Los riesgos de la sobreexplotación del pasado
José Carreño Carlón
En todas partes y en todas las épocas se ha sometido o se ha pretendido someter el pasado a operaciones de reescritura y reconstrucción no son la misma cosa, como veremos adelante para adaptarlo a las visiones del presente.
Así lo consigna el capítulo concluyente, "The Resistance of the Past", de Watergate in American Memory: How We Remember, Forget, and Reconsctruct the
Past, uno de la media docena de libros publicados por
Michael Schudson, el profesor de Comunicación de la Universidad de California de San Diego que ha revolucionado
los estudios de historia y sociología de los medios informativos estadounidenses.
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Foto: Araceli Herrera |
De este y otros textos de los que se dará cuenta más adelante se aprovechan estas notas, tendientes a enmarcar la errática comunicación política de dispendio y sobreexplotación del pasado en la que aparece extraviado
esta vez el gobierno mexicano, al arribar el presidente Vicente Fox a su segundo informe anual ante el Congreso.
Los espacios académicos más avanzados han puesto fin a la autocomplacencia occidental que concentraba en el modelo soviético la tendencia a rescribir la historia la propia y la universal en función de los intereses
del grupo en el poder en cada momento determinado.
La broma que se hacía a costa de los países del socialismo real, diciendo que allá resultaba más difícil
predecir el pasado que el futuro en alusión a la frecuencia con la que en ellos se rescribía la historia puede aplicarse a
todas las sociedades, incluyendo al cada vez más dilatado mundo democrático, que ya abarca, desde luego, al México
del cambio.
Pero la autocomplacencia en el campo democrático no cesa. En México es notable en las actitudes integristas
de algunos sectores del gobierno, los partidos y los medios. Si en el totalitarismo del siglo XX europeo, asiático
o latinoamericano, en nuestro reciente pasado autoritario e incluso en las sociedades democráticas se ha
asumido la reescritura periódica de la historia como una necesidad la de adaptarla a los cambios de intereses y de
ideologías de las cúpulas dirigentes en el México de aquí y ahora se pretende que la nueva reescritura de la historia no
tendría más motivación que la de una empresa justiciera de rescate de la verdad.
Menos dispuestos a considerar al poder en turno como portador mesiánico de la verdad y, por supuesto,
menos ignorantes que nuestros nuevos demócratas, desde hace cerca de medio siglo y más sistemáticamente desde
hace poco más de tres lustros, como lo reseña el libro de Schudson, intelectuales y estudiosos de todo el
mundo parecerían apostar desde diversos ángulos a que, en esto de rescribir la historia, en Occidente solemos ser
más soviéticos de lo que estamos dispuestos a aceptar.
Para sólo hablar de la tradición angloamericana, en
The Past Is a Foreign Country, publicado por
Cambridge University Press en 1985, David Lowental ha planteado que "la primera función de la memoria no ha sido
preservar el pasado sino adaptarlo para enriquecer y manipular el presente". En "Memory and American History", un
artículo aparecido en Journal of American
History, David Thelen puso de manifiesto desde 1989 que el estudio histórico
de la memoria ha permitido explorar las diversas maneras en las que los grupos humanos suelen seleccionar e
interpretar determinados recuerdos para adaptarlos a sus cambiantes necesidades. E incluso en su afamado
The Cycles of American History, Arthur Schlesinger Jr., también en los 80, llamó "presentismo" y la calificó como el
pecado original de los historiadores a la tendencia a dar forma al pasado de acuerdo con los deseos del presente y a
la pretensión de integrar las visiones del presente de acuerdo con "hechos" selectivamente rescatados del pasado.
