Obsesión por la prensa, rasgo común entre Colosio y Aburto
María Antonieta Barragán / Héctor Aguilar Camín
Héctor Aguilar Camín se sumergió en el "ordenado infierno" de los expedientes de la fiscalía en el caso del homicidio de Luis Donaldo Colosio. ¿Qué encontró? La narración de un momento trágico y sorprendente de las pasiones públicas, con su cola de victorias y derrotas privadas: una novela "sin ficción".
De ahí su reciente libro, La tragedia de Colosio (editorial Taurus). Una versión coral donde los actores políticos, de esos primeros meses de 1994, se mueven con sensaciones, percepciones equivocadas, miedos y dudas; certezas y dramas. "No hay conclusión", advierte el historiador. "Tampoco hay interpretaciones porque de eso ya estamos cansados. Aquí lo importante era dejarlos hablar a ellos, a los personajes de una tragedia que se consumó el 23 de marzo de 1994 con la muerte de Colosio".
A esta tragedia, como lo documenta Aguilar Camín, la acompaña "el rumor de la prensa", como una encarnación de las emociones que ni los propios actores son del todo conscientes. Aburto y Luis Donaldo, además, tienen una misma obsesión: la prensa. Al primero, lo encandilaba; al segundo, lo preocupaba y atormentaba.
Buscabas material para un relato. Lo encontraste en un millón y medio de palabras, y lo dejaste, en cien mil. Obtuviste tu relato, si acaso, como dices, una "novela sin ficción" y "ninguna conclusión". Pero eres historiador, novelista y analista político, ¿cuál de todas estas miradas predominó en el hilo conductor para contar La tragedia de Colosio?
El personaje que más me atrajo y al que encaminé todos los hilos dramáticos de la historia fue a Diana Laura Riojas. Me parece el personaje más conmovedor y novelístico. Ella muere dos veces: con su propia muerte anunciada, y la muerte sorpresiva e inesperada de Colosio. En el capítulo final del libro la vemos cargando esas dos muertes y, además, cargando la sospecha. A veces es certidumbre, otra incertidumbre de quién mató a su marido. No cree en la idea de un asesino solitario pero tampoco alcanza a convencerse de que fue un complot, y tampoco de quién pudo ser el autor intelectual. Entonces, en términos de sufrimiento, no tiene ni siquiera el consuelo de saber a quién debe su dolor. Al mismo tiempo, y en medio de su agonía, vemos a una mujer con un gran temple cruzando esos meses de destrucción y de duelo. Fue un personaje inesperado para mí, el que me atrapó, y el más intenso de esta historia.
Además, ella muere atemorizada...
Ella muere sintiéndose hostigada, más que cuidada o protegida por el Estado Mayor Presidencial.
Sintiéndose presionada por el entonces presidente Salinas de Gortari y sus abrumadoras atenciones. Hay una escena
muy reveladora del desencuentro total de intenciones y sensibilidades. Salinas organiza una gran fiesta en Los
Pinos para celebrar el cumpleaños del hijo de Diana Laura y Luis Donaldo. Es excesiva en todos los sentidos, ella
así lo siente y al final, se molesta. Esa fiesta para cortejar al niño se vuelve un momento de gran incomodidad
para los cortejados. En otro momento, incluso, se siente tan hostigada que llega a huir del Estado Mayor
Presidencial metiéndose en la cajuela de su coche para salir de su casa e irse a Nogales porque no quiere que nadie
sepa dónde está. En estas actitudes ves a una mujer de una fibra y una fuerza interior extraordinaria, y, al
mismo tiempo, debilitada por la enfermedad, por el dolor, por la sospecha. Muy agitada por esta condensación
de intensidades y desgracias que le suceden. Les dice a sus cercanos: "Es que así no era". El guión que ella
tenía en su cabeza es que ella moría primero y su marido quedaba triunfante, Presidente y en condiciones de
proteger a sus pequeños hijos.
