Francisco Báez Rodríguez
Uno de los principales problemas culturales de nuestro país es que no sabemos viajar ligero. Lo mismo para un fin
de semana cerca de la ciudad que para unas vacaciones de 15 días en el extranjero. Hay una suerte de desmesura nacional,
de gran deseo de hacer bola, de rechazo a todo lo que parezca austeridad protestante. Es la desmesura de las enormes
comitivas que acompañan al mandatario en turno, la de la familia ampliada que va al aeropuerto a recibir a la tía.
TV Azteca quiere aprovechar el distanciamento entre Televisa y Univisión y está interesada en la cadena
hispana estadounidense. Para ello sus ejecutivos viajaron a Nueva York. Pero no lo hicieron ligero. Llevaron hasta al elenco de
Los Sánchez a los eventos de lujo. Equivale a la familia que se va de puente a Acapulco y carga hasta con el perico. El
perico acude al antro y contribuye al reventón.
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Foto: Cuartoscuro |
Pero hay otro peso, todavía más grande, que lastra el viaje de Azteca, y su posibilidad de ir más allá de una
"alianza estratégica" con los recién peleaditos. Esto es las demandas legales que se multiplican en Estados Unidos sobre ese
paladín de la libertad de expresión que es Ricardo Salinas Pliego. Con ese peso, que afecta las intenciones del cliente favorito
del dueño de TV Azteca (el
Cliente
Cartera) lo más que podemos esperar son acuerdos efímeros, que muy
probablemente deriven en nuevos pleitos entre empresarios, pasto de columnistas financieros.
Desmesura nacional, he dicho. Televisa no se podría quedar atrás. Como cada año, esta empresa hace un festival
en Acapulco. Lo que hoy llaman Acafest, y que antes tuvo otros nombres, originalmente servía para promocionar el
turismo en esa ciudad, tan querida del ex gobernador veracruzano Miguel Alemán. Ahora funciona como las
convenciones empresariales de los años 60: como pretexto para hacer viajar a todo el personal y para echar relajo.
¿Quién va a hacer el viaje a Acapulco para ver a Priscila y sus Balas de Plata, RBD o Francisco Céspedes? Muy
pocos. El chiste es que casi todas las emisiones de Televisa se trasladen al puerto guerrerense (caramba,
hasta El privilegio de mandar), se gaste el doble de producción (seguro va hasta el último de los asistentes) y que se genere "espíritu de
cuerpo" entre los integrantes de la empresa.
Tengo la fundada impresión de que, más allá de las promociones para el trabajo en equipo, las televisoras
mexicanas casi nunca viajan ligero. De un capítulo de telenovela filmado en locación, a un evento informativo que requiere
de enviados especiales, a la filmación de un documental (amarillista, de seguro), prevalece el exceso de personal -y no,
por ejemplo, la contratación de un número reducido de técnicos
free-lance-, el traslado de pesados equipos -y no, por
ejemplo su renta in situ-, la compra de lo que falta -y no, por ejemplo, su sustitución por alguna otra cosa-. En fin, que
predominan las ganas de gastar.
En ese sentido, y en contra de las tendencias, nuestras dos grandes televisoras se comportan como las familias de
Tito Sánchez y de Güicho Domínguez: como nuevos ricos.
No es la mejor receta de eficiencia empresarial. Ni la mejor manera de apuntalar las acciones bursátiles. Pero
no importa. Al cabo, ellos son los dueños del mercado y los principales detentadores del poder mediático.