Pero si historiadores como Schlesinger, y otros, todavía se preocupan al menos por el problema que plantea
al conocimiento histórico esa forma de ver la historia centrada en el presente, no suelen tener ese escrúpulo
intelectuales, comunicadores y profesionales de diversas áreas del México de hoy historiadores incluidos habilitados
como mercadólogos políticos o publirrelacionistas al servicio de gobiernos, partidos, corporaciones privadas y grupos
de interés. Su misión se centra en emplear el pasado para impulsar y legitimar intereses del presente o, dicho con
más precisión, los intereses del cliente del presente. (Algunos de ellos ya habían desarrollado experiencias
relativamente exitosas al servicio de otros clientes y otros presentes sexenales.)
Una vez más, entonces, sin algo nuevo bajo el sol, estamos en México frente al espectáculo de
apresurados constructores o demoledores, según el caso, de estatuas y monumentos consagrados a conceptos, personas
e instituciones. Otra vez frente a comisiones y titulares de órganos especiales para esclarecer "hechos" o
establecer "verdades". O simplemente frente a escritores y operadores de los medios dispuestos a rescribir, también una
vez más, en los libros de texto y en los espacios mediáticos, la historia oficial del momento.
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Luis Echeverría Foto: Santiago Salmerón |
Pero
rescribir la historia, como sugeríamos desde las primeras líneas, no supone
reconstruir el pasado. Con la sola reescritura no se alcanza a reconstruir el pasado en las mentes de las personas. El mensaje no
trasciende automáticamente de los así rescritos textos oficiales ni de la así reformulada agenda de los medios a la
verdadera agenda del debate público, la que ocupa la atención real de los particulares al discutir las cuestiones públicas, ni
pasa de la opinión publicada (en los medios) a la opinión pública como expresión de las percepciones de las personas
al actuar en el espacio público.
Simplificadores, conocedores de oídas de las propuestas de Gramsci en el campo de la hegemonía ideológica
si hablamos de los comunicadores formados en las décadas anteriores o desactualizados respecto de los límites
del poder de los medios (y de sus fuentes) para establecer la agenda del debate público si se trata de los
comunicadores formados en los tiempos recientes poco vivirán unos y otros si no alcanzan a experimentar en cabeza propia
que más allá de los cada vez más acotados tiempos y espacios de difusión en los que aciertan a colocar sus
mensajes el pasado no puede ser reconstruido a voluntad en las percepciones de las personas.
Sobre todo de manera tan veleidosa.
"El pasado escribió el antropólogo de la Universidad de Chicago Arjun Appadurai es un recurso escaso".
Como recurso no renovable, su utilización tendría que sujetarse, en todo caso, a visiones estratégicas. La
utilización racional del pasado resulta incompatible, en consecuencia, con el
marketing político propio de las campañas
de venta rápida o de promociones de temporada.
No se puede transitar de
vender un pasado, el atribuido al régimen a vencer en la campaña de la temporada
de primavera-verano de 2000, presentándolo como una especie criminal, corrupta y dictatorial a extinguir,
para enseguida, en la temporada otoño-invierno 2000-2001, proponer la venta de ese mismo pasado como algo
armoniosamente compatible con la transición democrática, bajo el supuesto de que el nuevo régimen no
necesitaría atribuirle tropiezo alguno al anterior régimen en el entendido, claro, de que no habría tropiezos sólo para
llegar a la temporada de verano de 2002 con las manos vacías de resultados y la necesidad de volver a
vender aquel mismo pasado, cada vez más remoto, otra vez como criminal y corrupto, con miras a ganar la campaña de la
temporada primavera-verano de 2003.
