Mario A. Campos
En 1929, el pintor belga René Magritte creó
La traición de las imágenes, sin duda, uno de sus cuadros más famosos.
En el mismo, podemos ver a una pipa flotando por encima de la siguiente leyenda: "Ceci n'est pas une pipe" ("Esto no es
una pipa"). El objetivo del cuadro, según explicara el propio autor, era llamar la atención sobre una obviedad: las pinturas,
por más realistas que sean, son simples interpretaciones y no los objetos en sí. "No se cansaron de hacerme reproches
-lamentaba el artista- Pero, ¿puede usted llenarla? No, claro, se trata de una mera representación. Si hubiese puesto
debajo de mi cuadro 'Esto es una pipa', habría dicho una mentira".
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La referencia viene a cuento pues frecuentemente al leer un diario o ver la televisión, siento unas incontenibles
ganas de gritar: "¡momento, eso no es una pipa!", porque contrario a lo que pudiera indicarnos el sentido común, existe
un ejército de hombres y mujeres que cotidianamente confunde -confundimos, debiera decir- una cosa con la otra.
Mítines de varias horas de duración, vistos baja la mirada experta de los periodistas, se transforman de pronto en notas de 20 o
30 segundos de duración; discursos de funcionarios y testimonios en general, que bien ocuparían varias planas de ser
transcritos, se convierten con rapidez en historias de no más de tres párrafos. Ésa es, en buena medida, la razón de ser del
periodismo: tocar y oler la pipa, para después pintarla.
En su ejercicio cotidiano, los periodistas exprimen la realidad privilegiando ciertos rasgos sobre otros, a partir de
la mirada de sus editores que con el paso del tiempo se va sumando a su propia capacidad de lectura, hasta que son
capaces de detectar "la nota" en cuanto la tienen enfrente. Los buenos reporteros, por tanto, nunca intentarán la locura de
reproducir "todo", sino su mejor versión de la realidad.
Los problemas empiezan cuando se confunde la obra con el original. En ese momento, quienes tienen frente a sí a
una simple representación, juzgan como si pudieran llenar la pipa. "¿No que Fox iba a resolver el problema de Chiapas en
15 minutos?". Falso. O al menos, falso a medias, como suele ocurrir cuando una cita es sacada de contexto. La
conocida frase, que suele aparecer sin el resto de la declaración que condicionaba el acuerdo a la voluntad del
Subcomandante Marcos, sirve como ejemplo para ilustrar un hecho tan común como respirar.
La realidad es que conductores, analistas y consumidores de medios en general, usualmente sólo somos testigos de
las representaciones y no de los hechos en sí, aunque eso no suele detenernos al momento de emitir nuestros juicios.
Tener esta distinción presente es casi una obligación moral en los tiempos que estamos por vivir.
Todos los días seremos bombardeados con noticias y propaganda de los aspirantes a la Presidencia, y será a través
de ellas que en buena medida decidiremos cuál será el futuro inmediato de nuestro país. Ante esa responsabilidad no
podemos permanecer pasivos. Acostumbrados a poner la lupa sobre el objeto representado -los políticos- o el pintor
-los medios-, también debemos trasladar la crítica nosotros, los observadores.
¿Qué nos toca hacer? En primer lugar, distinguir entre los hechos y las interpretaciones, lo que nos obliga a
comparar las distintas visiones de un mismo objeto. En otras palabras, diversificar nuestras fuentes de información.
Por fortuna, esa obligación coincide con una fortaleza de los electores del siglo XXI: hoy, basta una computadora
con Internet. Nunca como ahora, los ciudadanos tendremos a nuestra disposición páginas oficiales de los candidatos,
sus partidos y simpatizantes. A eso se sumarán los sitios especializados, que se estarán disputando la atención con los
cientos de blogs -como el que mantiene este autor:www.2dejulio blogspot.com- que en los próximos meses nos ofrecerán
muchos rostros de una misma realidad.
No hay lugar para pretextos: frente al desfile de pinturas que se anuncian sobre el horizonte, a los ciudadanos nos
toca hacer nuestro mejor esfuerzo para buscar la pipa original.