De la disputa por los medios a la
autonomía del poder mediático
José Carreño Carlón
En 1994 fue patética la (por llamarla de algún modo) estrategia de comunicación de la primera
campaña presidencial del PRI, no por quien formalmente tenía asignada la responsabilidad, sino porque siempre
estuvo jaloneada en los alrededores de la figura de Luis Donaldo Colosio por personas y grupos que
tropezaban torpemente entre ellos en un desbordamiento de ambiciones pocas veces visto en cuanto a acumulación
de amateurismo político, falta de preparación, inmadurez y pobreza de miras.
En 2004 sigue siendo patética una extravagante estrategia de comunicación que parecería pretender
la perpetuación de aquella campaña
colosista hoy, en los alrededores de la tumba de Colosio
igualmente atravesada por ambiciones personales dirigidas a perpetuar en sus nóminas la discutible titularidad de
la memoria de Colosio como fuente de, también discutibles, notoriedades personales, a la vez que de
indiscutiblemente redituables negocios políticos, mediáticos y de los otros.
En el primer trimestre de 1994, una fijación enfermiza en la observación de los medios, por lo
demás, basada en los más rudimentarios análisis cuantitativos de sus contenidos, condujo a buena parte del
círculo interno del candidato presidencial a la convicción de que la campaña languidecía porque dichos
medios imponían sobre ella un velo de opacidad, en comparación con la visibilidad que le otorgaban a la
situación de Chiapas.
Ello generó en ese círculo una peligrosa pérdida de seguridad en el triunfo de la seguridad basada
hasta entonces en las ventajas tradicionales del partido todavía dominante y una erosión de la autoestima
frente los competidores: los candidatos registrados por otros partidos, por un lado y, por otro, un competidor al
que consideraban más temible, fuera de registro, y que no se daba por vencido en la lucha interna que se
suponía concluida de su propio partido.
Esos sentimientos de pérdida de seguridad y de la estima de las propias capacidades se encauzaron o
se pretendieron ocultar con expresiones de autovictimización ante una supuesta "campaña contra la
campaña" y de remisión de culpas ante el estancamiento real o percibido de la candidatura colosista:
culpas finalmente concentradas en una serie de truculencias atribuidas a Manuel Camacho y Carlos Salinas.
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Foto: Jaime Boites |
Como las plegarias atendidas por las que se suele llorar más que por las desatendidas, según la
Santa Teresa invocada por Truman Capote esa autovictimización y esa remisión de culpas fueron abriéndose
paso en los medios y entre sus audiencias, sólo que con un efecto acaso más autodestructivo que aquel que
se quería ocultar: en las afueras del círculo interno del candidato la autovictimización no produjo un
movimiento de cohesión o solidaridad en torno a las supuestas víctimas y sí, en cambio, dio lugar a una terrible
percepción de fragilidad extrema en la dirección (de algún modo hay que llamarla) de la campaña y en la campaña
toda de Colosio.
En 1994, según la teoría conspirativa urdida en aquel convulso colosismo, los medios habrían
obedecido órdenes superiores para imponer aquella opacidad a la campaña del candidato presidencial escogido
por Salinas, Luis Donaldo Colosio. Las órdenes se habrían dado por el mismo Salinas para favorecer
expectativas de alguien a quien el ex Presidente no había escogido para la misma oportunidad: Manuel Camacho.
Fue ésta una expresión límite del atraso político en un entorno el del grupo gobernante que ofrecía
la modernización del país como carta de triunfo y de opción de continuidad.
En las sociedades democráticas más avanzadas, especialmente entre sus estudiosos de las ciencias
sociales, las teorías conspirativas no despiertan mayor credibilidad porque dejan fuera perspectivas serias de
análisis para, en cambio, privilegiar la raramente comprobada existencia de redes directas de control en
estrategias globales de complot.
En el caso de los medios, esta "óptica" como la llama Tim O'Sullivan, como para restarle toda
densidad teórica los considera como poderosos mecanismos automáticos de transmisión, directamente
controlados por miembros poderosos de un grupo conspirativo, capaces de condicionar a desprevenidas audiencias y
de instilarles un pasivo acatamiento a sus planes.
Ésa es la "óptica" que obsesivamente aparece en las "denuncias" conspirativas en el caso Colosio.
