Mony de Swaan
Pocas problemáticas capturan las tensiones e incertidumbres con tanto vigor como aquella que interroga
por el vínculo entre la comunicación y la democracia. Ciertamente, los medios no son la política, pero hoy en
día no hay política eficaz que no pase por los medios.
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Foto: Memoria gráfica de la democracia 2000/IFE |
Así lo han entendido partidos políticos (que gastan dos terceras partes de sus recursos en publicidad
electrónica), sociedad civil (que los sigue de cerca y demanda un desempeño profesional, ético y equilibrado de los
mismos) y autoridad electoral (que, por un lado, los utiliza para transmitir y difundir sus actividades y, por el otro,
vigila que su desempeño al momento de informar sobre las campañas políticas se apegue a criterios de
equidad resguardando el derecho de la ciudadanía a recibir información de todas y cada una de las distintas
opciones políticas). Así las cosas, los medios pueden ser el mejor amigo del cambio democrático, pero también su
peor enemigo. Los medios pueden convertirse en vanguardia y generadores de procesos de transición, pero de
la misma manera pueden actuar como anclas que impidan el avance de la cultura democrática alargando la
vida de sistemas autoritarios, represivos y censores.
A todo profesional de la información le corresponde entender que los medios deben y pueden ser
elemento activo y enriquecedor del proceso democrático, generando nuevos espacios para el ejercicio de la
democracia que encuentra firmes sustentos en la libertad de expresión y en el derecho a la información. Una
sociedad democrática es necesariamente una comunidad informada. La democracia no podrá florecer en espacios
donde la libertad de expresión o el derecho a la información no sean promovidos y defendidos por los medios
de comunicación y la ciudadanía en general. La responsabilidad es enorme y por lo tanto difícil. Pero el reto
mismo, la responsabilidad pública de los medios, debiera ser motor suficiente para que éstos actúen como
catalizadores y propulsores de una sociedad más y mejor informada y, por lo tanto, más democrática.
El pasado 2 de julio la sociedad mexicana y con ella los partidos políticos se dividió en ganadores
y perdedores. Los apóstoles del cambio y aquellos que anunciaban que, por el bienestar de todos, primero
iban los pobres, celebraron su victoria a los cuatro vientos al tiempo que algunos salones de Insurgentes Norte
y Violeta se encontraban absolutamente desolados. Hoy, mientras algunos irradian alegría y optimismo,
resulta difícil y quizá hasta engorroso reparar en lo que no salió del todo bien. Y es que en la cobertura que los
medios de comunicación hicieron de las campañas electorales no hubo tal división entre vencedores y vencidos.
Ahí todos perdimos. Prender el televisor o encender el radio durante las campañas electorales se convirtió en
una simple rutina que sólo nos ayudaba a constatar la falta de profesionalismo y los residuos autoritarios que
aún permean a buena parte de nuestros medios de comunicación. Pobre de aquel ingenuo tabasqueño que
prendiera su televisor con la finalidad de obtener información de un candidato opositor. Su misión estaba destinada
al fracaso. Más fácil le habría resultado viajar a Pichucalco y encender un televisor chiapaneco, porque en
las pantallas de su estado Francisco Labastida aparecía 72 de cada 100 minutos. Pero tenía que ser un
televisor porque entre la radio chiapaneca y la televisión tabasqueña no había ni a quien irle. En Chiapas, la voz de
los candidatos priistas se escuchaban en 60% del total de tiempo de transmisión en la
radio.1
El objetivo de este ensayo es demostrar que el
vía crucis sufrido por tabasqueños y chiapanecos fue
mucho más generalizado de lo que podríamos suponer. En un proceso electoral en el que, sin duda
alguna, experimentamos importantes avances en muchos aspectos (en términos de organización electoral,
transparencia, legalidad y mayor equidad financiera entre los partidos, por ejemplo), los medios de comunicación, al
guardar en la gaveta los principios rectores de su profesión, se convirtieron en el prietito en el arroz. Por momentos,
los profesionales de la información decidieron replicar ecos de un pasado donde la uniformidad política
impuesta aplastaba al pluralismo social y ahogaba el pleno desarrollo del periodismo nacional. Al tiempo que el resto
de la sociedad daba pasos firmes hacia la consolidación democrática, los medios de comunicación se
sintieron satisfechos sentándose cómodamente sobre viejas prácticas que hoy en día parecen por demás obsoletas y
que no reflejan, de manera alguna, la composición y expectativas de su auditorio.
