José Fonseca
El escándalo del videogate, más allá de sus implicaciones políticas, provoca una reflexión acerca del papel de los medios y los periodistas en el México de principios del siglo XXI.
Algunos discuten el dilema ético que pudo representar la decisión de transmitir los videos que
provocaron el escándalo político.
Una videograbación clandestina, por supuesto, es ilegal.
Pero quienes decidieron transmitirla seguramente se dijeron que más ilegales son los hechos que
mostraban. La recepción de contribuciones ilegales y literalmente embolsárselas, como hicieron Carlos Ímaz y René
Bejarano y el vicio del juego del secretario de Finanzas del gobierno del DF, Gustavo Ponce.
Se quiso desviar al atención hacia las fuentes que proporcionaron el video. La confidencialidad de las
fuentes es casi siempre un dilema que en las redacciones de los medios electrónicos e impresos tiene que
resolverse rápidamente.
En las redacciones que diariamente tienen que salir al aire o imprimirse no se tiene el tiempo para
prolongadas y profundas meditaciones. Todos los días hay que resolver pequeños dilemas éticos en asuntos
menores, asuntos que no tienen la dimensión de las videograbaciones que dieron fe de actos de corrupción.
Pequeños dilemas éticos en asuntos que involucran la fama pública de muchas personas, ciudadanos comunes.
Y los dilemas éticos se resuelven a partir del bagaje de valores que posee cada quien. No hay otra herramienta.
La confidencialidad de las fuentes sirve para proteger a los informantes del periodista. Se les protege
para que logren conservar su empleo o para mantener su integridad personal.
La confidencialidad de las fuentes es fundamental, pero también puede ser susceptible de abusos,
por aquellos pocos que se prestan a calumniar y a difamar.
Insisto, los dilemas éticos se resuelven a partir de los valores y convicciones personales de quienes toman
las decisiones en las redacciones.
Y es entonces cuando el periodista asume el rol que le corresponde como implacable crítico. Porque sólo
la crítica implacable puede contribuir a la formación de los valores democráticos en nuestra sociedad de
principios del siglo XXI.
Es innegable que los valores democráticos, tristemente, constituyen apenas una pequeña capa que cubre
la piel de tantos que los pregonamos. A las primeras de cambio resurge la vocación autoritaria.
En este difícil tránsito en un entorno democrático, los periodistas transitamos por terrenos inexplorados
de libertad. Son puestas a prueba nuestra sinceridad, nuestros valores éticos y nuestra responsabilidad.
A pesar de todo, en este terreno inexplorado de la democracia y la libertad de expresión, los
periodistas mexicanos hemos sido más auténticos que muchos de los que nos critican y sólo hablan del periodismo del
siglo pasado.
El periodismo actual es más auténtico que sus críticos desde la academia, porque muchos
académicos ofrecen opiniones y análisis que son sesgados por sus fobias y sus prejuicios ideológicos, prejuicios que
se ocultan detrás de los diplomas.
Mas la sinceridad, la ética y la responsabilidad tienen que ser la constante, no la excepción.
La confidencialidad de las fuentes no puede ser pretexto para proteger a irresponsables. La libertad
de expresión no puede ser utilizada para difamar.
El periodismo exige de los profesionales un profundo sentido de responsabilidad.
Nunca como ahora ha necesitado el país de una prensa responsable, de una prensa cuyos valores éticos
estén por encima de todo, valores que permitan resistir las cotidianas presiones de una intensa competencia por
los lectores o por los auditorios. Presiones de los gobiernos, de los partidos, de los grupos económicos.
Presiones que no desaparecerán, ni siquiera cuando seamos una democracia consolidada.
La responsabilidad permitirá a los periodistas ser implacables en la crítica, pero nunca profetas del
desastre o sembradores de desesperanzas. Aunque la responsabilidad, como la justicia, sea un valor impopular.