Y si hasta la fecha no ha habido elementos para comprobar la existencia de redes directas de control
en una estrategia global de complot, allí estuvo el fiscal Chapa para inventarlos y allí han estado los medios
para magnificarlos sin el menor procesamiento crítico. Esto último, no sólo por el pobre rigor profesional de
buena parte de sus operadores sino en el ejercicio de su capacidad establecida desde la perspectiva de análisis
del pánico moral para generar preocupación y desatar los mecanismos de control social de los grupos de
poder en situaciones de crisis.
Y esto fue lo que ocurrió en México de 1995 en adelante.
Ya a partir de 2001, el caso Colosio se ha visto envuelto en el acelerado proceso de autonomización
del poder de los medios respecto de los poderes políticos, como lo hemos venido discutiendo en estas
páginas a partir de perspectivas de análisis más recientes.
El proceso de autonomización del
poder de los medios no se refiere a la independencia de los medios
para mejor cumplir la función de vigilancia de los poderes estatales en nombre de la sociedad, como lo
planteó la teoría clásica, sino al fenómeno por el cual los medios tienden a convertirse y en México lo lograron
en la última década en un poder por encima tanto de los poderes del Estado y sus normas legales como de
la sociedad.
Y es en estas condiciones que resulta todavía más patética la reedición, en este marzo de 2004, de
aquella extravagante cuanto fallida estrategia de comunicación iniciada hace diez años.
Porque si en 1994, todavía en la época de la disputa por los medios como los campos de definición de
la agenda pública, desde los reflejos políticos y comunicacionales más atrasados, se conducía la nave de
la campaña colosista en dirección a un previsible naufragio, en 2004 suena terriblemente alevoso, para
la memoria de Colosio, endilgarle el más ingenuo y a la vez anacrónico argumento que se pudo encontrar
para tratar de probar el complot: el de que el poder público no controló debidamente a los medios para
obligarlos a destacar la campaña de Colosio y a opacar o silenciar la rebelión de Chiapas y a sus actores centrales y
de reparto.
Como les suele ocurrir a los recién llegados a la riqueza los nuevos ricos o al poder los nuevos
poderosos nunca faltan los desfiguros a la hora de referirse a los nuevos bienes, servicios y territorios de que
de pronto se dispone o se piensa disponer. Quienes ya se repartían esos bienes, servicios y territorios en el
equipo (ésta también es una forma de llamarlo) de campaña de Colosio, se referían a la capacidad del
manejo gubernamental de los medios que se disponían a heredar precisamente en los términos fantasiosos
de aquellos poderosos mecanismos automáticos de transmisión, de que habla la teoría conspirativa, a
ser directamente controlados por miembros poderosos del grupo conspirativo al que sentían estar a punto
de encabezar.
Entre la incredulidad y la decepción, entre la impreparación y las deformaciones de buena parte de
quienes se hacían garras por el control de la campaña colosista, para algunos de ellos resultaba inverosímil
cualquier respuesta que no embonara con sus fantasías conspirativas del poder presidencial que esperaban o
imaginaban debía concentrarse precisamente en la tarea de conspirar con los medios para asegurar
una sistemática exaltación de la campaña priista, garantizar el ocultamiento de la situación chiapaneca y
resolver la desaparición de la escena de quienes tenían el encargo de atenderla.
Y el hecho de que no vieran cumplida esa fantasía en su favor, no le restaba la menor fuerza a su
teoría conspirativa, sino que la confirmaba. Porque, si no se estaba cumpliendo la fantasía, sería
simplemente porque los miembros poderosos del grupo conspirativo anidado en Los Pinos, esos que controlarían
directamente a los medios, estarían allí, conspirando, sólo que al servicio del enemigo, como orquestadores
de la poca atención mediática que obtenía la campaña priista y de la concentración de los medios en la
situación de Chiapas y en los eficaces golpes escénicos que producían Camacho y su bien coordinado equipo.
A eso llamaban "la campaña en contra de la campaña". Y las denuncias conspiracionistas agrupadas
bajo este rubro no tienen desperdicio por la inconcebible desinformación acerca del espacio y del tiempo en el
que se debatían sus autores, ni por la ignorancia de los rudimentos de la comunicación de que partían.
Parecían no tener idea de los cambios ocurridos en la relación de los medios y el poder público, como
efecto, entre otros factores acumulados, del programa reformista del presidente Carlos Salinas que, en los
términos del discurso dominante del candidato Donaldo Colosio incluso el de la supuesta ruptura de la
primera semana de marzo era vital continuar y profundizar al llegar al gobierno.
