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Ricardo Becerra  El triunfo de Marta Sahagún...


 La derrota del presidente Fox

 Ricardo Becerra


El mes pasado los mexicanos vimos y vivimos un episodio cumbre, monstruoso, del abuso periodístico y editorial: fueron puestos a circular, masivamente, dos libelos de baja laya, pésima redacción y peor manufactura, pero que ocuparon el centro del morbo y de la atención pública nacional: por un lado Olga Wornat (La jefa, editorial Grijalbo) y, por otro, Rafael Loret de Mola (Marta, editorial Océano). La cosa es grave, síntoma de muchas patologías políticas y periodísticas. Aquí enumero siete:

1. Nuevas canalladas. El periodismo mexicano se está entregando ­sin resistencias, reflexión ni debate­ a los usos que Tom Wolfe bautizó como Periodismo canalla (Ediciones B, 2001). El gran escritor estadounidense lo describe así: "... diga lo que quiera, escriba los chismes que le cuentan al pasar y diga que eso es su investigación, infame, diga lo peor de alguien muy famoso, invente, que su bodrio será creíble y será comprado por innumerables crédulos... me indigna más que a eso se le llame 'nuevo periodismo'". Es la fabricación de best sellers instantáneos cuya materia prima es la vida privada de los personajes públicos. Como se sabe que esos personajes no podrán defenderse (porque aparecerían atentando contra la "libertad de expresión", porque parecería que abusan de su poder y de su influencia para acallar a un indefenso periodista que sólo hace su trabajo). Así, los libelos en cuestión pueden decir casi todo: conflictos familiares, diagnósticos médicos, problemas sexuales, enfermedades, adicciones, vicios de la familia y un largo etcétera de sabrosos chismes privados. Es canalla por partida doble: calumnia y difama sin ninguna contemplación y sin ninguna restricción, y lo hace a sabiendas que el atacado no podrá defenderse.

2. Esto no es natural. Contrariamente a lo que supone cierto cinismo académico y cierta visión que se quiere "posmo", este periodismo no es "natural", no es inevitable ni propio de la democracia moderna. Se insiste que la intromisión a la privacidad es consustancial a la libertad periodística y que todos los regímenes liberales ­si lo son de veras­ en algún momento cruzaran las aguas del exceso, la obscenidad y la exhibición privada... pero no es así. La intromisión grosera y alevosa a la vida de las personas públicas es propia de Estados Unidos y de Inglaterra, pero no de Francia ni de Alemania ni de Holanda, ni siquiera de España: esas democracias han trazado una frontera imaginaria pero firme entre la esfera pública y la esfera personal. Como lo recuerda Paolo Flores d'Arcais: "la libertad del individuo conquistó para sí el derecho de la vida privada, lo que es más, la libertad individual se realiza precisamente porque existe privacidad... buena parte del pensamiento, del goce, del placer, se crea en privado, la libertad necesita de la privacidad... ésta es una condición que los países anglosajones han olvidado y puesto de cabeza: ahora sus periodistas suponen que la libertad consiste en meterse entre las sábanas, al cuarto o los cajones de los demás, pero eso no es libertad sino, justamente, el principio del totalitarismo" (El individuo libertario, Seix Barral).

Leamos la Declaración de los Derechos del Hombre de 1793: "Nadie puede ser molestado en su vida privada si no viola la ley... y cualquier violación a ella se considera arbitraria y tiránica...". Y nuestra Constitución recoge también el mismo principio: "Nadie puede ser molestado en su persona, familia, domicilio, papeles o posesiones, sino en virtud de mandamiento escrito de la autoridad competente..." (art. 16), nadie, ni siquiera el Presidente de la República o su señora esposa.

Lo que el episodio de mayo puso en cuestión, muy al fondo, es el derecho a la privacidad, uno de los aspectos centrales de la vida civil que definieron a la sociedad moderna y a la ciudadanía desde el siglo XVIII. La intromisión no es "natural", no es "un dato" al que debemos resignarnos, sino una malformación de nuestro periodismo, una perversión a la que se debe combatir.

3. Una frontera que se hace y se defiende. Porque la línea que separa a la vida privada de la esfera pública no está trazada de una vez y para siempre, y al contrario, está borrosamente dibujada y debe ser subrayada, protegida, reforzada una y otra vez en una lucha permanente y quizá, eterna. La vida personal de los presidentes y del resto de la clase política en México había quedado ­relativamente­ a buen recaudo en los primeros años de la liberalización de los medios. Pudo deberse a cierta ética profesional o a los residuos del control autoritario, pero lo cierto es que nuestra prensa había podido respetar esa delicada frontera. Sin embargo, algo se rompió, y buena parte de los periodistas nacionales consideran normal y hasta "sano" la invasión de la intimidad. Para justificar sus excesos nos colocan frente al espejo estadounidense (Clinton y su becaria como caso prototípico). Pero hay que recordarles y hacerlos mirar el espejo francés: Miterrand tenía dos mujeres, una vida sentimental dividida y una hija fuera del matrimonio, pero eso jamás hizo parte de la discusión pública ni fue usado políticamente por los medios más influyentes de Francia. Por supuesto que hubo quienes intentaron hacerlo, pero la franja más gruesa y mayoritaria conservó su salud y supo proteger, subrayar y reforzar la frontera entre la vida privada y la vida pública, incluso la del personaje más público de su país.

