Telesondeos, qué son y a quiénes representan
Marco Levario Turcott
Haga memoria. Véase otra vez en casa aquella noche del primero de diciembre del año pasado. Y recuerde que cuando usted encendió el televisor, la pregunta estaba ahí:
¿Le gustó el primer día de gobierno de Vicente Fox?
Numeralia televisiva
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Foto: Raúl Ramírez M. |
Joaquín López-Dóriga, conductor de
El Noticiero de Televisa, le invita a que se exprese al respecto por medio
de una llamada telefónica. Usted no participa pero atiende el resultado. La empresa de Chapultepec rompe el
récord de llamadas desde que inició con esas preguntas (el 17 de abril de ese mismo año, igual que TV Azteca pero
45 minutos antes). Según Televisa, ese 1 de diciembre de 2000 llamaron 38 mil 652 personas, entre las cuales
94% dijo que sí le gustó el primer día del nuevo gobierno. Hagamos cuentas entonces, para saber de qué
estamos hablando.
Primero consideremos que, en promedio, dos millones de personas miran ese noticiero cada noche.
Ahora tomemos en consideración este universo: sólo participan las personas que están viendo el programa, tienen
teléfono, también ganas de llamar y, por si fuera poco, logran hacerlo; 38 mil 652 llamadas significan 1.93% del
rating declarado por Televisa. Pero si tomamos en cuenta el promedio diario de llamadas que es de 12 mil,
estamos refiriéndonos a que, en promedio también, participa 0.6% de la teleaudiencia.
En la hegemonía de los números a la que remiten los sondeos, tenemos entonces la paradoja de que son
las propias cifras las que develan la fragilidad de los mismos sondeos y, en ese sentido, también la de los propios
medios de comunicación. Ricardo Ramírez, jefe de mediciones y análisis alternos a la audiencia en TV Azteca, así como
un alto funcionario de la Vicepresidencia de Noticias de Televisa que solicitó no se dijera su nombre, afirman a
etcétera que los sondeos no son representativos de lo que piensa u opina la sociedad. Ramírez afirma que si sometemos
las consultas al rigor metodológico, "este tipo de ejercicios prácticamente podemos tirarlos a la basura, no
tienen ningún valor desde el punto de vista técnico". Sólo son, dice, datos curiosos que deben acompañar a
cualquier noticiero.
Los sesgos del sondeo
Es la mañana de un día cualquiera y usted otra vez enciende el televisor, ahora mira quién habla en
Imagen Informativa. Es Pedro Ferriz de Con que dice: "La libertad existe. Hagamos opinión pública". Y quien luego
pregunta al auditorio:
¿Piensa que un presidente agricultor sepa arreglar los problemas del campo?
Usted apenas piensa en eso cuando su hijo le pide ayuda para resolver un examen de opción múltiple:
¿Fue blanco el caballo blanco de Napoleón?
(Sí, no, no sé).
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Foto: Raúl Ramírez M. |
Pero la diferencia entre esas dos preguntas es más evidente aun que la respuesta a flor de labios. Una debe
ser contestada para aprobar un examen. La otra es para ayudar al periodista a hacer la tarea de legitimar su
línea editorial. A ejercer la libertad de generar "opinión pública" y, entonces, constituirse como un actor más en la
tarima del espectáculo político según sus intereses y predilecciones. Cómo valorar si no las preguntas diarias que se
hacen ahí y que, naturalmente, no son privativas de aquel programa, como esa otra en la que sondeó Ferriz de Con:
¿Piensa usted que ahora sí tendrá sentido hacer un Plan Nacional de Desarrollo?
(Si le quitamos el ahora
sí, la pregunta sería menos sesgada por supuesto.)
Telesondeos1
El fenómeno social omnipresente e inaprehensible, veleidoso y arrogante que hemos dado en llamar
opinión pública, en el imperio de los telesondeos, conmueve las instancias de representación en beneficio del
concupiscente referéndum televisivo. Este es el escenario virtual con quién sabe todavía qué reales consecuencias: la
legitimidad comienza a pertenecer más a los medios que a los políticos y los movimientos sociales de antaño parecen ceder
al cómodo veredicto del zapping.
