Y la lucha contra el olvido nacional
Javier Esteinou Madrid
Al Congreso de la Unión y sus representantes, los medios comerciales les ha restado méritos,
sostiene en este ensayo el profesor Javier Esteinou, quien presenta una crítica de la posición que han asumido dichos medios para dar cuenta de los trabajos que realiza ese poder del Estado. En
contraposición a esa visión parcial, el Canal del Congreso en su poco tiempo de existencia ha tratado de revertir esa imagen, ofreciendo una alternativa de televisión pública.
No obstante el lugar tan trascendental que ha
ocupado el Poder Legislativo en la construcción del
México contemporáneo, su imagen y proyección a
la comunidad nacional quedó descuidada y abandonada
históricamente durante siete décadas a los criterios
del manejo mercantil y político de los medios comerciales.
De esta forma, con la anuencia del Estado, desde
la década de 1920, vía la radio, y desde los
años 50, vía
la televisión, la imagen pública del Congreso de la
Unión fue construida desde las políticas privadas de los
medios comerciales y desde la tiranía del
rating y no de otras dinámicas de articulación
Estado-sociedad. Debido a ello,
en muchos momentos la imagen del Poder Legislativo fue elaborada y
transmitida con simples criterios de
obtención de auditorios cautivos y no desde las bases
para la construcción de una ciudadanía mejor informada
para
decidir sobre los asuntos y procesos públicos de la agenda nacional.
En este contexto, el Congreso se convirtió
en un espectáculo más del imaginario mediático
que vendieron
los medios durante varias décadas según las exigencias del
rating. El Poder Legislativo quedó como rehén de los
medios privados que en muchas ocasiones sólo lo presentaron,
por un lado, como parte de sus
géneros espectaculares al ridiculizarlo como un espacio
de conflictos, ineficiencias, pleitos, insultos, irracionalidades,
chantajes, golpes
e irresponsabilidades legislativas. Por otro, al difundir lo
anecdótico, lo irrelevante y lo insustancial de la imagen
del Congreso y marginar el conocimiento de la gran función
pública y vertebral del mismo para mantener el
equilibrio político nacional. Con ello, históricamente
la presencia pública del Legislativo en el marco cultural de
nuestro
país se redujo a una versión alterada, escandalosa,
amarillista y debilitada del mismo.
Lentamente se construyó en la
opinión pública nacional un estereotipo colectivo donde
ser diputado o
senador oscila desde ser irresponsables,
vivales, no trabajan, son prepotentes, se duermen en las
sesiones, crean
obstáculos para el avance del país, se orinan en las
calles, golpean a los policías, no cumplen con sus
responsabilidades,
son abusivos, son grillos; hasta ser corruptos, se
emborrachan, violan las leyes, sólo luchan por sus intereses,
se
roban el presupuesto, perjudican a la iniciativa privada, se pelean
en el Congreso, abusan del pueblo, no tienen
proyecto de país, etcétera. Según ese trato
informativo, el Congreso es un nido de delincuentes que llevan al
país al desastre.
Con la aplicación de esta dinámica
informativa y cultural se privatizó lo público y lo
privado se volvió público:
el Congreso se silenció y se convirtió en una
caja negra donde finalmente la población no supo a
fondo qué
sucedía en éste, salvo la imagen cercenada que
ocasionalmente difundieron los medios privados. Así, se
contribuyó
a banalizar lo público y a vaciarlo de sentido, al
extremo de elevar con los
talk shows o Big Brother y sus
derivados informativos, el voyeurismo o el morbo por lo
ultra íntimo como política y modelo público de
comunicación nacional.
De esta forma, "como en un acto de magia,
durante varias décadas, los medios comerciales le ocultaron su
país a los mexicanos y les mostraron otra nación que
no correspondió a la realidad
nacional".1 La mercadotecnia informativa se
apoderó de la política y el país entró en
su extravío histórico postmoderno, cuyas
consecuencias político-sociales todavía no calculamos
ni valoramos, especialmente en el terreno cultural, psíquico y
espiritual
de la población.