Lo que tuvimos
El comportamiento de los medios de comunicación en las últimas elecciones resulta por demás extraño
si observamos los avances mostrados por éstos entre 1988 y 1997. Hace 12 años, el Tabasco de 2000 habría
sido un edén para cualquiera de los candidatos opositores. Según un estudio de Pablo Arredondo, al observar
los dos noticieros más importantes de la televisión mexicana en 1988
(24 Horas y Día a Día), el candidato del
partido en el gobierno acaparó 83.14% del tiempo total en pantalla dejando a los cinco candidatos restantes un
magro 16.86%. El ingeniero Cárdenas, por ejemplo, tuvo que contentarse con aparecer en estos noticieros
apenas 1.62% del tiempo total.2
Ante esta situación, y frente a la inconformidad expresada por sociedad civil y partidos políticos, el IFE
llevó a cabo el primer monitoreo de medios de comunicación en
1994.3 El periodo de observación comprendió
siete semanas de las campañas electorales (del 22 de julio al 16 de agosto) y la muestra estaba conformada por
ocho noticieros de televisión y siete de radio, todos transmitidos desde el Distrito Federal. El avance en la
cobertura respecto de 1988 fue evidente. Esta vez, el partido que más tiempo obtuvo (PRI) concentró una tercera
parte del tiempo total (33.4%), mientras que sus principales contendientes (PAN y PRD) se ubicaron a menos de
15 puntos porcentuales.4 A pesar de este importante avance, existía sin embargo un enorme nubarrón: se
temía, sin tener datos precisos, que los medios de comunicación del Distrito Federal no eran fiel reflejo de lo que
ocurría en el resto del país donde las estructuras de poder del régimen se encontraban casi intactas.
El monitoreo realizado tres años después confirmó las
sospechas.5 Mientras que en la ciudad de México
las tres principales fuerzas electorales del país se encontraban separadas apenas por un punto porcentual (las
tres agrupadas alrededor de 25 y 26% del tiempo total de transmisión), la historia en provincia era
totalmente distinta. Ahí, la diferencia entre el PRI (el más cubierto) y el PAN (segundo lugar en cobertura) alcanzaba
casi 20 puntos porcentuales (42.04 contra 21.75%). En cinco estados de la República los noticieros de
televisión otorgaron al PRI más de 60%, mientras que en el Estado de México o Campeche, al encender el radio, uno
se encontraba con los candidatos del PRI 70% del tiempo.
Lo que tenemos
a) Distrito Federal versus
provincia
Basta una mirada a la tabla 1 para constatar los importantes avances ocurridos en menos de una década.
En tan sólo nueve años, el PRI redujo su participación en el Distrito Federal de un monopólico 83.14% a
un democrático 26.79%. No resultaba ingenuo, por lo tanto, esperar que durante las campañas electorales de
este año se consolidara el avance mostrado en la capital y se corrigiera el rumbo en el resto del país. Los
resultados arrojados por el monitoreo de este año terminaron de golpe con este
optimismo.6 En términos
cuantitativos, como lo muestra la tabla 2, tanto el Distrito Federal como el resto del país se comportaron de manera muy
similar a la de tres años antes.
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De las cifras contenidas en la tabla 2, uno podría deducir que el escenario no es tan grave: los medios
del Distrito Federal mantuvieron un comportamiento de relativa equidad, mientras que los desequilibrios
observados en 1997 en provincia volvieron a presentarse para el año 2000. Sin embargo, aquí caben tres precisiones.
Primero, buena parte de aquellos que enarbolaron la defensa de los medios de comunicación durante
el proceso electoral, esgrimieron que mientras los medios "nacionales" (los que por su alcance y auditorio
cubren todo el territorio nacional) se comportaran a la altura, poco importaba lo que hicieran los medios de
comunicación locales. Suponiendo, sin conceder, que el comportamiento de los medios "nacionales" fue equilibrado
e imparcial; desde mi punto de vista el argumento cae por sí solo. Finalmente, desde el Distrito Federal
se transmitieron tan sólo 585 de las dos mil 652 horas que cubrieron las campañas electorales (esto es, 22%
de la transmisión total dedicada a los partidos políticos). A alguien debieron estar dirigidas y a alguien llegaron
(e influyeron) las dos mil horas restantes. Comercialmente hablando, es imposible pensar que las estaciones
que transmitieron 78% del tiempo dedicado a las campañas hubieran podido sobrevivir sin patrocinio de
empresas conseguido bajo el sustento del
rating. Pero el asunto va incluso más allá. El
rating, por ejemplo, no nos dice absolutamente nada respecto de la confianza que le confiere el auditorio a uno u otro noticiero. No
resulta del todo descabellado pensar que un habitante de Piedras Negras confía y cree más al conductor del
noticiero local (porque es su paisano, porque es su vecino, porque se lo encuentra por las tardes en el café o por lo
que sea) que, digamos, a Joaquín López-Dóriga (que lo ve lejano, extraño o demasiado chilango).
