¿Desliz mediático o acierto político?
José Carreño Carlón
"Ante un sorprendido Gutiérrez Vivó que aparentemente no aquilató el alcance" de las declaraciones que le hizo
el presidente Fox concluye (aparentemente sorprendido) Raúl Trejo Delarbre en su columna de
Crónica del 20 de julio el Presidente no se ajustó "al guión con que (el conductor de
Monitor) había querido orientar su entrevista" del
jueves 17 del mismo mes.
"A dónde vamos, para dónde vamos, cómo vamos en los próximos años", serían los grandes temas a tratar, según
el guión con el que abrió el conductor del programa noticioso líder de nuestra capital, y en los términos en que los
aceptó el guión presidencial con un "encantado de poder comunicarme con el auditorio y, efectivamente, comentar
contigo y con toda la audiencia en dónde estamos, a dónde
vamos".
A simple vista se podría observar así que las referencias del Presidente al proceso ahora reconocidamente en
curso por el que se elegirá a su sucesor en 2006, no aparecen apartadas de ese guión temático que lo comprometió a
hablar de "dónde estamos". Su afirmación fue en el sentido de que
"ya, cada partido y cada persona tienen la mirada
puesta en 2006". Allí estamos. Además de que tampoco se rehusó a hablar del tema de "a dónde vamos": "la verdad
dijo ya está en marcha la sucesión presidencial". Allá vamos.
Tampoco parece haberse tratado de un error involuntario o de un desliz. Más bien parecería muy alta la
probabilidad de que las controvertidas referencias al 2006 habrían formado parte esencial de los mensajes clave como los llaman
los expertos preparados y ensayados por el Presidente y sus estrategas con el deliberado y explícito fin de colocar el
tema sucesorio en la agenda del debate público.
Y no necesariamente por hartazgo, debilidad, desentendimiento, frivolidad, agotamiento, ingenuidad, ánimo
de abdicación o de dimisión, reconocimiento de un vacío de poder o tantas otras hipótesis del catálogo que los
actores políticos y mediáticos le prodigaron al Presidente en respuesta al supuesto mensaje clave de la entrevista.
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Foto: Gustavo Benítez/Notimex |
Referidas casi todas a supuestos o reales rasgos permanentes o estados mentales pasajeros del Presidente,
estas hipótesis sobre las motivaciones presidenciales para colocar en la agenda la sucesión de 2006 excluyen la posibilidad de la existencia de una estrategia de comunicación con objetivos políticos. Y aquí puede haber un sesgo interpretativo
por generalizado que haya aparecido o, al menos, una subestimación de la capacidad gubernamental en grados difíciles de concebir.
De una entrevista periodística con un vocero como el Presidente de un país con la frecuencia con que este tipo
de actor se expone a los medios, en México o en cualquier sociedad democrática contemporánea no se espera una
bomba noticiosa, ni una revelación o un descubrimiento original sobre algún tema.
La trascendencia de un intercambio así se mide por la capacidad del vocero para colocar el mensaje planeado y
para imprimirle el giro o la interpretación, el
spin proyectado con miras a tratar de concurrir a la agenda pública y de
conducir el asunto seleccionado al primer plano. O se mide, asimismo, por la capacidad del entrevistado para usar el
mensaje explícito como cortina de humo para tapar el tema o los temas que se ha decidido ocultar o, al menos, disociar de
la imagen del vocero o de su institución en el debate público.
Y aquí a mí no me queda duda de que el Presidente puso a circular su mensaje con el tema sucesorio, 1)
deliberadamente, y 2) probablemente con objetivos definidos, aunque no necesariamente de él, o solamente de él.
Porque no fue presionado para entrar al tema. Ni medió siquiera alguna pregunta explícita al respecto. Incluso
parecía evidente que el entrevistador había hecho ya su última pregunta y el tiempo convenido se acababa sin que el
Presidente hubiera tenido la oportunidad de girar hacia su aún retenido mensaje clave.
Fue en ese momento en el que, aparentemente, decidió lanzarse.
A una última pregunta en la que el entrevistador trataba de relacionar, por un lado, los encuentros
presidenciales postelectorales con los líderes de partidos y, por otro, la subsistencia de desacuerdos sobre las reformas pendientes,
el Presidente respondió con una respuesta de rutina, de tres o cuatro líneas en la transcripción, acaso 50 palabras.
