Tragedia: entre videojuegos y tv satelital
Edgardo Bermejo Mora
Una concurrida, ruidosa e insufrible sala de videojuegos para adolescentes en la pequeña ciudad de Tawau, al norte de la isla de Borneo, donde milagrosamente pude acceder a Internet bajaba lento hasta la exasperación; así como la señal en vivo de CNN de la cual se colgaron de manera ininterrumpida y por espacio de casi un día algunas televisoras de Malasia y Filipinas un hecho inusual pero comprensible ante la dimensión de lo ocurrido fueron mis dos únicas y peculiares ventanas informativas el martes negro que sacudió a Estados Unidos y al resto del mundo.
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Supe de la tragedia 12 horas después, cuando ya era miércoles al mediodía en el horario asiático y, Shafrid,
el guía malayo que nos internó por una de las últimas selvas vírgenes del mundo para ir en busca de los
orangutanes, nos trajo las terribles nuevas. Mientras habíamos asistido a observar a una de las criaturas más pacíficas de
la naturaleza, las trompetas del apocalipsis sonaron con toda su fuerza en la gran urbe del hierro desplomado.
En el corazón selvático de Borneo pude reconocer algunos rasgos del nuevo perfil del mundo que se dejó ver
con su desgarradora contundencia en este capítulo atroz de los albores del siglo XXI, y que ciertamente nos recordó
el porvenir, por lo que me parece pertinente comentarlos.
1. En la sala de videojuegos a la que me he referido había por lo menos 20 computadoras donde medio
centenar de jóvenes malayos todos ellos musulmanes se entregaban con un deleite tenebroso a los juegos de
realidad virtual donde invariablemente el tema es el de la violencia y la guerra, en medio del repique aterrador de
las metralletas y los gemidos de muerte de los personajes que protagonizan esta singular manera que han
descubierto las grandes compañías fabricantes de videojuegos algunas de ellas con sede en Estados Unidos para
entretener a las nuevas generaciones del planeta.
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Nadie en aquel sitio parecía interesado por lo ocurrido en Nueva York, y mientras los chicos musulmanes
se afanaban hasta el paroxismo en sumar puntos matando terroristas o policías, yo asistía aterrado a las
primeras noticias que narraban el recuento amargo de la guerra de verdad, la muerte que no se cuenta en puntos sino
en víctimas de carne y hueso. Es curioso, pensé, las grandes corporaciones internacionales y el mercado de la era
global alimentan este jugoso negocio de las guerritas por computadora, donde el instinto de violencia enseñorea y la
pericia para emboscar se paga con puntos y más horas de juego y, por otro lado, Occidente se pregunta asombrado
y conmovido por la dimensión que alcanzó en el mundo la amenaza del terrorismo sin fronteras. Esto es algo más
que un sitio de esparcimiento en el corazón de Borneo, comprendí en ese momento con tristeza: aquí se están
cultivando los nuevos ciudadanos de la aldea global, soldaditos virtuales que se despacharon no menos vidas en
una tarde de diversión programa que las miles de víctimas que terminaron aplastadas o rostizadas en el infierno de
las Torres Gemelas de Nueva York.
No creo que haya otra etapa en la historia del mundo donde la violencia tan descarnada, sin ideologías
ni religiones de por medio, se hubiese convertido en un hecho tan masivo, cotidiano y aparentemente
entretenido como ocurre en una sala de juegos de computadora.
Estos chicos, concluí, terminarán por no distinguir la diferencia entre lo que transcurre en sus monitores y lo
que se asoma en la realidad y que tan fácil se les resbala.
Para ellos quizá el ataque a Estados Unidos no ocurrió en la realidad, sino que forma parte de un nuevo
videojuego que tarde o temprano podrán adquirir en el mercado, junto con simuladores de vuelo, o software especializado
en el diseño de virus y ataques cibernéticos. ¿Responsabilizaremos también de este hecho a Osama Bin Laden, o
habrá que pasarle la factura a los arquitectos de la globalización y a quienes postulan que el negocio de la guerra
por computadora es inofensivo y edificante? Los chicos en Borneo gritaban de júbilo ante cada nuevo muerto que
se cargaban en aquella tarde amarga del 11 de septiembre.
2. Mi otra ventana informativa fue la transmisión en vivo de CNN. Era una señal muy peculiar porque el
sonido original en inglés estaba en segundo plano y resultaba indistinguible, mientras que en primer plano se
escuchaba la traducción simultánea al tagalo de alguna televisora del sur de Filipinas que se colgó a la señal del
gigante mediático de Atlanta y que pudimos captar en un hotel de la ciudad de Tawau. No era necesario, sin embargo,
el recurso de la palabra. Las imágenes, repetidas hasta la saciedad, tenían la elocuencia atroz e inmediata de un
hecho que se transmitió simultáneamente a todo el mundo, como ya estamos acostumbrados desde la guerra del
Golfo, la primera que se transmitió en vivo y en directo como quien asiste a la distancia a un partido de la Serie
Mundial. También en Asia como en el resto del mundo, CNN se ha convertido en la agencia noticiosa totalizadora, propia
de la aldea global. La parte sustantiva de lo que apareció en los días posteriores en la televisión y la prensa
asiáticas no eran sino refritos de la empresa de Ted Turner, y acaso de tres o cuatro agencias internacionales de
noticias: Reuters, AP, France Press, y no más. A unos cuantos medios globalizados se restringió el monopolio de la
información, y las versiones y las reacciones, por lo tanto, no variaron gran cosa respecto de lo que se pudo captar
en cualquier otra latitud del mundo. CNN nos ha uniformado y hay poco espacio para los matices, para preguntar,
o para disentir. Lo que por otra parte me hizo comprender que ante acontecimientos de la magnitud del ataque a
EU, la geografía mediática del mundo atraviesa por una etapa de intensa monotonía y es, en ese sentido, no
una transmisión policromática sino en blanco y negro. Lo que vi desde Borneo fue exactamente lo mismo que se vio
en cualquier otra parte del mapa, y ello, en efecto, nos uniforma.