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El delirio de la cordura


Y las razones de la locura



María Antonieta Barragán / Laura Restrepo




A veces no es suficiente el hecho, el dato duro, el documento, el reportaje novelado para escudriñar la realidad social, hay que ir al alma, a la mente, al corazón, al coeficiente emocional para saber hasta dónde un país, un territorio, un continente se ha sumergido en la demencia.
¿Qué ha pasado con el interior y con el alma?
"Los tiros nunca llegan solos, donde hay tiros hay antecedentes de un delirio interior, de un deterioro de las relaciones humanas", dice Laura Restrepo, escritora colombiana, Premio Alfaguara de Novela 2004, por su libro
Delirio.
Restrepo ha sido periodista durante 20 años. En 1983 fue nombrada miembro de la comisión negociadora de paz entre el gobierno y la guerrilla M-19. Las negociaciones fracasaron y todo terminó en un baño de sangre, pero ella se convirtió en el brazo político de la guerrilla, y eso la obligó, por amenazas de muerte, a vivir en el exilio durante cinco años entre México y España.



¿Por qué hablas de la locura íntima para hablar de la locura social?

Me inquietaba cómo una realidad tan dura como la latinoamericana y tan delirante en tantos sentidos, nos afecta internamente. Si no hubiera mecanismos de defensa tan profundos tendríamos que decir que estamos tan locos como unas cabras, o igual lo estamos y no queremos confesárnoslo. Mira, el pueblo colombiano es aparentemente muy cuerdo, hay un uso del humor para salvarse de la tragedia; manejar con elegancia la tragedia, ese es otro recurso muy latinoamericano. Si raspas un poquito sólo veremos en qué clase de seres humanos nos estamos convirtiendo; cómo sobrevivimos a situaciones tan caóticas, y al mismo tiempo, tan fascinantes. Tal vez sea una locura muy creativa.

¿Qué costo estaremos pagando por esa cordura?

Así es, qué precio estamos pagando para mantener un equilibrio cuando el exterior está tan desequilibrado. Al lector hay que jugarle limpio y preguntárselo también a él. Yo le digo al lector, "esto es lo que hay y usted decide de qué lado está". El arte siempre es una forma de combatir la locura y una manera para sobreponerse. Hice una investigación previa sobre la locura pero no me interesaba el enfoque médico sino cómo la gente común y corriente tiene que lidiar con un problema tan cercano y al mismo tiempo tan insondable. Me interesaba ese juego, de ir de la normalidad a la locura y viceversa. Es la realidad que penetra en la locura y la locura que penetra en la realidad.

También es una historia de amor, Agustina, en la certeza de su delirio; y Aguilar, su hombre, desesperado por devolverle la cordura a su mujer, pero en otra locura, la del amor por ella.

Aguilar es un hombre bueno y locamente enamorado. Creo que en la literatura contemporánea ya no se habla de los hombres buenos porque parece que es de mal gusto. Esa virtud está muy perdida, lo que predomina es admirar el carácter cínico, sin sentido de ética, elogiar a la gente que controla sus emociones, que evade las pasiones, que es racional las 24 horas. A mí la pasión me interesa mucho. Quizá porque yo misma siempre he vivido como sentada en un volcán, y procuro inyectarle pasión a mis novelas casi hasta hacerlas estallar.

Laura Restrepo
Foto: Mario Aldana Pimentel
No sé hasta dónde esa cordura tan racional que mucha gente presume no es un síntoma también de locura. Existen los que clínicamente no están declarados locos pero actúan y se comportan como si lo estuvieran. Por ejemplo, Aguilar, el esposo, está enamorado hasta "la locura" y todo lo interpreta a través de los celos, pero es una obsesión, y una forma de demencia, ¿no? Después está Midas McAlister, intermediario del cártel de Pablo Escobar, un trepador social siempre pendiente de cada gesto, de cada símbolo, de cada actitud, de cada palabra de la clase dirigente en un intento por mimetizarse y ser uno de ellos. Este es otro locazo, que ha perdido todo y nombra a las cosas por su nombre, nada lo ruboriza y su actitud es tan cínica que asusta. Creo que lo más difícil de todo es lo mucho que la locura se parece a la normalidad.