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Francisco Labastida Foto: Memoria gráfica de la democracia 2000/IFE |
En segundo lugar, y más grave aún, es que ni siquiera los medios que transmiten desde el Distrito
Federal estuvieron a la altura de las expectativas y del momento que vivió el país. Y es que las cifras contenidas en
la tabla 2 reflejan exclusivamente variables cuantitativas. Pero la cobertura de los medios no puede reducirse
a un asunto de minutos y segundos. Un análisis cualitativo reflejaría que los principales medios de
comunicación que transmiten desde el Distrito Federal (y aquí incluyo a los impresos) aprobaron la asignatura
matemática, al tiempo que sucumbieron ante criterios de calidad. Los resultados del análisis cualitativo de la cobertura
que llevaron a cabo las dos empresas televisoras más importantes del país y cuatro
diarios,
7 demostraron que la actuación de los medios se alejó de los principios rectores que deben guiar su profesión. El estudio tomó
como punto de partida acciones, dichos o hechos similares (negativos) de los dos candidatos que, según las
encuestas, competían en ese momento por el primer lugar y se observaron dos claras tendencias a: 1) mantener en
la agenda pública el mayor tiempo posible los errores del candidato opositor y ocultar o desaparecer de la
agenda aquellos hechos o dichos relacionados con el candidato oficial, y 2) ser particularmente críticos de los
errores cometidos por el candidato de la Alianza por el Cambio y benévolos con los cometidos por el candidato
del Revolucionario Institucional. Como muestra, un botón. Una frase poco afortunada de Francisco
Labastida, acuñada el 15 de marzo en Ixtlahuaca, desapareció de los medios observados antes de concluir el mes con un saldo de 19 menciones, de las cuales sólo cinco fueron negativas. Al día siguiente, en respuesta a la frase
de Francisco Labastida, Vicente Fox hizo una seña tan desafortunada como la frase que la provocó. En este
caso, sin embargo, habían pasado 69 días y aún era posible leer o ver alguna nota que se refiriera explícitamente
al suceso. En total, el hecho mereció 56 menciones de las cuales 41 fueron
negativas.
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Por último, no podemos olvidar algunos sucesos poco democráticos, y muy bochornosos, que de
alguna manera marcaron tanto a los concesionarios de radio y televisión como a la prensa escrita. Me
refiero particularmente a los siguientes:
· Cámara Nacional de la Industria de la Radio y la Televisión: durante nueve años, las estaciones de radio
y televisión transmitieron los mensajes electorales sin que en ese tiempo hubiera cambiado la situación
jurídica del IFE. Sin embargo, al iniciarse marzo afloraron los cuestionamientos de la CIRT argumentando que
el instituto, al no depender directamente del gobierno, había dejado de ser parte del Estado y, por lo tanto,
no procedía su participación en el 12.5% del tiempo fiscal. La circular 3236 suscrita por el director general de
esa cámara y distribuida a todos los concesionarios no sólo ofrecía esta novedosa interpretación, sino que
recomendaba suspender de inmediato los mensajes tendientes a "promover el voto y cualesquiera otras actividades" del
IFE. Al pie de la letra cumplieron, por ejemplo, Televisa y TV Azteca que en marzo y abril sacaron de su
programación toda la campaña que promovía la participación ciudadana en la formación de las mesas directivas de casilla.
· Milenio
Diario: durante los meses de enero, febrero y marzo, el periódico publicó mensualmente
encuestas con preferencias electorales producto del trabajo de campo de la división de investigación del mismo
periódico a cargo de Rafael Giménez. En el mes de abril, misteriosamente, el periódico no publicó ninguna encuesta
y días después Giménez salió del periódico. Las versiones cuentan que la encuesta de abril reflejaba una
ventaja del candidato de la Alianza por el Cambio de 5% sobre su más cercano contendiente y que, por lo tanto,
el periódico decidió no publicar la encuesta. Para el mes de mayo,
Milenio Diario decidió contratar los
servicios de Nielsen cuya encuesta para ese mes presentaba a los dos principales contendientes con la misma
diferencia, pero esta vez en favor del candidato del Revolucionario Institucional. Esta vez, la encuesta sí fue publicada.
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Vicente Fox Foto: Memoria gráfica de la democracia 2000/IFE |
·
El Universal: de enero a mayo del presente año, el periódico difundió los resultados de encuestas
encargadas por el periódico a la empresa Alduncin y Asociados. Para junio, sin embargo, el periódico decidió no
difundir los resultados de la encuesta correspondiente a ese mes porque colocaba al candidato de la AC por encima
del resto de sus contrincantes. Pocos días después, la familia de Espinoza Yglesias contrató los servicios de
Alduncin para realizar una nueva encuesta sobre preferencias electorales y pagó la publicación de los resultados en
este mismo periódico. La nueva encuesta volvía a colocar al candidato de la AC en primer lugar.
