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Claudio Lomnitz  Migrantes explotados


 En México, los principales extorsionadores


 Claudio Lomnitz


Los envíos de los migrantes son ya el segundo ingreso nacional, después del petróleo. Si en 1980 las remesas no llegaban ni a los 500 millones de dólares anuales, para el año 2000 el monto superaba los nueve mil millones.

Hoy en día, 66% de la población "latina" de Estados Unidos es de origen mexicano, o sea que hay más de 21 millones de personas mexicanas o de origen mexicano en Estados Unidos. Atentos a sus ingresos (que, aunque bajos para Estados Unidos, son altos en relación con los de México), el gobierno mexicano y el conglomerado de empresas que controla los bienes públicos de la nación hablan de la captación de "migrodólares" como si se tratara de la pesca del atún, como si los mexicanos que están en Estados Unidos hubiesen abdicado a cualquier consideración en el momento en que "optaron" por abandonar su país.

Agua Prieta, Chihuahua,
frontera México-EU
Foto: Time
¡Ah! Pero sin duda se objetará que hay programas "paisanos", que los consulados mexicanos en Estados Unidos laboran duramente para defender los derechos de mexicanos en aquel país, protestando cuando los condenan a muerte, proveyéndoles con credenciales para que se identifiquen. También se objetará que la prensa mexicana se alborota cada vez que muere un cargamento de migrantes asfixiado en un camión, y que la opinión pública hace suyas las protestas de los trabajadores mexicanos en aquel país. Es cierto que el cuidado con la gente de por allá ha aumentado un poquito desde los tiempos en que los mexicano-estadounidenses eran llamados "pochos", y cuando toda la línea fronteriza era vista como una zona de excepción, como una vergüenza nacional. ¿Pero acaso ha habido un verdadero examen de conciencia del trato que desde México se les da a los migrantes? ¿Ha habido algún esfuerzo concertado por documentar y discutir sus experiencias? ¿Acaso se han examinado los modos en que los que se quedan explotan a los que se van? ¿Se ha hecho algún inventario o alguna crítica de las inversiones públicas y privadas en el bienestar de los migrantes? ¿Se ha buscado conocer los trabajos y las penas que pasan los migrantes, más allá de los lugares comunes del antiamericanismo?

Claro que no. La prensa se complace con chillar cada vez que la ley texana manda ejecutar a algún mexicano, o cada vez que muere alguno perdido en el desierto de Arizona. Es muy cómodo atacar al gobierno de Estados Unidos desde México. A fin de cuentas, sale gratis, y ni el mexicano más reaccionario se va a molestar ante una denuncia al KuKluxKlan, o a la migra o contra la pena de muerte en EU.

Saldría un poco más caro empezar a denunciar las grandes y pequeñas extorsiones que se les hace en México, extorsiones que empiezan en las propias familias de los migrantes, que pasan por los gobiernos locales y estatales, por el federal, y que culmina en el gran timo que les hacen las compañías predilectas del sistema: Telmex, Elektra, el sistema nacional bancario, y buena parte de la industria del consumo.

La crítica saldría más cara si al escuchar las experiencias de los mexicanos en EU, fijara la atención en las cosas positivas que encuentran los migrantes en aquel país. El grito a ocho columnas que los mexicanos son explotados en Arizona es casi un bálsamo para el gobierno, para el dueño de la gran empresa "nacional", y aun para nuestra izquierda nacionalista. Todos quedan confirmados en su México lindo y querido, y en su beatífica superioridad frente a los vecinos del norte. Pero los que sí hablan con los mexicanos en Estados Unidos, los que sí los escuchan, oyen cosas que resultan más inquietantes:

