La enfermedad de lo idéntico
Sergio Marelli
Desde el 17 de octubre de 1951 fecha en que se realizó la primera transmisión televisiva en Argentina,
hastala actualidad se han operado numerosos cambios en la manera de hacer televisión el avance de la tecnología ha
vuelto prehistóricas las condiciones de trabajo de apenas hace unos años, pero los contenidos, o la falta de éstos,
salvo honrosísimas excepciones, parece condenarla a un fatalismo imposible de redimir.
Con el convencimiento de que para entender a un país se debe conocer cuál es la televisión que sus
habitantes toleran mirar, vamos a internarnos en los distintos recodos que la televisión argentina ofrece o impone a
sus televidentes.
Gritos y susurros
A partir de 1980 comenzó a publicarse en Francia una saga de investigaciones históricas reunidas con el
título de
Historia de la vida privada.
Michelle Perrot, una de las responsables de la obra, explicaba que esta nueva
manera de abordar la historia era posible "en virtud de un vuelco del orden de las cosas". Así, lo privado ha dejado de
ser "una zona maldita, prohibida y oscura". A esta exaltación tardía de lo hogareño e íntimo reverso del lema de
estos tiempos: "La muerte de lo público", la televisión argentina ha traducido en clave histérica, con su frivolidad
artera y su arsenal de chismes escatológicos.
Intrusos, de Jorge Rial, e
Indomables, de Mauro Viale, son los espacios donde los integrantes de la
farándula revalidan sus títulos de famosos. En ese empeño no ahorran recursos para que los reflectores los enfoquen en
el centro de la escena: casamientos, insultos, divorcios, golpes, peinados, traiciones, nuevos casamientos y
nuevos divorcios, todo con el ritmo frenético de un videoclip.
A las once de la mañana, cuando a la oficina de producción llegan las planillas del
rating, se elegirá quiénes
serán los invitados del día siguiente al show de las estridencias y el comadreo. Así, los participantes, fatalmente, se
van repitiendo, interminablemente, sometiéndose a ese ojo insidioso, incansable, que todo lo penetra; que todo
lo refleja, que torna infinitamente visible hasta las últimas intimidades.
Esa vidriera irrespetuosa de cambalache discepoliano en el cual se ha convertido la televisión argentina,
nos demuestra a fuerza de mostrarnos una y otra vez que la farándula vive en exterioridad. Vive para la fama, el
éxito y el dinero. Premio que es para muy pocos, y no precisamente los mejores.
Los bellos carceleros
La literatura es una mentira que dice la verdad, asegura un viejo adagio. Pero en la televisión argentina, la
ficción es una mentira que persigue precisamente ese objetivo: mentir. Veamos un ejemplo prototípico:
099 Central, última creación del
self made man televisivo que es Adrián Suar. En esta serie, que se transmite de lunes a
viernes a las 22 horas, los policías personajes centrales son todos bellos, carismáticos e inteligentes. Nancy
Duplaa, Facundo Arana, Paola Krum y Raúl Taibo, parecen sugerir que para ingresar a las fuerzas de seguridad es
necesario ganar un concurso de belleza. Poco se parecen estos agentes del orden a los otros, a los verdaderos policías
mal entrazados y peor pagados, muchos de ellos partidarios de "la mano dura" y la "tolerancia cero".
Evidentemente, esta "estética" de la represión en la que belleza viste uniforme es, sin ambages, una toma
de posición ideológica acerca de la manera de resolver los conflictos sociales generados por una economía de
exclusión, que fabrica marginados incesantemente.
La videopolítica
Ahora que el pueblo ha resurgido de sus cenizas a golpes de cacerola, abriendo un agujero en el muro del
poder, es comprensible que proliferen tantos programas políticos en la televisión argentina.
Detrás de las noticias, de Jorge Lanata;
La cornisa, de Luis Majul; Fuego contra
fuego, de Román Lejman y Marcelo Longobardi;
Desde el llano, de Joaquín Morales Solá;
Después de hora, de Daniel Hadad;
Periodistas, de Adrián Paenza, y Hora
clave, de Mariano Grondona, entre otros.
