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Cuauhtémoc Arista  Espejos ciudadanos


 Cuando el mismo lenguaje nos alcance

 Cuauhtémoc Arista


Al analizar las tendencias de desarrollo de las industrias mediáticas globales aceptamos con excesiva facilidad los clichés de los medios acerca de los medios, porque eso facilita un entendimiento aparente, al tiempo que involucra las mismas referencias teóricas que dan tranquilidad tanto a los comentaristas como a los trabajadores o ejecutivos de la industria.

Por ejemplo, damos por hecho que la programación de la televisión abierta y restringida tiene propósitos comerciales que son evidentes y tan válidos como cualquier otro mensaje, por lo que no modifican estructuralmente la definición misma del medio electrónico. En teoría, la televisión es una herramienta maravillosa para comunicar otro tipo de contenidos, y su aporte a la calidad de vida de la sociedad depende directamente de los usos que se le asignen socialmente.

Esta es la base desde la cual numerosos especialistas comentan las vicisitudes del ámbito, como si en la historia del propio medio no existieran más que las declaraciones publicitarias de sus impulsores. Menos preocupados por pruritos universitarios, los gigantes internacionales de las telecomunicaciones operan estrategias corporativas y de contenidos que con inequívoca coherencia los acercan a sus objetivos de mercado en la misma medida como otros ámbitos sociales se desfondan en el caos y la falta de identidad que provoca la incomunicación.

La competencia entre grupos corporativos multimedia, lejos de diversificar la oferta de contenidos, cierra las opciones para someter al espectador a su necesidad de mantener la pugna por el mercado en un bajo nivel de costos de producción y distribución. La originalidad no es un ingrediente muy apreciado en el contexto. El espectador, de esta manera, no se define ante los medios como ciudadano poseedor del espectro radioeléctrico cuyas frecuencias son concesionadas a inversionistas privados, sino como un súbdito que se define como público (potencial consumidor) de los mensajes comerciales y mediatizadores, constructores diarios de una realidad alterna que cada día se aleja perceptualmente de la sociedad institucionalizada. En nuestras orgullosas democracias mediáticas, los voceros de los concesionarios respetan la libertad de cada espectador; si algo no le gusta, apague la tele o cambie de canal. Si a usted no le gusta cómo se gobierna el país, siempre le queda la opción de exiliarse o morir. El conflicto venezolano es una muestra de las disputas entre dos ámbitos de poder, en la cual los estrategas estadounidenses cayeron en una tremenda confusión al conducir el golpe: es cierto que los medios pesan e influyen sobre la política, pero no pueden operar directamente en su terreno (la realidad social); particularmente, la televisión destruye valores y discursos en corto plazo, pero es incapaz de construir otros con la misma velocidad. CNN encabezó con éxito la destrucción del discurso chavista de estabilidad, pero la cadena internacional que formó con los espacios noticiosos latinoamericanos convertidos en consumidores de su información chatarra no soportó los telefonazos, los gritos, los correos electrónicos que desde Venezuela nutrieron las coberturas de televisoras no afiliadas a su misión. La lucha en corto exige tanto barrer el sustento de la legitimidad del enemigo como tener la capacidad para sustituirlos con un discurso y valores propios, injertados en la coyuntura con instrumentos políticos de manera que en ese momento parezcan obedecer, más que al interés de un grupo, a las necesidades objetivas de la sociedad.

Foto: Newsweek
De vuelta al eje temático. Desde la telefonía celular y sus aplicaciones (mensajes de texto, Internet inalámbrica, radiolocalización, agenda) e implicaciones de infraestructura satelital, hasta los nuevos sistemas de codificación, almacenamiento y reproducción audiovisual, el grueso de la inversión y de las innovaciones para "comunicar" a las personas se basa en la rapidez, la "conectividad" técnica, la eliminación de formas no industriales o de tecnología temprana para la comunicación, y en la promoción ficticia de una convergencia que nunca será una realidad porque no asegura la viabilidad de las corporaciones globales en un largo plazo. La previsión es sencilla: ¿imagina usted a toda la industria de las telecomunicaciones disputándose mercados para un solo tipo de aparato multifuncional? No; la convergencia tendrá que explotarse en el sentido de promover ahorros en la infraestructura de transferencia de datos, espero que remediando el consecuente empobrecimiento y la unificación de contenidos que hoy padecemos. El problema actual de nuestra realidad electrónica alterna es que la industria ya asumió su autonomía respecto de la realidad institucional, pero conserva inercias propias de una misión reproductora (supuesto "reflejo de la realidad"). En un sentido, la capacidad de producción cotidiana de esa realidad alterna es muy superior a los contenidos que está generando, pero en otro existe un desfase tecnológico respecto de las necesidades que reclamaría satisfacer un público de verdad interactivo. Por ahora, lo importante no es el diseño de los aparatos que esta industria coloca en los mercados; el problema es que éstos se interrelacionan perfectamente con un público consumidor cuyo lenguaje está desarticulado, se basa en un código lingüístico reducido y, por lo tanto, ambiguo, dependiente de un no menos incierto, reducido y desarticulado código visual. Por eso, el texto presente no aspira a criticar los accesorios y gadgets, sino al verdadero producto de la industria global: el público, definido como la proyección de los ciudadanos en una pantalla cada vez más real que las instituciones que antaño delinearon su identidad.