· Proceso: en el número 1229 de la revista apareció un artículo de Francisco Ortiz Pinchetti y Francisco
Ortiz Pardo bajo el título "Fox domó al PAN". En el siguiente número, sin embargo, aparece publicada una carta
en la que los autores argumentan que el texto había sido editado en varias de sus partes cambiando el título
del mismo, omitiendo secciones y aumentando frases que no pertenecían a los autores. En ese mismo
número, Pedro Eliseo, subdirector editorial de la revista, acepta las imputaciones, ofrece disculpas y expresa que la
mesa de edición se hace responsable de los cambios. Esa semana, ambos autores fueron despedidos de la revista.
· The News: una nota de la AP afirma que uno de los ejecutivos del periódico ordenó a dos de sus
reporteros no escribir notas o utilizar fotografías del candidato de la Alianza por el Cambio. Las versiones fueron
confirmadas por otros colaboradores del periódico, aunque se negaron a proporcionar su nombre por miedo a
sufrir represalias. Aunque el presidente del grupo de periódicos al que pertenece
The News negó la información,
el diario no difundió una sola noticia del candidato en cuestión entre el miércoles 13 de junio (día en el
que supuestamente se emitió la orden) y el 19 de junio (día de la publicación de esta
nota).9
·
Excélsior: en la misma nota de la AP se afirma que el director de este periódico, José Andrés
Barrenechea, explicó que su periódico decide su línea editorial tomando en cuenta lo que es mejor para México y que el
PRI cuenta con los cuadros más serios y el mejor plan para el
país.10 No me parece grave que Barrenechea
declare públicamente que su periódico apoya a cierto candidato o partido. Esto ocurre en muchos países con
largas tradiciones democráticas y de periodismo independiente. La diferencia radica en que estos periódicos
anuncian y advierten a sus lectores sobre preferencia electoral al inicio de las campañas (no al final de éstas) y no por
ello olvidan el principio de imparcialidad o el derecho a la información.
b) Tiempo de transmisión
en radio y televisión
Para hacer justicia a los medios, vale la pena señalar que durante las siete semanas que comprenden el
periodo del 19 de enero al 12 de marzo todo parecía caminar sobre ruedas y los profesionales de la comunicación
habían decidido, de una vez por todas, cumplir con su responsabilidad pública. Hasta esa fecha, la diferencia en
la distribución del tiempo de transmisión entre las tres principales fuerzas políticas del país se reducía a
cuatro puntos porcentuales. Sin embargo, poco duró la luna de miel. A partir de ese momento, el candidato
del Revolucionario Institucional dio un estirón que lo llevó a acumular 33.5, 36, 37.8 y 39.1% del agregado
total del tiempo de cobertura en las siguientes cuatro semanas. La tendencia jamás se revirtió y al finalizar las campañas este candidato había recibido casi 40% del tiempo total destinado a las mismas. Más aún, al
observar la distribución semanal del tiempo de transmisión, constatamos que el candidato del PRI se llevó la mayor
parte del tiempo en 19 de las 24 semanas que duró la campaña, alcanzando incluso niveles superiores a 50% en
las semanas 10, 11, 12 y 16. De hecho, de las cinco semanas en las que el PRI no obtuvo la mayor parte del
tiempo de transmisión, cuatro ocurrieron antes del 12 de marzo. Después de ese día sólo una vez en la semana
del 21 al 28 de mayo algún candidato distinto al oficial recibió la mayor parte del tiempo, pero, como
veremos más adelante, esta fugaz ventaja se debió principalmente al caudal de críticas recibidas por Vicente Fox
después de la reunión del 23 de mayo en la casa de campaña del ingeniero Cárdenas.
Las gráficas 1 y 2 nos muestran otra característica de la cobertura: la selectividad con la que aumentaba
el tiempo destinado al candidato del PRI. En ambos gráficos notamos tres saltos en la participación de
este candidato en el tiempo de transmisión. El primero de éstos ocurre en las semanas previas al primer
debate presidencial y sólo se detiene durante la semana previa al mismo. El segundo salto presenta las
mismas características, pero antes del segundo debate. El último de los saltos, quizá menos perceptible, tiene lugar
la semana de la jornada electoral.