Es cierto, es una amplia gama de ofertas, la paleta "lombrosiona" de caracteres periodísticos es generosa
en matices, los hay decididamente enrolados en las consignas típicas de la derecha Grondona y Hadad, no es
casual que hace algunos domingos, en el programa del primero, se fundieron ambos en un abrazo cerrado, tan
cerrado como las comunidades opulentas y ofensivas donde viven; también los hay irreverentes e inspirados
Lanata, Paenza, crispados y efectistas Majul, o densamente sentenciosos Morales Solá; pero todos ellos tienen
algo en común, se parecen por la negativa: ninguno de los programas mencionados contribuyen a la apertura de
un nuevo horizonte, a abrir brechas novedosas en el duro caparazón de una realidad que se resiste al sentido.
Esta imposibilidad de ir más allá no se debe, necesariamente, a la incapacidad de sus conductores.
Es necesario tener en cuenta quiénes son los propietarios de los canales de televisión, advertir, por ejemplo,
que Telefónica de España es titular de dos de los canales de aire 9 y 11, para comprender por qué el
utópico "periodismo independiente" se ha convertido en "periodismo mensajero". Por ello resulta atinada la preocupación que manifiesta el periodista y escritor Miguel Bonasso: "Cabe preguntarse si desde el punto de vista del
derecho que la sociedad tiene a la información, que dos canales importantísimos al margen de todos los otros
vehículos de expresión que puedan tener estén en manos del mismo grupo que claramente ha saqueado la
economía argentina, porque esta es la palabra. Y tiene como contrapartida si es legítimo, si no debería existir una
legislación, claramente parlamentaria, sin ninguna relación con el totalitarismo, control de Estado y todas esas monsergas
de los que defienden la libertad de prensa 'abstracta' que es la libertad de empresa. Tiene que ver con quién es
el protagonista de la información, que no es el periodista, ni los medios, es la sociedad, que tiene el derecho de
estar bien informada".
Ese derecho es de muy difícil ejercicio cuando negocios
extraperiodísticos obligan a celebrar determinados
pactos de silencio, así lo ejemplifica Bonasso: "Cómo perder de vista la concesión que tiene a nivel de telefonía celular
el grupo Clarín con el gobierno nacional y con el gobierno de la ciudad de Buenos Aires, para armar toda la
retícula de fibra de vidrio que la super highway sobre la cual va a tener que circular el sistema de comunicaciones de
toda la ciudad. Creo que eso explica bastante en qué medida fundamental los medios actúan en función del
poder económico, manteniendo un discurso único para que veamos una realidad que no es".
Informar para que nada se sepa
Todos los noticieros de la televisión argentina responden al mismo esquema. El elenco está formado por
una dupla: hombre y mujer, en el caso de
Telenoche, noticiero de Canal 13, dicha combinación llega a su
paroxismo, pues se trata de un matrimonio: Monica Mihanovich y César Mascetti, a la cual se suma un periodista
deportivo, y un especialista en noticias internacionales. Las semejanzas de los informativos no se agotan en lo formal sino
que llegan, fundamentalmente, a sus contenidos.
"Noticia es algo que alguien quiere que permanezca oculto", escribió hace años el teórico italiano Furio
Colombo. Si bien el planteamiento sigue siendo válido en lo sustancial, lo que ha variado es la manera como se encubre lo
que pretende ocultarse. La información que se transmite es vivida siempre en el presente, vaciándola de
historia, borrándole cuidadosamente los rastros que dejó hasta llegar a este exacto lugar donde nos es dada a conocer,
y desconectándola de cualquier continuidad futura.
El mejor modo de ocultar una información no es callándola, sino diciéndola entre una enorme cantidad
de noticias. De esa manera, se llega al efecto descrito por Umberto Eco: "La censura por profusión de
informaciones". Carlos Gabetta director de la edición argentina de
Le Monde Diplomatique señala: "Se ha dicho que hay
una superabundancia de información y eso es cierto. En el siglo XVIII un hombre normal recibía a lo largo de su vida
media docena de informaciones, de novedades que venían de afuera, que trascendían su aldea. Hoy un individuo
normal, urbano o rural, recibe algo así como dos mil estímulos informativos por día".