Mediante esta estrategia de subordinación
mediática de la imagen del Congreso a los criterios
comerciales, durante décadas se debilitó
sustancialmente la fuerza de contrapeso y vigilancia del Poder
Legislativo frente al
Poder Ejecutivo y otros poderes centrales del viejo sistema. Con
ello, se contribuyó a construir durante siete décadas
la estructura autoritaria, elitista, prepotente, unipartidista,
discrecional, manipuladora, del viejo régimen político y
a descalificar las semillas del nuevo despertar nacional: vulnerar al
Congreso con la deformación de su
imagen significó erosionar el proceso democrático, de
renovación y de avance de la sociedad mexicana hacia nuevas
etapas civilizatorias, que son las únicas que le permiten
sobrevivir con mayores equilibrios.
Sin embargo, el debilitamiento del Congreso por el
secuestro de la comunicación comercial no es asunto
del pasado, su descalificación sigue vigente. Ejemplo de ello
es la permanente presión y las críticas devastadoras
que experimentó ante la opinión pública el Poder
Legislativo durante agosto y septiembre de 2001 por no apresurar
el logro del acuerdo político entre los diversos partidos; y
las descalificaciones y condenas que vivió de octubre
a diciembre del mismo año por el retraso en la
aprobación del Presupuesto de 2002 y la reforma fiscal.
Con campañas mediáticas se
buscó "desprestigiar al Congreso y a su potencial
transformador, porque entre
otras cosas se vio que el Legislativo puede afectar los intereses del
puñado de factores reales de poder enMéxico y,
por ejemplo, reacomodar la estructura del sistema fiscal imponiendo
mayores cargas a las clases
poderosas".2 Con estas "campañas televisivas de desprestigio, la
incipiente división de poderes en México recibió
un tratamiento
alevoso en su corta vida".3
La devastación de la imagen del Congreso
llegó a tal extremo que en el periodo de transición
política a
la democracia 2000 y 2001, cuando más se requirió
credibilidad colectiva en las instituciones nacionales para el cambio histórico, las encuestas de opinión
reflejaron que 54% de la población no confiaba en el Congreso
y
sólo 40% sí mantenía cierta credibilidad sobre el
mismo4 (cuadro 1). La polaridad negativa de esta realidad
provocó,
en diciembre de 2000, que 16% de la población no confiara nada
en la Cámara de Diputados y 17% en la Cámara
de Senadores; para 2001, 17% no confió nada en la
Cámara de Diputados y 16% en la Cámara de Senadores
(cuadro 2). Sólo en 2000, 4% de la muestra total tuvo mucha
confianza en la Cámara de Diputados y 5% en la Cámara
de Senadores; en 2001 la confianza sólo aumentó a 6% en
la Cámara de Diputados y se mantuvo en 5% para la
Cámara de Senadores (cuadro 3).
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Esta realidad demostró que los medios
comerciales lograron crear una profunda crisis de credibilidad y
de legitimación en esa institución fundamental de la
transición a la democracia.
Dicha situación de deterioro institucional
llegó a tal extremo que en febrero de 2002, la Cámara de
Diputados tuvo que invertir siete millones de pesos y aprovechar
parte de los tiempos oficiales del Estado en los medios
para iniciar una campaña publicitaria de dignificación
y reivindicación de la imagen del Poder Legislativo,
denominada "Los diputados son tu
voz".5
Con ello se constató que el modelo
dominante de comunicación de mercado que se desarrolló
en nuestro
país durante más de 70 años, conducido por la
mano invisible de libre competencia
informativa, construyó un
régimen de difusión orientado al consumo de bienes y
servicios, y no a la creación de ciudadanía,
participación colectiva
e incremento de la conciencia social. La dinámica de la libre
competencia informativa demostró que no tiene ética
ni conciencia social y que está dispuesta a pasar sobre
cualquier principio con tal de obtener
rating para vender más.
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Foto: Jaime Boites |
No obstante el reinado tradicional de este
panorama de manipulación informativa, es necesario reconocer
que en una sociedad democrática es indispensable la
existencia de medios independientes, veraces, vigilantes y
críticos para balancear y contrapesar con ética, verdad
y sentido rectificador los excesos, errores, autoritarismos o
desviaciones del poder del Estado y de otras instancias de los
poderes públicos. Pero esta garantía de
moderación de
los poderes que deben ejercer los medios no significa que
éstos descalifiquen, anulen o reduzcan a otras
instituciones sociales como el Poder Legislativo para obtener más
rating o presionar políticamente según sus intereses. Su
función debe ser la promoción de la verdad, la defensa
del bien común y la preservación del interés
colectivo para
fortalecer la democracia y propiciar la construcción de la
ciudadanía.