"La prensa no se conducía como solía suceder en anteriores campañas presidenciales. Las notas
periodísticas no eran todas para el licenciado Colosio sino que eran dirigidas hacia Manuel Camacho Solís",
recelaba, textualmente, una de las personas que allegaron al fiscal especial sus evidencias de la campaña contra
la campaña en la hipótesis del complot.
Ellas eran incapaces de comprender que, como efecto del programa reformista que el candidato se
proponía profundizar, el poder presidencial había dejado de ser el definidor primario cuasi monopólico de
la agenda del debate público, a través de los definidores secundarios, los medios, una vez que los
cambios estructurales habían despojado al gobierno de buena parte del instrumental histórico de subordinación
de dichos medios.
En el delirio complotista tampoco advertían ni la advierten todavía la contradicción de la hipótesis de
una ruptura con Salinas porque Colosio había propuesto acotar más el poder presidencial, con el reproche
contra el entonces Presidente porque no echó mano del poder de subordinación de los medios de las
décadas anteriores.
"Un obstáculo fundamental fue la prensa", plañía otro de los constructores de la teoría conspirativa
ante el fiscal especial. "Destacaba solamente el conflicto en Chiapas...", acusaba.
A ellos les resultaba y todavía les resulta difícil procesar que en los nuevos patrones de apertura
informativa, el tema chiapaneco tenía mayor valor noticioso que las campañas de los partidos. Y que una
campaña priista convencional resultaba de lo menos noticioso ante las expectativas de que ese año se dieran
cambios políticos mayores, sistémicos, a la altura de las reformas económicas en curso.
Incluso sin que hubiera mediado un hecho tan dramáticamente noticioso como una irrupción
guerrillera con ingrediente indígena en el México de la gran modernización, el grado de dificultad para concurrir a
la competencia por establecer la agenda del debate público hubiera sido mayor que en el pasado para el
PRI, una vez que el Cofipe y sus sucesivas reformas fueron dando mayor capacidad a los partidos alternativos
al dominante, para concurrir con un peso verdaderamente competitivo a la definición de dicha agenda pública, a través de una presencia garantizada en los medios, impensable seis años antes.
Los teóricos de la conspiración en este campo ignoraron e ignoran que la apertura radical de México
al mundo incluyó una apertura informativa que redujo, también radicalmente, los márgenes del
news management discrecional derivado de los controles tradicionales del poder público y atrajo a representantes de los
medios de todo el mundo a informar de México y desde México, conforme a pautas internacionales
desconocidas por las antiguas rutinas del periodismo mexicano.
Umberto Eco acuñó el concepto clave de "decodificación aberrante" para ilustrar la frecuencia con
que el sentido que le dan las audiencias a los mensajes difiere del que intenta transmitir el emisor a través de
los medios y genera efectos contraproducentes a los que se propuso.
Como emisores de mensajes, los divulgadores de la teoría de la conspiración, explícita en la hipótesis
de la campaña contra la campaña, fallaron en su intento de transmitir un sentido de convocatoria al lado de
las supuestas víctimas de la conspiración y en cambio generaron un sentido de desconexión de la realidad y
un efecto de inconfiabilidad en una campaña que daba tales muestras de inconsistencia y fragilidad.
Produjeron una decodificación aberrante en sus audiencias.
Y como receptores de mensajes, realizaron una decodificación aberrante de los hechos
desencadenados tras la irrupción chiapaneca. No fueron capaces de establecer el fenómeno comunicacional del
momento: bajo las nuevas condiciones de relación de los medios y el poder público, el subcomandante Marcos le
daba un golpe definitivo al cuasi monopolio del poder presidencial como definidor primario de la agenda
del debate público.
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Foto: Antonio Nava |
Fue Marcos y no Camacho quien definió la agenda pública en el primer trimestre de 1994. En términos
de comunicación política, para cumplir los propósitos de su encomienda y todos los demás que
queramos atribuirle, Camacho fue a tratar de obtener algo de la agenda que monopolizaba el subcomandante,
a intentar compartir los reflectores enfocados a las montañas del sureste. Y logró bastante, en parte
porque su tema y sus mensajes tenían mayor valor noticioso que los de las rutinas de las campañas electorales,
en parte porque su equipo mostraba mayores destrezas en la generación de suspenso y expectativas y, en
gran parte, porque la decodificación aberrante de los teóricos de la conspiración generaron una fantasiosa
percepción de Camacho como detentador de un poder tal que incluía a la vez la complicidad de los
insurrectos y la voluntad presidencial.
