La marcha que en la agonía del invierno mexicano estelarizó el EZLN por distintas entidades del país hasta
llegar al Zócalo capitalino tuvo un profundo impacto en los medios de comunicación nacionales y, con altibajos, en
algunos internacionales.
En un contexto político y social significativamente distinto al que rodeó su espectacular aparición en enero
de 1994, Marcos y el pleno de los dirigentes del EZLN acapararon las planas y espacios televisivos y radiofónicos,
que advirtieron y calcularon el potencial de
rating que la transmisión del recorrido podía significarles pero, al
mismo tiempo, les permitió ensayar, con distintos grados de éxito, una suerte de reposicionamiento en el nuevo
mapa ideológico y político de la postransición mexicana. Como siempre, la "dictadura de la coyuntura" marcó el
grado de interés que el neozapatismo generó en los distintos medios, pero en una visión de conjunto puede afirmarse
que durante varias semanas la marcha y las declaraciones de Marcos opacaron otros asuntos públicos importantes
como la situación de Yucatán, la de Tabasco o la reforma fiscal que el gobierno foxista ha preparado para fortalecer
las finanzas del Estado.
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Fotos: Fernando Santos Rosas |
En la era de la sociedad de la información que llegó, como tantas otras cosas, "mal y tarde" (como dice en
alguna canción Joaquín Sabina) a los medios de comunicación y al sistema político mexicanos, las lecturas e
interpretaciones sobre la marcha del EZLN y Marcos han sido muy diversas, que tocan desde aquellas publicaciones impresas
que descalificaron e ironizaron desde antes y ahora al movimiento neozapatista, hasta las que defendieron a capa
y espada todas las acciones y declaraciones de Marcos y sus seguidores. Los nuevos y los viejos oficialismos
ideológicos y políticos llenaron las páginas de los periódicos y las revistas, y tal vez sólo la entrevista que Julio Scherer
hizo al subcomandante pudo evidenciar los varios matices y grises de un personaje y un movimiento que
generalmente se mueve entre los códigos extremos del aplauso y el abucheo de la opinión pública.
¿Qué explica las polarizaciones que ha suscitado la marcha neozapatista entre los medios y sus analistas?
Quizá sea posible conjeturar que en los problemas de caracterización e interpretación del fenómeno del EZLN radica
buena parte de los maniqueísmos que suele suscitar entre los medios y entre los ciudadanos, un rasgo claramente
visible en los días de la marcha y la permanencia en el DF. ¿Cómo puede ser interpretado e identificado un grupo
primero compacto y aislado en la Selva Lacandona, y luego adorado por los medios y cobijado por cientos y miles
de ciudadanos clasemedieros donde confluyen pequeños comerciantes, dirigentes de colonos, sindicalistas,
universitarios e intelectuales? ¿Es el EZLN un grupo de presión, un movimiento político, un nuevo movimiento social en
la era de la postpolítica, una minoría radicalizada, un movimiento de rebeldía étnica? ¿Es un poco de todos? ¿O,
como expresó Alain Touraine en la Villa Olímpica, el EZLN está inventando una nueva forma de organización social y
hasta un nuevo lenguaje de lucha contra el neoliberalismo y la globalización? Enfatizar los problemas de la
caracterización de este fenómeno como la fuente de los maniqueísmos que suele suscitar en la opinión pública no es, espero,
un exceso academicista ni un asunto menor de la discusión pública, pues ello supone la utilización de
determinados anteojos mediante los cuales se interpreta el significado de las demandas y acciones del
zapatour, de sus antecedentes y sus efectos.
La ambigüedad de Marcos y el EZLN respecto de su identidad ideológica y su carácter "rebelde" y no
"revolucionario" (como señaló en la entrevista con Scherer) ha significado la oportunidad de atraer numerosas
simpatías y adhesiones de sectores que habían quedado en el desamparo ideológico y político luego de la caída del Muro
de Berlín y la crisis de ideal socialista y revolucionario. Pero, además, la sociedad de la información que ha
emergido con mucha fuerza al calor de los procesos de liberalización económica y democratización política ha
significado también un poderoso impulso de la popularidad de la ambigüedad neozapatista luego del fracaso de la
insurrección armada de 1994, en un medio y un clima de época donde el relativismo ideológico frente a casi cualquier
asunto público forman parte de los valores asumidos en ese extenso lote baldío que ha sido (auto) denominado por
sus creadores y simpatizantes como "postmoderno".
Un movimiento típicamente revolucionario y marxista, pero también nacionalista y etnocéntrico como es el
que refleja la "Primera Declaración de la Selva Lacandona", significó una llamada de atención nacional e
internacional en torno a ideologías que prácticamente habían pasado a ser parte del mobiliario histórico del largo siglo XX.