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Pero al PRI no sólo se le destinó la mayor parte del tiempo de transmisión. Sus candidatos también
fueron afortunados al acaparar la mayor parte de las invitaciones a participar en el tiempo más cotizado de la
radio o la televisión: la entrevista. De las 870 horas de entrevista registradas durante las campañas proselitistas,
un candidato del PRI apareció en 369 (42.2%). El segundo lugar en invitaciones (la AC) se encuentra a 164
horas de distancia.
c) Crítica selectiva
La semana que va del 19 al 26 de marzo fue particularmente productiva y llena logros para el candidato
del Revolucionario Institucional. Por lo menos así lo consideraron los medios de comunicación que, durante
ese periodo, otorgaron a este candidato casi 65% del tiempo adjetivado positivamente. Desde el punto de vista
de los medios, la campaña de Labastida superó por mucho a las de sus contrincantes. Al PRI no sólo se le
encontraba la mayor parte del tiempo en los medios de comunicación, sino que se le hallaba rodeado de aplausos.
Durante los últimos dos meses de campaña, el Revolucionario Institucional concentró más de 50% del tiempo
positivo en tres semanas incluyendo las posteriores a los debates presidenciales. Así las cosas, para la mayoría de
los medios de comunicación, el tricolor ofrecía las mejores campañas y su candidato resultó claro ganador
en ambos debates. En los últimos tres meses de campaña, el tiempo positivo del PRI pasó de 33% en abril a
41% en mayo y cerró junio con 47%. No hubo, en seis meses de campaña, uno en el que el PRI no recibiera la
mayor parte del tiempo positivo alcanzando cifras superiores a 45% en enero, marzo y junio. Al concluir las
campañas proselitistas, el PRI había acumulado 41.6% del total de los halagos. Ni en sus peores momentos (si es que,
a ojos de los medios, los tuvo) ese partido dejó de acumular, por lo menos, 39% del tiempo positivo. La
Alianza por México, en cambio, mostró un continuo descenso que la llevó de más de 40% en la primera semana, a
21% en la última semana. Nada detuvo el declive. El desempeño de Cárdenas durante el segundo debate,
por ejemplo, apenas le alcanzó para incrementar tres puntos porcentuales su participación en este valioso
tiempo. Al cabo de seis meses de proselitismo, la Alianza por México recibió los mismos halagos que el
Revolucionario Institucional en los últimos 40 días de su campaña.
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Mientras el lugar de honor en el tiempo positivo estuvo reservado para el Revolucionario Institucional, el
del tiempo negativo pareció de uso exclusivo de la Alianza por el Cambio. Al terminar la semana del 7 de
mayo, de seguir la tendencia observada hasta entonces, parecería que el PRI habría desbancado a la AC del
primer lugar en tiempo negativo. Sin embargo, la tendencia se frenó repentinamente a partir de la siguiente
semana y aquel martes en la casa de campaña de la AM sirvió como pretexto para separar por completo a ambos
actores. No me toca a mí evaluar el desempeño de Vicente Fox durante esa reunión; lo que queda claro es que el
aumento en el tiempo negativo de la AC comienza antes no después de ese evento que terminó por colocar a
esta coalición con 46.8% del tiempo negativo total. Pero lo más importante es, de nueva cuenta, la selectividad
con la que aumenta el tiempo negativo destinado a la AC. En el último mes y medio de campaña Vicente Fox
recibió más de 50% de las críticas llegando incluso a niveles semanales de 68.9, 68.16 y 61% en tres de las
últimas seis semanas de campaña. En los últimos 60 días, la AC recibió ocho horas menos de tiempo negativo que
el PRI a lo largo de toda la campaña (38 contra 46).
d) ¿Quien gobierna, manda?
No necesariamente. Al agrupar los resultados del monitoreo de acuerdo con el partido en el
gobierno notamos que en aquellas entidades gobernadas por el PRI en las que no ha ocurrido alternancia y en las
que, por lo tanto, las estructuras tradicionales de poder se mantienen prácticamente intactas la respuesta
parece ser contundentemente afirmativa. En las 19 entidades gobernadas por el
PRI,11 su participación en el tiempo total de transmisión es casi seis puntos porcentuales (44.57%) superior al promedio nacional y más de 20
puntos porcentuales por encima del segundo lugar (la AC).
Sin embargo, ni en las ocho entidades gobernadas por el PAN ni en las cuatro con gobierno
perredista observamos una respuesta tan veleidosa o incondicional hacia el gobierno en
turno.
