Soluciones prácticas a una tensión frecuente
Jose Marques de Melo
El periodismo fue reconocido como campo académico poco después del principio del siglo XX. La legitimidad
conquistada por la profesión, en la segunda mitad del siglo anterior, impuso la creación de los primeros cursos de
formación periodística en universidades de Estados Unidos y Alemania.
La lucha por alcanzar una situación semejante en Brasil se inició en 1908, cuando Gustavo de Lacerda fundó
la Asociación Brasileña de Prensa. Pero sólo hasta 1936 la idea mereció el respaldo del Estado. Getulio Vargas,
entonces Presidente de la República, firmó un decreto incluyendo al periodismo como área perteneciente a la enseñanza
superior. Sin embargo, no movió un dedo para implementar el compromiso asumido con la corporación periodística nacional.
Debemos al empresario paulista, Cásper Líbero, esa iniciativa. Fue él quien patrocinó el primer curso superior
de periodismo en el país, pero murió antes de ver su sueño realizado. Sus sucesores se encargarían de concretarlo.
Mediante convenio entre el periódico
A
Gazeta y la Pontificia Universidad Católica de Sao Paulo se instaló en la capital
paulista, en 1947, nuestro primer curso de periodismo. Al año siguiente comenzaría a funcionar el curso de periodismo en
la Universidad Brasil, después transformada en Universidad Federal de Río de Janeiro.
Liderazgo
Con todo, fue difícil la convivencia del periodismo con los campos tradicionalmente fuertes de la universidad
brasileña. Su inserción en las facultades de Filosofía, Ciencias y Letras inhibió la original vocación profesional de los cursos
pioneros. Las primeras generaciones diplomadas adquirieron un gran bagaje humanístico, aunque fuese débil su
capacidad periodística.
Para solucionar el
impasse, el periodista Luis Silveira consiguió la autonomía en la enseñanza del Periodismo,
transformando en Facultad el primitivo curso mantenido por la Fundación Cásper Líbero. Gracias a esto, esa institución de
la ciudad de Sao Paulo se volvió emblemática para los nuevos cursos instalados en otras regiones del país.
En los años 60, el liderazgo nacional pasó a ser ejercido por la Universidad Católica de Pernambuco, donde Luiz
Beltrâo creó, en 1961, un ambicioso curso de periodismo. Valiéndose de pedagogía innovadora, fortaleció la
profesionalización, valorando también su base científica.
Las ideas pragmáticas y progresistas del maestro del noreste del país se difundieron por el territorio nacional,
influyendo significativamente los cursos de periodismo implantados por la Universidad de Sao Paulo. Esta asume el liderazgo
nacional en el área durante las décadas de 70 y 80.
Entraron también en disputa, en diversas coyunturas, los cursos de periodismo de la Universidad de Brasilia y de
la Pontificia Universidad Católica de Río Grande del Sur. Esas universidades asumieron, en el campo de información de las actualidades, una firme orientación profesional, mereciendo el reconocimiento del mercado. Como consecuencia,
figuraron en los lugares más destacados de las encuestas respecto de cuáles eran las mejores facultades del país
(aquellas promovidas por la Editora Abril y divulgadas anualmente en la edición brasileña de la revista
Playboy).
Discontinuidad
Con la vigencia de la política instituida por el antiguo Consejo Federal de Educación, hacia mediados de los años
70, el universo académico de la comunicación sufrió un reduccionismo empobrecedor. Tanto el periodismo como los
campos afines de la publicidad y las relaciones públicas, que poseían autonomía curricular, fueron reducidos a meras
habilitaciones profesionales del megacurso de Comunicación Social.
La raíz del problema se situaba históricamente en la desconfianza de los próceres del régimen militar en relación
con los periodistas formados por la universidad. Estos llegaron a ser reserva de mercado desde la reglamentación de
la profesión en 1969. A ellos se les atribuyó un comportamiento hostil al gobierno autoritario, que se expresaba por
medio de la resistencia en los medios de comunicación al sistema vigente, pese a la censura.