Escaso, no renovable, el pasado es también un recurso no fácilmente reciclable. El presidente Fox dejó
escapar la energía desatada por su campaña electoral, después de haber generado eficazmente la expectativa de
ajustar cuentas y romper con aquel pasado. Esa expectativa quedó frustrada en los primeros meses de gobierno al no
ajustar cuentas ni romper con ese pasado cuya confrontación había sido razón de existencia de la campaña y clave de
su éxito electoral. Y éste ha sido uno de los factores con los que se ha querido explicar el debilitamiento de la
posición electoral del gobierno y su partido para las elecciones intermedias del año próximo. Lo propusimos en estas
páginas hace meses. Inversamente, pero en la misma lógica de frustración de las expectativas generadas
sostuvimos entonces la campaña de Zedillo de 1994 logró generar eficazmente la expectativa de prolongar la obra y el
programa de Salinas, expectativa que a su vez terminó frustrada en los primeros meses de gobierno al ajustar
cuentas y romper con un pasado al que debía su existencia, del que había surgido y al que le debía su éxito electoral y
su encumbramiento en el poder. Fue también éste uno de los factores que se consideraron clave en la generación
de la dinámica que llevó al gobierno y a su partido a perder las siguientes elecciones legislativas de 1997 además
de las derrotas históricas en gobiernos locales clave como el Distrito Federal y Nuevo León y finalmente las
presidenciales de 2000.
Acaso frente al espejo de Zedillo, al llegar a su segundo informe el presidente Fox parecería decidido a
detener el deterioro y recobrar las posibilidades de su gobierno en las siguientes elecciones. Para ello se muestra
dispuesto a emprender la difícil tarea de reciclar el recurso dilapidado de la apelación al pasado específicamente, al
régimen pasado como representación del mal a aniquilar, a partir de la exhibición como criminales y corruptos de,
hasta ahora, tres o cuatro de los cinco ex presidentes vivos del anterior régimen.
Su gobierno y sus aliados informativos ya empezaron a rescribir la historia, retomando el libreto de la
campaña de 2000, con el agregado de la decisión de involucrar en la reescritura no sólo a los historiadores sino a
policías, fiscales y jueces, dispuestos a dar el siguiente paso: reconstruir un pasado que transmita una supuesta
naturaleza intrínsecamente criminal del anterior régimen, a la medida de las metas trazadas por el
marketing presidencial del nuevo régimen.
Esta sería la plataforma de la campaña de 2003, anticipada por el Presidente ante diversos grupos a quienes
les habría hecho el listado de asuntos prioritarios a ser detonados en el marco del segundo informe: los hechos
represivos que exhibirían a los ex presidentes Echeverría y López Portillo y los casos con los que se ha decidido
ejemplificar la discrecionalidad en el uso de los recursos públicos en los gobiernos de Salinas y Zedillo.
Alguien o algunos de los que cobran en el gobierno debieron preparar algún estudio de viabilidad, grados
de dificultad y costos de una pretensión así. Ojalá hayan hojeado algún trabajo de política comparada que les
haya permitido calibrar la magnitud de los obstáculos y los altos costos que enfrentan los proyectos de reconstruir
el pasado a voluntad.
Entre esos obstáculos se encuentra, siguiendo el texto de Schudson, el hecho de que los recuerdos tienen
vida propia y forman parte de la identidad de individuos y grupos. Esos recuerdos están en la mente y en las
emociones de las personas en forma de compromisos y promesas y no es tan fácil despojarse de ellos o hacer que la
gente se despoje de ellos sin luchas internas o sin conflictos externos.
Contradecir o exacerbar el sentido de pasados que se mantienen vivos en la memoria de grupos influyentes
ya sea por su fuerza el Ejército, la Iglesia o los grupos políticos o económicos de interés y/o por su capacidad
de movilización de grupos populares, expone a rudos frentazos a quien lo intenta.
A los autores de la maqueta del pasado a edificar les debe haber quedado claro, también, que el uso de
materiales selectivamente recogidos del pasado, conforme a las visiones y los deseos del presente, a fin de enjuiciar al
régimen anterior en la cabeza de los ex presidentes bajo la mira, no contribuirá necesariamente al mejor conocimiento de lo ocurrido durante el movimiento del 68, ni al de la guerra sucia contrainsurgente de los 70 o ni al del
manejo discrecional de recursos públicos en los 80 y 90 (Pemexgate y partida secreta) realizado conforme a los
patrones culturales dominantes a lo largo de prácticamente toda la historia nacional y que se mantienen vigentes hasta
la fecha, como lo muestran diversos episodios y trascendidos recientes.
