Ahora la televisión te verá a ti
Carlos Guevara Meza
Los llamados y los elegidos
Si, como decía Andy Warhol, todos tenemos derecho a 15 minutos de fama, ¿qué significan 106 días en
el programa de mayor
rating? La gloria, el paraíso terrenal, la utopía. La posibilidad de saltar de la anomia a
la existencia, el llegar-a-ser. Abolir la distancia entre la realidad y los sueños. Vivir de veras. Si la única justificación
de nuestra existencia está en esos 15 minutos; si lo único que realmente puede llamarse vida es lo que acontece en
esos 15 minutos, entonces 106 días son la inmortalidad o casi: 106 días son el derecho a la fama de diez mil
176 personas. Diez mil 176 vidas para cada uno.
Después de todo, ¿qué puede ser mejor que salir en la tele? Abandonar, quizá para siempre, este no-lugar de
la in-significancia, dejar de ser uno-más para volverse
alguien. "Ser es ser percibido", decía un filósofo antiguo y
hubo que esperar a la era de la televisión para que esto fuera cierto y experimentado por el mundo. Ser visto en la
pantalla constituye una identidad en la medida en que el otro por fin nos reconoce. "Mi hijo salió en la tele", "mira, es
el que sale en la tele", "¿tú eres el de la tele?". No volver a ser ninguneado jamás. La muchacha o el chavo
(según los gustos) del café, esa persona atractiva en el centro comercial en quien fijamos nuestra mirada para
manifestarle nuestro deseo, esperando el reconocimiento ("sí, tú también me gustas"), la aceptación, que "dé entrada"; y
que nos ignora olímpicamente, que desconoce nuestra existencia, o que se va, nerviosa, lanzando una mirada de significado inequívoco: "¿Quién te crees que eres?"; no volverá a pasar. Ahora será uno el blanco de las
miradas, el objeto del deseo, quien tiene el privilegio de reconocer o desconocer, aceptar o ningunear a los demás.
Y no sólo el "ligue". Es cambiar la infracción por el autógrafo al agente de tránsito, la mala cara por la
sonrisa y el buen servicio en la ventanilla, el "espéreme tantito" por "lo que usted diga", las puertas que se abren sin
espera ni antesala, la bienvenida en todas partes, el respeto, la importancia. La aceptación incondicional. Y sin
importar lo que uno haya hecho en la pantalla: la actuación memorable, el discurso grandioso, el análisis revelador; o
bien, la estupidez gigantesca, el ridículo espantoso o la palabrería plagada de lugares comunes. No importa si uno es
el que cayó en la trampa del "te caché", si envía el video casero del porrazo brutal e involuntario, si es el
"atractivo visual" del programa de variedades, el patiño idiota del cómico de moda, si sale en el
prime time como la estrella invitada o si es el gordo de ejemplo en el infomercial de las tres de la mañana. Uno es famoso. Es hora de
comprar el videocasete para grabarse, de hablar a familiares y amigos y avisar, de reunir a la familia frente al aparato
con el fin de que atestigüen que uno salió en la tele.
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Foto: The Economist |
Claro, ya habituados a la fama, sería mejor seguir saliendo, permanecer, persistir. Participar de ese
mundo maravilloso lleno de mujeres y hombres hermosos, amigables, donde todos son un equipo, una gran familia que
se apoya. Ser feliz. Y sin esfuerzo, sin esos largos años de trabajo a los que los demás están condenados sin
garantía de éxito. Porque, ya se sabe, no se requiere talento para estar en televisión: es salir en la televisión lo que nos
vuelve talentosos. Siempre conoce uno a alguien más hermoso o más inteligente que podría estar en ese lugar. Uno
mismo por ejemplo. ¿Qué tiene ese que no tenga yo? Por supuesto todo es falso. No existe la gran familia, el buen
equipo. Las grillas y las transas existen como en cualquier otro lugar, sino es que más. Y la fama es efímera,
insustancial. Hablar ahora de Raúl Velasco, Paco Stanley o de Jacobo Zabludovsky es como hablar de la Edad Media, quizá
más tedioso. Y ellos eran las estrellas, los imprescindibles, los eternos. ¿Quién podría recordar el rostro del bruto
que se cayó de la escalera o de la mujer a la que una corriente de aire levantó la falda?
Y es que la televisión es como un dios magnífico (posee de Dios la omnipresencia, el poder, la gloria y
la crueldad) que elige algunos y los hace participar de sus atributos. Sus razones son misteriosas. Sus
designios, inescrutables. Su operación, milagrosa. Concede o retira la gracia sin explicaciones. Da el ser. Cierto, todos
participamos del ser, pero en diferentes grados. Unos deberán contentarse con ver alguna estrella desde lejos y arreglárselas para contarlo como una gran hazaña. Patético.
