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José Carreño Carlón  La historia en reversa y al revés


 

 José Carreño Carlón


Parece difícil aceptar la posibilidad de una, al menos remota, comparación entre el efecto de recordación de alguna muestra de la literatura religiosa milenaria y la eficacia de los mensajes elaborados conforme a los cánones del marketing político contemporáneo, como lo sugirió alguna vez la desproporción de un afamado consultor estadounidense.

Foto: Eduardo Morales/
Cortesía de El Universal
Así se puede comprobar con el experimento de cotejar el ejemplo mexicano más reciente: el dudoso resultado del marketing para vender el pacto Fox-Televisa, sigilosamente preparado y finalmente anunciado el 10 de octubre, con la eficacia y la relevancia actual atribuidas a una serie de textos de la Biblia de acuerdo con los términos encomendados hace unos años por Grove Press de Nueva York a un grupo de escritores de nuestro tiempo.

Si no en todas las historias bíblicas, ciertamente en todas sus historias de misterio el escritor trabaja en reversa, según observa, respecto del primero de esos textos, E. L. Doctorow en su introducción a El primer libro de Moisés, llamado Génesis.

El final es conocido y las historias son trazadas para llegar a ese final. Si tú sabes que se hablan muchos idiomas en el mundo, ése es el final y la historia de la Torre de Babel te lleva a ese final, plantea el autor de Ragtime. Y el también autor de El libro de Daniel abunda: el final conocido de la vida es la muerte y la historia de Adán y Eva y el fruto prohibido del Arbol de la Sabiduría del Bien y el Mal te conducirá a ese final.

Sin cargar la tinta en las innumerables, insondables diferencias entre las estrategias narrativas de la Biblia y la pobre narrativa del marketing político del gobierno y los medios mexicanos, hay una diferencia central: los textos bíblicos no adulteran el final del que parten las historias, como sí pretende hacerlo la renovada colusión del régimen político y el establishment de la comunicación pública en nuestro país.

Los relatos del Génesis parten de un final innegable: la muerte, las diferencias entre los seres humanos. Mientras que la narrativa del régimen y los medios coludidos con él pretende trastocar el final ahora confirmado de la consolidación del acuerdo entre el gobierno de Fox y Televisa. En efecto, Fox ­a la cabeza de los principales actores políticos de hoy, con independencia de los partidos­ y Televisa ­a la cabeza de los concesionarios de radio y TV­ pretenden presentar el final de su historia, ciertamente de abierta colusión de intereses, anunciándolo como una hazaña democrática del nuevo régimen.

Esta diferencia central es la que ilustra de mejor manera el contraste entre el duradero poder de convicción de las narrativas bíblicas y el efímero efecto de venta rápida, a liquidarse en la siguiente encuesta de autoproclamada aprobación gubernamental y credibilidad de los medios, que suelen lograr los ramplones, inverosímiles embustes relatados desde el hoy renovado complejo burocrático-empresarial de control de la comunicación pública mexicana.

Los textos bíblicos explicados por Doctorow no pretenden, en efecto, ocultar las dolencias humanas: la enfermedad y el miedo, la soledad, la muerte, las tinieblas, los acechos. Este es el final de la historia, es decir, el largo presente de la humanidad, cuyos antecedentes van construyendo los narradores de las historias bíblicas hasta llegar a la expulsión del paraíso.

El final del que parten estas historias es intocable, precisamente porque corresponde al presente, a la realidad tangible de las dolencias humanas: un prolongado, duradero presente con el que conecta la prolongada, duradera eficacia de los relatos bíblicos.

En el extremo contrario, en la estrategia del poder mediático político, el final que pretenden vender el gobierno y los medios es un presente del todo improbable e intangible: el de la llegada al paraíso de la democratización de los medios, al edén de la participación de la gente en los procesos informativos: un discurso, de partida, sin la menor posibilidad de conexión con la realidad ni con las personas que la habitan.

Porque la realidad del presente a la vista es una nueva prolongación de las dolencias de la democracia doméstica, el refrendo enfermizo de la colusión de intereses entre el gobierno y algunos de los medios de mayor alcance, el aislamiento ciudadano entre la saturación y la falsificación informativas, el cíclico sacrificio mortal de las expectativas de cambio, la oscuridad de los arreglos cupulares y los nuevos, más poderosos acechos contra el desarrollo político del país.

