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Rose Mary Espinosa  La sonrisa del vendedor de cerillas


 

 Rose Mary Espinosa


Ernesto, necesito hablar contigo.

Ernesto me mira con extrañeza, haciendo un intento por comprender mis palabras que, sin justificación alguna, asaltan sus pensamientos y se interponen entre sus oídos atentos y el reporte del corresponsal.

Todo parece indicar que en cualquier momento darán inicio los ataques...

Desconcertado por mi interrupción, busca otra frecuencia en la radio y se detiene en alguna. Mantiene la vista fija en el aparato, como si así pudiese oír mejor, y con la mano completamente extendida, me hace una indicación para que guarde silencio y escuche.

Se espera que de un momento a otro los bombardeos empiecen a iluminar el cielo...

Y nada.

Ernesto vuelve a cambiar de frecuencia una y otra vez. El tono incierto prevalece en la mayoría de los informantes.

¿Acaso mañana amaneceremos con la noticia del comienzo de las incursiones?

Y nosotros avanzando a vuelta de rueda en este diario trayecto del sur al poniente de la ciudad. Después de tanto tiempo, se logra reconocer a algunos otros automovilistas que toman esta misma ruta: no puedo olvidar el rostro de la mujer rubia del Focus rojo, es la segunda vez en dos semanas que la veo incorporarse al tránsito de la avenida principal, proveniente de la angosta ramificación del lado izquierdo; es la segunda vez que la veo conducir y abrirse paso con una firmeza casi déspota; es la primera vez que la observo maniobrar con la radio. ¿Qué es lo que escucha? Puedo imaginarlo. Se le nota atenta, pero seria. No es el mismo semblante que tenía la primera vez que la vi. Entonces su rostro, en especial su boca, se ablandecía con regularidad. Ahora mantiene los ojos bien abiertos y, como si percibiera que alguien la observa con fijeza, se vuelve instantáneamente a mí, se vuelve otra vez a su radio, murmura, comienza a cambiar de frecuencia, se yergue en el asiento, toca el claxon una sola vez y Ernesto le cede el paso.

Foto: Newsweek
Yo me desabrocho el cinturón de seguridad. En otra ocasión, Ernesto me hubiera dicho: "¿qué te pasa, por qué te lo quitas, qué tal si alguien viene distraído y nos pega por detrás?". Pero ahora no me dice nada. Es más, creo que ni siquiera se ha dado cuenta. Apoyo las rodillas en el asiento y giro el cuerpo hacia atrás. El conductor de la Liberty negra está tan concentrado en lo que escucha que no logra ­o no quiere­ percatarse de que el vendedor de cerillas ha golpeado ligeramente uno de los espejos laterales de su camioneta, y el vendedor sonríe consigo mismo y se aproxima a nuestro coche y, como todas las noches, ofrece su mercancía y, como todas las noches, Ernesto le responde: "No, mano, gracias", lo que en realidad no es una respuesta audible sino un susurro que sólo yo escucho y que, especialmente, esta noche me causa mucha gracia. No sé por qué. Algo tiene que ver el vendedor de cerillas: igualmente sonríe si lo rechazan o si alguien le compra. Sonríe desde la esquina, en plena subida, conocedor de nuestro fastidio, de nuestra impotencia; de lo muy poco que nos queda por hacer durante los 40 o más minutos que nos toma entrar al Periférico. Orejas pegadas a celulares. Por ejemplo, ese señor del BMW gris plata, ¿con quién habla tanto? Se le nota alegre. Y aquel muchacho del Golf blanco, ¿de verdad habla con alguien? Quizá conversa con él mismo y el recurso del celular es sólo para que los demás no nos fijemos demasiado en él. Luego está la señora de la Zafira azul metálica, maquillándose paso por paso, mientras la mujer en el asiento de junto garabatea sobre la pantalla de su Palm-Pilot. Lo sabemos. Lo vivimos todas las noches: por más ruido de bocinas, por más tácticas de echar el coche, por más golpeteo de defensas, nos lleva mucho tiempo salir de aquí.