Tú hablas de cortejo y de atenciones por parte de Salinas de Gortari, yo vi a un Presidente ansioso
de reinvidicarse ante Diana Laura. No hay un trato humano hacia ella en los días posteriores a la muerte de
su marido.
Puede ser. Salinas no percibe la molestia en que está Diana Laura. Y no lo percibe porque no lo percibió
antes. No se dio cuenta de la sensibilidad en la que estaba Colosio y, por tanto, su esposa, y que era de
molestia, desconcierto y agravio por las ambigüedades de éste a lo largo del proceso de nombramiento del
comisionado Camacho. ¿Por qué no lo percibe? Porque Luis Donaldo no se lo hace sentir, no se lo deja ver. Lo
oculta profesionalmente. Nunca le plantea con claridad a Salinas su molestia, y sí lo hace con algunos de sus
colaboradores. Recogí todos los momentos en que esto se manifiesta en un periodo de tres meses y son pocos en
los que rompe su autocontención y expresa lo que está sintiendo.
Su conducta era "aquí no pasa nada y esto se va a arreglar". Con pocos interlocutores reventaba de
coraje, de tristeza y de desconcierto. Se maneja con gran control de sí mismo y gana ese forcejeo cuando el 22 de
marzo Camacho se hace a un lado.
En este "ordenado infierno de la fiscalía", como le llamas; en esta solitaria tarea de leer todos esos tomos
y sus abrumadores testimonios, seguramente habrás pasado por varios estados de ánimo. ¿Cuál se presentó
con más constancia?
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Fotos: Guillermo Cardoso |
Sorpresa. Yo creía conocer la historia, creía conocer algunos de sus intríngulis, la secuencia de los hechos
y la lógica del pleito, pero la verdad conforme fui leyendo los testimonios que cita el fiscal todo adquirió
una novedad muy intensa. Fue como acudir a una obra de teatro que creía haber visto pero que recordaba mal,
no conocía muchos puntos climáticos y la diversidad de los personajes. Veía pocos actores y de pronto
apareció un coro de testimonios, de visiones y de sensibilidades. Lo que yo tomé del informe del fiscal no fue
su investigación ni sus conclusiones; lo que tomé fueron las palabras que él citaba de los actores, y algunas de
las narraciones que hacía y que yo necesitaba como puente narrativo para situar al lector. Conozco a la
mayoría de los actores, así que prácticamente los oía y veía, y sus palabras adquirían una doble realidad. Ese fue
el momento que disparó el trabajo para este libro. Sentí que estaba en un anfiteatro donde todos los
personajes daban sus puntos de vista, levantándose como en una discusión, donde uno, sin decirle al otro "mientes",
decía cosas contrarias de lo que decía el otro. Estaba frente a una reconstrucción coral de una historia
extraordinaria que aparte de ser una tragedia y mostrar un momento político clave del fin de siglo XX mexicano, es una
historia única en su intensidad, desmesuras, en el tamaño que adquieren las aparentes pequeñeces, y que se
vuelven en piedras de toque de todo el drama.
Lo que hice, entonces, fue sacar las declaraciones de los actores de manera cronológica y ahí apareció
la trama. Tuve la tentación de contar la historia hilando esas declaraciones, pero al meter pequeñas
anotaciones era una manera de introducir una interpretación y un punto de vista. Y de interpretaciones y puntos de
vista estamos llenos en el caso de Colosio. La fuerza de lo que están diciendo es inconstatable y cualquier glosa
lo hubiera disminuido; quise restituir la historia contada por sus propios actores. Lo que sí, añadí, como
un apéndice, fue el tema de Aburto, pues me pareció realmente revelador, y otra vez, sorpresiva, su
historia familiar, laboral, social, mental y amorosa.
Sí, es tan meticulosa que abruma y despierta emociones encontradas.