Has dicho que cuando escribías textos periodísticos tenías una tendencia a decir mentiras, o más bien, a darles un "inventico" de ficción para redondear las historias. Ahora que eres novelista recurres a los datos duros pues muchos de tus libros son reportajes novelados de alto vuelo. Se notan tus dos pasiones, el periodismo y la política.

Mira, cuando pones "novela" es un salvoconducto para decir verdades con más libertad y no tiene las implicaciones que tendría si pusieras esto es "verídico". Yo me siento más cómoda con estos recursos literarios hechos con técnicas periodísticas. Siempre me baso en investigaciones exhaustivas. Mi capacidad inventiva no es tan amplia y necesito de ir a los lugares, la documentación, entrar en contacto con la gente, escudriñar en sus motivos, conversar de sus vidas. Es también una forma de salir del silencio que implica la escritura, ese aislamiento no me gusta. En la ficción puedes jugar a lograr una totalidad porque la investigación por más intensa que sea nunca te da todas las piezas, mientras que la ficción como que te permite armar tus propias piezas. Las tomas de la realidad y las que te faltan las acomodas por deducción e intuición. Creo que la libertad más grande es poder ir y venir entre los géneros; entrar y salir del periodismo; entrar y salir de la literatura.

Manuel Vicent dice que las historias literarias que están por contarse se van a nutrir del hecho periodístico, del relato humano cotidiano, y que el periodista debe perderle el miedo a ambicionar a hacer literatura porque sabe buscar, tiene olfato y tiene el dato.

Estoy de acuerdo. Ya son demasiadas las generaciones de literatos que tienen un origen periodístico, y también ocurre la descalificación cuando a un novelista le dicen que está demasiado cerca del periodismo. Son puros prejuicios. Quién nos obliga a poner fronteras a los géneros. Creo que la diferencia entre periodismo y literatura es una cuestión de tiempo pues se trabaja contrarreloj pero por sus manos pasan materiales que si se tuviera más tiempo podrían arrojar un trabajo literario. Ahí está la ambición del periodista, guardar esa información y elaborarla con más detalle y con más trabajo literario.

Ahí hay un asunto de autoestima de muchos periodistas de no sentirse capaces de poder crear una pieza literaria.

Para mí, el periodista mantiene, en todo caso, una actitud más sana. Mientras que el escritor tiene la obligación de saber, el periodista tiene el derecho de preguntar. Yo me siento más cómoda en lo segundo. Hay un esquema recurrente en mis novelas y es que siempre hay un personaje que no conoce determinado mundo y se empieza a preguntar para poderse ubicar. No me puedo zafar de ese oficio periodístico de cuestionarlo todo y preguntar. La pureza de la invención que muchos escritores defienden me parece que son caminos muy arbitrarios, no me llama la atención tanta lógica humana. Cuando preguntas no siempre las respuestas son congruentes sino, en todo caso, contradictorias, pero puedes darte una idea de lo que es la realidad. Y eso es lo que hace el periodista: siempre está preguntando. El vértigo de partir de cero me da un enorme placer.

Parecer que también te da placer defender tus convicciones políticas, o más bien, no renegar de tu formación ideológica. Hoy afirmaste: "Sí, soy trotskista". ¿Qué es ser trotskista en la actualidad?

En mi caso sigue siendo una actitud y una referencia para entender el mundo. Sí, sé que suena raro, pero cuando lo digo sabes que salen los trotskistas hasta por debajo de las piedras. Creo que hay todos los motivosdel mundo para reivindicar el pensamiento de Trotsky: predijo la caída de la burocracia soviética; predijo la voracidad de un capitalismo que iba a llevar a la destrucción masiva si no se hacían ajustes; dijo que la solución no estaba en un solo país porque esto era una cadena en la que todos estaban implicados. El tipo dio un marco general que sigue siendo absolutamente válido. Yo no puedo dejar el trotskismo porque me tendría que volver otra cosa, y para volverme nada, pues no. El día que pueda dedicarle unos años al budismo zen pues a lo mejor me vuelvo budista. No entiendo cómo puedes dejar de ser lo que fuiste en tu juventud para transformarse en otra cosa. No era un sombrero que te lo ponías y lo arrojabas.