Ese bombardeo no es inofensivo, sus contraindicaciones suelen ser muy graves, el sujeto que las recibe
puede volverse peligrosamente amnésico es sumamente difícil recordar algo cuando se nos dice todo junto, y con
el sentido de orientación severamente atacado. Añade Gabetta: "Es enorme el esfuerzo de selección que hay
que hacer para determinar qué es lo que realmente nos importa, y sobre todo en qué creemos y en qué forma lo
creemos. Ahí es donde los medios de comunicación adquieren una importancia enorme, pues la elección que hacemos de
los medios de comunicación a través de los cuales nos informamos es decisiva en nuestra vida: con la información
global que recibimos educamos a nuestros hijos, compramos, votamos, planeamos nuestras vacaciones... todo está
hecho en función de la información mejor o peor, más o menos veraz, que recibimos".
Alcoba de cristal
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Moria Casán |
Un espacio que persiste inalterable en el tiempo y que hoy encuentra su expresión cabal en el programa de
Moria Casán,
Entre Moria y vos, que se transmite de lunes a viernes de 18 a 19 hrs, por América TV es el de las
violentas disputas familiares zanjadas, en vivo y en directo, a golpes, insultos, dentelladas y
amenazas
. "He venido a poner al hijo contra el padre y al hermano contra el hermano", parece repetir bíblicamente la conductora, pero no
para anunciar a los pobres de espíritu que de ellos será el reino de los cielos ni a los hambrientos de que serán, por
fin, saciados sino, solamente, para que los padres cuenten cómo le han "robado" la pareja a sus hijos, los nietos
para relatar las afiebradas andanzas nocturnas de la abuela, y los hijos cómo se drogan contrariando a sus padres
pero con el dinero de ellos.
Otra variante de la compulsión de aparecer en la pantalla adopta la mezquina forma de la "generosidad"
pública. La televisión siempre tiende un anzuelo. Alejandro Dolina escritor y conductor del programa más escuchado en
la radiofonía argentina, Demasiado tarde para
lágrimas explica: "Siempre hay un anzuelo, y no estoy
hablando exactamente de un premio. El anzuelo es hijo de la degradación moral; es el deseo de exhibirse aun cuando
esto implique publicar sus entrañas. La gente es capaz de dar limosna sólo por aparecer dos minutos en televisión.
Y participa en campañas solidarias siempre y cuando éstas presenten, siquiera, una remota posibilidad de
aparecer en la televisión. La gente no quiere ayudar al prójimo sino aparecer en la tele".
Sólo en una sociedad que tiende a la desintegración moral de sus miembros es posible comprender la
permanencia de programas, donde todo vale con tal de acceder a un momento de "gloria" televisiva. "Uno ve televisión
continúa su análisis Dolina y capta que la gente no tiene la suficiente autoestima como para evitar mostrarse tan
miserable como es. Nadie tiene terror al escándalo y a escandalizarse, en todos los sentidos, empezando por el sentido en que usaba esa palabra el Cristo: 'Guay del que escandalizare a un niño'... Reina la mezquindad sin límites. No
hay territorio sagrado. La degradación moral probablemente sea hija de las dificultades económicas, pero produce
una sensación más íntimamente trágica. Estamos viviendo una crisis moral casi imposible de creer".
Los talk shows y los reality
shows son la puesta en escena de la desaparición de límites entre lo público y lo
privado. Juan Carlos Volnovich, médico psicoanalista, diagnostica: "En esta cultura se produce una perversión. Lo íntimo
y privado se hace público y lo público se privatiza. Ahora lo que es de dominio público queda privatizado y
clandestinizado. Todo se pervierte y queda en una trama secreta donde nadie tiene idea de nada. Y la sexualidad, el tipo de
relación de objeto sexual, los sentimientos que son tradicionalmente de dominio privado, se hacen públicos
rellenando el agujero de lo que de verdad debiera ser público".
Así, tanto en El
Bar como en Gran Hermano, el televidente se va informando interminablemente de los
pormenores más íntimos de cada uno de los participantes. Procedimiento que años antes ya habían parodiado Borges y
Bioy Casares en el cuento "Una tarde con Ramón Bonavena", cuando se referían al Nor-noroeste, un voluminoso
libro consagrado a dar detallada cuenta de todo lo que pudiera verse en el costado noreste de una mesa. Páginas y
páginas fervorosamente dedicadas a inventariar un microscópico universo de nimiedades. Ya que de libros hablamos,
vale recordar que una de las cláusulas de
Gran Hermano y de El Bar es que los participantes podían llevar un solo
libro a sus aventuras. Lo que nadie ha aclarado nunca es si los participantes sospechaban la existencia de más de un libro.
