"En cada pueblo, una iglesia
y una escuela de periodismo"
Jaime Ramírez Garrido
Ryszard Kapuscinski ha afilado su mirada. Si en las fotografías que hemos visto en las contraportadas de los cinco
libros traducidos al castellano observamos una mirada penetrante, incisiva, tiempo después y en persona un fino punto
azul en la punta de sus pupilas parece interrogarnos en cada oteo. Con esos ojos ha divisado la infinitud de la estepa
blanca de Siberia o las inundaciones de luz de Africa.
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Ryszard Kapuscinski |
Luego de 25 años cuando sirvió como corresponsal en México de la Agencia Polaca de Prensa durante cuatro
años, Kapuscinski regresó para impartir un curso organizado por la Universidad Iberoamericana y la Fundación para el
Nuevo Periodismo Iberoamericano que preside Gabriel García Márquez.
"Los periodistas somos esclavos de la amistad", afirmó en una conversación sostenida en la sede del curso. Hay
gente a la que se le da la capacidad para amistar y a otras que no. Estas últimas no son periodistas. Ya en
El emperador, una reconstrucción del régimen de Haile Selassie a través de los testimonios de sus colaboradores más cercanos el
cocinero, el limpiador de los orines del perro, el escribidor, el guardarropero, etcétera señalaba la necesidad de un
intermediario: "Cuando le enseñé a un compañero lo que estaba escribiendo sobre Haile Selassie o, más bien, la historia de la
corte imperial y de su caída contada por los que habían llenado los salones, despachos y pasillos de palacio, ésta me
preguntó si había ido solo a visitar a aquella gente, que permanecía escondida. ¿Solo? ¡Eso no era posible! Un hombre blanco,
un extranjero... de no disponer de sólidas recomendaciones ninguno de ellos habría querido sincerarse conmigo. (Ya de
por sí resulta difícil conseguir que los etíopes se muestren abiertos; saben callar como los chinos.) ¿Cómo llegar a saber
dónde buscarlos, saber dónde estaban, saber qué habían sido, qué podrían decir? No, no estaba solo, tenía un guía".
Nuestro oficio corre con la amistad. Nunca podrá haber un periodista solo. No sabe ponerse en contacto. No
sabe conseguir la confianza de la gente. Hay que tener cualidades propias, pero es necesario que otros nos ayuden.
En El Imperio, el recuento de sus visiones de la Unión Soviética, Kapuscinski recuerda su infancia. Su padre,
víctima de la leva del Ejército Rojo; su madre, que se retiraba de la cocina cuando los niños comían para evitar que le diera
más hambre, su excursión con sus compañeros de juegos a un cuartel de los invasores rusos a quienes pidieron de comer
y ellos les enseñaron a fumar.
Estudió historia en la Universidad de Varsovia y de ahí, inmediatamente, comenzó a trabajar como reportero. En
la conversación explica que ser corresponsal de guerra ha cubierto 17 revoluciones en 12 países nunca fue una
elección sino un destino.
De la escuela, tras la guerra, cuando había muchas vacantes, comenzó a ejercer el periodismo como la forma de
ganarse la vida. Sobre todas las guerras que ha observado también aclara: "Fui condenado a la guerra desde niño, sin elegir nada".
Un colega le pregunta sobre la fórmula para una buena crónica, definida por Carlos Monsiváis como capturar lo
que pasa cuando nada pasa.
Recuerdo la definición de Walter Benjamin: "El cronista que narra los acontecimientos sin distinguir entre los
grandes y los pequeños, da cuenta de una verdad: que nada de lo que una vez haya acontecido ha de darse por perdido para
la historia".
Kapuscinski apela a cierta sensibilidad y gusto, que no todo mundo tiene. Es algo que se puede desarrollar y
aprender, pero no hay reglas. Chejov dijo que había un hombre talentoso para cada dos millones, y la proporción se mantiene.
En Ebano, su libro más reciente en español, Kapuscinski nos invita a recorrer con él ese territorio que por
comodidad llamamos Africa "en la realidad, dice, salvo por el nombre geográfico, Africa no existe" y a asombrarnos de
la complejidad de sus problemas y la complicación de las soluciones que el resto del mundo ofrece.
