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Víctor Hugo Puente  Desde la trinchera


 Denunciar excesos, misión del corresponsal de guerra

 Víctor Hugo Puente


Octubre. Víctor Hugo Puente
en un campamento de refugiados
en Pakistán
Las turbinas de los B-52 rompieron el silencio entre las montañas. Pronto, el silbido mortal de la primera bomba que parte el cielo se metió en la tierra, dicen que todas las bombas silban pero sólo el de la primera se escucha, luego son explosiones.

Como casi todas las de Kandahar, la calle era estrecha, de tierra y con hedor a mierda. Casi sin aliento paramos la carrera en la última casa antes de tomar campo abierto, de dejar las pocas luces que delatan cada noche a la ciudad con los bombarderos. Avendaño giró en sentido contrario, flexionó las rodillas haciendo equilibrio, como si aún en esos momentos importara que la toma no saliera movida, metió su frente morena en el view finder, jaló el labio inferior por detrás de la oreja izquierda, como el martillo de un viejo revólver antes de soltar el gatillo, y presionó el botón del zoom, la toma se fue cerrando hasta enfocar en un plano medio a una mujer que corría con un niño en brazos

En esos momentos en los que el recatabum de las bombas está por todas partes, la eternidad puede escribirse en un segundo, el último suspiro deletrearse en menos y con una sola toma registrar principio y fin de la vida de una persona.

Apenas unas horas después redacté este reporte en mi libreta, un minuto y medio, dos cuando mucho, para contar hasta los detalles, unas cuantas imágenes en una edición rápida porque en televisión si el material no está listo para el envío por satélite ya no sirve, se acabó. Y entonces es como si nada hubiera ocurrido, como si aquel niño muerto en brazos de su madre no hubiera sido asesinado.

El trabajo de un reportero de guerra es informar sobre los avances de un ejército y de otro, las bajas de soldados, qué ciudad fue tomada, qué puente destruido, etcétera, pero su misión fundamental es denunciar los excesos, el incumplimiento de las leyes internacionales que regulan la guerra: el ataque a hospitales, centros de acopio de alimentos, campamentos de refugiados o la muerte de inocentes.

En esta guerra, quizá como en ninguna otra, la encomienda fundamental del informador ­por diversos factores­ no se ha cumplido.

Estudio de la televisora
Al Jazeera
Foto: The New York Times
Magazine
A partir de Vietnam y hasta la guerra contra Iraq, los medios de comunicación se convirtieron cada vez más en un frente de batalla muy importante. La doctrina militar incorporó y desarrolló el concepto de "guerra total": no basta con el poder militar, se necesitan de otros elementos como los medios de comunicación. Y también se puede atacar al enemigo con medidas económicas, sanciones o beneficios, medidas políticas y diplomáticas, que es el juego de Naciones Unidas y de otras organizaciones internacionales, incluso las llamadas ONGs. Es en Afganistán donde, sin duda, el concepto "guerra total" se ha llevado a la praxis con mayor éxito.

En este conflicto existen básicamente dos bandos, el de los talibán y Osama bin Laden y el de los aliados (países de Europa, repúblicas ex soviéticas y el grupo afgano de la Alianza del Norte) encabezados por Estados Unidos e Inglaterra. Ambos grupos fueron y son responsables de que muchos capítulos de esta guerra se hayan distorsionado o simplemente no se cuenten. Con censura y la manipulación de la noticia protegen las decisiones políticas y militares de sus países.

¿Cuál es el papel que los medios han jugado en esta guerra y cómo lo han hecho? Las respuestas teóricas pueden encontrarse en análisis de profundidad de respetables académicos, historiadores, articulistas que mucho han dicho y escrito sobre el caso, unos más críticos que otros: Noam Chomsky, Michael T. Klare, Juan Gelman, James Petras, José Saramago, etcétera.