Telesondeos. El sesgo de su elaboración y el corsé que modula las respuestas diluyen el análisis tanto como el
agua hace con un terrón de azúcar, aunque generan mayorías en la suma de cada opinión individual, no en la
práctica del análisis y la persuasión. Provocan a los adivinos:
¿Cree usted que el ex presidente Zedillo ayudó a Oscar
Espinosa Villarreal a llegar a Nicaragua? A los investigadores también:
¿Piensa que la muerte de Ramos Tercero fue
un suicidio? A quienes quieren fungir como autoridad electoral:
¿Quién piensa usted que ganó las elecciones de Tabasco, el PRI o el PRD? Al pronóstico deportivo:
¿Confía usted en que la selección mexicana ganará a la de
Estados Unidos? A la justicia: ¿Usted le cree a Dolores
Padierna? Y al afán legislativo por si fuera poco:
¿Está usted de acuerdo con la ley indígena aprobada por el Congreso?
Abundan en el ambiente en un amplio abanico para todas las opciones y gustos. Hay preguntas diarias para
saber si la exuberante Paty sigue siendo la secretaria del cómico Brozo (para participar en estos sondeos se paga 20
pesos la llamada). Hay cuestionamientos sobre si Gloria Trevi merece el infierno en el que está o elaboraciones
para determinar si el presidente Fox debe pagar de su bolsa las toallas de más de cuatro mil pesos,
además de la pagana pregunta sobre si
te gustaría que Juan Diego fuera declarado santo.
Bajo la férula de la seducción, el sondeo propone y el ciudadano dispone. Es plenipotenciario: puede ser al
mismo tiempo autoridad judicial, electoral, legislador, abogado, científico, experto en economía y finanzas, adivino
y médico. Todo. El hábito ya no hace al monje.
La sonda del poder
¿En dónde está, entonces, el vigor de los telesondeos?
Primero. En la influencia abarcadora de los medios electrónicos que, con los sondeos, refleja y promueve,
cuando no lo utiliza, un dinamismo social (así sea mínimo y fragmentario) que la democracia representativa no
puede alentar. En distintos momentos la democracia representativa va a contracorriente de "la opinión pública",
por ejemplo, la ley indígena aprobada en el Congreso e impugnada en otros circuitos que logran relevancia en la
esfera de lo público según el medio de comunicación del que se trate. Las tensiones que se generan muestran que
la legitimidad no siempre está determinada por las leyes y las instituciones sino que algunas veces depende de
la política que los medios de comunicación tengan frente a cada suceso.
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Segundo. En que no obstante que los medios de comunicación se cuidan de no decir que los resultados de
sus sondeos es lo que opina la sociedad, hacen como si así fuera. Es decir, ante su audiencia validan lo que opina
un mínimo porcentaje de su mismo público y que, generalmente, corresponde con el sesgo que le dan a la
información. (No es lo mismo preguntar si un presidente agricultor puede con los problemas del campo que, digamos,
preguntar si un presidente que no es economista puede resolver los problemas financieros del país.)
Tercero. En la motivación que hay en las personas según cada momento circunstancial y que el circuito
institucional no pueden resolver. Si como asegura Gilles Lipovetsky, "la moda es un estadio y una estructura de la vida
política", una forma de cohesión social, entonces cualquier situación fugaz resaltada en la construcción del
espectáculo político en el cual participan los medios es motivo para seducir a cada persona a expresar su juicio o a estar
atenta al de quienes llaman por teléfono.
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Foto: Raúl Ramírez M. |
Así, el ciudadano está al tanto y participa con rigurosa actualidad de las toallas de más de cuatro mil
pesos adquiridas en Los Pinos o sobre si la señora Dolores Padierna está diciendo o no la verdad cuando afirma que
sus conversaciones telefónicas fueron editadas para exhibirla como una persona corrupta o sobre si cree usted que
ha disminuido la delincuencia o sobre si se está de acuerdo o no con el matrimonio de Vicente Fox y la señora
Marta Sahagún (pregunta que suscitó la segunda más amplia participación que ha logrado Televisa al convocar a 31
mil 142 llamadas).
Cuando no hay tema candente, siempre existen tópicos salvadores. El funcionario de Televisa que solicitó
el anonimato afirma que asuntos como el aborto o la pena de muerte siempre "están en la mente de las personas".
Cuarto. En que el telesondeo supone que el público siempre tiene la razón y que, en el menos malo de los
casos, expresa una demanda que debe ser atendida en aras de la legítima estancia de los políticos y sus
operaciones cotidianas. Porque el público también es veleidoso y en el sondeo diario de sus expectativas está la constatación
de sus emociones que, como todas, varían según el estado de ánimo. El 24 de noviembre del año pasado TV
Azteca hizo este sondeo: ¿Le alteran los nervios los plantones y
marchas? El 94% respondió que sí.