En la Segob y la PGR, cuyas cabezas aparentemente serían las artífices de esta desafiante empresa, deben
estar también los estudios de resistencia de suelos que probablemente les permitieron garantizar que no habrá
fracturas irreversibles originadas en la confrontación, hasta la aniquilación del contrario, de las versiones en conflicto
sobre un pasado vivo entre grupos tan simétricos en fuerza política como los que se mantienen fieles al régimen
desplazado del poder presidencial y los que conserva el nuevo régimen. Por lo menos habrán alertado que la empresa
podría significar la ruptura de toda posibilidad de acuerdos de trascendencia nacional en lo que resta del actual gobierno.
Acaso esta estrategia podría haber sido modificada a última hora en el diseño del
marketing presidencial del segundo informe, pero eso no modificaría estas reflexiones: volver, por ejemplo, explícita o implícitamente a la
versión de un pasado plenamente compatible con la transición sería otra vez imponer la reconstrucción del pasado
sin explicar los cambios.
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Foto: Gustavo Guevara |
Costosa, difícil, si no es que llanamente inviable, esta empresa de reconstrucción del pasado, resulta
también incompatible con el modelo de sociedad liberal democrática supuestamente en construcción. Impuesta desde
la función de control social ejercida tanto por la manipulación y el abuso de los medios represivos del Estado
como de los medios de comunicación, la pretensión de reconstruir el pasado sobre la base de una versión monolítica
y políticamente arrolladora sobre el régimen anterior, sólo parece ofrecer desenlaces indeseables: si el
marketing presidencial cumple su propósito, estaremos ante la negación del menor indicio de un régimen liberal
democrático, pues en éstos se garantiza que múltiples versiones del pasado puedan coexistir en paz y a salvo e incluso las
visiones dominantes que las puede haber son vulnerables al desafío cotidiano de las visiones alternativas. Mientras
que, si esta estrategia fracasa, como ocurrió en Atenco, habrá entrado en una fase crítica la percepción social sobre
la incapacidad para cumplir sus propósitos del primer gobierno de alternancia pacífica plena en la historia de México.
Schudson cuestiona si la manera en que se suele reconstruir la memoria de Watergate, concentrando las
culpas en Nixon, no es sólo una forma de exonerar un sistema político que debió ser enjuiciado y que quedó intocado
gracias a aquel espectáculo. La vía de reconstruir el pasado propuesta hasta mediados de agosto en México por el
marketing presidencial, personalizando estruendosamente las culpas en tres o cuatro cabezas del régimen pasado, puede
ser también, a la postre, una forma de exonerar, de perpetuar y dejar intocadas las bases de ejercicio del poder que
no dejan de asomar a cada paso: su patrimonialismo en el desempeño de los cargos públicos, el desprecio a los derechos humanos y a la discrecionalidad en el manejo de los recursos.
Las primeras expresiones de esta estrategia de sobreexplotación del pasado se hicieron explícitas el pasado 2 de julio, en el acto del segundo aniversario del triunfo electoral de Fox, la primera elección en que se dio la alternancia pacífica del poder entre candidatos a la Presidencia de diversos partidos. Un hecho ciertamente histórico. Como el de Watergate estudiado por Schudson que llevó a la renuncia del presidente Richard Nixon. Sin embargo este último episodio fue considerado en alguno de sus primeros aniversarios como "histórico pero irrelevante", por Bruce Morton, de CBS, porque dejó intocados los problemas mayores del ejercicio del poder en Estados Unidos. La misma percepción registró Los Angeles Times una década después. En ese tiempo los estudiantes estadounidenses del nivel de licenciatura apenas relacionaban el episodio como algo ocurrido después de 1950 y no recordaban bien a bien la causa de la caída de Nixon. Este podría ser el horizonte del 2 de julio mexicano, ante la ausencia de resultados del nuevo régimen y de su propuesta de reconstruir el pasado a modo de su próxima estrategia electoral, a cambio de no avanzar en la solución de los problemas fundamentales que afectan la vida real de los mexicanos.