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Naeske y Freud llamaron narcisismo a la manía de admirarse a sí mismo, la satisfacción erótica derivada de
la admiración de los atributos propios. Considerado normal en cierta etapa de la niñez, se califica como
comportamiento neurótico en la edad adulta. Narciso se contemplaba en el río del tiempo, pero no sabía que era suya la
imagen que amaba. Hasta Narciso se enamoró de otro. El Narciso del psicoanálisis requiere un espejo. Pero nosotros
somos como vampiros: los espejos no devuelven nuestra imagen o, lo que es lo mismo, esa imagen no basta. Y no
basta porque carecemos de la ingenuidad del mito, porque sabemos que el del espejo no es otro. Porque no
queremos mirarnos, sino que nos miren.
Por tanto, tienen razón los productores frente a los críticos: no es un voyeurismo generalizado lo que soporta
el éxito del programa. Es el exhibicionismo. El deseo de ser mirado y admirado. Por eso decenas y decenas de
miles llenaron su solicitud y millones seguirán la trama, tratando de proyectarse en los 12 elegidos. Sin duda, muchos
de los espectadores esperarán ver hermosos cuerpos semidesnudos o desnudos, besos, fajes y coitos, pero no
se transmitirán a menos que el rating
descienda demasiado y todo se dejará a la imaginación (particularmente
calenturienta en un país donde, según las encuestas, la gente prefiere trabajar a hacer el amor y donde el tiempo promedio de duración del acto es patéticamente breve). Sin embargo, la principal motivación de los espectadores será
estar en su lugar, ser el centro de atención.
Conociendo a Televisa y por lo que ha pasado en otras versiones, los elegidos seguramente serán chicos
bien, egresados o estudiantes de las licenciaturas de moda, educados en los cursos de liderazgo y en los manuales
de autosuperación, es probable que tengan pensado hacer carrera en los medios y vean esto como un trampolín.
Todos serán blancos, con algún moreno (pero moreno a lo Alejandro Fernández) por no dejar. Todos ellos presas de lo
que los psicólogos llaman "adolescencia prolongada": vivirán con sus padres a pesar de estar en capacidad de
ser independientes y dependen gravemente de la aceptación de ellos y su grupo, a diferencia de una personalidad
adulta y fuerte (aunque, ¿quién puede tener una personalidad adulta y fuerte en un mundo como éste?). Sin embargo,
los 12 elegidos no serán apóstoles sino chivos expiatorios. La lógica de
Big Brother es la lógica del sacrificio.
Como la vida misma
Reality show es el nombre de este tipo de programas. En efecto, de realidad tiene muy poco. La artificialidad
está por todas partes. ¡Casa con alberca y un solo baño! Chicos clasemedieros haciendo su propia comida,
horneando su pan, ¡por favor! Ya ni los pobres. Una comuna de chicos Tec viviendo en condiciones de escasos recursos. Y
el aislamiento. No me refiero a la imposibilidad de salir de la casa, que no sería tan raro como pudiera pensarse.
Es la prohibición de computadoras, teléfono, celular, localizador, Internet, radio y, por sobre todas las cosas,
de televisiones. Sólo pueden llevar un libro para entretenerse. Eso sí es inverosímil.
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Encerrados en una cápsula de cristal, opaca de su lado, ignorarán lo que los demás piensan y sienten de
ellos. No disfrutarán su fama, no encontrarán a nadie que los reconozca, nadie los apoyará. Estarán solos en un
mundo artificial, aséptico, invariable, rodeados de extraños con quienes compartirán todo, envueltos en la hipocresía
de los valores "humanistas" de la derecha neoliberal, de la cooperación, la amistad, el compañerismo, la
autenticidad, el amor pero todos serán sus enemigos. Cada uno de los otros será alguien a desplazar, a opacar, a eliminar.
Uno será para los otros un obstáculo o, en el mejor de los casos, un escalón. Y esto sí es la realidad. Como trabajar
en una empresa.
El sacrificio está en la imposibilidad de recurrir a las redes de protección. No habrá hora de salida cada día,
no habrá mami o papi que te den un consejo por la noche, alguien a quien comentarle la jornada, no habrá
diversión ni escape. Ni novia ni amigos ni antro ni tele. Nada con qué aliviar la tensión. Tu única familia serán tus
contrincantes, tu único apoyo es el del verdugo. El día de la "nominación" todos se tomarán de las manos, llorarán de
emoción, se apoyarán mutuamente, abrazarán al pobre diablo que sea eliminado, y no será más que la actuación de los
que se sienten triunfadores pero no pueden ser triunfalistas, so pena de caerle mal al público invisible.
Como la vida misma, llena de provisionalidad y precariedad. Uno puede ser extirpado en una semana, igual
que en el trabajo cuando hay recorte. La persona que te abraza pudo ser quien te vendió y tu pareja y tu familia,
qué pensarán si no que fue tu culpa, que tú no te esforzaste lo suficiente, que hubieras podido hacer esto o
aquello. ¿Dónde fallé? Con suerte, el primero en ser eliminado disfrutará algo de su fama. Todos buscarán
entrevistarlo, saber cómo se siente, qué pasó en realidad (porque no veremos nunca toda la realidad). Los demás serán
fantasmas, losers, con una L bien grande fosforeciendo en su frente. El triunfador, el
winner, gozará de fama, de prestigio,
de dinero (dos millones de pesos no es cualquier cosa, ¿qué empresa te jubilaría así después de sólo 100 días
de trabajo?).
