Rubén Aguilar Valenzuela
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La tarea del periodista es uno de los trabajos más apasionantes y exigentes de cuantos existen. Reclama todo el tiempo de quien se dedica a él. Conocer a profundidad cuáles son los hechos e ir siempre tras la verdad hacen del periodismo una tarea única y apasionante. ¿A qué más se puede aspirar que a conocer la verdad? ¿Cuántos de nuestros periodistas, de nuestros articulistas y editorialistas están en esta búsqueda? ¿Cuántos interesados en ir al fondo de los hechos y de los dichos? ¿Cuántos investigan si lo que se les dice es o no la vedad? ¿Cuántos se dedican a escudriñar en la realidad, para entender lo que ocurre? No son muchos. ¿Por qué? Las respuestas son diversas. Desde mi experiencia de la responsabilidad pública que tuve ofrezco algunas. Están hechas desde el ángulo de mirada del espacio en el que me tocó estar. Ahí está su fuerza, pero también su límite. No las propongo como las únicas y menos como las verdaderas. Su propósito es compartir una visión y animar la discusión.
Es urgente un debate sobre la manera en la que se está haciendo el periodismo en nuestro país y sobre el
papel que los medios jugaron en la etapa de la alternancia y están ya jugando en el periodo de la construcción de
la gobernabilidad democrática. Los medios son actores fundamentales de esa construcción. Es importante que
asuman de manera consciente la etapa que vive el país y las tareas que, para el periodismo, se derivan de ella.
A los periodistas y a su trabajo les tengo un gran respeto. La tarea del periodista la define bien Jon Lee Anderson, reportero de New Yorker y alumno de Kapuscinski, quien plantea: "Para mí, un periodista hoy es lo que fue siempre. Somos los que informamos al público, de la verdad, del acontecer cotidiano. Mi visión no ha cambiado; me he sentido atraído, impulsado, obligado a participar como observador y narrador de estos hechos, y pienso que ése es mi deber". Y añade que para él como parte de su trabajo "el mayor problema es que la gente pueda distinguir entre lo bueno y lo malo, entre lo cierto y lo falso".1
Al hacer un análisis sobre la vida del excepcional periodista que fue Ksawery Pruszynski (1907-1950), Adam Michnik, el escritor polaco, plantea como la clave de su quehacer periodístico, que debería ser el de todos, que: "él, sencillamente, era un sagaz observador del mundo y de la gente, que sabía descifrar los signos de su tiempo, descubrir los límites de los bandos ideológicos o de las corrientes históricas. Dotado de intuición y valentía, también sabía formular juicios inesperados y provocativos. Con frecuencia escribía a contracorriente, se exponía a brutales ataques y era blanco de histéricas campañas de acoso de la prensa. No eludía los temas tortuosos y conflictivos".2
Estoy convencido como lo estaba Ryszard Ka-puscinski (1932-2007) que el verdadero periodismo no es para los cínicos. "La razón es que nuestra profesión no depende sólo de nosotros, sino también de los demás, de los que nos quieren contar, de lo que nos trasmiten. Son los que nos guían y los que nos hacen ver la realidad. Esta profesión hay que realizarla conjuntamente con los demás. Y, como dependemos de eso, si los que tenemos delante ven que no tenemos interés humano, ellos no nos responderán nunca o, al menos, no se relajarán al hablar con nosotros. Si eso ocurre, no podemos hacer bien nuestro trabajo Por eso lo del escepticismo, porque los reporteros que trabajamos en la calle necesitamos trasmitir a los demás esa actitud humana. Es
indispensable".3
En el ejercicio del periodismo que se hace en el país, y del que a mí me tocó ser testigo, siempre hay honrosas excepciones, encuentro seis grandes problemas. Los presento de manera general, sin particularizar en ningún medio, porque el problema está presente, de una u otra manera y con uno u otro nivel de intensidad, en todos los medios. Ahora doy cuenta de ellos.
1. La concepción de la noticia y su construcción
a) La concepción de la noticia
En nuestro periodismo la concepción dominante de la noticia ya no son los hechos. La noticia se entiende sólo como aquello que es escándalo. No está presente, por lo menos no es lo fundamental, la idea de ofrecer los hechos y el acontecer cotidiano. El escándalo es sinónimo de noticia. Si no es escándalo, no es noticia. Esta posición no siempre y necesariamente es la del periodista que cubre la fuente, para el caso la presidencial, sino que se origina en la mesa de redacción; que está, a su vez, presionada por la competencia de los otros medios. Se está dentro de un círculo perverso en el que nadie está dispuesto a dar el primer paso para romperlo.
En esta concepción el escándalo es también sinónimo de entretenimiento. Así, los medios llevan a la
población el entretenimiento que esperan: el escándalo. Se mantiene la atención. Sube la audiencia. Lo que realmente ocurrió
no es relevante. Lo que resulta importante es si se logró construir el escándalo y así, obtener la noticia.
b) La construcción de la noticia
En nuestro periodismo son dos las técnicas para obtener y construir el escándalo. Solicitar la opinión de un
actor político y con ella provocar la reacción de otro actor político. En ese momento se tiene la nota. No importa
lo intrascendente que pueda ser el tema de la opinión y la opinión misma. Lo que interesa es la confrontación de
los actores. Se construye el acto divertido. El entretenimiento está garantizado. En la confrontación de las posiciones
lo que se obtienen es circo. La caducidad del escándalo es muy rápida y está dada por la superficialidad de los
temas confrontados. Se requiere, entonces, que el círculo se repita. Hay que buscar un nuevo escándalo.