La cultura de la ausencia
No es casual que el único programa que la televisión abierta dedica a la difusión artística se llame
El refugio de la cultura, conducido por Osvaldo Quiroga. Allí, en esa acorralada hora concedida en el único canal estatal, se
puede ver a escritores presentando sus libros, conocer la opinión de intelectuales, directores de cine, poetas; ver
imágenes de distintas galerías de arte o adelantos de películas. Todo lo demás es el desierto.
Sería injusto omitir la esforzada existencia de algunos ciclos transmitidos por cable
Página en blanca, de Silvia Hopenheym, o
Los siete locos, de Cristina Mucci, pero las penurias económicas y el hostigamiento de los
directivos de los canales, apenas si permiten detectar los relumbrones de sus fugaces apariciones.
A manera de conclusión
Dice Carlos Ulanovsky periodista y coautor de serias y cuidadas historias de la radio y la televisión
argentinas, que el gran fenómeno de la televisión es el
zapeo, pues permite al espectador construir su propio programa,
"ir navegando con el control remoto y pararse donde quiere. Estar en todo". Lo que ocurre es que el
zapeo, muchas veces, no hace más que delatar un hambre que la televisión argentina no puede saciar. De esa manera es el
cansancio y no el interés el que hace detener al televidente en su vertiginoso cambio de canales.
La televisión tiene una fuerte incidencia en la configuración del imaginario social. Esta imaginación, en el
sentido dado por el filósofo griego Cornelius Castoriadis, "urdimbre inmensamente compleja de significación", se
ve sometida a la presión de una nueva sensibilidad y una nueva mentalidad que han penetrado muy
profundamente en el suelo de la creencia popular. Tendiendo de esta manera a "manufacturar un consenso", según la
feliz expresión de Noam Chomsky, para lo cual se destinan recursos millonarios y toda la tecnología mediática de
nuestro tiempo a los efectos de producir un "lavado de cerebro" que permita la mansa aplicación de la política
promovida por los dueños de la economía.
Atilio Borón, politólogo y ex vicerrector de la Universidad de Buenos Aires, de la situación anterior extrae
el siguiente corolario: "Se permite, de esa manera, una importantísima victoria en el terreno de la cultura y la
ideología al convencer a amplios sectores de que no existe otra alternativa".
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La televisión es un lugar privilegiado para la defensa y promoción de la diversidad, de las identidades y de
los tejidos sociales, de la producción propia y de la interactividad. Ernesto Sábato, el 9 de mayo pasado, invitado
por los organizadores de la entrega de los premios Ortega y Gasset a la labor periodística, tuvo ocasión de decir
en Madrid: consagrarse en un compromiso ético que responda "la sociedad está a tal punto golpeada por la
injusticia y el dolor; su espíritu ha sido corroído tan a menudo por la impunidad, que se vuelve casi imposible la
transmisión de valores a las nuevas generaciones. Sin embargo, la enorme posibilidad de modificar el aciago rumbo que
venimos llevando está presente en el alcance ilimitado que los medios de comunicación poseen sobre la formación
de conciencia de niños, hombres y mujeres. Es ésta una gran misión que puede llevar a cabo el verdadero
periodismo, como lo está demostrando cada vez que con peligro y en situaciones de precariedad nos ha acercado a lo
que acontece en el mundo. En todas sus manifestaciones, la actividad periodística debe consagrarse en un
compromiso ético que responda al desgarro de miles de hombres y mujeres, cuyas vidas han sido reducidas al silencio a
través de las armas, la violencia y la exclusión social".
Unicamente, sacando la cabeza del televisor, y haciendo valer nuestros derechos de televidentes podremos poner en la cabeza de los propietarios de los canales de televisión esa verdad tan sencilla, tan elemental,
tan necesaria, sin la cual no se puede hacer otra cosa que telebasura.