José Carreño Carlón
Del clientelismo atrapado por el corporativismo estatal que los subordinó, primero, y más tarde los mantuvo
en estrechas relaciones de colusión con el poder presidencial, los medios mexicanos sólo dejaron atrás la
exclusividad con el poder presidencial en sus relaciones clientelares y de colusión.
Sólo ampliaron su cartera de clientes y sus redes de colusión, más allá del poder presidencial: gobernantes
locales, grandes empresarios, partidos de alto presupuesto
En eso invirtieron su independencia, tras la muerte, en 2000, del sistema de partido dominante y de
concentración presidencial del poder.
La transparencia sigue pendiente.
Si hay un aspecto de los sistemas políticos iberoamericanos que de inmediato entra en contradicción con
los modelos de las sociedades avanzadas, ésa sería la tendencia a la reconstrucción y la perpetuación de poderes
políticos fuertes basados en instituciones y liderazgos tradicionales.
Ésa es la Venezuela de Chávez y el México de López Obrador.
La institución del clientelismo está firmemente arraigada a la historia iberoamericana como un sistema de
control de los poderes políticos, sustentado en el manejo de recursos significativos y de su ministración a grupos
sociales sobre los que, a cambio, se ejercen diversas formas de dominación, subordinación o colusión.
El clientelismo suele extenderse a diversas formas de control de la comunicación y los medios a través del
manejo y la distribución, precisamente, de una serie de recursos que son significativos para los detentadores y operadores
de los medios.
Por el clientelismo, las funciones normativas y el papel de la regulación de la comunicación pública han
carecido en Iberoamérica de la relevancia que tienen en las sociedades avanzadas. Las instituciones de derecho se han
debilitado por su politización y su manipulación desde poderes que han prohijado también la insuficiencia o inexistencia
de una cultura de la legalidad.
El clientelismo ha incidido asimismo en el relativamente bajo desarrollo de los sistemas mediáticos de los países iberoamericanos, que se expresa en igualmente bajos niveles de circulación de medios impresos,
una tendencia a la instrumentalización política de todos los medios, con énfasis, más recientemente en los
electrónicos, y un desarrollo limitado del periodismo como profesión diferenciada y autónoma.
Previo a su libro escrito en asociación con el académico italiano Paolo Mancini,
Comparing Media Systems, el académico de la Universidad de San Diego Daniel Hallin publicó, esta vez asociado con el académico griego
Stelios Papathanassopoulos, un revelador artículo sobre clientelismo político y medios, en el cual explora los puntos
anteriores en una perspectiva comparativa entre países latinoamericanos y de la Europa
mediterránea.1
Para Hallin y Papathanassopoulos las características de los sistemas mediáticos iberoamericanos adoptan
formas clintelares extremas, respecto de los sistemas de los que provienen cultural y políticamente como herencia
e inspiración: los sistemas de la Europa mediterránea, particularmente los de España, Grecia, Italia y Portugal,
estudiados en esa investigación. Para estos estudiosos, los sistemas de medios de los países del sur de Europa comparten
entre sí una serie de características que los distinguen del resto de la Unión Europea, mismos rasgos que se
encuentran, más radicalmente expresados, en los sistemas mediáticos latinoamericanos. Esto se debe -sostienen- a las
conexiones históricas entre ambas regiones y a los evidentes paralelismos en su desarrollo político, particularmente el de
la pervivencia, hasta bien entrado el siglo XX, del choque de sus tradiciones autoritarias con los principios de
la democracia liberal.
Hallin y Papathanassopoulos intentan desarrollar en esa investigación una explicación teórica de
aquellos paralelismos, a partir precisamente del concepto de clientelismo político, como una de las singularidades que
tienden a desafiar o, al menos, a matizar, en las sociedades iberoamericanas, el papel que han tenido los medios en
las sociedades avanzadas.
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Foto: José Osorio/GDF |
En nuestros países del siglo XXI coexisten segmentos sociales formados en las relaciones políticas propias de la democracia liberal, al lado de amplios segmentos que mantienen formas de relación ancladas en las
tradiciones autoritarias. En los términos de Hallin y Papathanassopoulos, ninguno de los sistemas estudiados resulta
puramente clientelístico, sino que ese tipo de relación suele coexistir en una compleja relación con otras formas de
organización y relaciones políticas. Sin embargo, advierten de entrada, hay países como México en los que el clientelismo
ocupa un lugar más central que en los demás, si bien prácticamente en toda la región se desarrollan fuerzas que tienden
a erosionar las bases de este esquema de relaciones de poder, que por lo demás se presenta todavía, aunque en
forma marginal y excepcional, incluso en las sociedades más avanzadas.