Mi propuesta es trasladar al lector hasta el campo de batalla:

Asia central, la región más vieja de la Tierra, entre cordilleras de muchos metros de altura, con noches de bajo cero grados. Ahí donde la comida es mala, no hay agua siquiera para bañarse, la nariz, la garganta y las botas todo el tiempo están llenas de tierra, donde a los actores se les escucha en su lengua, se les mira a los ojos y se huele su sudor, donde una entrevista se negocia lo mismo que un viaje clandestino para cruzar una frontera. Trasladarnos ahí, hasta donde los reporteros también mueren. Por último, y sólo para no descuidar detalle, pongamos nuestros relojes en tiempo real, 11 horas hacia delante y, por cierto, será necesario traer muchos miles de dólares porque cubrir la guerra no es cosa barata.

El ejército de reporteros

Apenas unas horas después de los lamentables incidentes terroristas en Estados Unidos, incluso antes de que las acciones militares comenzaran en Afganistán, dos cadenas internacionales de televisión, CNN (estadounidense) y BBC (inglesa), desplegaron un ejército. Reporteros, camarógrafos, productores, técnicos y asistentes en zonas estratégicas del conflicto, amén claro de las toneladas de equipo con el cual suelen viajar (incluidas mesas de billar y nintendos).

Septiembre. Víctor
Hugo Puente en
territorio Pakistaní
En todos los conflictos los periodistas convierten un hotel en centro de operaciones, esta vez fue el hotel Marriott en Islamabad, Pakistán. La mitad de las habitaciones las rentaron esas cadenas sin dificultad, la otra mitad se disputó ferozmente entre reporteros de todas las nacionalidades y medios, disputa que incrementó el costo de una habitación hasta en 400%. En la azotea se acondicionaron los sets para las transmisiones en vivo, en las habitaciones del último piso auténticas cabinas de control.

En todas las televisiones CNN o BBC, un ojo al gato y otro al garabato literalmente los periodistas reporteamos de sus reportes.

Primero 30 segundos de las cortinillas. Imágenes desgarradoras del atentado con títulos de fuerte contenido mercadológico: "Estados Unidos bajo ataque", "Guerra contra el terrorismo" y "Operación Libertad Duradera", después, a cuadro Christiane Amanpour, reportera estrella de CNN y Liz Dousset de BBC, una breve introducción y los enlaces en vivo con sus corresponsales increíblemente ubicados dentro de Afganistán, la imagen de los reporteros llevada hasta la pantalla a través del videophone: una maleta de menos de 20 kilos con un teléfono y una cámara casera que se conecta telefónicamente al satélite y se envía el video. Tecnología de guerra, fuera del alcance de los simples mortales, del resto de las empresas. Así, ante tales recursos y despliegue no queda más que mirar.

Octubre 7 por la noche, cerca de 60 periodistas alrededor de una pantalla de televisión viendo las imágenes de los primeros bombardeos por CNN y BBC. Qué talento, qué olfato periodístico, qué oportunidad, qué bárbaros, por eso son tan grandes y poderosos, es lo primero que viene a la mente, lo que se murmura, pero al paso del tiempo el velo maravilloso y fantástico que envuelve a estos informativos desapareció y dejó ver su verdadero rostro: el de la complicidad y la omisión.

La guerra sin muertos

Transcurrieron semanas de intensos bombardeos, diarios, de día y de noche, sobre las principales ciudades talibán. Y Osama para esas fechas hacía su segunda o tercera aparición pública a través de Al Jazeera, televisora árabe de la que hablaremos más adelante. Las encuestas mostraron entonces que la opinión pública estadounidense comenzó a cuestionar la efectividad y hasta las razones del ataque.

La censura o los acuerdos entre los gobiernos de Estados Unidos e Inglaterra y las televisoras en cuestión se cerraron aún más, transmitían las 24 horas reportes de una guerra sin muertos.

