Ignacio Herrera Cruz
A aquellos quienes vimos Blade Runner el 11 de noviembre de 1982, en el viejo y hoy transformado cine Pedro Armendáriz, el día que se anunció la muerte de Leonid Brejnev, nos causó un impacto incomprensible en la actualidad, por el desgaste del tiempo que agotó su novedad, aunque no su belleza; influidos por las novelas de Raymond Chandler y por haber visto Metrópolis1 en las sesiones sabatinas del CUC, supimos al abandonar la función que iba a tener una influencia perdurable, lo cual no hemos dejado de constatar.
Pensar Blade Runner a 25 años de su estreno comercial, el 25 de junio de ese ya muy lejano
1982, resulta diferente a lo que se podía escribir a botepronto. Se ha vuelto una película de culto; hay
decenas de monografías en varios idiomas dedicadas a ella y en la Internet se puede obtener una
importante cantidad de información sobre muchos aspectos de la misma. Circula también la versión
"definitiva" que hizo Scott, la cual se distribuyó desde 1992 y donde le quitó el final feliz y la narración en
off. Sin embargo, estoy seguro de la preferencia de los amantes del cine por la película estrenada al principio.
¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? de Philip K. Dick, sirvió de base a
Blade Runner, sin embargo la película con un costo entonces enorme de 30 millones de dólares, fue un severo
fracaso comercial al momento de su estreno que rebasa, reelabora y suple al documento base. Tan es así que
el título Blade Runner canibalizó el original de la novela de Dick, la cual nos luce muy menor en
relación con el filme.
En el año 2019 los humanos aprovechan a los androides para colonizar el espacio exterior, en caso de que un androide regrese ilegalmente a la Tierra un cuerpo especial, los blade runners, se encarga de liquidarlos. Es así como Rick Deckard (Harrison Ford) un blade runner en retiro debe acabar con un grupo de androides (replicantes) muy perfeccionados, del tipo Nexus-6; sin embargo, al cumplir con el encargo descubre que las criaturas comparten la misma crisis frente a la muerte que sus creadores.
Blade Runner suma al texto de Dick la herencia expresionista de Metrópolis (Lang, 1926) y la novela negra a la Chandler. El "bounty hunter" que en la novela originaria no es un blade runner, trabaja en Los Angeles en una sociedad dominada por las corporaciones, la principal de ellas la Tyrell que desde su pirámide pone en circulación nuevos y mejorados grupos de androides, con lo que aprovecha sus posibilidades capitalistas para superar al infinito el esfuerzo del científico Rotwag de Metrópolis, los trabajadores del mundo subterráneo han sido sustituidos por androides tan bellas como la Margarita de Lang en el 2019 en el cuerpo de Raquel (Sean Young) o Priss (Daryl Hannah).
Juan Luis Guarner en el libro colectivo Blade Runner da una buena idea de la novela y de la transformación de ésta en película: "En ella presenta Dick una sociedad donde la práctica erradicación de la vida animal en la Tierra, fuera del hombre, conduce a medir la riqueza por la posesión de los seres vivos", explica "tenemos aquí, pues, a los replicantes, aunque en la novela no se llamen así...", el texto se vuelve cine cuando "Scott, al no encontrar financiación para otro proyecto, Legend, aceptó dirigirla... Para empezar, sustituyó el extravagante título inicial por el más sonoro, contundente y al propio tiempo evasivo de Blade Runner (que era el título de una novela fantacientífica de un tal Alan E. Nourse, de la que William Burroughs había hecho un tratamiento cinematográfico que no llegó a filmarse...)
(Así Blade Runner es) una estudiada y extremosa combinación de alta tecnología y putrefacción social (aunque) es posible que la sutileza de esta fábula quede inevitablemente oscurecida por la deslumbrante y aparatosa parafernalia puesta en juego por el director".
Fue tan influyente Blade
Runner sobre la conciencia de sí de Los Angeles que se filtra a través de libros tan dispares como Los Angeles: Capital of the Thirld World de David Rieff y Ecology of Fear. Los Angeles and the Imagination of Disaster, en la que el escritor de izquierda Mike Davis en un capítulo se rebela ante lo planteado por Scott y señala:
A pesar de todo el glamour de Blade Runner como la estrella reina de las distopías de fantaciencia, su visión del futuro es extrañamente anacronista y sorprendentemente poco visionaria... Quite las capas de peligro amarillo (Scott es notoriamente adicto, como en su subsecuente Lluvia negra, al Japón urbanizado como el rostro del infierno) y el noir (todos esos interiores de mármol pulido), quite la plomería high-tech adecuada al nivel callejero de decadencia urbana, lo que resta es la misma vista de gigantismo urbano y mutación humana que Fritz Lang presentó en Metrópolis... Pero el mismo Lang sólo plagiaba de futuristas estadounidenses contemporáneos... Blade Runner no es tanto el futuro de la ciudad como el fantasma de imaginaciones pasadas.
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En una evaluación de los diez años de esta película, el crítico Leonardo García Tsao señaló que la mejor película de Scott había sido modificada para añadirle "una monótona narración en off" y agrega: "Al margen de esos cambios, nada puede modificar el hecho de que Blade Runner fundó una estética imitada por docenas de cineastas menos talentosos (y hasta por el propio Scott, en Lluvia negra)"; añade "si Blade Runner fuera meramente un impresionante despliegue formal, como han objetado algunos críticos, no se diferenciaría mucho de los productos que han copiado su estilo punk noir futurista. La película cuenta con un culto fiel por la resonancia que alcanza su trama, de profundas raíces en el romanticismo" y, concluye, es "una de las obras maestras definitivas de los 80".