones financieras multilaterales caminan, al parecer, en un solo carril, o pagan (con nuestra deuda) la pavimentación de la supercarretera digital en construcción, donde pocas empresas locales pueden transitar en el carril rápido. El Banco Mundial mantiene una ventanilla limitada y engorrosa para proyectos digitales innovadores (InfoDev), pero a pesar de intensos debates internos sobre el futuro de la institución ante la llegada de la Sociedad de la Información, y el arranque de algunos proyectos promisorios (BarrioNet y School Link, por ejemplo), el mayor peso estratégico parece haber pasado al controvertido Portal del Desarrollo (Development Gateway). Este consiste de un megaportal en la Internet donde se concentra "toda la información relevante para el desarrollo" para un conjunto dinámico de países. Una de las muchas vetas de la amplia crítica en su contra, procedente de diversas fuentes, hace hincapié sobre la desviación de recursos hacia un banco de datos que, en efecto, duplica esfuerzos de distintas organizaciones civiles (y también de servicios comerciales), y de esta manera va coartando las opciones para los promotores de telecentros comunitarios y otros proyectos ciudadanos. Muchos de los que hemos manifestado una crítica al proyecto Gateway lo consideramos como una traición a la causa del acceso universal con capacitación, participación y conciencia social, y el hecho es lamentable. Dos colegas uruguayos han promovido una queja formal ante el Banco Mundial dirigida al proceso de "privatización" de este portal. Con mayor presencia en la región, pero aún sin una política clara en relación con el empleo de las nuevas tecnologías digitales se encuentra el Banco Interamericano de Desarrollo. El resto de la familia de organismos internacionales de corte oficial carece de acciones contundentes acordes con las posibilidades que las nuevas tecnologías ahora permiten, o se limitan a la administración de proyectos pilotos con pocas posibilidades y relevancia para necesidades locales. El resultado es que estas actividades de poca trascendencia atenúan las posibilidades para proyectos innovadores distintos, al estar "tomado" el espacio institucional y por la legitimidad poco impugnable que las agencias de la ONU comparten en la opinión pública. Existe una suerte de territorialidad institucional que no cede a las buenas intenciones de propuestas competitivas en materia de las NTICs en el escenario regional. No es un cuadro de actividades innovadoras que merece algún aplauso dentro del jardín, un lugar que no es necesariamente un edén.

Las universidades públicas comparten este escenario donde la reticencia del Estado y "las fuerzas del mercado" cohabitan dentro de una moderna torre de Babel (bien "conectadas", eso sí) donde proliferan discursos y profecías sobre el "desarrollo para la sociedad de la información", la educación a distancia, el adiestramiento tecnológico, las reformas a la docencia; pero, de hecho, son contadas las iniciativas concretas a escala nacional y regional. ¿Por qué no tenemos hoy los contenidos en línea del tronco común del nivel medio de educación superior, disponible para toda América Latina, por ejemplo? El vacío creado por la ausencia de estos proyectos es campo de cosecha productiva para las universidades privadas; el Tecnológico de Monterrey, en México, por ejemplo, goza de más de una docena de campus con instituciones hermanas en igual número de países latinoamericanos, además de sus 27 campus en México, y su Universidad Virtual, sin duda es el líder en este nuevo mercado de la oferta de servicios educativos en línea. Pero, ¡ojo!, la libertad de cátedra acotada en estas instituciones abre un sendero inquietante. No se entiende la actual parálisis en este campo de las universidades públicas, salvo que la consigna discreta es que no es costeable competir con el Tec e iniciativas semejantes.

Foto: Newsweek
Mientras las economías nacionales sean inestables y las élites ahora regionales se consolidan, junto con sus socios financieros y comerciales extranjeros, y los nuevos políticos, apologistas del mercado sagrado, se enredan en planes de austeridad, el "redimensionamiento del Estado" y la reducción de programas sociales, la tecnología avanza a un ritmo inexorable. El acceso bidireccional a la Internet vía satélite es hoy una realidad, pero aún no disponible en amplias regiones de América Latina por trabas en el marco regulatorio nacional respectivo y la gula de los proveedores. Desde puntos de acceso geográficamente céntricos, se puede "cablear" una microrregión por medio de módems fijos inalámbricos de alta velocidad o unidades de microondas conectados a la base de la antena satelital de tamaño reducido (VSAT). En el sendero mexicano, y seguramente hay otros, la disponibilidad de estas opciones tecnológicas camina muy por delante del ritmo de la autorización oficial y la capacidad para supervisar los nuevos servicios ofrecidos por distribuidores, si no piratas, operando en el espacio gris del marco legal con estas tecnologías de punta. La proliferación de cibercafés, con y sin registro, disfrutando de varias opciones tecnológicas para su conectividad, es hoy otro hecho palpable.