Los medios deben ser supervisados y normados por
el interés colectivo. No pueden convertirse en otro
supra-poder colocado por encima de la sociedad y de sus mecanismos
reguladores: el poder sin control se convierte
en poder absoluto y el poder absoluto se corrompe absolutamente.
El modelo de difusión de mercado
demostró históricamente que no producirá un
nuevo proyecto de
comunicación social. De aquí la importancia central de
revalorar la función rectora del Estado-nación y de la
sociedad civil
para que desde estas instancias emerjan otros proyectos de
comunicación para el reordenamiento, el reequilibrio y
la sobrevivencia nacional.
Dentro de este contexto de balance comunicativo,
el Estado mexicano tardíamente impulsó de forma
titubeante y dudosa algunas políticas para crear otros medios
de comunicación de Estado de servicio público que
compensaran estos viejos y delicadísimos desequilibrios
estructurales heredados. Así, no obstante que el Congreso de la
Unión es el corazón político del país,
pues los principales asuntos públicos se discuten aquí
y desde el origen de la
radio y la televisión el Estado contó con recursos
tecnológicos y espaciales para dotar de medios de
comunicación
propios al Poder Legislativo; paradójicamente fue sólo
hasta el 28 de agosto de 2000, 70 años después del
surgimiento
de la radio y 50 del nacimiento de la televisión en
México, cuando el Congreso inauguró su propio canal de
televisión.
Con esto, el Poder Legislativo inició el
rescate gradual de la
esfera pública al difundir su imagen y su
proyecto republicano con criterios de medios de comunicación
de Estado, de servicio público, con pluralidad,
transparencia y ética, promoviendo el ejercicio de la libertad
de expresión, del derecho a la información y el acceso
a la
información pública. De esta manera, cuando en 2000 la
televisión privada celebró su 50 aniversario y
despegaba el
nuevo proyecto de transición política a la democracia
del presidente Vicente Fox Quesada, nació la nueva imagen del
Poder Legislativo, vía el Canal de Televisión del Congreso, la
Visión del Diálogo. Con ello se abandonaron
parcialmente los criterios tradicionales del condicionamiento del
rating y de la mano invisible del mercado comunicativo,
para anteponer los lineamientos de la construcción de la
democracia, la ciudadanía y las bases civilizatorias
superiores que requiere la edificación del México del
nuevo milenio (cuadro 4).
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En el hemisferio izquierdo
En este sentido, desde el punto de vista
neurológico-cerebral considerando las zonas diferenciadas de
funcionamiento del cerebro humano, se puede decir que el modelo de
televisión comercial actúa más sobre el
hemisferio derecho del auditorio y el modelo de televisión
del Canal del Congreso de la Unión actúa más
sobre el
hemisferio izquierdo de los espectadores.6
A diferencia del modelo de televisión
comercial que durante décadas nos enseñó a ver
en nuestro país la
televisión como entretenimiento, espectáculo,
distracción, e incluso, evasión de la realidad, el
Canal de Televisión del Congreso ha creado otro modelo de televisión de
Estado, de servicio público que reconstruye la realidad desde
su transparencia, presentando los hechos tal y como son.
De esta manera, "el Canal del Congreso ha convertido en
público lo que se
privatizó durante toda nuestra
historia, como fue la política, una parte muy importante de la
toma de decisiones, la vigilancia y la rendición de cuentas
de los gobernantes, la distribución del presupuesto y de los
apoyos institucionales, etcétera. Se convirtió en una
fuente de información política inédita por cuya
pantalla se expusieron, durante horas y horas, realidades que
siempre fueron deliberadamente ocultadas por la prensa en general o
que nunca existieron para la televisión, como los
desaparecidos políticos, los jubilados, la situación
energética, los derechos de los jóvenes y de las
mujeres, la
presencia zapatista en el país y en el
Congreso".7
Con todo ello, sin que el Estado mexicano haya
creado en su proceso de reforma estructural las
normatividades necesarias que deberían reglamentar el derecho
a la información reconocido en el artículo 6 de nuestra
Constitución, el canal del Poder Legislativo se
adelantó a los tiempos históricos de la
transición hacia la democracia y ha
hecho efectivo cotidianamente la práctica del derecho a la
información y el acceso a la información pública
al
proporcionar un flujo de información constante, objetiva,
transparente y completa sobre los grandes asuntos de la vida
nacional que cruzan por el Congreso.