Así como durante mucho tiempo se acusó al teléfono de propiciar la pérdida de la escritura de cartas, al dactilógrafo de arruinar los ritos de la caligrafía y demás tópicos de la nostalgia humanista tradicional, ahora podría observarse que quien utiliza el correo electrónico o el mensaje de texto no escucha la voz de su interlocutor; de hecho, esta palabra queda fuera de contexto. Es un hecho que esa tecnología facilita las transacciones; cualquier cosa que aligere la tramitología debería ser bendecida, pero no todo es negocio en el intercambio humano. La llamada de condolencia, el mensaje de felicitación, la petición de noticias y el comentario de intimidades se convierten en un trámite más, a menudo definido por la propia máquina a partir de un formulario con una intervención del "remitente" o "emisor" cada vez más reducida. El correo electrónico y el teléfono celular permiten intercambiar en menor tiempo una mayor cantidad de mensajes con gran variedad de personas, pero esta "comunicación" tiende a convertirse en un intercambio de fórmulas simples, y lo que garantiza la eficiencia en una transferencia de datos para negocios se convierte en una incapacidad progresiva para el intercambio de ideas complejas y datos subjetivos o emocionales. La eficiencia de estos aparatos para las transacciones de negocios puede ser una verdadera carencia para lo que aún entendemos algunos por comunicación.

No creo que esta última sea la única comunicación que valga la pena entre seres humanos. Sin embargo, la dirección en la cual se desarrollan los medios y su "comunicación" es unívocamente dirigida al enlace formal de una entidad humana (clave, nombre o número de usuario, etcétera) con otras, sin que el contacto sensorial sea prioritario ni aun deseable. En una época que manifiesta diariamente su necesidad de diversidad cultural e ideológica como una condición para mejorar sus formas de convivencia, representa una clara desventaja el hecho de que la antigua comunicación sea desplazada por una transferencia de información cada día más simple.

Las ficciones futuristas más audaces de la década pasada (William Gibson) previeron que con el auge de la red y la colonización de la rozagante realidad electrónica alterna sobre una decadente realidad social, coexistirían dos usos mediáticos: una industria dedicada a la satisfacción de la necesidad de soñar, y otra dedicada a potenciar la guerra entre los habitantes de ambas realidades paralelas. La primera parte parece más familiar para los lectores de hoy. Los adolescentes de aquellas novelas compran la oportunidad de vivir trozos de la vida de una estrella de simestim mediante una sencilla conexión a una grabadora-reproductora de sensaciones múltiples; las estrellas del espectáculo llegan a implantarse lentes de alta calidad en vez de ojos para lograr registros más fieles y mayor éxito entre el público que sentirá los mullidos asientos de su jet, besará a su pareja del momento y contemplará con fascinado temor los paisajes del mundo crepuscular, todo sin salir de su barrio de parias. La otra vertiente no vendrá pronto. En el aspecto militar de las industrias en proceso de integración1 se aplican innumerables innovaciones informáticas, pero el destino aún es apuntalar la superioridad de los países productores de tecnología sobre los productores de lástima (¡auch!) y de materias primas. Su campo de acción es todavía la realidad social, aunque las corporaciones globales y los gobiernos emanados de su creciente soberanía comienzan a explorar la conveniencia de proyectar siquiera la sombra de sus acciones en la realidad electrónica alterna, de una manera que favorezca publicitariamente sus objetivos. La globalización aún no se asume como lo que es: una guerra contra las resistencias locales a la conversión de sus lenguajes e identidades a un estándar multimedia, con menores valores de uso cultural específico y una mayor compatibilidad con los más diversos canales de transferencia informativa (o de comunicación, siempre que se recuerde que se trata de las nuevas acepciones).

Mientras tanto, nuestra tecnofilia debería conducirnos a un estado más ventajoso que el tráfico de zombies que los viajeros encuentran en las metrópolis desde hace décadas. Baudrillard se asombraba de que los neoyorquinos comieran solos (America), pero ahora van por la calle hablándole a la palma de su mano, donde se oculta un dispositivo "celular" que transmite nítidamente los monosílabos. Las computadoras incorporan programas y equipo, ya sea de trabajo o de entretenimiento, y por si la gente conectada al equipo desea desconectarse aún más del planeta puede adaptar audífonos y utilizar la red para hacer llamadas telefónicas. A este paso, otra rama de la industria de telecomunicaciones tendrá que proveernos de mecanismos para que nuestro cuerpo sobreviva durante las incursiones de larga duración en la realidad alterna, como sucede con un protagonista de la novela Count Zero, donde Gibson especula también sobre el futuro de la comunicación subversiva por excelencia: el arte.



Nota

1 Los análisis de "los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001", como llama la prensa a la batalla aérea perdida por EU, evadieron cuidadosamente el hecho de que las industrias que más ganan con los fantásticos presupuestos militares estadounidenses son los complejos industriales que suman la aeronáutica civil y militar, la electrónica y la exploración del espacio. A veces la ironía no está en quien escribe sino en los hechos.



Cuauhtémoc Arista es analista de medios para varias instituciones gubernamentales.

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