La "cibercafenización" de América Latina es un proceso dinámico en pleno vuelo. El hecho tiene varias implicaciones alarmantes desde la perspectiva de proyectos de telecentros comunitarios, por ejemplo. En primer lugar, es un reflejo de la demanda inducida por la televisión, la moda y su intrínseco valor pragmático. Es un reflejo de la carencia de políticas públicas por parte de los Estados nacionales, abandonando al mercado rudo la oferta del acceso universal a la Internet (en una región donde hay pocos fondos efectivos de acceso universal). Conforme crece la demanda, la industria de los productos y servicios digitales vive satisfecha con esta estrategia, pero compartiendo, quizá, una suspicacia en cuanto a la indefinición de las políticas públicas pertinentes; la condición de abandono o desidia actual les favorece, hasta cierto punto, porque es fácilmente agotable la demanda popular del acceso a los servicios digitales vía un número fijo de cibercafés (que se acerca ya en muchos ambientes urbanos saturados con la oferta). Entonces, se puede prever a corto plazo (¿dos años?) la saturación de la demanda para equipos, periféricos y servicios, por no poder llegar aún a un público consumidor masivo debido al alto costo de las PCs y la conectividad. Pero lo alarmante de este cuadro, que ya observamos en la realidad regional, es el modelo de consumo que representa, duplicando fielmente la estrategia de la televisión comercial que fomentó exitosamente un público verdaderamente masivo de consumidores pasivos, en casa, viendo la tele cuando gusten, y saliendo a comprar lo anunciado. El peligro ­a mi juicio, la incipiente fuerza subversiva de la expansión de los cibercafés­ es la reproducción del modelo de consumo light entre los usuarios, quienes utilizan pocos instrumentos disponibles en línea: chat, correo, música y acceso a sitios de pornografía, de artistas favoritos y algo de shopping pasivo y de voyeur, menospreciando el enorme potencial del instrumental disponible. En concreto, la subversión consiste en el nuevo habitus de los cibercafés, cuyos usuarios subutilizan las opciones de enseñanza y aprendizaje por falta de una cultura de la información y su transformación en conocimiento.

Esto acontece mientras el Estado titubea, pregona y lanza proyectos pilotos, y "espera al mercado". Sin embargo, es evidente que los usuarios populares, por su nivel de pobreza y condición de anomia, no pueden ser el motor de una ampliación marcada del empleo del instrumental digital, o la figura conductora de la capacitación para acercarse a la información útil, necesaria y conveniente para los proyectos colectivos y personales dentro del fenomenal mosaico de la diversidad cultural latinoamericana. Es el Estado en alianza con organizaciones civiles el que puede incentivar la ampliación de la red incipiente de telecentros comunitarios, por ejemplo, de acuerdo con coaliciones novedosas de intereses mercantiles e institucionales. Pero ampliar o extender la conectividad puede significar no sólo atenuar la lucha de clases (¿se acuerdan?) por medio de una movilización de las ilusiones de que la Internet representa un camino seguro hacia la prosperidad y el desarrollo, sino también es capaz de profundizar la mercantilización del todo, puede vencer, por ejemplo, la resistencia de la economía informal y la cultura popular para ser integrado al modelo capitalista actual, ávido de cobrar más impuestos. En este escenario, nada descabellado, los proyectos de e-gobierno, por ejemplo, pueden ser senderos disfrazados para racionalizar el cobro de impuestos a los que ahora viven fuera del sistema financiero, viviendo a diario, en sus micronegocios o en la calle.

Foto: El País
En cambio, los organismos no gubernamentales, la sociedad civil organizada, viven una suerte de anquilosamiento, ensimismados, fragmentados, peleando los escasos recursos disponibles en el bazar del capitalismo filantrópico, justificándose a veces con frases de una época anterior, sin comprender bien la postmodernidad y los potenciales digitales. Los compromisos son sinceros y es loable el costo de formar recursos humanos, pero el desarrollo de estrategias de gestión y negociación sí nos cuesta y, en efecto, últimamente se registra un creciente apoderamiento, gracias a una pelea tenaz para un reconocimiento en espacios nacionales, y en especial en nuestro jardín, impulsando iniciativas más democráticas en las políticas públicas digitales. Los ejemplos de Funredes en República Dominicana, la Fundación Acceso en Costa Rica, Chasquinet en Ecuador, Infodes en Perú, El Encuentro en Chile, RITS en Brasil, Colnodo en Colombia, Laneta en México, son ejemplos sobresalientes. Pero la sociedad civil no organizada se paraliza en su autoimagen de "cliente", "ciudadano consumidor", vacunada por los medios masivos, quizá anticipando servicios de entretenimiento semejantes a la televisión. Sin embargo, esta sociedad civil es capaz de movilizaciones cuasi espontáneas, insólitas y coyunturales: la reacción al sismo de septiembre de 1985 en la ciudad de México; el plebiscito del "No" en Chile (1989); las marchas indígenas sobre Quito (1989, 2000); la reciente amenaza de vender el Instituto Costarricense de Electricidad (2000) y, hace poco, la caravana zapatista que llegó a la ciudad de México y llenó la plaza mayor de manera jamás vista. La sociedad civil latinoamericana está viva, atenta y capaz de movilizaciones en favor o en contra de sus intereses. Este hecho, y otros más, está llenando de flores aromáticas a nuestro jardín.

No podemos abandonar este jardín de los senderos digitales. Nos encanta y nos agobia. Es el contexto de nuestro trabajo, nuestra cohabitación con el nuevo mundo enredado, nuestra novedosa cultura en y desde la red. En efecto, su complejidad nos pasma, sus contornos nos confunden, tantos caminos nos puede engañar, muchas profecías convincentes que corren el riesgo de cumplirse porque deseamos creer en éstas. Son algunos de los riesgos de nuestra convivencia en un jardín que ya no podemos ignorar. Es nuestro espacio, y qué mejor que comprenderlo, cultivar lo que nos agrada, controlar las plagas inevitables, mientras analicemos sus senderos, y las bifurcaciones enfrente, de lado, por detrás, participando en los debates, la formación continua, siendo actores con aplomo en las negociaciones de las políticas públicas en foros de distintos niveles. Es nuestro deber como ciudadanos digitales, hoy y mañana. ¡Bienvenidos a nuestro jardín!


Scott S. Robinson es profesor del Departamento de Antropología de la Universidad Autónoma Metropolitana, Iztapalapa.
Correo: ssr@laneta.apc.org

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