José Luis Durán King
La detención de John Edward Robinson, el 2 de junio de 2000, parecía ser un acto de rutina para la policía del
condado Linn, en Kansas. Dos mujeres lo habían acusado de violación, además de que presuntamente el sospechoso había
desplegado una enciclopedia de brutalidad durante el curso del delito. Sin embargo, las indagatorias de la policía pusieron al
descubierto que el nombre del individuo de 58 años estaba relacionado, desde hacía dos décadas, con una cadena de desapariciones
de mujeres, donde la más reciente de ellas, la de Suzette Marie Trouten, había ocurrido tres meses antes.
La posibilidad de que la vida privada de Robinson como jefe ejemplar de familia fuera una mascarada que encubría
un perfil más oscuro estimuló a las autoridades a emplazar una investigación exhaustiva en la propiedad del acusado,
una granja de 16 acres en la que el hombre tenía una cabaña.
La revisión de la granja arrojó resultados inmediatos. Uno de los perros adiestrados por la policía de pronto se
detuvo frente a un par de barriles de acero. Al destaparlos, el olor inconfundible de la carne putrefacta revolvió los estómagos
de los agentes. En uno de los recipientes, el cadáver de Suzette Trouten presentaba diversas mutilaciones, destacando
las realizadas en pezones y labios vaginales. En el otro, el cuerpo de Isabela Lewicka, quien al fallecer contaba con 21
años, estaba en una posición como si estuviera rezando. Presentaba una fractura en la cabeza y nueve de las diez uñas de
las manos le habían sido arrancadas con evidentes propósitos de tortura.
En la continuidad de la investigación, el equipo judicial llegó a un almacén que Robinson rentaba, donde
descubrió otros tres barriles, cada uno con su respectiva conserva humana.
Para los perfiladores tradicionales de comportamiento criminal, la personalidad de John Edward Robinson rompe
los moldes. Acusado de seis asesinatos y sospechoso principal en una veintena de desapariciones, Robinson rebasaba
por mucho la edad en la que los asesinos seriales, según los cánones, alcanzan la cima de su actividad. Por otro lado,
resulta sumamente desconcertante que este hombre, padre de cuatro hijos, esposo devoto, de temperamento tranquilo y de
actuar meticuloso, conservara en barricas a los objetos de sus oscuros deseos.
Pero hay más en el historial del homicida. Robinson es un explorador nato en los terrenos de la cacería, un
innovador que confirmó que la mente criminal carece de fronteras y abunda en imaginación. Una gran parte de sus víctimas
las eligió, no en parques o lugares públicos, sino por la Internet, en los cuartos de chateo sadomasoquistas. Para el
legendario ex agente del FBI, Robert Ressler, el señor Robinson "utilizó una nueva tecnología para explotar a una nueva clase
de víctima; es decir, un pervertido cazando a otros pervertidos. Es el último paso en la evolución del psicópata
social" (www.crimelibrary.com).
En 1993, después de una estancia en prisión, Robinson descubrió que la Internet transformaba al mundo. Y no sólo
eso, también era punto de reunión de almas atribuladas como la suya. Concentró su atención en los apartados de
esclavismo, dominación y sadomasoquismo y pronto las moscas cayeron en su telaraña digital. Fue el caso de Isabela Lewicka,
Suzette Trouton, Beverly Bonner, Sheila Faith y Debbie Lynn, un racimo de mujeres cuyo único error fue hacer dos veces clic
al ratón y buscar afecto y compañía en un universo en el que lo único virtual es la realidad.