En la era de la información y de la globalización, con la expansión de la tercera ola democrática y el triunfo del
mercado como núcleo organizador de la vida económica y social, movimientos como el que encabezaba
Marcos fueron interpretados en varios medios como la última expresión de la utopía revolucionaria tercermundista, pero en no pocos más también fue interpretado como el grito desesperado de los pobres más pobres del mundo en contra de las condiciones de marginación y exclusión del nuevo ciclo del capitalismo mundial. Si al final del siglo, como señala Ulrich Beck en La invención de lo
político, el programa político de la modernidad radicalizada era el
escepticismo, tan emparentado con la crisis de los partidos políticos y el desencanto del ideal democrático, el
movimiento guerrillero-indígena del sur de México fue interpretado por muchos intelectuales locales y foráneos como
la confirmación del agotamiento de los modos tradicionales y liberales de hacer política.
Sin embargo, siete años después Marcos y el EZLN han cambiado buena parte de su discurso revolucionario
por el cálculo pragmático gobernado por las grandes coordenadas del realismo político. Ello explica la reticencia a
asumir compromisos específicos con el gobierno federal, pero también la ambigüedad de sus declaraciones y acciones,
y la frágil coalición política sobre la que ha intentado construir un referente frente a los medios, el gobierno,
los partidos políticos y la opinión pública internacional. En realidad, la reticencia velada a cualquier tipo de
negociación, o a simular la disposición a la negociación con el enemigo, esconde tras de sí los impulsos maximalistas
del revolucionario estándar crecido y radicalizado en las aulas de las universidades públicas mexicanas de nuestros
locos años 70, donde las teorías de la conspiración y la cultura del clandestinaje se arraigaron fuertemente en el
imaginario y las práctica política de dirigentes como Marcos.
En un proceso de democratización del régimen político mexicano prácticamente incuestionado, el EZLN
intenta presentarse como un movimiento social que ha rebasado la capacidad de representación de los partidos
políticos y las instituciones políticas de la joven democracia mexicana (el Poder Ejecutivo y Legislativo, en particular), y
los medios usualmente parecen reproducir acríticamente esta visión autogenerada por Marcos y sus simpatizantes.
La antigua distinción gramsciana entre sociedad civil y sociedad política ha reaparecido a principios del siglo XXI
con el EZLN como la versión de la sociedad civil
versus la sociedad política. Con esta coordenada ideológica, el
marquismo ha intentado construir un polo de identidad que aglutina a muchos sectores de los medios, grupos y
ciudadanos para quienes la democracia mexicana, en realidad, sólo es la expresión mestiza de la vieja democracia burguesa
de la que renegaban Marx y Lenin.
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El EZLN también ha sido caracterizado como un nuevo movimiento social de la era de la postpolítica. Es
decir, frente al agotamiento de las instituciones políticas tradicionales o de "primer nivel" de la democracia liberal
y representativa, el neozapatismo también ha sido visto como un movimiento que cuestiona precisamente el
carácter representativo de las instituciones democráticas y de la "clase política" de la larga transición mexicana.
Luego entonces, el EZLN, Marcos
y sus fans y simpatizantes se asumen como el nuevo y genuino rostro de la sociedad
civil, el que debe tomarse en cuenta para democratizar de manera auténtica y profunda a la sociedad mexicana, lo
que eso signifique. Su "lucha", suelen afirmar, no es política, sino primariamente civil, "social", que cuestiona a
las instituciones liberales más clásicas y antiguas, para oponer una rebeldía que se codifica en el lema de 1994:
"mandar obedeciendo", en alarde de una frase que en realidad termina por revelar el enorme y siniestro autoritarismo
que puede justificar su empleo como eslogan y mecanismo del poder de un caudillo, de un grupo o de una camarilla
que ha tomado como misión vital la de que "vuelva a andar el reloj de la historia", como señaló Marcos en su visita
a la UAM-Xochimilco.
Si la batalla más importante que ha ganado el EZLN desde su aparición a sangre y fuego en el sur de
Chiapas ha sido la que ha librado en los medios de comunicación con y contra el gobierno federal, los presidentes
desde Salinas hasta Fox y los partidos políticos, esto se explica en parte por las dificultades para entender y volver
inteligible al movimiento por parte de los medios de comunicación nacionales e internacionales. Esas dificultades
fueron puestas en evidencia por el seguimiento de la marcha neozapatista de marzo y por los varios discursos
marquistas de esos extraños días de invierno. De alguna manera, el
marquismo se ha vuelto una suerte de fase superior
del neozapatismo. Sin embargo, la ambigüedad ideológica que ha sido parte de la estrategia comunicativa de
los rebeldes de Las Cañadas, también puede comenzar a cobrar facturas a sus protagonistas. El desgaste de su
imagen en los medios, su consistente rechazo a la negociación (que va desde la negativa a las invitaciones
presidenciales o las exóticas exigencias de hablar ante el pleno del Congreso), y el agotamiento de su novedad (por definición,
la novedad es siempre un producto perecedero), pueden traducirse tarde o temprano en desinterés y aburrimiento
de los medios que hasta ahora han convertido a los dirigentes neozapatistas en objeto privilegiado de la atención nacional e internacional. Ese es el gran riesgo del
marquismo en la sociedad de la información.