No consiguiendo clausurar tales cursos (pese a tentativas poco sutiles durante la década de los 70), el gobierno
militar contó con el beneplácito del Consejo General de Educación para quebrar la espina dorsal del curso de periodismo.
La formación profesional sufrió daños irreparables, pues se redujo al bienio final del curso de comunicación. Reservado
el primer bienio para la formación básica, los jóvenes estudiantes pasaban por una especie de lavado cerebral ideológico.
Las disciplinas de formación humanística, al contrario de lo que pretendían los dueños del poder (comprometidos
con la doctrina de la seguridad nacional), fueron habilidosamente ocupadas por docentes más alineados a la izquierda.
Estos se inclinaron, con raras excepciones, a un proselitismo cercano a la Escuela de Frankfurt. Inocularon en los
futuros periodistas el virus de la impotencia intelectual, trayendo como consecuencia la pérdida de la autoestima profesional.
Resistencia
El bastión de resistencia a esa distorsión fue esbozado en la ciudad sureña de Florianópolis, cuyo curso de
periodismo fue fundado en 1969, año en que la profesión de periodista ganaba legitimidad nacional. Ese curso optó por
no fragmentarse en varias habilitaciones al ser persuadido por la política comunicacional del Ministerio de Educación.
Después de ello, los demás cursos de periodismo existentes en el país comenzaron a debilitarse, a perder la
identidad que les era propia, encajonados dentro del universo simplista y pesimista del ciclo comunicacional básico. A
mediados de los años 80 la deserción en esos cursos fue tan grande que el Consejo Federal de Educación transformó el "ciclo
básico" en "tronco común". Permitía tácitamente que las habilitaciones profesionales tornaran a ocupar espacios desde el
primer año de estudios. De ese modo, muchas universidades volvieron a definir la opción ocupacional en la fase
preparatoria, fortaleciendo las profesiones en detrimento del academicismo comunicacional.
El Curso de Graduación Periodística de la Universidad Federal de Santa Catarina se tornó en paradigma nacional
del área. Sus egresados conquistaron prestigio en las empresas periodísticas por su competencia profesional. Sus
profesores asumieron la vanguardia del área en los foros académicos nacionales. Contaron para ello con la simpatía y respaldo
de la Federación Nacional de Periodistas (Fenaj).
Innovaciones
Una de las claves para el éxito de los estudios periodísticos en la Universidad Federal de Florianópolis fue la alianza
que allí se forjó entre los profesionales de la noticia y los ingenieros de telecomunicaciones. El dominio de las
nuevas tecnologías de difusión informativa habilitó a sus egresados para superar rápidamente el
gap telemático que constituye el mayor desafío para las nuevas generaciones de periodistas. En realidad, la mayoría de los nuevos periodistas
latinoamericanos padece de una tecnofobia enfermiza.
Por otro lado, la cooperación con las empresas regionales ha facilitado la comprensión de las
condicionantes mercadotécnicas de la profesión, neutralizando de esa manera la prohibición legal del trabajo estudiantil en las
redacciones durante sus periodos vacacionales.
El reciente establecimiento de las Cátedras de Periodismo Fenaj (patrocinada por la Federación de los Sindicatos
de Periodistas) y por RBS (patrocinada por la Red Mediática de Brasil del Sur) constituye un claro indicador del
tratamiento equilibrado que allí se da, tanto a las cuestiones del capital mediático como a los desafíos del trabajo informativo.
No es gratuito que los egresados del curso de periodismo de aquella universidad estén conquistando las mejores
notas en el examen de calificación nacional, realizado anualmente por el Ministerio de Educación.
Al instituir un curso de postgrado específico en periodismo, inaugurado el 8 de marzo de este año, el Grupo
de Florianópolis asume decididamente la vanguardia del periodismo en la universidad brasileña en esta primera década
del siglo XXI. Inicialmente estructurado como curso de especialización, el nuevo programa tiene como meta
transformarse en los próximos años en maestría profesional y en doctorado académico.
Es una experiencia que debe ser observada críticamente por las facultades de Comunicación de América
Latina, muchas de ellas acusadas públicamente de transformarse en "fábricas de desempleados"