Apenas las necesarias para forzar una transición, como se llama en los ejercicios de
media training a las frases puente entre las preguntas surgidas de la agenda del entrevistador y las respuestas que se proponen conectar con la
agenda del entrevistado:
"Déjame decirte otra cosa", irrumpió de plano el Presidente, con un movimiento al que Raúl Trejo alude
certeramente como no ajustado "al guión con que el conductor de
Monitor había querido orientar su entrevista".
Y allí soltó su mensaje, a todas luces preparado: "La verdad es que ya cada partido y cada persona tiene la mirada
puesta en el 2006", seguido de una puya contra la estrategia del jefe de gobierno del DF: "Hay unos que niegan
rotundamente que le van entrar, que ellos afirman que no", antes de rematar con la reiteración-confirmación del mensaje clave:
"Pero la verdad es que ya está en marcha la sucesión presidencial".
Conforme a una razonable estructura de mensaje clave, inmediatemente después vino su justificación, incluso
su legitimación, en el sentido de que dicho mensaje estaría expresando un cambio de visión respecto de la que se tenía
en el antiguo régimen:
Yo difiero de los criterios del pasado, de que eso hay que reprimirlo y que el Presidente tiene que apachurrar
cada cabeza que quiere saltar hacia adelante, meterlos debajo de la mesa y que ahí se den de patadas, como era en el pasado; yo creo que esto es inevitable, esto es legítimo, que alguien en lo personal tenga aspiraciones de ser el próximo
Presidente de este país o que alguien como partido político quiera ganar esa Presidencia de la República en el 2006.
Luego presentó como corresponde los propósitos del mensaje, inscritos en una estrategia de incentivos
que aseguraría que los aspirantes a sucederlo destapados, a la vista del electorado estarían obligados a hacer las
cosas mejor, a conducirse bien. Y entre esos incentivos destacaría el de mayor trascendencia, el incentivo supremo de que el beneficio de comprometerse con sacar adelante las reformas urgentes no lo recibiría tanto la gestión actual
como para la gestión de quien lo llegue a suceder.
Esto lo veo favorable por dos cosas: una, porque aquel que aspire se va esmerar en hacer las cosas
meticulosamente bien, hacerlas con eficacia para que pueda ser un real aspirante, puesto que lo que tiene qué ganar ese señor o esa
señora son los apoyos con los ciudadanos, ya no, el que antes decidía quién iba a ser Presidente, entonces, para mí
tenemos una actitud ahí que nos va favorecer mucho.
Y segundo, precisamente lo que estamos hablando, yo ya como Presidente le resolví al país el asunto de
generación de energía eléctrica, está garantizada la energía eléctrica hasta el año 2006 completo, con un buen margen de
colchón, si yo tomo una decisión para más plantas, para invertir en plantas de generación de energía eléctrica son para
quien venga de próximo Presidente, que el año 2007 no se encuentre con apagones. Entonces eso, que estemos
encontrando convergencia y que estemos encontrando la posibilidad de acercarnos mucho más en las ideas...
(...)
Si hacemos una reforma fiscal en este momento o hacendaria, como se ha dicho, y se está proponiendo, esas
reformas van a beneficiar al siguiente gobierno. Entonces esto nos va dar un clima favorable para los acuerdos.
La estrategia de Fox de poner en el primer plano de la agenda la próxima sucesión presidencial, tratando de
asociar a los competidores para sucederlo al proyecto de reformas del actual gobierno y esgrimiendo al efecto la
conveniencia de adoptar ese compromiso en el marco de las propias aspiraciones sucesorias puede resultar tan eficaz o tan
fallida como, por ejemplo, la estrategia de López Obrador de atraer también éste, cotidianamente el mismo tema de
la sucesión, sólo que con metáforas funerales, como esa de que lo den por muerto, precisamente el tipo de
mensaje explícito usado como cortina de humo con la pretensión de marcar un supuesto alejamiento, desinterés o
disociación personal del tema, esgrimiendo su concentración en su propio proyecto de gobierno.
Ambas estrategias pretenden usar el tema sucesorio como vía para comprometer la concentración de esfuerzos
en sus respectivos proyectos de gobierno actuales, pero habría que admitir que la modalidad practicada por Fox es
innovadora y la de López Obrador se inscribe, con algunas adaptaciones de forma, en las tradiciones de fondo de la
ortodoxia sucesoria del antiguo régimen.