El fiscal hizo un trabajo de reconstrucción como no se ha hecho de ningún otro personaje en la historia
de México. Llegó hasta sus archivos médicos, a sus enfermedades venéreas, al tipo de caries que tenía, a cada
uno de sus trabajos, a su infancia, a sus amigos escolares, a las relaciones familiares. Una historia
realmente exhaustiva para un hombre que entonces tiene 23 años. Me pareció como un acto de absoluta
objetividad hacer un resumen de la vida longitudinal que hizo el fiscal. Eso no es parte de la novela que a mí me
interesa, es como un casillero aparte para los lectores que se hayan quedado con ganas de saber más sobre el
mundo de Aburto, que es muy desesperante, y no digo loco, porque eso lo eximiría de racionalidad o de culpa a la
hora del asesinato. No, es una cosa lunática, que no da para alegar inconsciencia en el momento del crimen. No
sé lo que sea, pero no es locura. Él traía su plan desde el principio. Algo también desesperante de Aburto es
que no hay un solo indicio, muy vagos si acaso, de quién pudo haberlo impulsado para ese crimen.
Pero hay un momento donde él dice, durante los interrogatorios, que quiere hablar con Camacho.
Sí. Yo ignoraba eso, y esa fue una de las muchas sorpresas que tuve. Eso lo dice cuando lo torturan. A él
lo sacan de la procuraduría estatal a las seis de la mañana para llevarlo a la ciudad de México, entonces en
el camino, con autorización, los agentes que lo llevan lo torturan con Tehuacán, y lo golpean para ver si
pueden obtener algún indicio de quién lo mandó o a qué grupo pertenece. Es cuando empieza a decir que hay
"una persona muy importante en México" con la que quiere hablar, y luego "dirá todo". Yo tengo la impresión
de que es algo que se le ocurre a Aburto para evitar que lo maten.
Sin embargo, le preguntan qué opinión tiene de los candidatos y cuál considera que sea el mejor, y dice
que con quien quiere hablar, al llegar a la ciudad de México, es quien él consideraba el mejor, y cuando llega
a México, pide hablar con Manuel Camacho.
Bueno, pero cuando llega y dice el nombre de Camacho, eso no tiene ninguna consecuencia pues no
lo menciona como involucrándolo, y eso es lo que esperan los agentes que confiese. Lo dice, como había
insistido que se presentara el conductor de Telemundo Enrique Grapas, o que quiere a la prensa internacional.
Y finalmente cuando llega a México lo que hace es apuntar en un papel lo que quiere decir, que no es otra
cosa, que lo que había escrito en su libro de actas (una especie de ideario político). Entonces, el tema de
Camacho no tiene ninguna consecuencia en términos de la investigación porque no está vinculado al asesinato, pero
sí tiene una consecuencia importante en la construcción de la sospecha de Diana Laura, y de los colosistas.
Ese mismo día, Camacho persuade a Salinas de que le pida a Diana Laura una carta que lo exima de toda
sospecha. Eso lo único que provoca es que ella se quedó con la convicción de que Salinas quiere exonerar a Camacho
para poder hacerlo candidato. Y no es así, porque para ese momento el comisionado por la paz ya había
manifestado su posición de no querer esa candidatura, pero en la cabeza de Diana Laura eso cierra el moño de la
complicidad. Ese es otro tema dramático a lo largo de esta narración: la contradicción de puntos de vista, la mala
información que tienen los actores respecto de las intenciones y hechos de los otros actores y cómo van actuando llevados por sus emociones y pasiones, por sus sospechas más que por la objetividad de las cosas; cómo se va
enredando el clima para al final acabar siendo sepultados por ese mismo ambiente enrarecido que ellos crean.
También haces mención de un rasgo común, inesperado, entre Aburto y Colosio, su obsesión por la
prensa. Al primero, lo atrae y encandila; al segundo, le preocupa y atormenta. A lo largo del libro intercalas el
"rumor de la prensa". ¿Ese "rumor" apuntala la tragedia? ¿Dónde está la responsabilidad de la prensa entre enero
y marzo de 1994 para que se consumara la tragedia?
