Unas patadas voladoras, un tope suicida o su llave clásica "la de a Caballo" le bastaban al héroe para dejar quieto al mal, al menos hasta la próxima película.
Ya en los 60 las funciones de lucha libre se transmitían desde la Arena México por televisión en el clásico blanco y negro. Telesistema Mexicano aupaba la creciente popularidad de El Santo. Para entonces, cine, televisión, cómics, presentaciones personales, entrevistas radiofónicas y demás, formaban parte de los resortes para que la leyenda plateada se aposentara en los corazones nacionales.
Magia, realismo del absurdo, comedia involuntaria. Como sea que hubiese sido, El Santo se convirtió en el representante genuino de las fuerzas del bien, igual en la arena luchística que en la arena fílmica.
En franco contraste con el cine de hoy, aquello era producto de la simpleza obligada que dan los exíguos presupuestos. Jorge Ayala Blanco en su Búsqueda del cine mexicano consigna: "¡Qué envidiable repertorio de este 'cine de Neandertal'! Criminales ansiosos de prodigar viudas y huérfanos (o en su defecto, ávidos de genocidio), maquetas que se jactan de su humilde origen carpintero, peligros más diabólicos cuanto que el guión jamás aclara su naturaleza, castillos sombríos reducidos por el presupuesto a cubículos de universidades pobres, combates espeluznantes por la salvación de una joven bella, del científico bueno, del género humano y de la galaxia".
La leyenda
Y El Santo lo lograba. El espectador no reparaba, para qué, en los visibles y costureros cierres que se asoman en los malvados disfraces de Santo contra las momias de Guanajuato (1970), ni en los indiscretos cables que motivaban el aleteo terrorífico de los murciélagos en Santo contra las mujeres vampiro (1962), mucho menos en el inverosímil horror de tela, plástico y alambre de los muñecos humanos en Santo contra los monstruos (1969).
Nada como una película de El Santo para rendir culto a la irrealidad mágica que en el cine o la lucha libre es escape individual y colectivo. Cadáveres vivientes, sacerdotisas misteriosas, pozos de serpientes, sarcófagos humeantes.
Dice Monsiváis: "En cada película, El Santo expone su vida y lo que es más importante: su máscara". Y es que él salva y protege, es el Cid Campeador en su laboratorio, es el torso del bien en los trances de la sombra de la muerte.
El Santo era irreal, pero a la vez era de verdad, mexicano y valientote hasta las cachas. Y la gente le cree, lo encontraba cercano en las luchas. Hoy, busca su imagen en las películas (transformadas en modernos DVD, originales o piratas, por miles), compra camisetas con su imagen grabada, los niños siguen jugando con los muñecos de plástico con su figura.
Los jóvenes lo adoptan como elemento del folclor urbano nacional, no pocos adultos están convencidos de que "un luchador no envejece mientras su público en él se reconozca".
Y es que, después de haber vencido a nuestras peores pesadillas, sería fatal que El Santo hubiese muerto. La leyenda trasciende y lo que cuenta, es la eterna juventud de la mágica credulidad del respetable público mexicano.
El Santo jamás perdió su máscara en combate. Se retiró de los encordados y a principios de los 80 acudió al programa televisivo Contrapunto, conducido por Jacobo Zabludovsky en Televisa, donde el periodista logró lo que ningún gladiador había podido hacer en el cuadrilátero: despojar de su máscara al Santo, quien por primera vez dejó ver parte de su identidad.
Poco después, en 1984, Rodolfo Guzmán Huerta falleció, a los 69 años de edad. Fue sepultado con la máscara puesta.
Ése fue el enmascarado de plata. A partir de 2006 sigue luchando contra el mal pero ahora con atuendo aerodinámico y enemigos mucho más sofisticados, a través de Cartoon Network, para todo el mundo.
El Santo: una fábula realista de nuestra cultura urbana, una vida profesional cuya primera razón de ser fue la carencia de rostro, una fama sin rasgos faciales a los cuales adherirse. El grito de la afición persiste y retumba ¡Saaaantoooo Saaaantoooo Saaaantoooo!
Y en Tepito, la Lagunilla, en la Merced, o en cualquier tianguis o mercado del país, se siguen vendiendo los muñecos de plástico en honor a la magia, a la credulidad, a la aventura, al héroe, y a la necesidad mexicana de creer en alguien, en algo, y si tiene máscara plateada, y si vence a cualquier engendro o fantasma, mejor.
Además, hay que evitar a toda costa que las mujeres vampiro o los cerebros del mal conquisten al mundo, ¿no?
¿Qué más? Nada.