Y el público habrá ejercido su venganza. Envidioso por no haber sido agraciado, el público acepta el papel
de Hermano Mayor de la obra orwelliana, vigilante, policiaco, intolerante y vengativo. No habrá Winston Smith,
todos somos O'Brien. Los curas y los moralistas se equivocan: lo morboso no está en ver a una hermosa chica
bañándose o a una pareja fajando. Lo inmoral es que todos, gustosamente y sin escrúpulos de ninguna clase, aceptaremos
el papel de victimarios.
Pero detrás del Gran
Hermano hay otro aún más grande. Las preferencias del público serán
cuidadosamente analizadas por los mercadólogos. Todo, hasta la ropa de los concursantes (si no es que fue previamente
manipulada por los productores y patrocinadores), será objeto de deseo para los consumidores. Las formas de hablar,
de comportarse, los sueños y deseos del confesionario y su impacto en el público. Todo será medido para saber
qué vender y a quién. Esas preferencias, sin embargo, estarán manipuladas: desde la selección de los concursantes,
desde el formato del programa. Un dios nunca cede su lugar.
El espejo y la mirada
Como se ha dicho, algunos espectadores esperarán satisfacer sus calenturas. Pero el verdadero voyeurista
se sentirá decepcionado. No solamente porque los concursantes entrarán a la regadera en traje de baño, porque
la censura de Televisa eliminará las verdaderas escenas candentes y aun en el caso que las transmita (si el
descenso del
rating amenaza la inversión millonaria) seguramente bloquearán lo más interesante con difuminaciones. El
buen voyeur quiere ser testigo de lo que le es prohibido, de lo que no es espectáculo, de lo que es obsceno en su
sentido etimológico (es decir, lo que acontece detrás del telón). El buen voyeur no se complace en el acto de
desnudismo profesional, sino en el atisbo del cuarto donde la persona se viste o desviste, aunque se trate de la misma mujer
o del mismo hombre. Por tanto, el programa frustra el voyeurismo en la medida en que los participantes del show
se exhiben voluntariamente.
La dimensión del deseo, por supuesto, está presente en los espectadores, como lo está siempre y en todas
partes. La contemplación de cuerpos hermosos proporciona material para las fantasías eróticas de todos, como sucede
con cualquier programa, película o imagen. Hombres y mujeres bellos en la televisión dan pie a todo tipo de
ensoñaciones, desde la orgía hasta el enamoramiento platónico. En ello
Big Brother no se diferencia de Los guardianes de la
bahía o de cualquier telenovela. Repito: en un país reprimido cualquier cosa basta para calentar los ánimos.
Sin embargo, igual que en cualquier programa o película (en esto no hay diferencia alguna y menos en
una producción hecha por Televisa), el mecanismo básico de atracción de audiencia es la identificación y la
compensación. Proyectarse ahí, imaginarse siendo ellos, ensoñarse en los brazos o abrazando al personaje
físicamente hermoso, pensarse pasando las mismas situaciones, recibiendo el mismo reconocimiento y compensando, en
esta ocasión, la ausencia de todo ello mediante el poder del verdugo. Eliminando con la ficción de la
participación telefónica a aquel o aquella que rompe nuestra identificación o que se nos parece demasiado y nos desdibuja
por lo mismo. La ilusión de participar del poder del dios. Si en la vida real yo no soy quien decide el recorte de
personal ni puedo impedirlo ni enfrentarlo por ningún medio; aquí yo soy quien "despide" al antipático, al que no
colabora, al que no se esfuerza lo suficiente. Si en la vida real sufro, en la televisión también veo sufrir y ahora puedo hacer sufrir. Si en la vida real no tengo acceso a ciertas cosas, o las tengo a fuerza de enormes sacrificios, ahora
puedo gozar viendo a los que no las tienen ni las pueden tener.
En términos de dramaturgia, la televisión no ha pasado de Aristóteles: es pura catarsis, liberación de los
bajos impulsos con el fin de mantener el orden social. Afortunadamente, la televisión no ha podido sustituir la vida
real, salvo cuando la vida real no presenta urgencias. Frente a los apocalípticos de siempre no está de más recordar
el caso argentino: con todo y Big Brother la gente salió a las calles a protestar cuando la realidad se hizo insoportable.
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Los números de la versión mexicana
Número de
aspirantes: 150 mil
Inscritos por sexo:
Hombres: 80.79%
Mujeres: 18.58%
Distribución por edades:
Menores de 21: 27.43%
Entre 21 y 25: 48.69%
Entre 26 y 30: 15.35%
Mayores de 35: 2.95%
Distribución por escolaridad:
Licenciatura: 43.10%
Postgrado: 3.02%
Preparatoria: 43.19%
Primaria: 1.06%
Secundaria: 8.97%
Fuente: Televisa