12 El PAN, es cierto, presenta una participación nueve puntos por encima a su promedio nacional, pero no le alcanza para
superar al PRI. En el caso del PRD observamos algo similar: el promedio en aquellas entidades que gobierna es
superior al nacional, pero sin lograr desbancar al PRI. Debido a que la interacción entre gobierno y medios es mucho
más compleja de lo que aquí se presenta, resultaría por demás aventurado llegar a una conclusión sobre la
posible presión que ejercen los gobiernos en turno sobre o la tolerancia que pudieran tener ante los medios
de comunicación. Lo anterior es tema de futuras investigaciones. En todo caso, lo que podríamos afirmar es
que, por alguna u otra razón, los medios de comunicación parecen muy sensibles ante gobiernos priistas y
menos susceptibles ante gobiernos panistas o perredistas.
e) Las ovejas negras
Nueve entidades de la República se encuentran en la lista negra de estados que presentan una
distribución extrema en radio y cuatro en la de
televisión.13 En radio, a simple vista, el caso más escandaloso es el de
Chiapas. Ahí, mientras los candidatos priistas recibieron 58.4% del tiempo de transmisión, los de la Alianza por el
Cambio tuvieron que hacer milagros con el 8.4% que les tocó. En ese estado, la diferencia entre el PRI y la AM
(el segundo lugar en cobertura) es de casi 40 puntos porcentuales. En esta lista negra, por cierto, no hay una
sola entidad gobernada por la oposición.
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La contraparte en la televisión de la radio chiapaneca es, como se mencionó anteriormente, Tabasco.
Para quienes dudaron de la lealtad del gobernador de esa entidad hacia el candidato priista, ahí quedan los 72
puntos porcentuales con los que los medios tabasqueños apoyaron la candidatura de Francisco Labastida. La
diferencia, con cualquiera de sus contrincantes, es de 60 puntos porcentuales. El otro caso interesante de esta lista
es Guanajuato. La única entidad con gobierno de oposición que presenta una distribución extrema y que,
dicho sea de paso, tiene ya una larga tradición de gobernadores panistas. Es probable que la alternancia en el
poder no sólo sea saludable para los sistemas políticos, sino también para los medios de comunicación.
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Cuauhtémoc Cárdenas Foto: Antonio oropeza |
Yucatán merece especial atención por presentar una distribución extrema tanto en radio como en televisión. En muchos otros estados, la parcialidad de un medio puede contrarrestarse con la imparcialidad del otro.
La información que los electores no obtengan en la radio la pueden recibir a través de la televisión o viceversa.
Para los yucatecos esta opción no existió.
De la gráfica 11 llama la atención que tres de los seis estados incluidos en ésta pertenecen al sureste
mexicano. De los estados ubicados en esa zona del país, sólo Quintana Roo no está presente entre aquellos que
muestran distribuciones extremas ya sea en radio o televisión. El hecho puede ser una mera coincidencia, pero
no olvidemos que esta zona del país también se caracteriza por ser de las menos desarrolladas del país.
Es precisamente en las zonas más pobres y en aquellas habitadas por ciudadanos poco familiarizados o
cercanos a los asuntos políticos donde medios parciales hacen el mayor de los
daños.14
f) Las metrópolis
Guadalajara y Monterrey, junto con el Distrito Federal, son las tres ciudades más importantes del país. No
es extraño, por lo tanto, constatar que son precisamente estas ciudades las que mayor información
generan respecto de las campañas políticas. El comportamiento de los medios de comunicación que transmiten
desde el Distrito Federal ya ha sido discutido. En el caso de Guadalajara, bastaría decir que de un análisis de
los resultados del monitoreo se desprende una cobertura por demás equilibrada. Monterrey se cuece aparte.
A pesar de que en esa entidad la AC encabezó la distribución del tiempo de transmisión (39.6% contra
35.82% del PRI) basta echar un vistazo al resto de las variables para descubrir lo engañoso del dato. Y es que de las
39 horas destinadas a los candidatos de la AC, 15 y media (40%) fueron de críticas y abucheos. Así más vale
no aparecer. En esta ciudad, la AC recibió 22 minutos negativos por cada positivo. Para la Alianza por México
esta relación es de dos a uno, mientras que para el PRI es de 1.5 a uno.
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Conclusiones
Si en 1997 alguien se hubiera dado a la tarea de revisar el desempeño de los medios, jamás, ante los
avances que encontraría, habría podido creer que se trataba de los mismos medios que cubrieron la campaña de
1988. Sin embargo, si esa misma persona observara lo ocurrido en 2000, se sentiría enormemente
decepcionada. Quizá en este sentido los medios de comunicación hayan sido víctimas de su propio desarrollo y de las
expectativas que con éste crearon. Lo cierto es que, salvo valiosas excepciones, la mayoría de los profesionales de
la comunicación no pudieron o no quisieron comportarse a la altura de las circunstancias. La única frase
decente de un pésimo locutor deportivo resume el comportamiento de nuestros medios: la tenían, era suya y la dejaron ir. Dejaron ir la oportunidad de abonar a la democracia del país; de convertirse en verdaderos propulsores
del cambio democrático como en algún momento el presidente de la CIRT describió a sus agremiados
ignorando lo que realmente ocurría.
