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Razones para apagar la tele



Sergio Marelli



A comienzos de los 90, uno de los representantes más notorios del pensamiento postmoderno postuló que el avance de las comunicaciones, en su fase globalizadora, haría del mundo una sociedad transparente, un escenario de cristal donde todos estaríamos en condiciones de conocer todo. Esa utopía comunicacional hoy nos inspira una sonrisa entre amarga y piadosa. Desde la panglossiana afirmación de Vattimo hasta el presente, el dominio de los medios de difusión se ha ido acentuando poderosamente; a tal punto que, más que de una "sociedad transparente" cabría hablar de una "sociedad opaca", signada por el control ideológico de la información, consecuencia de una fusión comunicacional que ahoga las diferencias en lugar de posibilitarlas.

¿Cómo sustraerse de la oscuridad informativa? Los primeros tanteos de claridad sólo pueden rastrearse dentro de nosotros mismos. No me estoy refiriendo a esos manidos preceptos que no faltan en ningún manual de autoayuda, sino que se alude a esa facultad cuyo uso nos ennoblece y distingue como especie: la reflexión. Atreverse a decir "no", poner en duda las "verdades reveladas" por los púlpitos mediáticos; pasar todas los informaciones por el tamiz crítico de nuestro propio entendimiento. En síntesis, volver a Descartes.

Pienso, luego apago la tele

Pocos tienen el valor de apagar el televisor. ¿Quién se atreve a callar la voz de quien con el encendido cómplice se ha vuelto el pater familias de cada casa? Descartes sí se atrevió a apagar el "televisor" de la escolástica medieval. Dijo que "no" y decidió creer solamente en aquello que aceptara a partir de sí. La afirmación de la propia racionalidad, esa creencia en la posibilidad de formarse un criterio personal de los hechos a partir de la íntima elaboración reflexiva, es una verdadera bandera de lucha para los días en que vivimos. Seamos cartesianos: creamos sólo en lo que nosotros seamos capaces de creer visceral y honradamente, y no en lo que nos hacen creer sofocantemente, todo el tiempo, por medio de los dogmas establecidos merced a la revolución comunicacional. Entre las pocas certezas que podemos sostener en estos días, sobresale una: estamos viviendo en nuestra época una revolución comunicacional. El capitalismo del siglo XXI se expresa en la revolución comunicacional, que es un gigantesco sujeto absoluto que constituyen la conciencia de los hombres: nos da imágenes, contenidos, ideas, problemas, temas de debate, dispone la agenda. Nuestras conciencias son conciencias pasivas, reflejas, que discuten lo que el Poder quiere que se discuta, que ven lo que el Poder quiere que se vea, que piensan lo que el Poder quiere que sea pensado. Y hay aquí la constitución de un dogma poderosísimo, instrumentado a través de la enorme red de canales de difusión manejada por el imperio bélico-comunicacional.

Hay una frase de Jean Paul Sartre ­gran cartesiano toda su vida­, muy efectiva y deslumbrante, escrita en el prólogo del libro de Frantz Fanon, Los condenados de la tierra: "No nos convertimos en lo que somos sino mediante la negación íntima y radical de lo que han hecho de nosotros". La revolución comunicacional reclama la pasividad del receptor. Esa actitud de sentarse a ver, escuchar, leer mecánicamente, ser subyugado por los efectos especiales de las películas de Hollywood; los quejidos más íntimos de las más sobadas alcobas, las investigaciones periodísticas que sólo descubren lo obvio; las guerras explicadas fríamente con mapas y flechas; el dolor mostrado siempre desde la morbosidad del rating, nunca desde la sensibilidad del periodista; la noticia policial contada desde el jadeo de quien se deshumaniza en la persecución voraz de una primicia, subalternando la ética periodística, comportándose frente a la materia informativa como microbios en un organismo enfermo. El consumidor de los medios, todo eso lo recibe pasivamente, como un paquete de informaciones premasticadas, para que no altere la digestión de su intelecto inmovilizado. La actitud de su conciencia es refleja, condicionada. Es una conciencia esponja, absorbe, chupa vorazmente y sin otro objeto que entretenerse pálidamente. Ha extendido el certifi-cado de defunción a su más alta posibilidad de desarrollo humano: consolidar una conciencia crítica, de ruptura, capaz de escuchar el discurso del emisor, sin entregarse hipnóticamente, pues hay un tábano que la mantiene viva en su vigilia: la duda.

Saltar del fragmento al conjunto, de la parcela al todo, ése es el desafío de quien enciende un televisor o una radio, o se lanza a lectura de un diario o una revista. Dejar de ser "un lector hembra" según la polémica expresión empleada por Cortázar para fustigar la pasividad de ciertos lectores de literatura, y recuperar la autoestima crítica sin la cual seremos meramente recipientes que los medios llenan de un contenido elegido a su antojo. Manuel Vázquez Montalbán, en Las noticias y la información ­Editorial Salvat­, escribió: "Mediante la telecomunicación directa, el ciudadano tiene acceso a la parcela de verdad más inmediata que pueda transmitirle otro ser humano o que pueda comunicar él mismo, convertidas así en polo emisor. ésta es la única función activa que le cabe en el proceso comunicativo. Todas las demás serán pasivas, sometido a la manipulación noticieril que las telecomunicaciones suministrarán a los mass media y que le llegarán a manera de cápsulas informativas con sus dosis de verdad, nunca toda la verdad y muy pocas veces una verdad desinteresada, que escape a la intencionalidad histórica de los poseedores de los medios de comunicación o de los que están en condiciones de controlarlos jurídica o políticamente".