En medio de las esperadas quejas contra la migra, de las descripciones de los miedos que son propios de la condición de "ilegales", o del agotamiento por largas y duras jornadas, en medio de las añoranzas por esto o aquello, nos encontramos con un buen número de contrastes positivos entre sus vidas en Estados Unidos y las que llevaban en México: por un cheque rebotado en Estados Unidos, Citibank cobra 30 dólares, la filial mexicana de ese mismo banco (Banamex) se siente en libertad de cobrar alrededor de 90 (80 al que gira el cheque, y 10 al inocente que lo deposita en su cuenta). En Estados Unidos se presenta y se gana una demanda en contra de Western Union por prácticas discriminatorias contra de mexicanos (Western Union se aprovechaba del hecho de que los ilegales no podían tener cuentas bancarias para cobrar los giros a México más caros que los que se cobraban a otros países). La contraparte mexicana de Western Union, las tiendas Elektra, cobran su tajada de los giros sin escándalo alguno. Y aprovechando la coyuntura (vieron burro y se les ofreció viaje), Elektra le vende electrodomésticos a plazos a los familiares que reciben los giros, asegurándose así de que los migrantes sigan mandando sus dolarcitos. No cabe duda de que un esquema tan ingenioso para quitarle hasta el último peso al migrante merecía un premio por servicios a la nación, y el gobierno supo responder oportunamente, entregándole al dueño de Elektra una jugosa concesión en la rama de telecomunicaciones (TV Azteca).

Aquello del libre comercio está muy bien cuando se trata de facilitar las importaciones y las exportaciones de las compañías, pero hay que aprovechar a un máximo la ilegalidad de los migrantes y la marginalidad de sus parientes para vender artículos de consumo caros y proteger así a las empresas nacionales. La policía mexicana necesita de un escándalo internacional para investigar los asesinatos de más de 300 mujeres en Ciudad Juárez, cierto, pero resulta bastante eficiente para sacar sus "mordidas" por automóviles traídos del otro lado, a los que llaman cariñosamente "chocolates".

Otra queja de los mexicanos en Estados Unidos que en México cae en oídos sordos (¡Rápido, rápido, que ejecuten a otro en Texas!): por indios que sean, los mexicanos de allá se dan cuenta de que una llamada de larga distancia de Estados Unidos a México sale más cara que una llamada a Europa, a Japón, o a Brasil. ¿Por qué? Por las tajadas que se lleva la telefónica en México. Y ahí está otro emblema de la competitividad mexicana, Teléfonos de México, la más blue chip de todas nuestras empresas, que ha logrado convencer al gobierno y al público mexicano de su carácter estratégico para la nación mexicana, y cuyo dueño ha tenido una labor filantrópica notable en el Distrito Federal, pero que se llena los bolsillos con las llamadas que hacen los migrantes a sus familias el sábado por la noche, cuando quieren tratar de acordarse del motivo por el que se fueron de su país.

¿Y si escuchásemos lo que se dice por allá del gobierno mexicano? Los periódicos hablan de los peligros de la migra y de la explotación de los polleros, pero dicen muy poco de los artículos que la policía mexicana les decomisa, de los asaltos organizados cuando vuelven los migrantes cargando el "botín" que tanto trabajo costó ganar. Tampoco les preocupa el hecho de que al trabajador mexicano le salió más barato cruzar tres estados de la Unión Americana en su camioneta que pagar el peaje de México a Cuernavaca. Ni tampoco se repara demasiado el hecho de que al contribuir (como contribuyen muchos) a la edificación de obras públicas en sus pueblos de origen, los mexicanos de Estados Unidos están pagando impuestos dos veces, una en EU y otra en México, a cambio de no tener derechos ciudadanos ni en un país ni en el otro. ¿Y qué decir de la falta de inversiones públicas y privadas en el bienestar de los migrantes? De los 16 mil 377 millones de dólares que ganó Pemex por exportaciones en el año 2000, seis mil 806 se fueron en nuevas inversiones. Los trabajadores de Pemex tienen servicio de salud, pensiones de jubilación, centros vacacionales, etcétera. ¿Dónde están las inversiones públicas y privadas mexicanas en beneficio de los trabajadores mexicanos en EU? Los servicios consulares se pagan con cuotas por servicios, no están fuertemente subsidiados. Ni soñar con hospitales, o seguros médicos, o servicios fronterizos de seguridad para el migrante, al parecer los nueve mil millones de remesas no ameritan ni siquiera una inversión en casillas para votar.

