No todo lo que es bueno para EU
es ruin para América Latina
Jose Marques de Melo
En los tiempos del viejo imperialismo, la izquierda brasileña resistió valientemente la propuesta de capitulación cultural atribuida a uno de los caciques en turno, Juracy Magalhâes. El político regional sustentaba un principio, según el cual "todo lo que es bueno para Estados Unidos de América es bueno para Brasil".
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Foto: Adrián Cortés |
Sin embargo, el fuerte sentimiento nacionalista de nuestras vanguardias políticas rechazaba la importación de la
american way of life. El libro escrito por el publicista Mauro Almeida,
EUA, civilización empaquetada (Sao Paulo, Editora Fulgor, 1961) refleja con nitidez el malestar que se instauró en el país respecto de esa cuestión.
Se vivía la coyuntura de la guerra fría, marcada por el conflicto ideológico entre capitalismo y comunismo.
Aliándose oportunamente a Estados Unidos durante los estertores de la Segunda Guerra Mundial, Brasil se mantuvo en la esfera yanqui, importando su armamento, automóviles, películas y otras bagatelas.
Americanización
Artífice de la estrategia que nos condujo a los brazos del Tío Sam, Getúlio Vargas negoció con Roosevelt la adhesión brasileña a la ofensiva antinazi. El pago fue nuestro desarrollo industrial. Pero, al enviar soldados al frente antifascista, el dictador brasileño no previó que nuestros oficiales asimilarían principios por los cuales las tropas estadounidenses luchaban en Europa. Esos ideales democráticos fueron los nutrientes que impulsaron a los militares brasileños a derrocar el Estado Novo.
Pactada en esa coyuntura, la nueva división internacional del trabajo convirtió toda América Latina en área de influencia de EU. Para ello fue engendrada la "política del buen vecino", buscando conquistar la confianza de las élites regionales.
Esa era la faz ingeniosa del imperialismo, como bien lo caracterizó el historiador Antonio Pedro Tota en su libro El imperialismo seductor. La americanización de Brasil durante la Segunda Guerra (Sao Paulo, Cia de Letras, 2000).
Las armas usadas fueron de naturaleza simbólica. La industria del entretenimiento buscó neutralizar el patriotismo de nuestras clases medias, en pleno proceso de ascenso social. Resultado acumulativo de esa operación, tan sutil como eficaz, ha sido la atracción irresistible que los centros de diversión instalados en Hollywood, Nueva York, Las Vegas o Miami ejercen sobre los nuevos ricos de todos los rumbos sudamericanos.
Inteligencia
Si los "arribistas" (mejor conocidos como alpinistas sociales) sucumbieron a la fascinación yanqui, volviéndose consumidores compulsivos de sus mercancías, no ocurrió lo mismo en las esferas intelectuales. Allí se continuó defendiendo nuestra soberanía cultural. Muchas veces radicalizaron su discurso, proclamándose antagonistas de todo lo que
proviniera de ese país del norte.
En la mayoría de los campus universitarios ese sentimiento surge, en parte, de la trasplantación errónea de ciertos patrones de las universidades estadounidenses, que no se avienen con las tradiciones (europeas) heredadas por las universidades de América Latina.
Caso típico es aquel de la reforma universitaria, realizada por tecnócratas de la educación, en tiempo de las dictaduras latinoamericanas. Ellos abolieron las cátedras, en su papel de unidades fundamentales de enseñanza e investigación, sustituyéndolas por los departamentos. El resultado, por lo menos en Brasil, fue desastroso, principalmente en las universidades públicas. Eliminado el sistema meritocrático, le sustituyó un remedo de democracia y populismo. La sabiduría de los "experts" fue sustituida por la prostitución de los "expertos".
El poder universitario dejó de ser responsabilidad y obligación de aquellos que ascienden por méritos académicos, obteniendo el reconocimiento de sus compañeros y de la comunidad científica. Se volvió ventaja y privilegio de los advenedizos formados en las lides políticas, quienes recurren a artimañas para conquistar la cúspide de la pirámide escolar. Y allí permanecen hasta que son desalojados por otros "expertísimos".
