Solidaridad y competencia de los enviados a Pakistán
Rubén Cortés
La prensa escrita buscaba una revancha contra la
televisión desde la Guerra del Golfo, que significó el
triunfo, apogeo y cenit de la información basada en la fuerza
de la imagen: y la encontró ahora, en el conflicto
desatado en Afganistán tras los atentados del 11 de septiembre
en Nueva York.
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29 de octubre. Rubén Cortés a mil 500 km al suroeste de Islamabad. La cerca de púas es la frontera entre Pakistán y Afganistán. |
El periodismo de historias en medios impresos se
impuso, en especial, durante los finales de septiembre y
todo octubre, gracias a la negativa del régimen talibán
a permitir la entrada de enviados especiales, lo cual obligó a
éstos a permanecer durante casi tres meses en Pakistán,
donde no había guerra (y nada de imágenes) y basar su
trabajo en la narrativa, la reseña y el filing.
Incluso, cuando el 7 de octubre Estados Unidos
inició los bombardeos y parecía que la CNN se
robaría el
show, lo que hizo fue el ridículo al transmitir durante
dos semanas apenas unas luces verdes con fondo oscuro que
sus locutores decían eran bombas de racimo estallando sobre
Kabul, pero que bien podrían haber sido una
bandada de luciérnagas.
Por un mes más todavía hasta
que a mediados de noviembre los enviados tuvieron los primeros chances
para entrar a Afganistán los medios escritos estuvieron
ganando la competencia por la información con base
en entrevistas, revelaciones de políticos, espías y
religiosos, crónicas una producción cuyo valor como
imagen
era nula y de la cual la televisión pudo sacar muy poco provecho.
El ejemplo de México es fehaciente: el 11
de septiembre, mientras Televisa trastabilló (sus
presentadores no
vieron cómo el segundo avión se estrellaba contra la
otra torre y su corresponsal ni estaba enterado del ataque) y
Azteca hizo una cobertura sin pena ni gloria, Crónica
sacó a mediodía una edición extra digna de
concurso, y los
periódicos de la tarde documentaron los hechos de manera seria.
Dos aristas de la cobertura
Bosse Lindwal, un reportero sueco de la emisora
Radio Cuatro, de Estocolmo, que estuvo en octubre con la
Alianza del Norte, me contó en Islamabad que durante la toma
de la ciudad afgana de Ghor por parte de la
oposición vio cómo un aliancista mataba a un enemigo
malherido y desarmado.
El talibán baleado agonizaba, tirado a lo
largo, en la plaza del pueblo, que había sido diezmado por los
aliancistas, uno de los cuales, un tayiko, sorprendió al
herido cuando se llevaba la mano derecha a la pistola. Así
que, a
dos metros de distancia, le metió una ráfaga de AK-47
en la cabeza.
En verdad, el moribundo lo que intentaba era sacar
del bolsillo una edición en miniatura del Corán para
decir
la última plegaria de su vida. Pero el tayiko creyó que
realmente buscaba su Makarov rusa y aplicó la lógica de
la
guerra: yo muero al último y antes me llevo a todo el que se
ponga a tiro.
Era una historia para la prensa escrita. De hecho,
Bosse me confesó que fue incapaz de contarla en el minuto
y medio diario que le daba Radio Cuatro.
* * *
Otro colega, el mexicano Jaime Hernández, de
El Universal, estaba siempre tras la pista de alguna
bomba informativa dentro de los primeros círculos del poder en
Pakistán, que él llegó a conocer bien.
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Foto: Rubén Cortés |
Sin embargo, quizá ocupó demasiado
tiempo persiguiendo la nota dura que, de todos modos, ya estaba
mejor cubierta por las agencias noticiosas, las cuales tienen muchos
reporteros dedicados a ese tipo de trabajo
que, además, llega, de cajón, a los periódicos.
Después, ya en Kabul, Jaime escribió
un par de historias. Leí una que hablaba sobre cómo
unos niños
afganos cubrían de tierra los huecos de las carreteras y
recibían, a cambio, dinero de los agradecidos conductores.
* * *
Entre la escena que vio Bosse Lindwal y los palos
periodísticos sobre las intríngulis del gobierno del
general
golpista Pervez Musharraf que perseguía Jaime, preferí
siempre, durante cada uno de los 54 días que permanecí
en Pakistán, haber tenido acceso a la
primera. O a algo parecido. La realidad demostró que el filón estaba en las
historias humanas, en los frescos sobre el modo de vida y de
pensar de los musulmanes en el otro lado del mundo: los lectores
agradecieron más que les contaran las experiencias
de mujeres afganas bajo el poder del mulá Omar, cuánto
costaba un AK-47 en el mercado negro o cómo vivían
(más que declaraciones) los refugiados.
Y todo esto fue abordado mejor por los medios
impresos, aunque en el caso de la televisión mexicana
destacó el trabajo de TV Azteca, con el reportero
Víctor Hugo Puente, el camarógrafo Marcos
Avendaño y el
productor Gustavo Robles.
La empresa del Ajusco mostró (mejor que
cualquier otra televisora de habla hispana, con excepción de
TV Española) cómo estudian los niños
refugiados, el sufrimiento de las mujeres escapadas del
talibán o el interior
de los hospitales de la frontera, con sus enjambres enloquecidos de
moscas y tres heridos para una sola cama.
Hay una toma de Avendaño siguiendo las huellas
que dejaban en la arena del campamento de refugiados
de Chamán los pies desnudos de un niño, mientras
Víctor contaba cómo éste había perdido a
sus padres en
un bombardeo y ahora se hacía cargo de sus hermanas Y la
cámara se abría y mostraba al pequeño cargando
una carretilla con alimentos distribuidos por la ONU.