Por eso es que, hace diez años, el sub Marcos fue el gran vencedor en la disputa por los medios sobre
una campaña colosista distraída o empecinada con efectos contraproducentes en la empresa de silenciar
a Camacho.
Finalmente, tampoco se requiere apelar a teoría conspirativa alguna para observar que, después de
aquellos trastornos y los que les siguieron hasta los errores de diciembre de 1994, un proceso generalizado
de autodestrucción se apoderó del poder político y de la política, mientras los medios y quienes
verdaderamente los controlan fueron pasando a suplantar, cada vez con mayor visibilidad, como lo hemos propuesto
reiteradamente en estas páginas, una serie de funciones correspondientes, en los Estados modernos, a
los espacios de representación y poder políticos.
En este marzo de 2004 hay que sumar, a la lista de funciones públicas suplantadas por el poder
privado de los medios, una función que la tradición weberiana ubicó como una expresión inequívoca del poder
del Estado: la de administrar los conflictos entre los actores sociales y, en general, entre los particulares. Y
en las peores tradiciones del ejercicio patrimonialista del poder, conforme a su estrategia de negocios,
apuntalada hoy por su centralidad política, el poder informativo administra los conflictos de los actores sociales
y los particulares entre sí, a través de la administración de la visibilidad, el desvanecimiento o el
ocultamiento de sus propuestas y actuaciones, particularmente las del mundo del poder, de los poderes políticos,
empresariales, religiosos o culturales, entre otros.
Dentro de estas propuestas, cobran especial relevancia, por su potencial de redituabilidad, las
expresiones de ajustes de cuentas, desafíos, acusaciones, réplicas y contrarréplicas entre aquellos actores. Sin demérito del valor noticioso de los conflictos entre poderosos, famosos o notables, que justificaría la atención de
estos asuntos en los medios, lo relevante es que éstos suelen administrar su visibilidad de acuerdo con una
serie de factores adicionales al del valor de las noticias. Estos factores se presentan solos o combinados y van
desde las relaciones de los implicados en los procesos informativos con quienes deciden en los medios, ya sea
por el peso de su inversión accionaria o su capacidad de inversión publicitaria en las empresas mediáticas, a
la posición del actor social involucrado en las escalas del poder público y su capacidad de determinar o
inhibir decisiones públicas que puedan beneficiar o perjudicar los intereses del poder mediático, a las
expectativas de ascenso, triunfo o acumulación de poder de decisión estatal, potencialmente al servicio de los medios,
de cada uno de esos actores en conflicto.
Pero hay un pago inicial, dentro de estas nuevas formas de tributo a un nuevo poder, en esta nueva
forma de relación de los actores sociales con el poder mediático asumido como poder autónomo respecto del
Estado y de la sociedad. Un pago que es saldado, desde el primer paso, cuando el actor político pone su causa
en manos de los medios, para acabar con un enemigo con una bomba informativa ya volvieron las
grabaciones de la época de Zedillo contra Salinas o para defenderse del ataque enemigo. Desde ese momento,
ambas partes quedan sometidas a las reglas del poder mediático, que está presto a ejercer su nueva
función, suplantada al poder público, de administrar, a su manera y en su beneficio, las controversias entre los
demás poderes y los conflictos sociales.
Al margen de cualquier tipo de factibilidad procesal, de la mínima productividad informativa
conducente a conocer más acerca del caso Colosio o del menor interés real de los actores involucrados por
"descubrir" algo de un imprevisible careo entre Salinas, Zedillo y Camacho, otra vez, con la mesa servida por los
sedicentes y serviciales legatarios de Colosio, los medios, con la magnificación de la expectativa de ese "careo",
construyeron ya uno de los escenarios de marzo para continuar la empresa de demolición e invalidación de
la política y de los políticos: una temporada que apunta a grandes ganancias si se da un debate
calculadamente devastador entre los dos ex presidentes del pasado inmediato y el otro que alguna vez soñó con
sucederlos. A ello habría que agregar la degustación de lo que haya quedado del festín de febrero con el plato fuerte
de los restos de un ex Presidente anterior a estos últimos y, probablemente la presentación procesal de otro
más, mayor de 85 años, para que recuerde cuál fue su papel en la represión a las guerrillas de tres décadas
atrás. Pero además están los ajustes contra los verdes y las réplicas de los verdes, más las marthas, los nicos y
otros excesos que se acumulen en este marzo destinado a consagrar a los
grandes medios como los indiscutibles vencedores sobre todas las partes: son los nuevos administradores y usufructuarios de los conflictos de
todo orden en el país.