Fox parece actuar en congruencia con su propia estrategia de hace seis años.
Sólo cambian sus objetivos.
Tras la elección intermedia de 1997, Fox destapó sus aspiraciones presidenciales con miras a cumplir objetivos
claros de los grupos que lo apoyaban, en dos tiempos:
1) Obligar a jugar abiertamente, no tanto a los aspirantes de su propio partido sino, fundamentalmente, a la
cabeza del entonces partido dominante el Presidente de la República con miras a romper de una vez por todas la secrecía
de los métodos sucesorios del antiguo régimen: un reclamo democrático, de modernización política, sin duda, pero
también hay que admitirlo un antiguo reclamo de los grupos de presión internos y externos no dispuestos a exponerse
más a las sorpresas que solían traer los misteriosos métodos de sucesión del pasado, frente a los cuales encontraban
finalmente una fórmula eficaz de remoción, y
2) Ganar la elección con un prospecto propio, sin esperar a acertar en sus apuestas conforme a los viejos
códigos, aprovechando, esta vez, no sólo la ventaja de tomar una delantera de más de dos años respecto de sus
competidores, sino también el elemento sorpresa y de pasmo del PRI y el gobierno tras la aparatosa derrota sufrida en aquella
elección intermedia. Un triunfo así, obtenido conforme a los nuevos códigos, entrañaría el beneficio adicional de un
reordenamiento político expreso y radical del país, acorde con una nueva correlación de fuerzas en México y en el mundo. Y
permitiría compensar el lamentable pero, de cualquiera manera, inevitable, estancamiento resultante de la pérdida de la
mayoría gubernamental en la Cámara de Diputados del proyecto de profundizar las reformas económicas de la primera
mitad de esa década, un proceso interrumpido por la crisis de 1995, a su vez estallada con en el "error de diciembre" de 1994.
Hoy, tras la elección intermedia de 2003, Fox llama a destapar las aspiraciones sucesorias de todos los
competidores en un entorno radicalmente distinto, pero igual que hace seis años, quizá ¿por qué no? con miras a cumplir
también objetivos claros, también en dos tiempos, de los grupos que todavía lo apoyan:
1) Sacar adelante las reformas estructurales comprometidas en materia hacendaria, energética y laboral, a partir
de una estrategia tendiente a obligar a los aspirantes no sólo a destapar expresamente su pretensiones presidenciales,
sino, sobre todo, a destapar también, de cara a las zonas parlamentarias bajo su influencia, y fundamentalmente frente a
los electores, sus posiciones y compromisos en favor o en contra del proyecto de reformas interrumpidas, y
2) Dar vía libre para las elecciones presidenciales de 2006, sin una preferencia partidista o personal
predeterminada, a la construcción de figuras indiscutibles de liderazgo nacional, hoy inexistentes, entre los competidores más
comprometidos con esas reformas, toda vez que ya no hay un partido dominante que remover, con sus inciertos,
inconfiables métodos sucesorios, y ante un panorama de balcanización de corrientes en el seno de los principales partidos, sin
más opciones de principios o programas diferenciables que las que, de la manera más pragmática, parezcan
augurarles ganacias políticas propias con cargo a pérdidas de los demás.
El hecho de que quienes llevaron al poder a Fox el electorado y los grandes grupos de interés de dentro y fuera
que lo impulsaron hayan visto hasta ahora frustradas muchas de sus expectativas, no autoriza a concluir que las den por
canceladas. Al menos no todos los que lo impulsaron ni todas las expectativas que se generaron.
Con su estrategia madrugadora de 1997, Fox concitó la sorna de una clase política pasmada empezando por la
de su partido y movilizó en contra a la mayor parte de los medios, pero unos y otros terminaron marchando a su
ritmo o escoltando su entrada triunfal a Palacio en 2000. Los adjetivos que ha merecido en 2003 su tempranero llamado a
la sucesión presidencial de 2006 son acaso más descalificatorios, pero no hay aspirante ni partido ni medio de
comunicación pasivo aunque pretenda disfrazar su activismo ni desatento a los signos de los poderes reales entre ellos, los
que construyeron la figura de Fox ni desentendido de sus presiones (con incentivos postivos y negativos) para lograr de
los jefes y operadores políticos un servicio esmerado de reformas a la carta.