Por lo demás, aunque es cierto que el fenómeno del clientelismo en los medios contrasta con los ideales
de neutralidad de los medios preconizada por la tradición angloamericana, también es cierto que el concepto teórico
del clientelismo ha resultado una herramienta útil para identificar los fenómenos de este tipo que se presentan en todo
el mundo, incluyendo las sociedades angloamericanas.
Y ya en aquellas sociedades en las que el fenómeno clientelístico se presenta con la centralidad en que lo hace
en la mayor parte de las iberoamericanas, se pueden identificar sus principales características específicas.
Entre esas características propias del fenómeno clientelista iberoamericano anotadas por Hallin
y Papathanassopoulos, destacan:
1) Los bajos niveles de circulación de periódicos, lo cual acusaría una debilidad de estos medios como
agentes directos de gestión social.
2) Una tradición informativa y editorial frecuentemente comprometida con intereses, ideologías y causas de
diversa índole, que en Iberoamérica les restaría -a buena parte de los medios, impresos o audiovisuales- la
capacidad incluyente que atribuye el profesor Jesús Timoteo Álvarez a la gestión de los medios como agentes directos en
las sociedades avanzadas.
3) La extendida instrumentalización de los medios de propiedad privada, al servicio de los propios
intereses privados, pero en frecuente colusión con los poderes políticos, lo cual tiende a perpetuar las formas más
tradicionales de control social.
4) La politización de la regulación de la radio y la televisión y de los medios públicos, frecuentemente
financiados y bajo control de instituciones de gobierno o de grupos políticos, como otro brazo de control social tradicional.
5) Las limitaciones para el desarrollo del periodismo como una profesión autónoma, lo cual se traduce,
igualmente, en una limitación para el desempeño de sus exponentes como agentes directos, a la manera propuesta para
las sociedades avanzadas.
En efecto, nunca se desarrolló, en la mayor parte de Iberoamérica, la circulación masiva de los medios
impresos, en proporción con su población. Aun con las cifras infladas que los gobiernos y los editores suelen reportar,
la circulación ronda en los 40 ejemplares por mil
habitantes2 -aunque lo más probable es que no llegue a 20 copias
por millar de habitantes- contra alrededor de 300 en Estados Unidos o más de 600 en Dinamarca.
La tradición iberoamericana de periodismo comprometido con causas e intereses y de informar y comentar
con los sesgos políticos correspondientes, sigue presentando, asimismo, agudos contrastes con el modelo
angloamericano de neutralidad profesional que tiende a generalizarse en las sociedades avanzadas.
En cuanto a la tradición iberoamericana de instrumentalización de los medios comerciales, anotada por Hallin
y Papathanassopoulos, de su control y dirección desde el interés de los propietarios, en alianzas con grupos de
poder y al servicio de proyectos políticos, hay que agregar, en países como México, un rasgo propio del cambio de siglo
y de sistema político, expresado en una distorsión doméstica en sentido inverso al del clintelismo tradicional:
la acumulación, en las empresas informativas privadas, de influencia y poder políticos y su instrumentalización
al servicio de proyectos y planes de negocios privados.
Por otra parte, tanto la regulación de la radio y la televisión privadas como la situación de los medios públicos,
han formado parte, históricamente, en Iberoamérica y en la Europa meridional, del mismo esquema de subordinación
a las influencias políticas dominantes.
Y en todos los países de las dos regiones se presentan cíclicamente luchas y controversias sobre la necesidad
de actualizar la legislación en la materia y de garantizar la independencia de los medios públicos respecto de los gobiernos en turno.
Más allá del anecdotario, de las simplificaciones y de los problemas de personalidad de los actores del
poder político y del poder mediático enredados con estos temas, éste es el contexto sociológico e histórico en el que
se pueden explicar los debates, los proyectos y los procesos de reforma de los medios, en curso en México y España.
Y estas explicaciones podrían contribuir a facilitar las aproximaciones -si es que realmente se desean-
que conduzcan a los acuerdos para una nueva normatividad de la comunicación pública en nuestros países.