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Lo que ocurrió fue que tres partidos políticos, con bitácoras y actividades igualmente dinámicas o
igualmente aburridas, obtuvieron una atención radicalmente distinta. La Alianza por México recibió 500 horas menos
que el candidato oficial a lo largo de sus respectivas campañas. De las dos mil 651 horas dedicadas a las
campañas proselitistas, el PRI apareció en mil 56 y de éstas, 369 fueron de entrevista. El segundo candidato más
entrevistado (Vicente Fox) se encuentra a 164 horas de distancia en este preciado tiempo. Después de dos meses de
relativa equidad, los medios iniciaron una tendencia que jamás se revertiría y que incluso empeoraría en momentos
clave de las campañas electorales. En 13 entidades federativas (más de la tercera parte del país) se
presentaron distribuciones extremas que otorgaban al PRI, por lo menos, el doble de tiempo que su más cercano
rival. Mientras que el candidato del PRI era beneficiado con más y mejor tiempo, el de la AC no hallaba la forma
de quitarse de encima el caudal de críticas que los medios vertían sobre él. La crítica selectiva terminó por
dedicarle a Vicente Fox 72 de las 155 horas de abucheos (44 de éstas en los últimos dos meses de campaña). En
campañas tan largas y ajetreadas como las que ocurren en nuestro país, resulta ingenuo pensar que los candidatos
no cometerán toda clase de errores y torpezas. Por momentos, algunos medios de comunicación intentaron
hacer que esto se volviera realidad en el caso de Francisco Labastida. Mientras que las pifias del candidato oficial
se escondían o salían rápidamente de la agenda pública, las de Vicente Fox se restregaban y exprimían al máximo.
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Vemos así que buena parte de los medios intentaron comportarse como anclas, no como impulsores,
del cambio democrático. Sin embargo, el esfuerzo no les alcanzó. Este es un punto a resaltar: a fin de cuentas,
ya no puede explicarse un desenlace electoral tan sólo por lo que los medios digan o callen. Si los argumentos
de los especialistas son ciertos, esto quiere decir que la sociedad mexicana, y el electorado en particular, se
ha acercado y familiarizado con la política mucho más de lo que pensamos. El electorado se ha convertido en
un grupo de individuos más interesado en la política y, por lo tanto, menos manipulable por lo que actores y
medios hagan o dejen de hacer.
Pero la responsabilidad pública de los medios se mantiene intacta. Concluir que su influencia es cada
vez menor no basta para deslindarlos y despreocuparnos por su comportamiento. De hecho, no debería
bastarle ni a los mismos medios. El problema aquí es que no existen las condiciones necesarias para que los medios
de comunicación den el salto decisivo. Me explico:
Durante el pasado proceso electoral, en más de una ocasión, el presidente de la CIRT, Joaquín
Vargas, defendió a capa y espada la labor de sus agremiados sustentando su defensa en diversos argumentos los
cuales culminaban, por lo regular, en un cuestionamiento al diseño y a los resultados del
monitoreo.15 Para Vargas el monitoreo no era un instrumento confiable porque su muestra no estaba ponderada, no era representativa
y no estaba debidamente balanceada.16 Y en esto Vargas tenía razón: para el monitoreo del IFE un noticiero
de Colima tenía el mismo peso específico que uno que se transmitía desde la capital del país. Esto se debió a
que, para ponderar la muestra, el IFE habría requerido de datos que ni la propia CIRT conoce. Pero más aún, se
debió a que se requieren de muchísimos más elementos para ponderar una muestra que una simple revisión al
tamaño de la audiencia. Como se dijo anteriormente, la influencia que un medio puede tener en el que lo lee, ve
o escucha es mucho más compleja que un asunto de
rating. A raíz de estas críticas, Vargas se
comprometió públicamente a entregar los resultados que arrojara el monitoreo realizado por la propia CIRT una vez
terminado el proceso electoral "para no manchar o desacreditar a ninguna
institución".17 Seguimos en espera.
Pero lo importante del caso no son los argumentos esgrimidos por la CIRT en voz de su representante,
sino la absoluta incapacidad de autocrítica. Ante el primer cuestionamiento a su desempeño, los medios
optaron por desacreditar el monitoreo evitando así el engorroso análisis de su comportamiento. Este, me parece, es
el asunto más grave. Los medios de comunicación de este país seguirán estancados mientras no muestren
una mínima disposición a no satanizar a todo aquel que cuestione su trabajo. Mientras esto no ocurra, la
única institución que se verá desacreditada será la que el propio Vargas presidió.
