Francisco Báez Rodríguez
Hay muertos que desearíamos vivos, y por eso nos resistimos a admitir que ya no existen. A veces alguno de esos muertos es
un amigo al que apreciamos, pero que escasamente frecuentábamos. Ha sido para mí el caso de CNI Canal 40. Hasta hace muy poco
me resigné a eliminarlo de la memoria de mi control remoto.
En la muerte de Canal 40 (admitámoslo, lo que venga después no será una resurrección, sino el nacimiento de un ente
distinto) hay dos elementos: el económico y el político. Antes de que el lector se frote las manos con el aspecto político, hay que recalcar
lo económico: el fracaso de Javier Moreno Valle como empresario de medios.
Se vale soñar, pero en el mundo de los negocios, para soñar en grande hay que tener un mínimo de apalancamiento financiero,
hay que tener claridad sobre los nichos de mercado y, sobre todo, hay que saber con quién establece uno alianzas estratégicas.
En los tres rubros falló Moreno Valle. Inició con más saliva que capital, intentó atravesar un nicho que protegía Televisa, a
través de los sistemas de televisión restringida que controla e intentó una alianza con Ricardo Salinas Pliego, un tiburón de las
finanzas hambriento por un nuevo canal abierto.
Sin esos errores, que incluyen una muy grande subestimación de sus rivales en el mercado y una igualmente grande
sobrestimación de su capacidad propia de comercialización, no hubiera sido pensable la asfixia económica que sufrió el canal, y que fue
agravada por la inveterada costumbre de varios magnates mexicanos: dejar al último a los trabajadores, al cabo que son retesolidarios y
hay mucho desempleo.
Es cierto que algunos de los principales anunciantes de Televisa promovieron, por las peores razones ideológicas, un boicot al
40. Es cierto que Televisión Azteca organizó una toma ilegal de las instalaciones del Chiquihuite, y aprovechó sus relaciones
políticas para alargar el conflicto, con lo cual dañó la cartera a futuro de Moreno Valle. Es cierto que algunos -no todos, tampoco la
mayoría- políticos conservadores del país no vieron con buenos ojos la postura crítica del noticiero conducido por Ciro Gómez Leyva
y Denise Maerker (crítica, salvo si se trataba del querido López Obrador). Es cierto que el sindicato que organizó la huelga
que terminó de matar al 40 está afiliado a la CTM.
Pero ninguna de esas verdades, ni la combinación de ellas, explica el desastre financiero de Canal 40. Ninguna explica que
la pantalla haya estado semidesnuda (es decir, casi sin comerciales) por años. Ninguna explica la desesperación por liquidez
que, desde muy temprano, exhibió Moreno Valle. Ninguna explica sus errores estratégicos y tácticos.
Casi siempre -pienso, como excepción, en los tiempos del híbrido con Azteca- la programación de CNI tenía congruencia.
Estaba dirigida a un público con educación media superior o universitaria, progresista (o al menos interesado en poner riquezas en
su conocimiento) y con ingresos mayores al promedio. Nunca pudo haber obtenido
ratings masivos de manera continua. Su plus era
el tipo de audiencia. Pero la directiva hizo poco, muy poco, por traspasar límites y prejuicios de los clientes.
Si era una televisora comercial, tenía que vender
rating, no programas. El rating, en términos de sus
características sociodemográficas, lo llegó a tener. ¿Entonces? Tal vez una revisadita histórica a los precios de los paquetes comerciales, y a
las políticas de bonificación, nos ayude a entender.
Desconozco qué porcentaje de la programación del 40 se comercializaba a través de
brokers (el broker intercambia los
derechos de transmisión de su programa por un porcentaje de la comercialización, que él mismo se encarga de buscar). El hecho es que
había varios, y que -salvo cuando el
broker utiliza el espacio para una sola empresa, de la cual es representante- constituyen un
cáncer financiero para las televisoras. Los
brokers a menudo compiten por los anuncios con la comercializadora del canal y, como
sus ingresos dependen de qué tanto vistan la pantalla de
su programa, suelen ofrecer condiciones más ventajosas. A la empresa que
le cobras 100 por minuto, el broker le cobra 40, de los cuales a ti te tocan 24. Al final del día, el
broker tiene su programa bien vestido, y los que tú produjiste, con tu dinero, están desnudos.
Me gustaría que en México hubiera una tercera opción en la televisión abierta comercial, para hacer frente al duopolio. Pero
no me doy golpes ideológicos de pecho y, como la mayoría, prefiero que las leyes se respeten -y, por lo tanto, que no se admita
capital extranjero en los medios electrónicos-. Quisiera que a los trabajadores del 40 se les pague lo que se les debe, y que la concesión
se vuelva a otorgar, en un proceso transparente, a un grupo de empresarios mexicanos ajenos a Televisa y Azteca, pero que sí
tengan con qué hacer una tele comercial diferente.