Antes de la existencia del Canal del Congreso, la
comunicación política en México mantuvo dos
grandes
tendencias y características: en primer término, con la
expansión tecnológica de los medios, especialmente los
electrónicos, la política se convirtió en una
ampliación virtual de éstos hasta llegar a crear la
telepolítica, y gradualmente su
esencia tradicional se extravió al asimilar las reglas de las
industrias culturales con la mercadotecnia y el
espectáculo mediático para tratar de ser exitosa.
Así, a la luz del largo día del siglo XX, los medios
secuestraron la
naturaleza de la política como el acto de "analizar y
discutir lo público para desde allí construir el
proyecto de comunidad,
de nación y de vida colectiva que la sociedad desea" y la
transformaron en un espectáculo más que depende de
las reglas del rating: la forma se volvió fondo y el
fondo desapareció para quedarnos con la envoltura.
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Foto: Jorge Claro/ Contraluz |
El éxito de los partidos políticos
en México depende de las reglas mercadológicas de las
industrias culturales.
Los políticos se eligieron ya no por la fuerza del contenido
ideológico de su pensamiento, sino por su capacidad
de actuación ante las cámaras y micrófonos. La
presencia de los políticos se vendió como una
mercancía más y no
como la elección de líderes que encabezaran
movimientos sociales renovadores. Las propuestas se seleccionaron no
por su riqueza para construir lo nacional, sino por su funcionalidad
para ofrecerse como un capítulo más de la
telenovela de la globalización. La presencia ciudadana se
convirtió en un problema de
rating y no en una dinámica de participación
social. La estructura del éxito de los proyectos
políticos se basó en los recursos del chiste, lo
ocurrente, lo emocional, el humor, lo chic, lo irreverente, los
eslóganes, el show, es decir, en las reglas del triunfo de
los payasos del circo y de la carpa y no en su capacidad de
aportación de justicia, de acceso al crecimiento,
de construcción de futuro y el rescate de la vida. La
convicción ideológica ya no surgió de la
discusión
responsable, sistemática y profunda de las plataformas de los
candidatos, sino de la capacidad de persuasión de la
propaganda y la repetición de los
mensajes.
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En segundo término, en el mejor de los
casos, cuando se intentó practicar otro proyecto
político, éste fue
aislado, atomizado y muy coyuntural, dependiendo de los ciclos
públicos por los cuales atravesó la renovación de
poderes en el país: en etapas electorales se infló la
presencia de la comunicación política, especialmente
con la difusión
de la propaganda partidista de los candidatos a puestos de
representación popular; y en tiempos no electorales
se redujo a la existencia de programas, series e insertos de
análisis u opinión política fragmentada,
dispersa y
marginada, como Nexos, Primer Plano,
Zona Abierta y Confrontaciones, entre otras, en las
pantallas o en los diales.
En este sentido, el examen y la reflexión de los asuntos de la
vida pública de la nación fueron abordados por los
medios de manera parcial, ocasional, inconstante y controlada por un
grupo reducido de
especialistas.
Así, la política quedó
subordinada a los medios con su lógica de mercado y no los
medios a la política con
su racionalización civilizatoria y se convirtió en una
mercancía informativa más que se olvidó
después de las
contiendas electorales para ser sustituida por los nuevos
espectáculos: en la fase de la modernidad, nuestra
nación perdió
su brújula de conciencia y memoria histórica colectiva
y rápidamente entró en el proyecto hollywoodense de
la globalización planetaria de plástico.
Sin embargo, con el surgimiento del canal y con el
ejercicio de sus políticas de información de servicio
público, gradualmente se introdujo en el
espacio público una zona permanente de
información política que convirtieron
el conocimiento y la discusión de la agenda nacional en una
práctica cotidiana e iniciaron un provocador
fermento del espacio público
nacional.
En muy poco tiempo, éste se
convirtió en un espacio de educación política
fundamental para entender
la problemática nacional. El Canal de Televisión del
Congreso educa para la participación, la aceptación de
la
pluralidad, el respeto a la diferencia, el aumento de la
información sobre los grandes problemas nacionales, la
multiculturalidad, la conservación de la memoria
política, el impulso a la racionalidad, la restauración
del tejido
social y el incremento de los procesos y sentimientos de
ciudadanización.
La construcción de la nueva sociedad que
requiere México en el siglo XXI exige la edificación de
un nuevo
modelo de comunicación y el Canal del Congreso está
colaborando a la apertura y expansión de ese nuevo modelo
colectivo de relación nacional.