La prensa funciona en esta novela sin ficción como el coro de una tragedia griega. Va diciendo lo que la
gente piensa; va anticipando lo que los personajes sienten; va sugiriendo lo que va a pasar, y adelantándose a
los acontecimientos, como encarnando las emociones que a veces los propios personajes no son del todo
conscientes. La prensa juega un papel central en el acompañamiento de la tragedia. ¿Qué prensa?
Fundamentalmente, los columnistas. Este género mexicano tan raro de gente que hace sus propias investigaciones pero que
nunca citan sus fuentes, que son opinadores "informados" de las entrañas de la política y que por su propia
naturaleza no pueden dar la cara. Son columnistas, unos de mayor calidad, otros menores, los que van anticipando
que esto "va a salir mal", "aquí hay un candidato alternativo", "hay la decisión de quitarle su candidatura
a Colosio", "la campaña no prende", "hay una campaña contra la campaña". Los columnistas no lo
inventan, lo oyen de los propios actores políticos. Son voceros pero también tienen su propia voz. Funcionan
dramáticamente muy bien como coro de la narración. No le puse coro para no sugerir que eran seguidores
borreciegos de algo, o de que todos decían lo mismo, y el "rumor de la prensa" tampoco me parecía muy exacto
pero describe mejor mi intención. Sí, son personajes muy importantes en ir condicionando el clima político, y
también como interpretación de los actores.
A Colosio lo atormenta la prensa y en particular los columnistas porque es ahí donde se dice que su
candidatura no sirve. ¿Cuántos podían afectarle? No más de diez y están citados en el libro, y con mucha
influencia psicológica sobre los actores. En Colosio, esos comentarios continuos le crean una incertidumbre y una
tortura desde el 10 de enero hasta el 22 de marzo. ¿Por qué los políticos le hacen tanto caso a esos columnistas?
Porque en muchas de ellas leen mensajes directos de quien sí les importa, de los adversarios y del Presidente.
Cada vez que un columnista dice a "Colosio lo van a quitar" lo que le importa a los colosistas es si eso se filtró
de Los Pinos o no. Las columnas son el espacio, entonces, donde los que pelean por el poder se envían
mensajes. Y si Colosio ve en columnas donde habitualmente él sabe que reportean o cobran en Los Pinos, pues lo que
le atormenta es que efectivamente sea un mensaje presidencial.
En el caso de Aburto, todo lo que hace desde que lo capturan es pedir que venga la prensa, quiere
declarar "todo" ante la prensa y que ésta escuche su mensaje. Cuando ves la historia de Aburto, por lo menos
la reconstruida por el fiscal, te das cuenta que había hecho uno o tres intentos, con distintos periódicos
estadounidenses, de escribir en la prensa o que le publicaran un libro que él decía tener. Está tan obsesionado
con eso que los propios interrogadores en un momento dado se les ocurre la estúpida y divertida coartada de
meter a una gente de la policía para hacerse pasar como reportera de televisión. Cuando ella se da cuenta que no
va a servir y le piden que se salga, ella reacciona y se apodera de su papel como periodista independiente, se
rebela y se quiere quedar hasta obtener la "declaración" de Aburto. Es un momento cómico, realmente.
El hecho es que tanto en el nivel de Aburto como en el de Colosio, ya es evidente lo que hoy es
abrumador: que los medios son el gran espacio de la vida pública, son el ágora. Pero no es una plaza pública neutra
donde cada quien dice lo que quiere. No, es una plaza pública tomada, por medios que son encarnación de
intereses y de posiciones en la vida pública. Son actores, no son medios; son instrumentos de poder de quien los
tiene. Es el lugar donde se educa el pueblo, donde se forma la ciudadanía, donde se crean o se destruyen las
famas públicas y las carreras políticas. Siempre ha sido así, ahora es de una manera abrumadora.