Cayendo en la realidad
Pero el ambiente académico no siempre está en sintonía con las tendencias de la sociedad. En lugar de ser vanguardia, las universidades latinoamericanas permanecen, a veces, en la retaguardia. Es el caso de la teoría de la dependencia allí sacralizada en su versión preliminar. No sucedió lo mismo en el ambiente político.
La caída del Muro de Berlín, símbolo visible de la fallas del socialismo real, obligó a nuestros líderes políticos a repensar el proyecto de modernización histórica de América Latina. La teoría de la dependencia fue reciclada, generando la hipótesis de un capitalismo asociado, que hoy da sustento a los planes de gobierno de Cardoso (Brasil), Lagos (Chile), Fox (México) o Toledo (Perú).
En el mundo globalizado perdieron vigencia las xenofobias estrábicas y los nacionalismos obtusos. El patrón de las relaciones económicas del siglo XXI, sustentado en los bloques regionales, se constituye en imperativo al cual no es posible rechazar con la autarquía. Cualquier nación independiente puede y debe asimilar, soberanamente, modelos surgidos en otros países, vecinos o distantes. Se trata de una opción civilizada, progresista, capaz de contener el
impulso a la tosca reinvención de la rueda...
Fue lo que hicieron los autores de la Constitución brasileña de 1988, copiando la primera enmienda de la Constitución estadounidense. Desde entonces, la censura a la prensa es acción vedada a nuestros legisladores. Y nunca los medios gozaron aquí de tanta libertad como en la última década. Este ha sido un factor decisivo para la consolidación de nuestra democracia.
Por lo tanto, no todo lo que es bueno para Estados Unidos es ruin para América Latina. La preservación de nuestra soberanía reside en la posibilidad de optar por ser asimilado o adaptado. Pero también en la decisión de lanzar al bote de la basura de la historia aquello que sea inadecuado.
Campo de comunicación
Las consideraciones anteriores permiten traer a reflexión a la comunidad de las Ciencias de la Comunicación un hecho histórico ocurrido en territorio estadounidense, el cual vale la pena sea debatido o asimilado críticamente en América Latina.
Desde el principio del siglo XX, el campo de la comunicación está implantado en las universidades de EU. Este fue estructurado de manera separada, dividido en dos bloques: el de la comunicación interpersonal (speech communication) y el de la comunicación colectiva
(mass communication). Después, el panorama se tornó más complejo, con la llegada de variables étnicas (black communication), geopolíticas (international communication) o gerenciales (communication administration).
Pese a que no ocurrieron conflictos explícitos, los segmentos de la comunidad siempre actuaron competitivamente dentro de los campus. Esta coexistencia pacífica, aunque atomizada, permaneció inmutable durante los tiempos de bonanza económica en que vivieron las universidades de aquel país, en parte subsidiadas por fondos gubernamentales. Con la crisis que llegó en la década del 90, fruto de la nueva estrategia pública de financiamiento a la investigación (periodo posterior a la guerra fría), los recursos se volvieron escasos, agudizando la competitividad.
Las áreas de conocimiento, principalmente en el ámbito de las humanidades, fueron obligadas a crear procesos de reestructuración. Las identidades académicas y las fronteras entre las disciplinas se fortalecieron. Cada una procuró luchar por recursos destinados a preservar el trabajo de su comunidad. Cursos y departamentos (generalmente con identidad problemática) considerados improductivos o despilfarradores fueron eliminados. Sus funciones, entre tanto,
fueron absorbidas por disciplinas conexas, que se mostraban más competitivas.
Frente a eso, las diversas asociaciones de comunicación decidieron unirse, formando un consejo nacional para defender los intereses de ese campo académico frente a las instancias cuya sede es Washington. Se trata de una estrategia sutil, destinada a garantizar que los recursos para la investigación sobre fenómenos comunicacionales sean canalizados para las facultades y departamentos de ciencia de la comunicación.
En otras palabras, se creó un lobby con el objetivo de impedir que, bajo el pretexto de la interdisciplinaridad, recursos destinados al estudio de los procesos mediáticos sean aprovechados por las ciencias sociales, ciencias del lenguaje, ciencias de gestión o ciencias del comportamiento. ¡La guerra es la guerra, incluso después de la guerra fría!