Foto: The New York
Times Magazine
Pero eran los únicos reportes que había. Llevados en helicópteros militares, los reporteros de CNN y BBC transmitían en las líneas de batalla cuidados por el ejército afgano antitalibán Alianza del Norte. El asunto causó gran molestia entre los informadores que esperábamos impacientes el momento de llegar a la zona de guerra. Era claro que el copyright de la guerra era de ellos.

Octubre 23. Rubén Cortés, reportero del diario La Crónica de Hoy:

"... El mundo corre el riesgo de no enterarse de lo que pasa, finalmente en Afganistán están entrando las grandes empresas informativas que tienen el copyright de la guerra y se está demostrando. El mundo sólo sabe lo que ellos transmiten. En Estados Unidos la gente no se está enterando de los niños muertos, de las escuelas destruidas, de los hospitales, porque en Estados Unidos está censurado el asunto..."

Héctor Guzmán, reportero de la Televisora Caracol, Colombia:

"... Lo grave de esta situación es que podrían quedar cosas sin contar... Los periodistas latinos. en nuestro caso, tenemos que estar casi como guerrilleros viendo por dónde meternos y esto va en desmedro de lo que queremos hacer que es informar bien..."

Boris López, jefe de Producción de Televisión Nacional de Chile:

"... Esta es la guerra de Estados Unidos e Inglaterra y se está demostrando que es la guerra de los medios de Estados Unidos y Reino Unido, creo que los que de verdad van a informar lo que pasa en esta guerra son los medios de los países que no están en guerra..."

Los excesos de guerra se cometieron, pero los titulares de CNN y BBC se ocuparon sólo de los avances del ejército antitalibán y de los aciertos de los bombarderos. De las bombas que mataron empleados de la ONU, que destruyeron hospitales y centros de la Cruz Roja, que asesinaron inocentes sólo se informó o días después sin imagen o en cintillos breves en el margen inferior de la pantalla. Y si, por alguna razón resultó imprescindible mencionarlos, aligeraron el impacto que pudo haber causado en la opinión pública el reporte de niños, mujeres, jóvenes y ancianos llamándolos "civiles muertos".

Civiles como los llama en sus conferencias el ministro de Defensa de EU, tan sonriente con su telón azul de fondo, vestido con sus corbatas pastel y sus camisas blancas, en un salón iluminado para televisión, alfombrado y lejos del polvo de los campos de guerra, con galletitas y café para los agudos reporteros que se conforman con enterarse que son mil o dos mil los muertos que ni la debían ni la temían y con las profundas reflexiones del funcionario al estilo de qué lástima y lo sentimos mucho pero, pues ni modo porque ­como dice­ "no hay guerra que no mate civiles". Dicho esto, y puestos en la fosa común de las estadísticas, los civiles asesinados se van sin rostro, sin que nadie suponga que dejaron una historia tras de sí, padres, hermanos, hijos, una novia. Como si la manera de nombrar a los muertos de la guerra los hiciera difuntos de distinta categoría o menos muertos.

La única televisora que transmitió desde Afganistán, con el permiso de los talibán, fue la televisora árabe de Qatar, Al Jazeera. Con actitud valiente, desde las ciudades bombardeadas, denunció que se estaba matando mucha gente, mostró crudas imágenes de hombres, mujeres y niños mutilados por las bombas. (En la guerra moderna, más que de matar se trata de herir y mutilar al enemigo para causarle problemas operativos.) Pero este destacado trabajo no duró mucho y al estilo de "ese gallo quiere maiz", CNN firmó un millonario convenio de cooperación con Al Jazeera, y se comprobó una vez más que no hay quien aguante un cañonazo de varios millones de dólares.

Por fortuna, nadie detiene a los reporteros cuando se organizan y deciden que se necesitan unos a otros para moverse con mayor seguridad a través del territorio de guerra y asumen que la competencia por la noticia se da, en esas circunstancias, en el teclado de la computadora.