Justamente, tú has dicho que la "borrachera democrática" de la prensa empieza en 1994, pero al
mismo tiempo, el trabajo periodístico de búsqueda de la información veraz ha cedido a las filtraciones, y esto es el
pan de todos los días: las acusaciones sin pruebas, los linchamientos personales, la intromisión en la vida
privada, dichos sin comprobación. Es decir, muchas "gargantas profundas" y poco periodismo de investigación
profesional. ¿Acaso la borrachera devino una suerte de orgía mediática?
Pues por momentos la borrachera se ha vuelto una especie de orgía. Los medios no están
exigiéndose estándares profesionales mínimos, de primer año de escuela de periodismo. No nos dicen qué pasó,
dónde pasó, quién lo hizo y quién lo ha informado. Lo que nos están diciendo es lo que "se dice", y no lo que
sucede. Veo con preocupación la desaparición de la responsabilidad del periodista de dar sus fuentes. A partir de
este año he tomado la decisión de no leer nada que no tenga una fuente clara. Leo poco. Cada vez que leo
"una fuente que se rehusó a dar su nombre", en ese momento, esa nota pierde validez, no me interesa. No
importa si yo sé que es un periodista honesto o de un periódico que se comporta siempre con rigor. En el momento
que el periodista se otorga esa licencia me parece que está abusando de la credibilidad que le doy. Y esto se
está convirtiendo en un asunto normal; no dar la fuente, de dónde vienen los materiales, divulgar cosas sin
investigar. Me parece un camino de involución hacia la opacidad de la información periodística. ¡Tan peligroso o tan ajeno a la profesión periodística como era antes callarse las cosas por dinero o por intereses! Este
griterío sin rigor acaba siendo desinformativo como aquel silencio amordazado; el griterío irrita y enerva a la
gente, tenemos una plaza pública desencantada, con desesperanza y fastidio.
No es una buena idea para un régimen democrático incipiente como el mexicano estos niveles de
gritería y desencanto. Es un hecho que tenemos un poder impune en la democracia mexicana, que es el poder de
los medios.
Recuerdo un artículo de hace unas semanas de Pablo Gómez, en
Milenio, que hablaba de una prensa intocable, que fustiga y que hace un periodismo de represalias.
Él es partidario de parte de esa prensa, la que es de su partido. No lo he visto fustigar a la prensa de su
partido. De La Jornada lo corrieron a él, yo me fui. Lo corrieron por un acto de censura, a mí no me corrieron,
me censuraron y me fui. Estas declaraciones de políticos partidarios hablando de esto no me parece sea
imparcial, en todo caso, también tendría que rechazar la estridencia del periodismo que le es favorable.
Entonces, ¿quién vigila a los medios?
La verdad es que hace falta una legislación que establezca castigos para los delitos y abusos de los
medios. Lo que tenemos es una legislación leonina e inoperante porque es absolutamente desproporcionada. Se
puede, según la legislación vigente, meter a la cárcel a alguien por un exceso o abuso de opinión. Los abusos de
opinión son lamentables y despreciables pero no merecen pena de cárcel; la privación de libertad es un asunto muy
serio. Eso en cuanto a la parte penal. ¿Y la parte civil? Es el daño moral en la cual es tan ridícula la cosa que el
agraviado es el que tiene que probar que le hicieron el daño para poderlo cuantificar. Entonces tú vas a quejarte por
ser víctima de un atropello y acabas siendo el obligado a demostrar que efectivamente hubo tal atropello. Eso
y nada, es nada, como lo estamos viendo.
Yo creería en una legislación más rápida y efectiva, de penas muy leves y sobre todo, de penas de
prestigio. Que se pudiera con facilidad y rapidez rechazar un abuso o atropello de opinión, y la parte atropellante
tuviera que retractarse públicamente, junto con su medio. Penas muy pequeñas que hagan corresponsable al
medio, de manera pecunaria, y muy precisas, en términos de autorrectificación y ofertas de disculpas públicas.