4. Un derecho de 300 años vs. un apetito gremial. En mayo, los argumentos en favor de la intromisión se estiraron al extremo para poder adquirir cierta racionalidad: "los mexicanos deben saber el historial médico del gobernante, no vaya a ser que muera en el ejercicio de su función"; "el público tiene derecho a saber los vicios de los funcionarios para saber la calidad de su función". Pero la verdad es que un enfermo y ni siquiera un libertino pierden el derecho a su privacidad. Y esa es la clave jurídica: el derecho a la privacidad existe, está plasmado en la Constitución, se desarrolla ahora en una Ley Federal de Transparencia y en otros tantos textos legales. El derecho se suspende sólo cuando cometo actos criminales o cuando realizo un delito, mientras, preservo mi derecho a la privacidad intacto, así padezca cáncer, Alzheimer, gonorrea o gastritis. Por el contrario, el "derecho" a la intromisión no aparece en ningún lado, no se desarrolla ni se justifica en ninguna parte.

Fernando Escalante Gonzalbo argumentó este punto en un debate que sostuvo en Arcana (núm. 3, julio de 2001): "Con frecuencia se escucha un argumento genérico: las actividades de un hombre público son de interés público. Ahora bien: ése no es un argumento jurídico, pero además resulta particularmente escurridizo porque, en buena medida, los propios medios de comunicación son los que convierten en asunto de interés público algo que de otro modo no lo sería. En la práctica, son los medios los que deciden qué es público y deciden hasta dónde respetar la vida privada: cosa muy problemática y ciertamente arbitraria".

En otras palabras: de un lado hay un derecho muy claro, erigido en el combate contra la tiranía y el absolutismo hace 300 años; del otro, demandas genéricas y apetitos de un gremio (los periodistas) que se arrogan la facultad para decidir dónde acaba la privacidad de los demás.

5. Abusiva excepcionalidad del periodista. ¿Por qué los periodistas creen que tienen una atribución que no poseen ni el Estado ni las empresas ni los partidos ni las iglesias ni las escuelas ni ninguna otra institución de la sociedad y ningún otro individuo o ciudadano? ¿Por qué los periodistas sí "tienen el derecho" de invadir la privacidad y no se lo permitimos a Hacienda, a Gobernación, al Ejército, al IFE y demás instituciones públicas?

La privacidad se defiende y se define no sólo frente al Estado, sino frente a cualquier otra institución social. Las libertades y los derechos se protegen contra cualquier interferencia y no sólo la del Estado. Otra vez cito a Escalante Gonzalbo: "El Estado, al que hemos autorizado para hacer una enorme cantidad de cosas, no tiene el derecho a violar la privacidad de un domicilio, de la correspondencia, de las conversaciones, a menos que medie una orden judicial, ¿por qué entonces otras instituciones, otros poderes sociales, pueden hacer lo que el Estado no puede ni tiene derecho a hacer?".

El asunto crucial es éste: no existe, no puede existir, ningún derecho de invasión a la privacidad; es parte de una ideología y de una malformación importada de Estados Unidos; en cambio, el derecho vigente, legítimo, argumentable y defendible es el de la vida privada.

6. Lecciones para Marta. ¿Pero qué pasa cuando los mismos personajes balconeados en los libelos, abren las puertas a los periodistas, para que el público conociera su ámbito privado: su armonía familiar, su devoción religiosa, el cuidado de la cocina, el ultrasonido de los nietos, lo bonito que se llevan, como forma de propaganda política. De un modo salvaje la serpiente de la exhibición privada se ha mordido la cola.

Hace sólo algunos meses la señora Marta Sahagún se quejaba de esos intelectuales que machacaban tanto y que insistían obsesivamente en la obligación de deslindar lo público de lo privado. Se ufanaba incluso de no comprender tal diferencia si "mi vida es transparente", decía. Ahora, la primera dama puede entender ­a un alto costo­ la importancia de separar siempre, con absoluta claridad, lo público de lo privado.

7. Lecciones para Fox. Los libelos de marras no son ejercicios futuristas, no son textos que quieran anticipar un escenario del porvenir. Tampoco se juega el destino del impreciso "proyecto" presidencial. Estos dos libros son escritos y mandados a hacer, manufacturados por encargo, para interferir en la política de hoy, es decir, para afectar al Presidente, inyectar insidia, erosionar su prestigio y el respeto público a su figura, exponerlo a la burla y la maledicencia de millones. No se está discutiendo la "continuidad" de la política presidencial a partir de 2006, sino que se está afectando la labor del gobierno desde hoy.

Marta, de Loret de Mola, y La jefa, de Olga Wornat, son expresión de una patología política que hemos leído en las novelas de Leonardo Sciascia: donde los personajes del poder, sin darse cuenta, quedan enredados en sus propios discursos, gestos y actitudes. La exhibición de lo privado, esa arma tantas veces utilizada, puede acabar siendo el principal enemigo del gobierno foxista. Cada vez es más claro que el activismo de la primera dama debe cesar ahí y cuando empieza a generarle problemas al Presidente. Si no se hace esa reflexión en Los Pinos, si no se corrige, muy pronto veremos cómo el triunfo mediático de Marta Sahagún se convertirá en la derrota política de Vicente Fox.


Ricardo Becerra es analista político y columnista de La Crónica de Hoy.

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