Así fue como surgió el convoy que partió de Pesahawar en Pakistán y cruzó la frontera para llegar hasta Jalalabad en Afganistán, convirtiéndose en los primeros periodistas en avanzar sin la protección de la Alianza del Norte en territorio afgano. Desgraciadamente, el convoy tuvo un desenlace fatal: cuando se dirigía de Jalalabad a Kabul fue atacado, murieron ejecutados tres periodistas, entre ellos el español Julio Fuentes, veterano periodista de guerra del diario El Mundo, a quien tuve la fortuna de conocer.

La noticia de un colega muerto se siente como la de un familiar, provoca tanta rabia como tristeza y la sensación de que el siguiente puede ser uno mismo. Los riesgos para un reportero de guerra son innumerables, pero aumentan dependiendo del país de procedencia del informador, de qué tanto esté involucrado su país en el conflicto y qué tan influyente sea su gobierno.

En la capacidad personal no hay distancias, éstas si acaso las marcan los recursos con los que cuenta una cadena y otra, al final, siempre se puede competir. Pero la calidad de la información, del reportero, está en lo que unos se atreven a contar y lo que otros se callan.

Quien pretenda, en unos años, conocer la historia de esta guerra estará obligado a revisar los reportes de los países y las cadenas, como es el caso, dicho sin falsas modestias de TV Azteca, que optaron por la autonomía informativa a través de sus enviados y privilegiaron a lo político, las historias humanas

* * * * *

Libertad informativa amenazada

Estos días hay quienes temen que ya cayeron las primeras víctimas de un eventual conflicto: la información y la imparcialidad.

No se trata sólo de qué manera la prensa va a cubrir la respuesta militar a los atentados del 11 de septiembre, sino su desempeño desde esa fecha.

Uno de los problemas parece radicar en el hecho de que las críticas al gobierno de EU en este momento se ven como actitudes antipatriotas.

Algunos observadores han señalado lo delicado que es balancear la necesidad de unidad nacional por un lado, que de alguna manera requiere un nivel de lealtad de los ciudadanos y de la prensa, y el compromiso de esta nación con los valores de libertad y acceso informativo.

Javier Lizarzaburu, corresponsal de la BBC en Washington, 26 de octubre de 2001.

* * * * *

Asaltos contra la libertad de expresión

"Algo terrible y desafortunado. Los estadounidenses deben tener cuidado con lo que dicen, cuidado con lo que hacen, y éstos no son tiempos para hacer comentarios como ése; nunca lo son."

Ari Fleischer, portavoz de la Casa Blanca, sobre los comentarios del cómico político Bill Maher, quien en su programa Politically Incorrect dijo que lanzar misiles a dos mil millas de distancia, como ha hecho EU en varias ocasiones, es de cobardes. Septiembre, 2001.

* * *

"Esta es la guerra de información más intensa que se pueda uno imaginar. Vamos a mentir sobre cosas. Si es una guerra de información, ciertamente los malos van a mentir."

Oficial del Pentágono sobre cómo las Fuerzas Armadas de EU van a tratar y distribuir la información sobre las futuras operaciones militares. Septiembre, 2001.

* * *

"Considerando que el contribuyente estadounidense paga por esto, considerando que es la Voz de América, no creemos que el líder del talibán deba oírse en esta estación."

Richard Boucher, portavoz del Departamento de Estado, al justificar la solicitud de su gobierno de que la emisora La Voz de América emitiera una entrevista con el líder máximo del talibán, Mohammad Omar. La emisora, la cual funciona de manera autónoma pero con fondos federales, acabó emitiendo la entrevista. Septiembre, 2001.

Tomado de la página de International Center for Journalists (www.icfj.org).



Víctor Hugo Puente (Ciudad de México, 1971) cubrió durante tres meses el conflicto afgano como enviado de TV Azteca, empresa en la cual labora como reportero desde hace ocho años. Para Puente ésta fue su primera experiencia como corresponsal de guerra.

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