Me parece más eficaz. Qué te parece una multa de mil pesos y verás a la vuelta de una semana cuando el
dueño se la pase pagando si no contiene sus cruzados y se mejora la calidad profesional. La orden sería: "checa
tus fuentes".
Decía Miterrand que cuando un político se equivoca está perdido y tiene que recorrer el desierto del
error. Pero cuando el que se equivoca es un periódico, la reacción social es de baja intensidad, y que el lector
suele ser más indulgente con los errores de la prensa que con el político.
Es que finalmente la prensa está del lado del público y eso nunca hay que perderlo de vista. La prensa es
un instrumento de la opinión pública por más cruzado que esté con intereses políticos y económicos. Si no
satisface los intereses de esa opinión pública no tiene credibilidad y tampoco camina como negocio. De manera que
no hay que perder de vista que uno está mucho más del lado de la prensa que de la autoridad y de los políticos.
Además, el diálogo que tienes con la prensa es bastante libre y al final crees lo que te da la gana. Así que
aun con sus excesos no se justifican los intentos de amordazarla; aquí de lo que se trata es de elevar la
calidad profesional del periodismo para tener una prensa más libre, penetrante e influyente; una prensa que
pida cuentas de verdad e induzca correcciones. No una prensa muy capaz del escándalo pero en el fondo
incapaz de corregir a profundidad las deformidades de nuestra vida pública. Tenemos una prensa eficaz para la
denuncia pero incompetente para la construcción de nuevas realidades; una prensa profesional sería mucho más
incómoda. Pero si me preguntas qué prensa prefiero, esta gritona o la amordazada de hace 20 años, entonces
te digo que la gritona de hoy y no me le cambies nada.
Héctor, has sido crítico de las filtraciones, del espionaje telefónico y todas esas cosas. Sin embargo, en
octubre de 2000, después de aquellas conversaciones de Raúl Salinas de Gortari y su hermana Adriana, que
López-Dóriga divulgó en su noticiero, quedó la sensación que con tus comentarios avalaste esa filtración al
hacer público tu distanciamiento con Carlos Salinas de Gortari.
No, no creo haber avalado nada. Así como en este informe del fiscal oía voces reales y personas reales,
así también con esa cinta. Pero ese es un capítulo terminado y lo que tenía que decir ya lo dije entonces.
No ha cambiado tu punto de vista...
Lo que tuve que decir ya lo dije.
Desde hace años tienes un espacio de análisis y reflexión en Televisa. Conoces sus entrañas, o por lo
menos, las arañas. ¿Qué Televisa ves? ¿Cuáles son sus taras y cuáles sus aciertos?
Veo una Televisa mucho más libre y plural. Es una empresa absolutamente abierta, sin ninguna censura,
y vaya, sin ninguna intención siquiera de encaminar el programa hacia determinado rumbo, con una
libertad absoluta, a veces, incluso, desconcertante. No sabes bien qué es lo que plantean frente al programa, qué
es lo que quieren. Mi experiencia ha sido de absoluta libertad y apertura a todas las cosas que he hecho. Nunca me han reclamado nada ni me han indicado en qué sentido ir. Yo he procedido con Televisa de esa
manera, sin consultar qué cosas puedo o no hacer.
Pero en los demás espacios informativos, con mayor audiencia, qué percepción tienes. Se siente una
Televisa con retrocesos, en una involución informativa, nada moderna. No hay una interlocución con el ciudadano
sino una medida de rating.
