Héctor J. Villarreal Ordóñez
En el febril ambiente político electoral que envuelve a México desde hace meses, se ha venido abriendo paso la
creencia -asumida por algunos como convicción- de que los medios, especialmente la radio y la televisión, constituyen el
factótum que irremisiblemente determinará las tendencias de la opinión pública y decidirá el resultado de las votaciones del
próximo año.
Pareciera que ante la idea de la democracia como forma de gobierno en la que los ciudadanos eligen a sus
gobernantes y participan en los asuntos públicos, se promueve ahora la afirmación de que vivimos en un sistema en el cual las
personas piensan, deciden y actúan conforme a lo que les indica la televisión o la radio y la única forma de ideología posible es
la que se expresa a través de la publicidad.
Apantallados
En este nuevo país -según los promotores de dicha creencia- una idea, un político, un partido o una acción de
gobierno existen sólo si lo dicen las encuestas, que a su vez se convierten en referente principal del quehacer público y los
medios se proponen como la herramienta casi única para incidir en ellas.
Bajo estas premisas, lo más urgente para un político con aspiraciones es estar en los medios para que lo conozcan,
que su nombre y su rostro se graben en la mente de las personas. Si las encuestas no le reportan un índice elevado de
conocimiento, no tiene nada que hacer, pero si sale en la tele, es famoso y el futuro le sonríe. No importa tanto, en principio, lo que
la gente piense de él, pues el "gran público" -se supone- no se detendrá jamás a reflexionar en lo que hace, dice o
propone, sólo importa que lo vean y oigan a toda hora; que conteste, aclare, rete, critique, sentencie, que esté en la pantalla pues,
sea como sea.
Receta secreta
El siguiente paso es ser popular. Según la fórmula de los apologistas del poder absoluto de los medios, cuando ya
es conocido, el político exitoso debe comprar nuevas encuestas que le revelen las claves de la popularidad, las
cuales generalmente consisten en un reducido catálogo de lugares comunes y frases hechas que aluden a lo que el sentido
común ya le anticipaba como lo que el pueblo espera de sus dirigentes (seguridad, empleo, transporte, escuelas, etcétera).
Ese catálogo será en adelante su esencia, con él debe siempre aparecer y su misión es repetirlo hasta la saciedad
cada vez que asista a noticieros, telenovelas o programas de variedades. Si es posible, también publicarlo, imprimirlo en
grandes carteleras y ¿por qué no? -si alguien lo vende-, hasta en el reverso de las cajas de Corn Flakes.
Con la mirada fija en el lente de una cámara, en la calidez de un
set televisivo, en todas sus apariciones
públicas, formales e informales, aunque le pregunten otra cosa o la circunstancia exija más, un político mediáticamente
competitivo será el que mejor y más veces repita el guión que, con encuesta en mano, le hayan preparado sus estrategas y
publicistas. Es su tesoro y razón de ser.
No importa que no crea en lo que dice o que se trate de promesas inviables o falaces. Incluso, si llega a pensar que
tiene mejores ideas, su deber es ignorarlas y apegarse fielmente al guión, pues es lo que le dará éxito en las pantallas y con
ello se elevará como espuma en las encuestas y se colocará en la víspera de que miles de voluntades desfilen el día "D" a las urnas para obsequiarle su voto y su confianza.
Con el afán de estar presentes en radio y TV, políticos y partidos remontan los antiguos referentes ideológicos,
eluden debatir sobre el fondo de los asuntos, evitan la formulación de verdaderas propuestas y acaban diciendo todos más
o menos lo mismo. Pierden su identidad y se desdibujan.
Como resultado de la teoría de que los medios todo lo pueden y del síndrome de la popularidad que aqueja a
sus seguidores, la televisión mexicana se encuentra hoy rebosante de declaraciones huecas y de coloridos
spots en los que las letras "M" caminan, los aspirantes abrazan niños y estrechan manos, se atribuyen grandes obras y logros, sudan
corriendo tras sus recuerdos infantiles, nos confiesan sus aspiraciones con sonrisa luminosa y nos dan las gracias, entre otras
muchas innovaciones publicitarias.
Shampoo planet
Pero lo cierto es que ni los mejores publicistas, encuestadores y expertos de la imagen pública -y ni siquiera los
empresarios más poderosos de la comunicación del país- pueden garantizar la aceptación mayoritaria de una idea o de un personaje.
La razón es simple, los medios electrónicos sí son indispensables para el éxito de un proyecto político, sobre todo en
un contexto democrático; son imprescindibles para que un candidato se comunique con la sociedad, pero no son omnipotentes.
Los índices de popularidad, la abrumadora presencia mediática y los discursos políticos elaborados bajo métodos
similares a los de un anuncio de shampoo, no son suficientes para debatir sobre las soluciones a los problemas del país, para
resolver su futuro político o para convencer a los votantes, por más que se quiera definir a éstos como una masa
homogénea diferenciada si acaso por su sexo, edad y nivel socioeconómico.
Creyentes de que el enorme impacto de la radio y TV alcanza para hacer y deshacer figuras públicas, algunos
políticos descuidan también la importancia de una interlocución con los medios impresos. Es cierto que en México se leen
pocos diarios y revistas, pero el avance de las tecnologías no ha evitado que la información, el análisis y la opinión que
se imprimen en papel influyan en la sociedad y en los contenidos de los propios medios electrónicos.
Si observamos lo que sucede en otras democracias, veremos que tarde o temprano los políticos mexicanos tendrán
que reconocer que la sociedad tiene capacidad crítica, que su presencia sin contenido en TV y radio está erosionando
la credibilidad de los ciudadanos en todo lo que suene a política, que han banalizado el debate sobre los asuntos
importantes, que han tirado a la basura mucho dinero y que para su desgracia ni siquiera han adquirido una herramienta que
garantice sus resultados.
Entonces tal vez se preguntarán por qué sus publicistas no les propusieron un uso más inteligente de los medios, por qué les recomendaron el camino de los
spots y no el de la política, y querrán recuperar el tiempo que
no hayan dedicado a pugnar por reglas más modernas para la actividad de los medios. El costo hubiera sido menor,
pensarán, pero esos asesores ya se habrán deslindado y estarán buscando nuevos clientes.