El segundo obstáculo que enfrentamos es el régimen de concesiones vigente. Resulta hasta injusto
exigirle a los medios de comunicación que desempeñen su trabajo con toda libertad cuando quien otorga y retira
las concesiones puede ser blanco de las críticas producto de esta libertad. Más aún, la entrega de
concesiones parece estar delimitada a aquellas personas o familias que han probado absoluta lealtad al régimen
minando cualquier posibilidad de crear un espectro de medios realmente plural. Existe un sinnúmero de soluciones
al respecto que, sin embargo, requieren de una enorme voluntad política y de un compromiso absoluto con
las prácticas democráticas y la libertad de expresión. La primera y más obvia sería eliminar de entre las
prerrogativas de la SCT la facultad de otorgar y retirar las concesiones dejando que esta decisión la tomara, por ejemplo,
un órgano ciudadano e independiente.
El tercer obstáculo tiene que ver con una larga tradición de crítica selectiva: a la oposición se le destroza,
al partido en el gobierno se le respeta y al Presidente ni se le toca. La crítica es, y debe ser, uno de los principales componentes del trabajo periodístico. Lo más aburrido que nos podría pasar es que los medios se
convirtieran en meros lectores de noticias. No sólo sería aburrido, también irresponsable. Hoy en día, los medios
de comunicación tienen ante sí una oportunidad de oro: mantener hacia el nuevo Presidente la crítica y la
vigilancia que ejercieron durante las campañas electorales, al tiempo que hacen lo propio con el resto de las
instituciones y, por supuesto, de los partidos de oposición. Cosa más patética que a partir del 1 de diciembre Vicente
Fox sea ahora el benefactor de esta crítica selectiva y receptor del halago salamero que durante su campaña
recibió Francisco Labastida. Sólo cuando los medios decidan dejar de guiar sus pasos de acuerdo a como soplen
los vientos del poder podrán convertirse, entonces sí, en verdaderos impulsores del cambio democrático.
Notas
1 Este tipo de datos los conocemos gracias al monitoreo que llevó cabo el IFE a más de 200 noticieros de
radio y televisión desde el 19 de enero hasta el 29 de junio de 2000. A menos que se indique lo contrario, todos
las cifras que aquí se mencionen o las gráficas que se presenten se refieren a ese periodo de observación y
tienen como fuente los resultados publicados por el IFE.
2 Citado por Ricardo Becerra, "Los medios electrónicos y las elecciones de 1994", en Ernesto
Villanueva (coord.), Derecho y ética de la información. El largo sendero hacia la democracia en
México, México, Media Comunicación, 1995, pp. 257-272.
3 El IFE, sin embargo, no fue el precursor de este tipo de ejercicios. La Academia Mexicana de
Derechos Humanos implementó, antes que nadie en el país, varios proyectos bajo las órdenes de Miguel Acosta.
4 Becerra, cap. cit.
5 El monitoreo de 1997, que cubrió toda la campaña electoral, incluyó 34 noticieros de radio y
televisión transmitidos desde el Distrito Federal y 266 noticieros en el resto del país.
6 Para 2000, la muestra a monitorear incluía 126 noticieros de radio y 84 de televisión repartidos a lo
largo y ancho del país.
7 El
Universal, La
Crónica, La Jornada y
Reforma.
8 Ver De Swaan, Gómez y Molinar, "Medios y objetividad", en
Milenio Diario, 25 de junio, 2000, p. 17.
9 Mark Stevenson, In Advance of Election, Pressure Increases on Mexican Media, Associated Press, 19 de junio de 2000.
10 Ibidem.
11 Cifra hasta el 2 de julio de 2000.
12 Las cifras no incluyen al Distrito Federal y, en el caso de Nayarit, se consideró bajo gobierno de ambos.
13 Se definió como distribución extrema aquella en la que un partido obtiene más del doble de tiempo
que su más cercano contendiente.
14 Este argumento es desarrollado a profundidad por Iyengar y Kinder en
News that Matters, The
University of Chicago, Chicago, 1987, pp. 54-62.
15 Ver, por ejemplo,
El Universal, 1 de junio, 2000, p. 1.
16 Reforma, 24 de junio, 2000, p. 2-A.
17 Ibidem.
Mony de Swaan es licenciado en relaciones internacionales por El Colegio de México y maestro en política comparada por la London School of Economics. De 1996 a 2000 fue asesor en el Consejo General del IFE.
Este ensayo se publicó originalmente con el título "Transistores, pantallas y un poco de imprenta" en La Gaceta de Ciencias Políticas del ITAM en el segundo semestre de 2000.
Agradecemos al autor su autorización para reproducirlo.