La tv argentina puso la sangre
que CNN no ofrecía
Bettina Martino y Omar Gais
Los diarios La Nación y Clarín de Buenos Aires realizaron ediciones especiales vespertinas el mismo día de los acontecimientos en respuesta a un requerimiento de información que, entre otras cosas, desbordó las posibilidades de la Web. Los días posteriores debido a las opciones que los medios gráficos ofrecen las páginas se vieron colmadas de la información recibida a través de las agencias de noticias, relatos de corresponsales en Estados Unidos y columnas sobre las posibles consecuencias de los ataques firmadas por expertos en relaciones internacionales.
En la radio, además de la lectura de cables y la pobre reproducción de los contenidos de los diarios, se
hizo presente el relato de quienes alguna vez estuvieron en las Torres Gemelas y de aquellos que se comunicaban
desde EU para comentar cómo se vivía la situación. La voz de quienes opinaban en los diarios se oyó también en el
reportaje radial.
Pero, como siempre, la estrella fue la televisión, requerida en los hogares y también en las calles, con la
gente apiñada frente a los negocios de venta de electrodomésticos y en bares y restaurantes. Una tv que en buena
medida y esto ya es su hábito fue sólo la reproducción apenas comentada de lo que dejaba ver la cadena
estadounidense CNN.
Canal 13 de Buenos Aires, una de las cinco estaciones de aire de la capital, contó con un plus que resultó
unminus: en Nueva York, a escasas cuadras del desastre, se encontraba el periodista Nelson Castro viendo por la ventana
de su hotel la sucesión de horrores y seleccionando, filtrando y comentando lo que a su vez recibía en el lugar de
los hechos. A la estridencia roja que muchos programas y algunos canales convierten en estilo, Castro opuso
prudencia informativa. Describió ese desolado paisaje aunque todavía no hubiesen caído las torres de la siguiente
manera: "Hay vidrios rotos, marcas de quemaduras, dos personas en la calle que no se mueven...", tal vez también
azorado por lo que ocurría ante sus ojos.
La mesura de los medios en el lugar (se vio un uniformado con la cara ensangrentada pero caminando solo y
las lejanas siluetas de quienes saltaron de los pisos altos, más parecidos a un papel flotante que a una figura
humana) contrasta con la cobertura que las televisoras locales hicieron en los atentados a sedes judías en Buenos Aires
en 1992 y 1994, cuando las cámaras recorrían impiadosas la carne misma de las víctimas. Sin embargo, ante la
carencia de crónica roja para reproducir, algunas emisiones utilizaron imágenes de cadáveres y gente ensangrentada
captadas en ocasión del atentado a la AMIA en Argentina y hasta del terremoto de México, con el pretexto de
establecer similitudes entre pasadas tragedias y el presente. Agotadas éstas, la conmoción que producen las imágenes
fue reemplazada por la emoción de argentinos con familiares en Nueva York a quienes se comunicó
telefónicamente al aire.
El esquema general fue el mismo que el de los medios estadounidenses y el agregado de un ducho
periodista argentino a pocas cuadras del lugar de los hechos no resultó en ganancia informativa para nosotros.
Sólo ahora, unos pocos días después, parece posible contar con información, cuando la urgencia por cubrir
este hecho por demás inesperado y la vorágine por obtener alguna imagen o primicia va cesando frente a la
persistencia de Estados Unidos de brindar la información a cuentagotas. Flota en el aire la sospecha de censura por parte
del gobierno de EU o de autocensura en la cadena mundial. Un profesional del canal estatal en Buenos Aires se
refirió al contraste entre lo que llegaba vía la BBC y la Associated Press Network a sus monitores frecuentes escenas
de sangre y lo que salía al aire vía CNN.
Así, a los dos días, el futbol local empezó a ganar espacio. A los tres días, los universitarios, los desocupados,
las crónicas sobre la inseguridad ciudadana retomaron su lugar en los medios. Hoy se siguen reproduciendo los
cables que vienen de las principales agencias de noticias y el análisis se centra sobre la posición que asumirá nuestro
país frente al advenimiento de una posible guerra, una nación que acaba de recibir la ayuda de Estados Unidos para
salvar su quebrada economía.