Esta mirada política y de denuncia es visible en tus libros. ¿Te imaginas otro tipo de temas?

Yo soy de un país que siempre se está moviendo en el filo de la navaja y eso te forma una mentalidad. No te creas, sí quisiera hacer otra cosa, una novela de la normalidad. Es más, Delirio, era un intento de escribir sobre la normalidad y mira en lo que acabó. Será que tengo una estructura mental muy acostumbrada al apocalipsis y por eso mis personajes son límite, pero aún así, cuando quiero hablar de personajes normales termino hablando de hombres y mujeres que hacen disparates. Me gustaría escribir algo donde no haya ningún tiro, nadie se altera, nadie se alborota. Espero hacerlo algún día.

A propósito de los "tiros", has dicho que donde los hay es que existen antecedentes de un delirio interior.

Pienso que la guerra siempre empieza antes. Eso vale para todos nuestros países. Es un problema espiritual, no poder estar en paz contigo mismo. Esa cadena de mentiras, ese problema de apariencias; del manejo de las jerarquías. La mentira es muy útil a la hora de establecer jerarquías. Sociedades como las nuestras tienen en la mentira y en el secreto una estupenda herramienta de control; de control sobre la sexualidad y la intimidad de los demás. El sometimiento económico es grave pero el sometimiento espiritual es aún más grave. Se está condicionando a la juventud a un pensamiento uniforme, a una sexualidad única, ahí ya existe un daño profundo y una privación de libertad.

Eso está vinculado con la información de los medios: una sola forma de ver el mundo, y por otro lado, un desquiciamiento hacia el espectáculo frívolo y de ganancias inmediatas.

Más que el desquiciamiento me preocupa la negación. Hay un intento de negar por la vía de la frivolidad la verdadera profundidad de nuestros problemas. Se parte de un "ideal" de vida, de casas hermosas, heladeras eficientes, carros potentes. Yo veo más bien desbocados a los medios por ese lado. Si somos triunfadores es porque consumimos todo. Es un barniz de frivolidad que aterra.

Y qué me dices del espectáculo mediático con las decapitaciones en las cárceles brasileñas, las torturas de prisioneros en Irak, la muerte a diestra y siniestra por todos los rincones del mundo. Y no tanto motivado por los derechos humanos sino por el morbo que produce y la subida del rating.

Susan Sontag lo plantea en su libro, Ante el dolor de los demás. A dónde nos está llevando este mundo donde las guerras ajenas las domesticamos en la pantalla de nuestra sala y se vuelve un espectáculo cotidiano desprovisto de todas las connotaciones aterradoras de donde se están llevando a cabo. Quiero decirte, sin embargo, que para un país en guerra como es Colombia por más que hagan un mal manejo los medios de esa realidad, no hay nada peor que el silencio. Comprendo que es aterrador ver en televisión la masacre de un pueblo, pero, ¿y si nadie se entera? Y si a esos muertos nadie los vio ni por un segundo en las pantallas. Para mí es como un primer inicio de poder ponerle un final. Por más perversos que sean los medios serían más dramático que todo eso ocurriera en silencio.

¿Cómo abordan los medios colombianos el asunto de la guerrilla?

En estos momentos hay una manipulación brutal de la prensa. Un afán de la prensa por demostrar que las cosas van mejor con el presidente Álvaro Uribe, y en ese sentido se dejan de lado hechos tremendos. En el norte de Colombia, por ejemplo, los paramilitares están arrasando con las culturas indígenas del desierto de la Guajira, por un asunto del control del contrabando. Ese ocultamiento es para apoyar que la fórmula gubernamental está funcionando. Claro, también hay reporteros que hacen su trabajo. Una cosa son los dueños de los medios y otros los reporteros colombianos, valientes, que se miden en situaciones difíciles, están presentes donde la gente está sufriendo y se las arreglan para filtrar sus notas.

¿Cómo se da entonces la libertad de expresión en Colombia?