En su disección del texto bíblico, Doctorow expone una serie de hallazgos literarios que subrayan el talento inventivo, la astucia narrativa, la fantasía de cada historia, pero el Génesis ­como los textos de las grandes religiones­ jamás se atreve a transgredir la verdad esencial de la situación ­marcada por el sufrimiento, las carencias, la muerte­ de los seres humanos a quienes se dirigen los relatos. Es decir, no se atreve a trastocar el final del que parten las historias, porque ese final es el aquí y el ahora de sus audiencias y allí no hay lugar para la inventiva, no hay materia para la fantasía.

La fidelidad al presente contribuye a hacer verosímil la recreación de las historias bíblicas, de la misma manera que la adulteración in fraganti de la actualidad por el marketing de Fox y Televisa echa por tierra toda posibilidad de credibilidad de las historias por ellos fabricadas.

De las "15 mentiras del gobierno y la CIRT" contabilizadas y reseñadas con notable precisión por Raúl Trejo Delarbre el 13 de octubre en Crónica, es difícil establecer cuál resulta más grotesca.

Pero hay una en la que el recurso del Génesis de contar la historia en reversa, al ser aplicado por el marketing Fox-Televisa, se revierte contra sus autores en términos que más bien se aproximan al Apocalipsis.

Sobre el final pretendidamente feliz, el de un presente glorioso que anuncia el refrendo del pacto de colusión medios-gobierno, narrado como un avance democrático, no es posible construir sino una historia igualmente inverosímil e insostenible: la de que hubo un pasado (1968) en el que Televisa y la radio habrían disgustado por su independencia de criterio al gobierno de Díaz Ordaz y éste habría sofocado esa independencia con las normas fiscales cuyas cargas ahora les han sido sustantivamente aligeradas.

No sólo es insostenible esta historia, como afirma Raúl Trejo, si se contrasta con los numerosos testimonios que existen acerca de la parcialidad de los medios electrónicos, que callaron ante la represión diazordacista del movimiento estudiantil e incluso la respaldaron.

También es insostenible el discurso de los medios y el gobierno de este octubre de 2002, si se contrasta con la confesión pública y reiterada de quien en octubre de 1968 ­y hasta finales de la década anterior­ encabezó el consorcio privado de la televisión. O con los discursos públicos de los líderes de la CIRT en otros octubres, los que van de 1968 a 1970. No sólo se justificaron sino que se vanagloriaron ­todos ellos­ por haber acompañado a Díaz Ordaz en la gesta sangrienta de octubre del 68. Y hasta el final de sus días, Emilio Azcárraga Milmo puso esa acción diazordacista como ejemplo incomprendido y desatendido por los presidentes de la República posteriores que se resistieron a sacrificar su popularidad, sostenía el magnate, en los diversos momentos en que lo indicado hubiera sido, a su juicio, reprimir abiertamente las protestas sociales.

Nada de esto le quita al marco normativo mexicano en materia de comunicación su condición de impresentable, incluyendo, por supuesto, las adherencias diazordacistas. Un marco diseñado para sustentar un modelo de subordinación de los medios al gobierno, en un primer momento, y más tarde de colusión de intereses. Nadie podría negar que aquellas adherencias de Díaz Ordaz a esa normatividad buscaban garantizar una mayor dependencia de los medios al poder presidencial o que procuraban una posición de mayor fuerza del Ejecutivo a la hora de imponer condiciones informativas favorables al régimen.

Pero también es innegable que la envoltura de mentiras con que se presentaron y las condiciones en que se prepararon y anunciaron las adherencias foxistas a ese marco normativo no generan la convicción de un cambio en el modelo de colusión, sino en la correlación de fuerzas entre los coludidos y sus particulares intereses, de espaldas, antes como ahora, a los intereses generales de la sociedad.

Como es innegable que, a lo largo de las décadas de dominio priista, los grandes medios no sólo se negaron a respaldar las luchas por un nuevo modelo de relación con el Estado, sino que, además, en colusión con el gobierno, adoptaron estrategias de silenciamiento y encabezaron campañas de descalificación contra las sucesivas iniciativas de modernización jurídica y transparencia de las relaciones medios-gobierno emprendidas por varias generaciones de comunicadores, legisladores e incluso funcionarios públicos.

