Yuriria Sierra
Colgó el teléfono y descolgó el abrigo. Afuera hacía un frío que cristalizaba los huesos. Rodrigo se cubrió
la boca, la nariz y el alma con una bufanda que hacía ya tantos años le había regalado su abuela. Apagó
la computadora y se dirigió hacia la puerta de la salida del diario. Qué monserga esto de tener que trabajar el
31 de diciembre y el primero de enero, y el dos, y el tres, y el cuatro... Mientras caminaba al estacionamiento,
tuvo la ligera sensación de que la nota que había dejado lista para su publicación al día siguiente, el primer día
del año, era la misma historia contada un millón de veces; un repentino aire de odio a sí mismo rozó lo poco
que de su cara quedaba al descubierto, los ojos. Por un momento tuvo la ligera sensación de que algo en ellos
se había atrofiado, que ya no servían para "ver" la realidad y reportarla para sus lectores, que se había
quedado ciego y se servía tan sólo de la memoria para caminar sin tropezar por las conocidas calles de la ciudad. El
hecho de que un apagón del alumbrado público y la aparición repentina de un invidente indigente coincidieran
con ese pensamiento, le generó un escalofrío que trató de mitigar recordando que también el hombre creía que
Dios se hacía manifiesto en el estallido del rayo. Era una coincidencia, nada más.
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Foto: Martha Ghigliazza |
Ya en el auto, no pudo evitar volver a sentir una profunda tristeza. Decepcionado porque hacía tiempo
que su trabajo había dejado de apasionarlo o acaso, él había dejado de apasionar a su trabajo; sin
ninguna clemencia se acusó a sí mismo de haberse convertido en un burócrata del periodismo, en un contador
de historias todas ya contadas, en un plagiario de sí mismo, en un apóstata de la curiosidad. Se encontró tan
triste que el llanto lo tomó por sorpresa. No era la primera vez que lo pensaba, pero sí la primera que se lo decía
con tanta franqueza. En el semáforo, un hombre rompe el cristal derecho de un coche en el que viaja una
mujer joven y extrae su bolsa; el asaltante corre hacia el puente peatonal y lo sigue con la mirada hasta que la luz
se pone verde. Quizá era momento de retirarse, o de poner un negocio, o por lo menos cambiar de sección
para darle nuevos aires a sus reportajes. Pero no, a él nunca le ha interesado hacer periodismo político ni de
negocios, tampoco de cultura o de espectáculos: siempre le gustaron las historias de a pie, de ciudadanos como
uno, historias felices, historias tristes, de niños, de mujeres, de ancianos, de jóvenes, de pobres, de ricos, de
buenos y malos, de uno y de todos... Historias de carne y hueso, lejos de las cifras frías del gobierno, del glamour
helado de las cámaras, de los glaciales vaivenes de la bolsa... Pero sus historias también se habían congelado. Ya
no le interesaba buscar, conocer, contar. Sus reportajes también se habían convertido en notas de
refrigerador. En el semáforo dos niños, con el torso desnudo, dan unas piruetas y se acercan a pedir dinero, Rodrigo les
da diez pesos y sube el cristal porque hace un frío que quema. La nota que aparecerá mañana lo atormenta:
es tan parecida a la nota de año nuevo del año que hoy termina. Se pregunta si será él o será, en realidad,
que nada cambia.
Tal vez se está exigiendo demasiado; su número de lectores se mantiene constante: recibe muchos
correos que le agradecen que se mantenga tan cerca de la gente, que sea un periodista sensible a las vidas
cotidianas, las preocupaciones caseras, familiares, sociales. Tal vez sea el añejo gusto por descalificarse; sus
compañeros y la directora del periódico lo felicitan con frecuencia. Quizá estaba demasiado presionado por los
problemas con su mujer y los había empezado a trasladar a su trabajo. Hay que poner las cosas en la balanza.
Además, se dice con cierta felicidad, por lo menos él nunca se ha visto sometido a las presiones de los periodistas
que cubren a los políticos o a los empresarios. Es lógico que su emoción se vea nublada de vez en cuando, él
también es un ser humano, tal vez tan sólo está aburrido. En el alto se empareja con un auto en el que viaja un
cantante retirado, lo mira ingerir un trago de una anforita antes de que se ponga el siga. Alguna vez, cuando
empezaba su carrera como reportero, Rodrigo había pensado que lo único inagotable era la capacidad de
asombro. Siempre había algo sorprendente en la realidad del Otro, en su vida, en su percepción, en su
circunstancia. Siempre había algo que preguntar, algo que intuir, algo que aprender. Siempre había algo inédito y algo
en común. Un punto de referencia y un punto de dispersión. Cada ser humano era un poema, una tragedia y
un heroísmo en marcha. Y verlos, observarlos, relatar su historia era una forma de ponerlos a todos en
contacto, de sensibilizar unos y alentar a otros. ¿En qué momento y por qué había dejado de hacerlo con esa razón
al centro, en qué momento? En el alto vio pasar a una pareja, un hombre y una mujer de mediana edad
caminando con visible prisa, abrigados y abrazados para vencer al frío. Decidido, hurgó en sus bolsillos, sacó la
grabadora y bajó corriendo del automóvil torpemente estacionado. Corrió tras la pareja, picó el botón para grabar,
pero se desistió antes de ser siquiera visto por ellos.
Su mujer le preguntó, impaciente, por qué se había retrasado tanto; la familia de ella los esperaba para
la cena de año nuevo, apenas llegarían a tiempo. Con una extraña sonrisa en los labios, Rodrigo respondió
que había tenido que cambiar su nota, porque el editor pidió, de último momento, un reportaje sobe la
infidelidad. Para ser de última hora, el reportaje había quedado maravilloso, dijo. La besó en la frente, le dijo vámonos, y durante todo el camino pensó que la vida siempre era una paradoja. En el alto paró una mujer
nerviosa acompañada por un reportero que recién había recuperado su pasión vocacional.