Arturo Pérez Reverte
Soy un novelista profesional, y teorizar sobre literatura se lo dejo a quienes tienen ganas y tiempo para ello, o a quienes viven exclusivamente de sentar cátedra sobre lo que escriben otros; del mismo modo que la faceta artística de la literatura que sin duda existe se la dejo a los artistas profesionales, expertos en angustias creativas y duchos en las fascinantes zozobras de lo sublime. Yo me dedico a contar las historias que me apetece contar, y a hacerlo del modo más eficaz posible; así que me importa un bledo si la novela en general o en particular está muerta, o no. En lo que a mí respecta, procuro que la mía siga viva, y eso me mantiene lo bastante ocupado como para no andar perdiendo el tiempo en dimes, diretes y chorradas.
Esta vez, sin embargo, debo hacer una excepción. Después del encuentro que tuve hace unos días en la feria del libro de Fráncfort con Ken Follet, algún amigo me ha pedido que defina un poco algunas de las ideas que allí apunté. Así que en eso estoy ahora, dándole a la tecla en la esperanza de que esto no parezca una justificación ni nada por el estilo. Qué maldita la necesidad que tengo de justificar nada; pues todo autor consecuente con su propia obra se justifica muy a fondo, creo, en todas y cada una de las páginas que escribe.
Le decía yo en Fráncfort al señor Follet, más o menos, que toda novela es en principio respetable, desde Marcial Lafuente Estefanía a Dostoievski, mientras haya un lector que encuentre en ellas diversión, reflexión, compañía, esperanza, sabiduría, consuelo o cualquiera de las innumerables posibilidades que ofrecen los libros. En ese contexto, el llamado best-seller, etiqueta con la que a menudo, en un exceso de simplificación, se clasifican globalmente los libros más vendidos, constituye en principio un género tan digno como cualquier otro. Hay que ser un perfecto bobo para exigir que doña Luisa, que apenas tuvo estudios, que se casó con un animal de bellota a los 18 años, que trabaja 14 horas diarias haciendo desayunos para marido e hijos, yendo a la compra, preparando la comida, fregando, haciendo la cena, termine su jornada dedicando un rato cada noche a leer el Ulises, de Joyce. Bendita sea para ella Corín Tellado, si eso la hace evadirse, y soñar, e imaginar otras vidas. Y tal vez, pues los libros son al fin y al cabo como las cerezas, que tiras de uno y terminan saliendo otros, eso la lleve un día a leer otras cosas. Y si no, pues qué diablos. Tampoco pasa nada.
Mejor que las teleseries
Quiero decir con eso que todo libro puede ser útil, y nadie tiene derecho a despreciar el trabajo de nadie, ni sus consecuencias. Y en ese contexto, el best-seller, entendido como novela popular en su más primario sentido, que es el de entretenimiento o aventura, resulta perfectamente legítimo y respetable si está bien hecho. Incluso el tan denostado best-seller anglosajón puro y duro, de usar y tirar, que apunta como mucho a una fugaz trayectoria cinematográfica, cumple una función de entretenimiento nada desdeñable, que por supuesto es siempre preferible a una estúpida serie de televisión a base de policías y señores de Arkansas, aunque a primera vista parezcan lo mismo. Pero es que, además, dentro de tan amplio género se han producido obras notables, como Shogun, de James Clavell, El Chacal, de Forsythe o, en otro registro, las novelas de John Le Carré, incluyendo Los pilares de la tierra, del propio Follet.
De cualquier modo, lo que el best-seller anglosajón posee son unas técnicas narrativas altamente eficaces, que
arrancan tanto de la novela popular europea del XIX como del lenguaje cinematográfico. Unas técnicas muy interesantes
cuyo estudio y aplicación, al menos como referencia, resultan de extraordinaria utilidad a la hora de abordar cualquier materia novelesca de un modo actual, para un público lector que posee obviarlo es una estupidez suicida una
amplia enciclopedia audiovisual en continua recarga y evolución. Entendida la novela, por supuesto, como se entendió
siempre y como algunos sobre todo los lectores, que es lo que cuenta seguimos entendiéndola todavía: el planteamiento de un problema narrativo basado en acción, pensamiento, o la combinación de ambos, y la resolución de ese problema mediante las herramientas más eficaces, trama, personajes, estilo y estructura, que el autor sea capaz de
aplicar en su trabajo. Porque y esa es otra por mucho arte, talento, imaginación y demás dones estéticos o divinos de que disponga el novelista, sin trabajo riguroso y disciplinado no hay nada que rascar. Y, pese a lo que afirmaba
recientemente algún exquisito e imprescindible novelista de diseño, las novelas no se escriben picoteando de flor en flor, un
poquito hoy y otro poco el mes que viene, a base de inspiración divina y de hacer vida de escritor en mesas redondas,
talleres literarios, columnas periodísticas y barras de bares de moda. Se escriben echándoles muchas horas, y días, y meses
de constante disciplina y trabajo.
Dicho todo lo cual, y respetando a todo el mundo, se impone puntualizar un par de cosas. Y precisamente ese par de cosas son las que me llevaron hasta Fráncfort para conversar con el señor Follet, pese a que tengo a gala no frecuentar ese tipo de eventos. La principal es que, dicho con todos los respetos, no hay que mezclar las churras con las merinas. Quiero decir que quien sitúe El ojo de la aguja y El nombre de la rosa, ambas indiscutibles best-sellers, o La tapadera y El perfume, o El exorcista y Peón de rey en un mismo paquete, es un perfecto simple y un
cretino. Porque frente al clásico best-seller anglosajón, frente a un planteamiento novelesco que tiene por objeto exclusivo el mercado, y donde pocas ambiciones suelen plantearse más allá del aquí te pillo y aquí te mato, frente al
huérfano ejercicio de la acción y el entretenimiento sin más pretensiones que lograr impactos rentables en las listas de
más vendidos, frente al todo vale prepotente y descarado sin otro sostén que las cifras del enorme mercado en
lengua inglesa, a menudo la novela europea con éxito de ventas posee en buena parte, y ganado por derecho propio,
un amplísimo margen de independencia y de calidad perfectamente compatible con las ventas masivas, y que es
al mismo tiempo fiel a sus propias raíces y a su memoria. Y que además goza del respaldo del número de
lectores suficiente, pese a los agoreros y a los enterradores prematuros, para justificarla y sostenerla con plena salud.