Pero en el aspecto puramente informativo Televisa
estuvo mejor: Alberto Peláez y el camarógrafo Juan
Cobo enfocaron las baterías al periodismo reporteril,
versión nota dura: el
stand más revelador de esto fue uno de
Peláez en medio de una andanada de piedras lanzadas por
fundamentalistas de Peshawar contra periodistas que
cubrían una manifestación.
Los reporteros rasos
Gilles Paquin, reportero francés de
La Presse, un diario de poca tirada en Quebec, fue el mejor
reportero que
vi en Islamabad. Chispeante y laborioso, descubrió la mejor
nota de antes de la guerra: un refugio de mujeres
afganas escapadas de los maltratos selectivos practicados contra
ellas por el Islam medieval impuesto por el talibán.
Generoso, además, Gilles me invitó a
acompañarlo por las callejuelas terrosas y pútridas de
Rawalpindi
hasta encontrar juntos la casa donde se ocultan estas mujeres,
cuatro de las cuales nos dieron una nota cruel a
veces, triste a ratos, desgarradora siempre.
Correspondí el favor a Gilles
llevándolo con Hamid Mir el biógrafo oficial de
Osama bin Laden y que,
después de nuestra visita a su casa en un barrio clasemediero
de Islamabad fue invitado por Osama para darle lo que
puede haber sido la última entrevista de su vida si Estados
Unidos por fin le da caza.
Con Gilles también nos metimos en las
iglesias de Rawalpindi y vimos por dentro el mundo de los
católicos
en un país islámico paradescubrir que, tras los
atentados del11 de septiembre, al menos uno de ellos había
sido asesinado y muchos tuvieron que marcharse de sus barrios de
toda la vida, acusados por los musulmanes de
no festejar la desgracia de sus "hermanos" occidentales.
Dos semanas después, 17 católicos
fueron asesinados frente a una iglesia, al sur de Islamabad.
Con la televisión sin imágenes que
dar, y con las vacas sagradas de los periódicos más
importantes del
mundo acuarteladas en sus hoteles en espera de la visa para entrar a
Afganistán, la mesa quedó puesta para los
reporteros rasos de medios impresos con poco dinero, quienes
realizaron, sin discusión, la mejor cobertura entre finales
de septiembre y todo octubre, el periodo en que verdaderamente el
mundo estuvo pendiente del conflicto a
tiempo completo.
Reportear en Pakistán
La dirección de Hamid Mir, que luego
compartí con Gilles, me la dio Alberto Peláez. Lo
cuento para explicar
que en un país como Pakistán es imposible reportear una
nota sin que entre los enviados especiales exista un
sentimiento de grupo, aun cuando en el plano profesional sean competencia.
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20 de septiembre. Rubén Cortés en Khyver, Pakistán, frontera con Afganistán Foto: Rubén Cortés |
Con sus hoteles hediondos, un gobierno militar que
controla la información, sin bares, habitantes recelosos
de todo lo occidental, comerciantes que elevan al mil por ciento los
precios para aprovechar los 15 minutos
de importancia del país como base segura para cubrir la guerra, y una
burocracia parecida a la que obligaba a
las empresas soviéticas de Siberia a solicitar en Moscú
la compra de una pieza que podían conseguir en la acera
de enfrente, Pakistán es el último lugar para hacer periodismo.
En una ocasión vi a una reportera de TV
Española con un mazo de pasaportes de colegas en una mano y con
la otra tecleando sus nombres en una máquina
prehistórica para falsear un montón de permisos
oficiales de
entrada al campo de refugiados de Chamán.
Mientras escribía, los otros habían
encerrado en un círculo humano al funcionario pakistaní
encargado de
permitir el acceso a Chamán: montaron una discusión en
mil idiomas que mantuvo
groggy al oficinista hasta que
terminó de hacer salvoconductos para todos.
Recuerdo cómo, más de una vez,
llegamos los tres integrantes del equipo de TV Azteca y yo a la
única
habitación de un hotel desvencijado y lóbrego, con una
única cama en un rincón, llena de chinches. Y
lanzábamos una
moneda. Quien ganaba era sólo el primero en ocuparla por un
par de horas. Los otros le seguían después: ninguno
se quedaba sin descansar al menos un rato.
En esas ocasiones, alguno se adelantaba a la broma
de toda ocasión: "Qué carajo, como dicen los
musulmanes, solidaridad es compartir lo que tienes, no regalar lo que
te sobra"
* * * * *
La CNN y la sombra de la autocensura
Una batalla de la que se escribe estos días
casi tanto como de la que se desarrolla en Afganistán es la de
la información y/o la propaganda. Ha provocado polémica
el memorando enviado por Walter Isaacson, presidente
de la CNN, a los responsables de sus informativos: les pide que un
presentador en estudio cierre cada crónica
enviada por alguno de sus periodistas desde Afganistán
recordando la justicia de la acción estadounidense. A Isaacson,
con un impecable historial periodístico, le preocupa la
posibilidad de manipulación por los talibán, y tiene
razón. Pero no la tiene al desconfiar tanto de la profesionalidad
de sus periodistas y de la madurez de sus espectadores.
Más que a un problema ético, parece responder a un
problema de competencia: le ha salido por la derecha un rival,
la cadena Fox News, que se harta de señalar las supuestas
debilidades progres de la CNN, su relación con Al
Jazeera y su sensibilidad protercermundista. Isaacson se pasa de nervioso.
El Mundo, Madrid, 2 de noviembre, 2001