Verónica Veloz Valencia
El efecto boomerang implica un fracaso en el proceso de comunicación de la Arquidiócesis Primada de
México, en tanto que el objetivo del arzobispo, Norberto Rivera Carrera, ha sido, durante sus más de 11 años al frente de
esa institución, el posicionamiento político-social a través de la influencia del contenido de sus mensajes en los medios.
El también cardenal ha utilizado los medios para conseguir prestigio y realzar su autoridad como figura
pública, otorgándole legitimidad a su estatus social. Este fenómeno mediático le ha generado a Rivera Carrera diversas
aristas en su función como líder eclesiástico, así como una constante polémica en torno a su exacerbado protagonismo en relación con cuestiones de la vida nacional.
Académicos y estudiosos en la sociología de la comunicación apuntaban hace algunos años que esta ilimitada exposición ante los medios le acarrearía al prelado duranguense un yerro en su estrategia de comunicación, mejor denominado efecto boomerang.
Sin embargo, este efecto ya está aquí. El detrimento de la figura mediática del arzobispo primado de México atiende en gran medida a las acusaciones que penden sobre él por la protección del presunto sacerdote pederasta, Nicolás Aguilar. Igualmente, situaciones como la aprobación de la ley de sociedades de convivencia y el actual debate en torno a la despenalización del aborto, han provocado que la opinión pública dé la espalda a Rivera Carrera, quien en su afán por defender el conservadurismo de la Santa Sede, ha entrado en polémica con legisladores, grupos de izquierda e intelectuales, perdiendo credibilidad.
Pero el mencionado efecto no se gestó de un día a otro. A lo largo de su trayectoria, en la que pasó del anonimato al primer plano mediático, al frente de la arquidiócesis más grande del mundo,1 Rivera ha cometido errores que
han afectado su liderazgo dentro y fuera de la Iglesia católica: destaca la implementación, en 1995, de recursos
económicos desmedidos para el desarrollo de la infraestructura de una oficina de comunicación social por parte de los
Legionarios de Cristo, misma que fue criticada por el actual vocero de la arquidiócesis, Hugo Valdemar, al "calificarla de
innecesaria y provocadora de una grave crisis económica en la
institución".2
Se le ha acusado también del pecado de simonía, suscitado durante la cuarta visita de Juan Pablo II a México,
en 1999, época en la que el cardenal realizó un acuerdo comercial con la empresa de alimentos y frituras,
Pepsico, denominada coloquialmente Las Papas del
Papa, para hacerse de recursos económicos que sustentaran la logística
de esta gira pastoral.
Uno de los escándalos mediáticos más sonados y que dejará marcada su labor eclesiástica, fue la cesión
de derechos de la Virgen de Guadalupe a una empresa estadounidense llamada Viotrán, que a través del
pago correspondiente, podía explotar comercialmente la imagen guadalupana.
Gran parte de la enemistad que Rivera Carrera tiene con los obispos de la Conferencia del Episcopado
Mexicano (CEM) se derivó del debate suscitado en 2002, en el marco de la quinta visita papal, que colocó a Juan Diego en
los altares como santo mexicano, pese a que existían diversas voces que optaban por manejar este tema con un
mayor cuidado histórico. A final de cuentas se hizo lo que el cardenal quiso.
Los medios ventilaron esta serie de decisiones del jerarca católico capitalino, quien a su vez, en la lógica
por ganar el mayor rating, acaparó miradas, puntos de vista y un minucioso análisis, casi con lupa, por parte de
especialistas, informadores y expertos en el fenómeno religioso. Esta reexaminación de la figura de Norberto Rivera Carrera
condujo a una crítica en torno a su carácter pragmático y conservador, sobre todo en situaciones como la defensa a ultranza
de Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, acusado de pederastia.
La sociedad civil mexicana, creyente o laica, ya no es la misma de hace 20 años. La dinámica política
establecida por las diferencias partidistas ha fomentado un riguroso estudio de los personajes públicos y los contenidos de
sus mensajes. Comienza una apertura donde la pluralidad y el intercambio de ideas son privativos de un
crecimiento social, por ende, las posturas de Rivera Carrera, y de paso, las de su vocero, Hugo Valdemar, resultan anacrónicas y a veces hasta amenazantes.
El momento álgido de esta controversia comunicativa inició en septiembre de 2006, cuando salió a la luz
pública la denuncia que hizo Joaquín Aguilar ante la Corte del estado de California, acusando al cardenal de
conspirar internacionalmente para encubrir a sacerdotes acusados de pederastia, de manera particular al padre Nicolás
Aguilar Rivera.
Esa noticia revelada por la periodista Sanjuana Martínez, tuvo eco a través de comunicadores como
Carmen Aristegui y Ciro Gómez Leyva, quienes en el pasado habían puesto en duda temas ocultos de la Iglesia
católica mexicana, como el ya mencionado caso de Maciel. Luego sobrevinieron otro tipo de declaraciones, propias de
una labor comunicativa en desgracia. Sólo hay que recordar la aseveración que el arzobispo hizo en torno al
incremento del precio en la tortilla, afirmando que "el alza a la tortilla no es ninguna
tragedia"3 y "tampoco conduciría a una
crisis social".4