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En Viajes con Heródoto, Kapuscinski describe cómo hace dos mil 500 años ya existía una lucha entre Occidente y Oriente, los dos grandes modelos de la época, la democrática Grecia frente a la dictadura persa, y que la primacía de la primera, de Europa, durante los siglos siguientes se libró en las Termópilas y en las aguas de Salamina, con la derrota de Jerjes, el rey de reyes persa. El reportero polaco, el maestro para García Márquez, se niega a aceptar que exista hoy una reedición de esa vieja confrontación con la guerra contra el terrorismo internacional que libra el presidente de EU, Bush. "Oriente no es sólo el mundo islámico. Oriente es, sobre todo, China y es India también.

Foto: EFE/J.L. Cereijido

"Oriente es el confucionismo, el budismo, el taoísmo... El islam sería el tercer elemento. Centrar toda la atención en ese mundo islámico, intentar crear un problema con él, es un grave error y una manipulación". En el libro, Kapuscinski cuenta que cuando estuvo en Argelia, en la época del golpe de Estado contra Ahmed Ben Bella, le explicaron que había dos islam, el del río, como denominaban al costero ­más permeable a las influencias como toda frontera y, por lo tanto, moderado y afable con el Otro­, y el del desierto: severo e impenetrable. "No se puede hablar de una religión monolítica, de un todo homogéneo, pues nada tienen que ver, por ejemplo, el islam bantú africano, en el que no existe el concepto del terrorismo, con el que se profesa en Oriente próximo. El islam se ha ido enriqueciendo, y de alguna manera modificando, durante su expansión al entrar en contacto con una gran variedad de culturas autóctonas".

A mano y a máquina

Kapuscinski se incorpora lentamente de la silla, estira las piernas, cierra la ventana y busca el ejemplar de Historia que le acompañó en sus viajes durante más de 50 años. Tras mostrarlo a su interlocutor se sienta detrás de la gran mesa de su despacho. Allí, en el lugar donde escribe sus historias, siempre a mano aunque después las pasa a máquina (nunca al ordenador), vuelve a hablar del trabajo de toda su vida y asegura que el gran periodismo es capaz de salvar vidas y de modificar el curso de los acontecimientos, y recuerda para ello lo ocurrido en Somalia antes de la retirada estadounidense. Unas imágenes de televisión de varios soldados norteamericanos muertos y arrastrados por las calles de Mogadiscio crearon en EU una opinión pública instantánea en favor de la salida. Kapuscinski juguetea con varios de sus bolígrafos. "Los colecciono. Tengo de la mayoría de los lugares en los que he estado. Son más de 700". Preguntado sobre si conocía algún periodista a quien su primer jefe le hubiera regalado un libro como Historia, responde que la cuestión nos obligaría a sostener otra entrevista de dos horas, a la que parece muy dispuesto.

¿Recomendaría que se estudie a Heródoto, el primer reportero, el primer gran buscador de contextos, en las facultades de periodismo?, pregunta el visitante. Kapuscinski vuelve sonreír: "¿Para qué? Si nadie me va a hacer caso"


(Publicado en El País, 23 de abril, 2005)


© El País, SL/Ramón Lobo.




El equipaje del señor K
Jaime Ramírez Garrido


Le pregunto: usted que ha atravesado Siberia ­ese espacio ilimitado, que según dice, no está hecho para el hombre­, usted que ha hecho de la frontera ­física y literaria­ su país, usted que ha atravesado varias veces áfrica, usted que encontró en los detalles del paisaje centroamericano indicios del destino de sus habitantes y que penetró en los secretos de los más absolutos poderes ­el Sha, el emperador, Stalin­, ¿con qué equipaje ha recorrido el mundo? Ryszard Kapuscinski se detiene antes de responder: "Siempre intento cargar lo menos posible, pero usted sabe cómo pesan los libros y los papeles que valen la pena".

Muchos de esos papeles, lo sabemos, son sus propios apuntes. ¿Y qué tanto de verdad, qué tanto de narrativa hay en esos papeles antes que lleguen a nosotros como reportajes?

En La guerra del futbol, Kapuscinski alterna sus lecturas de viaje con las historias que va cargando. Moby Dick es ligera comparada con las anécdotas africanas donde Marco Polo, por ejemplo, se le ha encaramado como a camello.

En conferencias y entrevistas ha insistido que vivimos en un mundo de la cultura en que los géneros se disuelven. Sus lecturas literarias y sus observaciones mantienen la realidad como referente.