En este momento está seriamente recortada. Le preguntas a los periodistas y te dirán que están diciendo lo que quieren, y sí, te están diciendo la verdad. Pero lo que ocurre es que hay tal deseo de que al presidente le vaya bien y que los conflictos bélicos se acaben, que los propios periodistas se están limitando a decir lo que está pasando verdaderamente de una manera inadmisible. Todo lo que contradiga que al presidente le va bien lo eliminan. Yo personalmente no creo en este presidente pues veo su estrategia militarizada como algo que garantiza más guerra, sangre y tristeza, durante muchos años más. Veo con horror esa especie de vocación unánime de encubrir todo lo malo que pasa con el fin de presentar buenas estadísticas para aprobar que la vía que ha elegido el presidente es la más acertada. Es el país que tiene más periodistas asesinados. Yo siempre les he dicho a colegas extranjeros que lo peor que puede pasar en Colombia es que te maten. Lo que hay en Colombia ahora es una vocación de autocensura, un afán de los que están al frente de los medios por presentar que la gestión del presidente está funcionando. Cualquier voz disidente es catalogada de narcoterrorista, son acusaciones muy bravas. Incluso en los propios colegas hay una especie de censura. Sin embargo, por debajo, corre el río de la realidad, e intentar manipularla nunca te funciona a largo plazo. Mira, allá en Colombia, tenemos un dicho: "lo que sube como palma cae como coco".

¿A estas alturas se vale hablar de un compromiso político del escritor?

Creo que es lícito hablar de un compromiso político de la persona. Me parece inconcebible vivir en un continente como éste donde la historia está por definirse y que la persona no tenga un compromiso político. Del escritor, no; su compromiso es escribir bien. Sería como coartar su libertad, como invitarlo a falsear su voz.

Inevitable tocar el asunto del boom latinoamericano, lo que tú has llamado "cargar con el peso de los Adanes", y que tu generación es la literatura de los Caínes.

El mejor ejemplo es Fernando Vallejo con sus novelas, La virgen de los sicarios y El desbarrancadero, que demuestran que los hijos oscuros se pueden rebelar con maestría y fiereza. Es decir, "ya está todo hecho, pues bien, ahora agarrémoslos a patadas y ya". La gente de mi generación cayó de rodillas y nos dimos la bendición. Yo todavía lo hago cada vez que los releo. Éramos muy politizados, urbanos, laicos y metidos con lo social, así que no nos quedó más remedio que tomar cada cual su modesto camino, renunciar a producir visiones cosmológicas, asumir nuestras propias historias particulares, mermarle al volumen y echar a andar. Pero Rulfo, Fuentes, García Márquez, Vargas Llosa, José María Arguedas, Guimaraes Rosa, son los Adanes y de esos nunca renegaremos.

Además, una generación, la de ustedes y la nueva, marcada por la diáspora, el éxodo y la globalización.

En efecto, son generaciones muy dispersas, donde cada cual se caracteriza en que hace lo que le da la gana. Unos trabajan el interior, y otros, el exterior. Eso me encanta, y al mismo tiempo, creo que por eso es difícil caracterizarlos y etiquetarlos, o decir que no hay alguno de la talla de los del boom. Tanto en Latinoamérica como en el resto del mundo la producción literaria no se deja homologar por la territorialidad. Esa noción ha estallado en mil pedazos. Nuestras novelas se desplazan como en sueños de Santiago a Berlín, y de Berlín a cualquier ciudad de la India. El idioma, el español, es desde luego un territorio común, ancho y espléndido, pero ahí la identidad se extiende hasta España. Pero eso sí, si algo diferencia de la literatura europea a novelas como La fiesta del Chivo, de Vargas Llosa, Plata quemada, de Ricardo Piglia, y Antes que anochezca, de Reinaldo Arenas, es la insistencia en un cierto tono épico, que según creo, se desprende de la convicción de que en el mundo actual la vida sigue siendo una gran aventura, y de que el hombre contemporáneo sí cuenta con los atributos necesarios para emprender esa aventura.


María Antonieta Barragán es periodista.
Correo: antonietabarragan@prodigy.net.mx

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