El sonriente vendedor de cerillas se abre camino entre conductores enloquecidos, entre coches mugientes y desordenados. No puedo evitarlo. Su desparpajo, contrastado con el rostro de todos los demás, me sigue causando gracia y no puedo dejar de reír.

Ernesto, con ojos grandes y acusadores, me dice:

¡Shhhhh! ¿Qué es lo que te pasa? ¿Qué no entiendes la importancia de lo que está a punto de comenzar?

¿Qué está a punto de comenzar? Los comentaristas de la radio han dejado de hablar con incertidumbre. Están seguros de que el inicio de los ataques tendrá lugar horas después. Algunos han cambiado el tema y otros más comienzan a despedirse.

Yo no paro de reír y no puedo explicarle a Ernesto que no me estoy burlando de él ni de lo que él llama "lo que está a punto de comenzar". No puedo evitar ligar su solemnidad con la sonrisa del vendedor de cerillas, no puedo evitar mirarme a mí, a él, a todos, con los ojos del vendedor de cerillas. Quiero explicarle el por qué de mis carcajadas, pero él sigue meneando la cabeza de un lado a otro y refunfuñando. De ahora en adelante, yo no soy sino...

Una maleducada, irresponsable e inmadura. Una mujer insensible, incapaz de comprender, con "h" intermedia, lo que ocurre más allá de sus pobres fronteras. Eso es lo que eres. No sabes qué decepcionado me tienes. Te creía diferente. Esperaba más de ti...

Ernesto ­interrumpo­, quería decirte que...

Qué va ­continúa hablando, como si no me hubiese escuchado­. Esperaba más de mí. Pero, de hecho, hace tiempo que no estoy a gusto contigo. Creí que te estremecería escuchar los tambores de la guerra, creí que estos momentos te significarían algo, que despertarían al menos tu curiosidad. Siempre esperé que tomaras en serio mis asuntos y lo único que hacías era distraerte y cambiar el tema y preguntarme por qué me enamoré de ti. ¿Quieres saberlo? Por idiota. De verdad, creía que al tratarme, que leyendo ciertas cosas, te sensibilizarías, pero veo que todo fue en vano. Mira nada más tu cara. Estás a punto de soltar otra carcajada...

Ernesto, escucha... ­le digo, mientras le subo el volumen a la radio.

¡Qué tonta eres! ¿Sabes? Ya no puedo más. Necesito dar una caminata. Todo esto me está volviendo loco y no quiero hacer algo de lo que pueda arrepentirme después. Ándale, pásate para acá y maneja. Yo me voy. Discúlpame. Es que no puedo con todo esto y contigo así, menos...

¡Ernesto, por favor, escucha! ­vuelvo a gritarle, pero él se baja del coche y da el portazo a la mitad de mi grito.

El locutor vuelve al micrófono:

Información de última hora, en estos momentos la lluvia de misiles ilumina el cielo de Bagdad...

Escucho cómo el comentarista se reacomoda en su asiento, escucho su respiración agitada y las hojas de papel que por montones le deben ser llevadas a cabina. Miro a mi alrededor. Los automovilistas se reacomodan en sus asientos y maniobran con sus aparatos de radio. Bajo el vidrio y le grito a Ernesto que ya comenzó, pero él continúa caminando y moviendo las manos, como si hablara solo. Escucho el estrépito de las bocinas detrás de mí. Los coches avanzan de modo constante. Estamos a muy pocos metros de la salida al Periférico. Por fin, por fin Ernesto se ha marchado y el celular que olvidó en el asiento no deja de parpadear con la información de última hora. El vendedor de cerillas sigue sonriendo mientras mira los coches pasar. El Focus, la Liberty, el BMW, el Golf y la Zafira se han convertido en ráfagas rojas y negras, grises y plateadas, blancas y azules metálicas, ansiosas por marchar de modo libre y vertiginoso en un Periférico aparentemente vacío.


Rose Mary Espinosa es escritora. Su libro más reciente es Una vez tu cuerpo.

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