"Nunca ­dice­ he tratado de escribir novela ni obras teatrales ­aunque muchos de mis libros están adaptados­, sólo he escrito poesía. Lo que pasa en el mundo me parece tan fascinante que las novelas me parecen aburridas". El periodismo que vale la pena, afirma refiriéndose a García Márquez, es el periodismo perdurable.

Entre García Márquez y Kapuscinski hay mucho en común y un mundo de diferencia. El mundo de las realidades literarias.

Cuentan que García Márquez dijo alguna vez que la novela El Chacal debería terminar con el asesinato del general De Gaulle. Cuando le reclamaron que eso no correspondía a la realidad histórica, contestó que lo exigía la realidad narrativa y que en cien años, todo mundo pensaría que De Gaulle murió asesinado. Y así, en sus memorias, Vivir para contarla, relata episodios que inmediatamente reconoce improbables, pero la vida, dice, no es lo que fue sino lo que uno recuerda.

A Kapuscinski las novelas le aburren porque encuentra en el mundo esas improbabilidades. áfrica, dice en ébano, no existe. Como Macondo, es un lugar fantástico. Sus habitantes también lo son: los súbditos de un emperador imposible pero real, histórico y hasta mítico para aquellos que le rinden culto; los constructores de una malograda estatua gigante de Lenin, los niños que excavan en la niebla para llegar a la escuela.

"La vida ­dice K­ sólo la conocen en verdad aquellos que sufren, enfrentan la adversidad y se tambalean de derrota en derrota."


Consultor. Este texto se publicó en etcétera, núm. 29, marzo 2003.




Nuestro inmortal
Javier Darío Restrepo


Siempre pensé que viviría más que yo. éramos de la misma edad. Ahora que está muerto exploro en mis recuerdos para sentirlo vivo, y encuentro unas imágenes que se sobreponen a otras como si se tratara de una clasificación del inconsciente. Lo veo en aquella larga y solitaria carretera de la muerte en Angola, convertido en un blanco móvil para los hombres armados que vigilaban agazapados entre el monte a lado y lado de la vía que él tenía que cruzar. Cuando llegaba ileso, se tocaba, enjugaba el sudor y se decía: un día más de vida. Fue el título de su libro sobre la experiencia periodística de Angola.

Vivió la vida como estrenando cada día. El intenso relato de sus Viajes con Heródoto me grabó otra imagen, la del eterno aprendiz de idiomas, de historia, de antropología, de quehacer periodístico, pero sobre todo, de la condición humana. Allí cuenta en unas páginas vivísimas el episodio del atraco en lo alto de un minarete en El Cairo. Me vuelven a la memoria su respiración acelerada y su miedo de morir, precipitado desde lo alto por el atracador que le exigía escoger entre entregar su billetera o precipitarlo al vacío. Ser valiente no es ser insensible al miedo, sino actuar a pesar de el. En este sentido Ryszard vivió una vida de valentía.

Lo veo en mi memoria como el periodista que todos quisiéramos ser. Encarnó las virtudes del periodista ideal. Así lo sentimos todos los que tuvimos la alegría de conocerlo y de estar con él alguna vez. Reaparece la imagen de Ryszard, resignadamente inclinado mientras los asistentes a un taller con él, estampaban firmas y frases de admiración sobre su camisa. Me parece ver ese gesto entre abrumado y feliz en medio del cariño de sus colegas latinoamericanos.

Lo recuerdo como alguien que reveló la inmensa dignidad de ser periodista. Cada uno de sus libros ­los tengo alineados en mi biblioteca como textos imprescindibles­ te hace sentir orgulloso de ser periodista pero al mismo tiempo te interpela porque, vista con sus ojos, es una profesión en la que no hay pausas, ni trabajos perfectos. No basta ver y transcribir lo visto, es necesario, además entender y hacer entender la historia del mundo. Eso supone estudio constante, independencia sin concesiones y, sobre todo, una inextinguible pasión. Para él siempre había algo que corregir y hacer mejor. Estoy seguro de que Ryszard murió con la idea de que al día siguiente tendría que escribir una crónica mejor que las anteriores.

Sé que vivirá muchos años donde quiera que haya periodistas. Es uno de nuestros inmortales.



Maestro de ética periodística de la FNPI y miembro del Consejo Editorial de etcétera.
jrestrep1@cable.net.co





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