En estas épocas se halla muy difundida la equivocada certeza de creer que la información tiene más que ver con la inmediatez que con la verdad. Es cierto, por ejemplo, que la muerte de Napoleón tardó más de 20 días en ser conocida en toda Europa, y que en cambio la caída de las Torres Gemelas pudo verse, televisivamente y en tiempo real. Pero, cuántos son los que se encuentran concienzudamente informados que, en esta sociedad mundial globalizada, mueren, por día, 100 mil personas por hambre y enfermedades curables, y que de esa horrorosa cifra, casi 40 mil son niños menores de cinco años. La inmediatez es una cualidad de los medios de difusión en la actual fase de su evolución técnica, y cuyo valor es imposible exagerar. Pero el periodismo es mucho más que la excelencia técnica de sus instrumentos de expresión. Su más alta misión se cifra en aquellos trabajadores de la comunicación que tienen un compromiso de sangre con la verdad, inmunes al virus de la notoriedad, que habitan lejos de los halagos cortesanos, y que nadie puede confundir con tullidos morales, ni miopes de raciocinio ni culpables de cinismo.

Párrafos atrás hablamos de Descartes. Recordemos también a Kant. En Filosofía de la historia, el sabio de Konigsberg escribió: "La ilustración consiste en el hecho por el cual el hombre sale de su minoría de edad". Con bruñido rigor Kant nos aclaró qué entendía por "minoría de edad", y dijo: "La minoría de edad estriba en la incapacidad de servirse del propio intelecto sin la dirección de otro". El poder informático y comunicacional globalizado nos trata como a eternos menores de edad, que pueden ser llevados de las narices a cualquier lado, y educarnos con los pautas de la más patológica espiral consumista. Es hora de que empecemos a comportarnos como adultos.

Una institutriz ignorante

¿Quién delegó en la TV las tareas de institutriz? ¿Cuántas horas diarias están los niños frente al televisor y cuántas dedican a la lectura, o a entrenar su inteligencia con una actividad creativa? No es necesario contestar esas preguntas, las respuestas, ominosamente, las sabemos todos. No se trata aquí de sacudir el espantajo de la TV y de apostrofarla como culpable de todas las deficiencias intelectuales y volitivas de nuestros hijos. Pero, es incuestionable que la TV colabora decisivamente en la fabricación en serie de ciudadanos anómicos y unidimensionales de espíritu. Los niños son inducidos compulsivamente a la frivolidad y la dependencia de necesidades artificialmente implantadas en sus existencias. Los televidentes desde su más temprana edad son sometidos a un paciente y laborioso "lavado de cerebro" que les va estrechando, a lo largo de los años, el campo de sus posibilidades electivas, impidiéndoles optar por otra conducta que las consagradas mediáticamente, anulándoles toda posibilidad de alimentar otros intereses que los fomentados en la televisión.

César Vallejo escribió que si la radio no estaba "destinada a despertar más profundas perspicacias sentimentales, a densificar el amor", no tenía sentido. Qué no hubiera dicho el gigantesco poeta peruano sobre esa fábrica de frivolidad montada por la televisión diariamente. La frivolidad no es un defecto truculento que merezca anatemas al estilo cuáquero. Lo truculento consiste en hacerle creer a alguien que la superficialidad es su único destino, que la existencia "normal" es incompatible con el uso de la inteligencia. El entretenimiento es una saludable distracción de nuestras ocupaciones, pero es indispensable que existan esas ocupaciones para que el entretenimiento no sea pernicioso. El televidente infantil no puede formar su personalidad libremente, pues la televisión se ha encargado de elegirla por él. En la gran selva televisiva, aprendices de jíbaros le reducen el cerebro al niño para luego convencerlo de que nació reducido. Le instigan a practicar un desenfrenado culto a las apariencias y a desdeñar su propia y diversa riqueza humana. Lo recortan y pegan para luego culparlo de ser una figurita. Lo educan, en fin, para pequeño príncipe consumista de un mundo en liquidación. La gran poeta y cantautora María Elena Walsh lo ha dicho de manera inmejorable: "Nuestros niños, desprovistos de abuelas tradicionales o nodrizas memoriosas, lo primero que oyen y aprenden son los jingles publicitarios. De lo que se deduce que una de las actuales nodrizas del niño es la televisión, y que de ella absorbe las más precarias formas de versificación, música y atropello de la sintaxis. Una seudo poesía destinada no a despertar sus sentimientos y su imaginación, sino a moldearlo como consumidor ciego de un orden social que hace y hará todo lo posible por estupidizarlo".







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