José Luis Durán King
Gary Gilmore es más famoso por ser famoso que por los dos asesinatos que cometió, perpetrados de forma tan
vulgar que, de no ser por el juicio en el que el propio asesino pugnó porque se le aplicara la pena de muerte, a la que
fue condenado en octubre de 1976, pocos se acordarían de él.
Había sido condenado por las muertes de Ben Bushnell, un gerente de motel, quien falleció el 20 de julio de 1976
a causa de un disparo en la cabeza, y de un empleado de gasolinera, muerto en situaciones similares un día antes.
En 1972, la Suprema Corte de Estados Unidos invalidó la mayor parte de las leyes del país que desembocaban en
la pena de muerte, decisión apoyada por 35 estados de la Unión Americana -incluido Utah, donde Gilmore cometió
sus tropelías-, por lo que el acusado tenía todas las posibilidades de cobijarse en esa acta.
No lo hizo así. Además de aconsejar a sus abogados a que lucharan para que la pena de muerte se le aplicara, pues
no deseaba pasar su vida en prisión, Gilmore eligió la ejecución por fusilamiento y no por horca, decisiones ambas que
ganó y que lo convirtieron de inmediato en un antihéroe y en el blanco del oportunismo de las aves de rapiña de los medios
de comunicación que se aburrían en los últimos días de la administración del entonces presidente estadounidense
Gerald Ford.
 |
Gary Gilmore |
A unas cuantas horas de conocerse su decisión, pequeñas hordas con intereses específicos se abalanzaron sobre
el caso, intentando comerse un pedazo del pastel preparado por el circo de la pena capital. Uno de los primeros tiburones
de los medios en aparecer fue Larry Schiller, el fotógrafo y cineasta de Brooklyn, quien exigió y pagó por los
derechos comerciales tanto de la vida como de la muerte del asesino. Schiller fue descrito por sus colegas como el rey de
los periodistas negros, el mercader de la muerte, sobre todo porque era de conocimiento público que había logrado
ciertas concesiones en el sur de Bronx, simplemente porque ahí corría sangre al por mayor.
A las 8 de la mañana del 17 de enero de 1977, Gary Gilmore murió abatido por las balas al interior de la prisión
estatal de Utah, reinstalándose oficialmente con esta ejecución la pena de muerte en Estados Unidos. En ese instante comenzó
un nuevo capítulo en la saga. Schiller intentó vender su documental a la cadena de televisión ABC, aunque ésta lo rechazó
por considerarlo demasiado amarillo. Pero Schiller tenía una carta bajo la mesa llamada Norman Mailer, a quien contrató
para que escribiera un libro definitivo sobre el asesino (el escritor recibió 250 mil dólares por el adelanto). Con Mailer en
la mesa, la ABC regresó al juego.
El proyecto Gilmore era el más caro de los que Schiller hasta entonces había llevado a cabo. Mailer y Schiller
entrevistaron a más de 500 personas. Sólo de las entrevistas de Mailer se transcribieron más de 27 mil páginas. Schiller hizo
por separado alrededor de 30 viajes a Utah y visitó otros siete estados y prisiones federales donde alguna vez Gilmore
estuvo guardado. El libro y la película sobre el caso estuvieron listos para finales de 1979.
El tercer capítulo de la historia lo marca un hecho macabro: el surgimiento de un mercado de necroparafernalia.
Aunque las autoridades ordenaron que la maquinaria en que Gilmore fue ejecutado se quemara, uno de los verdugos pidió mil
500 dólares por el par de correas con el que lo sujetaron en la silla. La capucha alcanzó un valor de 500 dólares. La
pistola calibre .22 utilizada por Gary para asesinar a sus víctimas se exhibió durante algún tiempo en el Swan Market. En
Portland, Oregon, 50 obras de este asesino, entre dibujos y pinturas, se vendieron rápidamente, y por lo menos tres museos
de cera han intentado comprar las ropas de fusilamiento que Gilmore vestía la mañana en que lo ejecutaron.