¡Pero es que no se trata de hacer inversiones! Los mexicanos de EU vuelven a México como las tortugas que van a la playa a desovar, y por aquí están al acecho policías y ladrones, políticos y empresarios, y hasta uno que otro familiar que, como tantos buitres y gaviotas, se arrebatan por ver cuántos huevecillos se come cada uno.

Si nada de ésto parece ser digno de comentarse, lo que sí parece generar cierto interés en México es la mala apariencia y la poca cultura del mundo mexicano en EU. Hasta el tecnócrata más "globalifílico" se lamenta de que, con la integración norteamericana, todo México parece estarse convirtiendo no en un San Miguel de Allende con banda ancha

de Internet, sino en una extension de "East L.A." Nuestros cultos y letrados no se aguantan las ganas a la hora de soltar comentarios, más o menos divertidos, contra los (usualmente pésimos) murales chicanos, contra el "mal español" e incluso contra el "mal inglés" que hablan, o contra los detestables tacos de carne molida y queso amarillo, encasquetados en un "taco shell", que se suelen encontrar por allá. En cambio hablan poco de la transformación que se da cuando "una sirvienta" de acá se convierte, allá, en una trabajadora doméstica, maneja un auto usado, y manda a su hija a la universidad. Tampoco escuchamos gran cosa de las redes de extorsión que a veces les tienden a los migrantes sus propios familiares. La falta de comprensión de la experiencia migratoria, la falta de reconocimiento de esta condición migratoria, frecuentemente hace que el migrante aparezca ante su propia familia como una fuente inagotable de dólares. He conocido a una mujer que se fue a Nueva York con su hermana hace diez años. Su meta era mandarle dinero a su madre para que construyera una buena casa y para que su hija, que se quedó en México, anduviera bien vestida, bien comida y que pudiera estudiar. Estas metas las habría logrado con sus ahorros en tres años, si no se hubieran atravesado cada vez nuevas demandas, canalizadas por la madre desde México: ayudar a sacar a un hermano de la cárcel, pagarle las deudas de un mal negocio, entrarle a una inversión en un departamento, pagar una fiesta de 15 años para la hija, nuevas inversiones en educación, etcétera. Resultado: las hermanas terminaron quedándose en Estados Unidos, separadas para siempre de una familia que no ha hecho más que engordar a sus costillas, y que no quiere saber otra cosa más que las hijas "están mejor allá."

Hay en todo esto una verdadera conspiración de silencio. México se ha convertido en un país lleno de rentistas, un país que cobra caro por el uso de sus bienes públicos, ya estén éstos en manos del gobierno o de los grandes empresarios. Un país que no quiere invertir un peso en la gente que expulsa. Y mientras todos gritan a coro en contra de las prácticas discriminatorias en EU, nadie quiere ver en la experiencia migratoria un reflejo crítico de la sociedad mexicana. Hacer esto, reconocer la experiencia migratoria, sería el primer paso para bajar las tarifas telefónicas, las tarifas carreteras, las comisiones bancarias y de giros, controlar a la policía, dar derechos ciudadanos y dejar de extorsionar desde comunidades y familias. Pero en la pesca, ¿a quién le importa el punto de vista del atún?


Claudio Lomnitz es profesor de la Universidad de Chicago.

Los editores de nexos le solicitaron este texto para el número de septiembre ­Diatribas contra la patria­, pero decidieron no publicarlo pues, según éstos, no correspondía con "el asalto múltiple sobre creencias deleznables del nacionalismo mexicano" que ellos resolvieron publicar.

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