Quinto. En que el sondeo prefigura un tribunal y un contexto donde se desarrollan los discursos y las
acciones de los actores políticos, "y es que una inculpación pública equivale a un juicio", como afirma Alain Minc. Al
juicio de unas pocas personas que se magnifica a través de la cobertura que tiene el televisor. Tan impopular es
no adherirse al linchamiento de algún personaje público como preocupante para estos personajes públicos llegar a
ser sujeto de alguna inculpación (incluso aunque sea falsa). Y es que el sondeo no guarda memoria, sino
sensaciones. Sergio Sarmiento, coordinador editorial de TV Azteca, afirma a
etcétera: "Si ponemos un sondeo con la
persona de Carlos Salinas de Gortari, 95% de la gente va a acusarlo de todos los males. Pero así es la opinión pública".
Sexto. En que los telesondeos son instrumento de los medios para hacer más operante su línea editorial y
actuante su visión política de las cosas en la estructura de intereses de los que forman parte. Antes, el político intentaba
(busca hacerlo aún con menos fortuna) hablar en nombre de la gente, ahora el conductor
star de la televisión lo hace en su lugar con un pátina emocional distinta: la gente, el pueblo o el respetable, como se quiera, habla a través
del conductor.
Séptimo, en que un telesondeo llega a señalar claramente las tropelías que alguien comete, exonerando de
todo mal a la sociedad agraviada (y en la que, no obstante, se gestan miles de actos de corrupción). El telesondeo es
como una hostia que, al tener en el encuadre la posibilidad de señalar la impiedad de los otros, expía los pecados propios.
Otro topo sigue cavando
El telesondeo obvia, cuando no intenta suprimir los procesos de discusión sociales y políticos. Su intromisión
es tan abarcadora que incluso, apelando a la opinión pública, se llega a preguntar si hace falta una consulta
pública para elegir al líder del PRI. El sondeo lo hizo TV Azteca el 11 de julio del año pasado y en éste hubo, según la
empresa, 11 mil 216 llamadas, 51% contestó que sí.
En una más de las ironías que acostumbra registrar la historia, hay un paradójico entrecruce entre los
sondeos, particularmente los telesondeos, y otras mitificaciones del pasado: el sujeto social del desarrollo. Digámoslo
como es: el proletariado fue para los marxistas punto de encuentro y evocación del determinismo histórico que a
unos instó a unirse para instaurar el socialismo y a otros a llamar por teléfono para influir en el sendero de la
eficiencia del gobierno y la justicia, sin mayores deliberaciones ni convulsiones sociales.
El telesondeo no insta al esfuerzo colectivo, más bien lo mediatiza en forma de sentencias surgidas en el
fragor de los sentimientos (¿le gustó el... o le alteran los
nervios...?) y las intuiciones (Televisa preguntó, el pasado 28
de junio: ¿Ha aumentado el número de hombres maltratados por sus
parejas?). El sondeo sobrepone la primigenia representación directa a la complejidad social y lo hace desde el tribunal mediático del pueblo. Además, busca
incidir en las decisiones políticas y legales:
¿Para usted es suficiente el despido de los administradores de Los
Pinos? (Televisa, 26/VI/01) y ¿Raúl Salinas es inocente o culpable?
(TV Azteca, 22/VIII/00).
El imperio de los sentidos
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Foto: Raúl Ramírez M. |
El ejercicio del voto ahora tiene otros resortes e impulsos dentro del virtual mitin cotidiano que sustituye a
las concentraciones políticas de antaño. Ahora la política, en más de un sentido, es la técnica para traducir los
sondeos en el discurso y las propuestas. Los medios de comunicación lo saben y encaramados en las consultas propias
inciden en las cosas del gobierno y la política. Lo hacen sin dejar de tener presente las inconsistencias en la elaboración
de los sondeos. Pero más allá o junto con su inconsistencia instrumental los telesondeos influyen. Están en todas
partes y no parece haber buenas bases para decretar su disolución (al menos que un sondeo definitorio lo haga),
menos en el marco de evocaciones exclusivamente éticas cuando no morales.
Tal vez convenga atender y entender el fenómeno social que es el telesondeo como parte de los imprevistos
de la democracia y, en consecuencia, en tanto un aspecto que forma parte de la moderna mecánica política. Lo
está haciendo ya, querámoslo o no. Veremos sobre qué diques éticos y profesionales continuarán los telesondeos.
Pero si alguna apuesta teórica, ética y moral vale la pena tener desde ahora, es que con el paso del tiempo la
opinión pública llegará a madurar y baje de la tarima que conforma al tribunal. Porque las cosas no son blanco y negro
ni la realidad se ciñe a la historia de héroes y villanos.
¿Coincide usted al menos con esto último?
(Dirija su respuesta al correo electrónico de etcétera)