Es que la batería informativa de Televisa es muy amplia y tiene un poco todo. Lo que echo de menos, en
todo caso, es una información más estructurada y sistemática, más de noticiero tradicional. Pero también ocurre
en los periódicos. Me parece que la búsqueda de noticias y del escándalo hace que los medios en general sean
muy epidérmicos, muy poco estructurados con información. Cuesta mucho trabajo hoy en día leer una nota que
te informe con claridad lo que sucedió, en todo caso, lo que se publica es lo que "se dijo" ese día. No hay la
trama interna del asunto y la explicación de lo que significa.
Sin ánimo de rasgarnos las vestiduras o indignarnos por el producto mercantil que arroja el escándalo
político, se observa en el grupo de Azcárraga Jean una estrategia mejor diseñada de comunicación que la de su
padre. Sin lugar a dudas, hay una mayor apertura informativa, pero al mismo tiempo camina de la mano de un
juego más perverso y sofisticado, el de consolidarse como un poder absoluto, por encima del propio Estado,
los actores políticos, las instituciones y la ciudadanía.
No coincido con esa apreciación. Lo que sucede es que el impacto de la televisión, en particular del
Canal 2 y el de estos videos recientes, son como garbanzos de a libra. Cuántas historias habrá en el mundo de
unos videos filmados así. Yo recuerdo el de Montesinos, en Perú. Entonces el impacto profundo parece referir a
un poder incontestado, intencionalmente usado, y la verdad, por lo que yo he podido ver, hay menos
cosas planeadas de lo que uno pensaría, incluso en defensa de los propios intereses de la empresa. Hay una gran
libertad, tanto para reporteros como comunicadores, y una gran cantidad de problemas para la empresa por
eso. De pronto, un reportero en un reportaje está golpeando a un anunciante y con el que un ejecutivo de
Televisa comerá al día siguiente. Y es que si quieren mantener una televisión abierta y con credibilidad necesitan
estar abiertos a lo que los reporteros consigan en la calle. Yo no veo un diseño para quedarse con todo el poder
pero está en la lógica de cada medio ganarse a la audiencia y, por tanto, tener más poder. En ese sentido,
las ganancias noticiosas que hace Televisa son mucho más altas que las de Televisión Azteca. Hay una
libertad efectiva y una decisión de golpear a todos lados. En ningún medio escrito se han hecho las parodias que
en Televisa se han dado de la pareja presidencial.
Pero también se coquetea y se da concesiones a la pareja presidencial...
Es la historia de los medios, golpeas al político y luego te pones de acuerdo con él. Los medios son
la encarnación de intereses económicos, de convicciones políticas. El director de un periódico publica todos
los días 25 críticas contra distintos personajes políticos, y no por eso va a romper sus relaciones con esos
actores. No puede. Los periodistas y los directores de medios también son políticos y, al mismo tiempo,
empresarios. No son ángeles. Desde los chiquitos hasta los grandotes, todos son personajes públicos, políticos activos
y negociantes pragmáticos.
Y, por otro lado, vemos un tribunal mediático muy peligroso por parte de los medios donde los televidentes sólo observamos que las instituciones judiciales pierden poder ante los medios.
Ese es un tonito que han agarrado los comunicadores. El verdadero problema es que los abarata. Hay una enorme cantidad de comunicadores de radio, en efecto, pidiéndole cuentas a los demás. Con qué credenciales, el conductor de equis programa le pide al político "¡Qué diga la verdad porque ya estamos hartos!". Pues cuántas verdades dirán ellos por minuto en su larga
lorocución. Son las consecuencias de la falta de contrapesos a los medios y a los conductores. Todo eso es parte del espectáculo pero también parte de sus debilidades. Al final, es que no están cumpliendo su tarea de darle a la sociedad la información que necesita para tomar sus decisiones y mejorar su vida. Tienes una ciudadanía de sexto año de primaria y unos medios en postgrado en porras y gritos. No creo que los medios se puedan autocontener. Al poder, el que sea, se le tiene que contener externamente. Penas bajas y retractación pública. Ese costo narcisista del ego para el periodista lo lleva a ser mucho más eficaz que la amenaza de la cárcel.