En la conversación recuerda que por datos no paramos. El verdadero periodismo implica el contacto con el pueblo
y no la lejanía de los datos, que no sustituyen a la reflexión. Los datos, dijo, deben procesarse por la imaginación.
Una enorme cantidad de datos no sustituye al pensamiento. Los datos abundan y nuestra imaginación no sabe
cómo procesar tantos datos. La acumulación de datos no ayuda a resolver los problemas del mundo. Hace dos años asistí a
un congreso internacional sobre la violencia organizada. Se presentaron cinco mil ponencias que resultaron en 25 tomos
de material; sobre violencia organizada lo sabemos todo; sobre la pobreza lo sabemos todo; sobre ecología, cada
vez acumulamos más y más información, pero eso no nos ayuda a dar un solo paso adelante.
El desarrollo de los nuevos medios de comunicación no resuelve los problemas del mundo. Es una nueva utopía.
En los últimos años, nuestra imaginación ha sido apagada por avalanchas de información. Una cantidad de
información imposible de absorber. La imaginación es un fenómeno histórico, no es algo dado para siempre. Hubo un tiempo en
el que se construyeron catedrales, hoy a nadie se le ocurre hacer una catedral como la de Milán. Esa imaginación ya pasó.
Novelas verdaderas
Bajtín inventó la teoría de la novela polifónica para aplicarla a la obra de Dostoievski. Sin embargo, las crónicas
de Kapuscinski son polifónicas. El cronista se comporta como un director de orquesta que va cediendo la palabra a diversos actores, a coros, que interviene para darles el contexto de grandes excesos de la historia del mundo (la longitud del
dedo índice de una estatua de Lenin que Stalin planeaba construir: seis metros; la emboscada de sequía y guerra en
Angola; el banquete que obsequia el emperador de Etiopía y queda a la mitad porque todos su homólogos regresan a sus
países antes que les den golpe de Estado).
Sus historias, nos dice, superan a la ficción de las novelas: nunca he tratado de escribir novela ni obras teatrales
aunque muchos de mis libros están adaptados sólo he escrito poesía. Lo que pasa en el mundo me parece tan fascinante
que las novelas me parecen aburridas.
El periodista ya no es aristócrata
Le pregunto sobre un artículo publicado tras la muerte de la princesa Diana. En éste se refería a las escuelas
de periodismo que enseñan trucos que se podrían aprender en pocos meses trabajando en una redacción y no enseñan
lo fundamental que debería saber un periodista: historia y cultura de los pueblos.
Antes, explicó, quienes ejercíamos el periodismo éramos pocos. Con la revolución tecnológica y en la
comunicación es una profesión de masas. Hay miles de personas que son trabajadores de medios. Esta profesión perdió la calidad
de la aristocracia. Todos son periodistas hoy. En cada pueblo del mundo hay una iglesia y una escuela de periodismo.
Claro que en esta situación no hay alta calidad. En cada país tenemos uno o dos muy buenos periódicos, pero hay
muchos periódicos. Y no se puede esperar que todos sean buenos. Cuando hoy hay casi un millón de trabajadores de medios
habrá diez mil buenos. No todos los periodistas pueden ser buenos, pero siempre hay nuevos periodistas, aclaró.
Al leer a Kapuscinski describiendo personas increíbles, habitantes de paisajes inhóspitos, extremos, a veces
intento imaginar su equipaje. Le pregunto: usted que ha atravesado Siberia, ese espacio ilimitado, según usted dice, no
está hecho para el hombre, usted que ha hecho de la frontera física y literaria su país, usted que ha atravesado varias
veces Africa, usted que encontró en los detalles del paisaje centroamericano indicios del destino de sus habitantes y
penetró en los secretos de los más absolutos poderes el sha, el emperador, Stalin, ¿con qué equipaje ha recorrido el
mundo? Se tarda en responder: siempre intento cargar lo menos posible, pero usted sabe como pesan los libros y los papeles que valen la pena.