Un silenciamiento seguido de descalificaciones, en términos no muy diferentes a los que a partir de este mismo 10 de octubre impusieron los medios coludidos en el nuevo pacto a las críticas de comunicadores, legisladores y funcionarios públicos opuestos a la renovación del modelo de colusión.

Silenciamiento y descalificación de la crítica, entre elogios de las cabezas de la radio y la televisión a los presidentes en turno ­con frecuencia criticando a sus respectivos antecesores­ en términos bastante similares a los empleados hace unos días por los presidentes de Televisa y TV Azteca al exaltar al presidente Fox por la renovación del pacto de colusión, llamándolo un acto de valentía dirigido a eliminar los vicios del pasado.

Soldado del presidente en turno, se llamó a sí mismo, en cada sexenio, Emilio Azcárraga Milmo, el presidente de la empresa cuyas nuevas cabezas pretenden contar la historia no sólo en reversa, sino también al revés. Al servicio del partido dominante de entonces, definió su misión. Y así se comportó su corporación no sólo hasta la muerte de ese personaje, sino hasta la muerte del régimen de partido dominante unos años después.

Pero la historia inventada este octubre por la empresa ­la de una gallarda, independiente cobertura de aquel octubre del 68, castigada por Díaz Ordaz con un régimen fiscal arbitrario­ para llegar al presente con este nuevo final de la historia ­la del renovado pacto de colusión de intereses anunciado como avance democrático­ choca también con el marketing del final de la historia contada hace un par de años por la propia empresa: la de su declaración de independencia respecto del poder político, una historia diseñada precisamente para distanciarse de la historia hasta entonces asumida y resumida en la divisa de su anterior dirigente como soldado de cada Presidente de la República al servicio del partido entonces dominante.

De allí la imposible verosimilitud, la improbable credibilidad de los contadores de historias del marketing contemporáneo. Con su costumbre de adulterar el presente pierden todo sustento para recrear el pasado.

Finalmente, si bien se trata del mismo modelo de colusión de intereses, regido ahora por un nuevo pacto, hay que registrar, sin embargo, un cambio indiscutible a acreditarle al nuevo régimen. Hasta diciembre de 2000, este modelo de colusión de intereses estuvo regido por el gobierno, mientras que, a partir de ahora, el modelo está siendo regido por los grandes medios y quienes los controlan desde el capital privado.

A juzgar por los pormenores que se han publicado sobre la forma en que se configuró y se anunció el nuevo pacto ­"hemos reconstruido las reglas", dijo públicamente el vicepresidente de Televisa­ el principal cambio a registrar en la presente transición radicaría en que, en efecto, el presidente de Televisa dejó de ser un soldado del Presidente de la República. Pero las imágenes del 10 de octubre pasado han llevado al cuestionamiento opuesto, al generar la percepción de que el Presidente de la República se habría convertido en soldado del vicepresidente de Televisa.

De la misma manera se puede afirmar que Televisa ­a la cabeza del complejo político empresarial de control de los medios­ dejó de estar al servicio del partido dominante, porque ya no hay partido dominante. Pero a juzgar por el comportamiento de la mayor parte de los nuevos actores políticos ­de todos los partidos­ en este episodio, no parece quedar duda de que el nuevo establecimiento político del país parece mostrar su más completa disposición a ponerse al servicio de Televisa, o cuando más, al servicio de los intereses de los dos o tres personajes que controlan los grandes medios por la vía de la inversión accionaria y/o publicitaria.

En otras palabras, las imágenes del 10 de octubre revelan cómo el poder mediático ha tomado el mando del modelo de colusión con el poder público ­por encima del Presidente de la República­ y cómo la mayor parte de los actores políticos han entrado en competencia por servir al poder mediático, como antes compitieron por servir al Presidente de la República o a los dirigentes de sus partidos, como fórmulas de escalamiento burocrático o de éxito electoral.


José Carreño Carlón es director del Departamento de Comunicación de la Universidad Iberoamericana y titular de la Cátedra Unesco/UIA.

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